Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 3 — Que nadie salga #3
16%

Capítulo 3 — Que nadie salga #3

—Monsieur Roux, le conviene entender algo.

Ahora mismo hay un hombre muerto sobre el caballo que usted revisó, una pieza retirada que usted no mencionó, grasa reciente en una zona comprometida y sangre bajo su uña.

No le pregunto para incomodarle. Le pregunto porque el silencio, en este momento, ya está declarando en su contra.

Célestin tragó saliva.

—Yo no lo maté.

—Entonces empiece por decir la verdad.

Margot susurró:

—No.

Delacroix miró hacia ella.

Fue apenas una palabra, pero había salido demasiado rápido. No era un ruego para que no mintiera. Era un ruego para que no hablara.

Célestin cerró los ojos un instante.

—Encontré algo —dijo.

Marceau se acercó.

—¿Qué encontró?

—El caballo blanco estaba manipulado.

Margot bajó la mano de la boca.

Anatole Bresson, fuera, levantó lentamente la cabeza.

—¿Cuándo? —preguntó Delacroix.

—Antes de abrir.

—Hace un momento dijo que no había encontrado nada extraño.

—Mentí.

—Eso empieza a parecer una costumbre.

—Lo encontré manipulado, pero no sabía qué era. Pensé que alguien había hecho una chapuza. Una broma. Un intento de romper el carrusel.

—¿Y no avisó?

—No quería cerrar la atracción.

—Porque perderían dinero.

Célestin soltó una risa breve, amarga.

—Monsieur, esta feria pierde dinero incluso cuando trabaja. Lo que no quería era darle a Chavanel otro motivo para llamar ruinoso a todo esto.

—¿Qué hizo?

—Ajusté lo que pude. Retiré una pieza. Engrasé el eje. Creí que bastaba.

—¿Creyó?

—Sí.

Marceau sostuvo la pieza entre los dedos cubiertos por el pañuelo.

—¿Y esto?

—No es el arma.

—No le he preguntado si era el arma.

—Pues se lo digo igual.

Delacroix observó al mecánico.

Había miedo en él, por fin. No miedo a la prisión. No únicamente. Miedo a haber sido parte de algo sin haberlo entendido. Esa clase de miedo era más difícil de falsificar.

—¿Quién pudo manipularlo antes que usted? —preguntó.

Célestin miró a Anatole.

No fue una acusación abierta. Fue peor: una mirada involuntaria.

El viejo dueño del carrusel retrocedió un paso.

Margot lo vio.

También Delacroix.

Marceau, por fortuna o desgracia, no era ciego.

—Monsieur Bresson —dijo el inspector—, entre.

Anatole obedeció despacio.

La lámpara del taller acentuaba las arrugas de su rostro y le hundía los ojos en sombra. Ya no parecía el dueño de una feria, ni el guardián de un carrusel antiguo, ni el hombre que había sostenido la humillación de Chavanel con una dignidad obstinada.

Parecía viejo.

Nada más.

Y a veces eso era bastante terrible.

—¿Tocó usted el caballo blanco antes de que lo revisara Roux? —preguntó Marceau.

Anatole miró la pieza en el pañuelo.

—He tocado ese caballo todos los días durante cuarenta años.

—Hoy, monsieur.

—También hoy.

Margot cerró los ojos.

Delacroix percibió que la noche acababa de moverse otro poco. No hacia la verdad. Todavía no. Hacia una verdad posible, que era más peligrosa porque podía arrastrar a todos aunque luego resultara incompleta.

—¿Para qué? —preguntó Delacroix.

Anatole no respondió enseguida.

Célestin habló antes que él.

—Para repararlo. Había una holgura.

—Cállese —dijo Marceau.

—Es verdad.

—No le he preguntado si era verdad. Le he dicho que se calle.

Margot dio un paso hacia su padre.

—Padre.

Anatole levantó una mano para detenerla. El gesto era pequeño, cansado, pero aún conservaba autoridad.

—El caballo blanco llevaba días fallando —dijo—. Nada grave. Un ruido. Una subida irregular.

—El niño lo había notado —murmuró Delacroix.

Anatole lo miró.

—Los niños notan lo que los adultos desprecian.

—A veces los asesinos también.

El viejo encajó la frase sin pestañear.

—Yo no he matado a Chavanel.

Marceau cruzó los brazos.

—Pero tocó el caballo.

—Sí.

—El mecánico también.

—Sí.

—Su hija también.

Anatole miró a Margot.

—Mi hija no tiene nada que ver.

—Eso lo decidiré yo —dijo Marceau.

—No —intervino Delacroix.

El inspector se volvió hacia él.

—¿Perdón?

—Lo decidirán los hechos. Usted tendrá el placer de firmarlo después.

Marceau lo fulminó con la mirada.

—No me obligue a arrepentirme de haberle dejado ayudar.

—Todavía no le he dado mis mejores motivos.

El inspector respiró hondo, quizá contando mentalmente hasta un número que no bastó.

Delacroix se acercó a la mesa y volvió a mirar las virutas de metal. Luego miró la quemadura en la mano de Célestin.

—¿Cómo se quemó?

El mecánico bajó la vista.

—Con la lámpara.

—¿Cuándo?

—Esta tarde.

—Mientras reparaba el caballo blanco.

—Sí.

—¿Por qué necesitaba la lámpara tan cerca?

Célestin frunció el ceño.

—Porque estaba oscureciendo.

—A las seis todavía hay luz suficiente.

—Dentro del mecanismo no.

Delacroix asintió. Era una respuesta razonable. Las respuestas razonables no siempre eran verdaderas, pero al menos tenían el pudor de vestirse bien.

Marceau dejó la pieza en la mesa, siempre sobre el pañuelo.

—De momento, Roux, no se moverá de aquí.

—¿Me detiene?

—De momento, le ahorro el esfuerzo de huir.

—No iba a huir.

—Todo el mundo dice eso en habitaciones sin puerta cerrada.

Margot se giró hacia Marceau.

—No puede detenerlo solo por reparar una pieza.

—Puedo retenerlo por mentir en una investigación de asesinato. Y, si me esfuerzo, seguro que encuentro una palabra más larga para que suene mejor.

—Inspector —dijo Delacroix.

Marceau lo miró con fastidio.

—¿Ahora qué?

—No lo aparte todavía del carrusel.

—¿Por qué?

—Porque si el mecanismo fue manipulado, lo necesitamos para entenderlo.

—¿Y si él lo manipuló?

—Entonces nos ayudará a demostrarse culpable. Hay hombres que hacen eso con admirable torpeza.

Célestin apretó los dientes.

—Ya le he dicho que no lo maté.

Delacroix lo miró con calma.

—No, monsieur Roux. Usted nos ha dicho varias cosas. Algunas contradicen a las otras. Elegir cuál era verdad será nuestro trabajo.

Un agente apareció en la puerta del taller.

—Inspector.

—¿Qué pasa?

—Hay problemas en la salida de carromatos. Un hombre intentaba sacar una mula y dos baúles. Dice que son propiedad de su cuñada.

Marceau cerró los ojos.

—Por supuesto.

—También hay una señora que insiste en hablar con usted. Dice que conocía muy bien al difunto.

Delacroix miró hacia la barraca de variedades.

—¿Clémence Aubry?

El agente pareció sorprendido.

—Sí, monsieur.

Marceau soltó un suspiro.

—Esta noche va a ser larga.

—No necesariamente —dijo Delacroix.

—¿Eso es optimismo?

—No. Sospecho que el asesino no contaba con que la feria quedara cerrada tan deprisa. Cuando la gente no puede huir con las piernas, empieza a huir con la lengua. Y ahí comete errores.

Marceau miró a Célestin, luego a Anatole, luego a Margot.

—Pues espero que hablen pronto.

Delacroix salió del taller y volvió a mirar el carrusel.

El caballo blanco permanecía quieto bajo las luces, con el cadáver de Chavanel aún sobre el lomo.

A su alrededor, la feria parecía haberse inclinado hacia la oscuridad.

Ya no había música, pero Delacroix tenía la extraña impresión de que el carrusel seguía girando en algún lugar invisible, arrastrando con él las mentiras de todos.

Baptiste se acercó, empapado hasta los huesos.

—He conseguido que la gente se aparte un poco. También he impedido que un vendedor de almendras intentara seguir vendiendo junto al cadáver.

—¿Con qué argumento?

—Le dije que daba mala imagen.

—¿Funcionó?

—No. Entonces le compré todo el cesto.

Delacroix lo miró.

—Su sentido práctico tiene algo de catástrofe.

—Y su noche acaba de mejorar. Tengo almendras para un batallón.

Delacroix casi sonrió.

Entonces oyó una voz desde la barraca de variedades.

—Monsieur Delacroix.

La mujer del vestido verde oscuro estaba de pie bajo el toldo, protegida de la lluvia. Las plumas negras de su cabello temblaban con el viento. Tenía el rostro pálido, pero no descompuesto. Sus labios estaban pintados de rojo, quizá demasiado rojo para aquella hora de muerte reciente.

—Soy Clémence Aubry —dijo—. Creo que debería hablar conmigo antes de perder más tiempo con grasa y tornillos.

Marceau, que acababa de salir del taller, levantó la barbilla.

—¿Y por qué deberíamos hacerlo?

La mujer miró el carrusel.

Luego miró a Delacroix.

—Porque Octave Chavanel no ha muerto esta noche.

El silencio se hizo alrededor de ella, aunque nadie hubiese pedido silencio.

Clémence Aubry apretó el chal sobre sus hombros.

—Empezó a morir hace diez años. Algunos solo hemos tenido la desgracia de verlo llegar al final.