Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 3 — Que nadie salga #2
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Capítulo 3 — Que nadie salga #2

—Y ahora hay un cadáver en su carrusel. Convendrá que la memoria se vuelva generosa.

Margot subió un escalón, pero no entró del todo en la plataforma.

—Mi padre está respondiendo.

Marceau la miró.

—Entonces permita que continúe haciéndolo.

Delacroix intervino antes de que la tensión creciera.

—Mademoiselle Bresson, usted tocó el caballo blanco antes de la llegada de Chavanel.

Margot se quedó quieta.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque siempre lo hago.

—¿Siempre?

—Cuando paso junto a él.

—¿Por superstición?

—Por costumbre.

—Las costumbres suelen ser supersticiones con mejor ropa.

Margot sostuvo su mirada. No era una joven fácil de intimidar, lo cual podía ser virtud, defecto o ambas cosas.

—Mi abuelo lo talló —dijo—. O eso decía mi padre. Cuando era niña, creía que si tocaba la crin antes de abrir la feria habría buena recaudación.

—¿Y la hubo alguna vez?

—No la suficiente.

Anatole cerró los ojos.

Delacroix asintió, sin insistir por ahora.

—¿Notó algo extraño al tocarlo?

—No.

—¿Nada en la crin, la silla, la barra?

—No.

—¿Está segura?

Margot miró el caballo blanco. Por primera vez, su firmeza titubeó. Fue un gesto mínimo: una duda, un recuerdo incompleto, una astilla en la memoria.

—La silla estaba fría —dijo.

Marceau frunció el ceño.

—¿Fría?

—Estaba lloviendo —respondió Margot, casi defendiéndose de su propia observación—. Todo estaba frío.

Delacroix no dijo nada, pero guardó la frase.

La silla estaba fría.

No parecía gran cosa. Las investigaciones estaban llenas de frases así, pequeñas, casi ridículas, que uno recogía por educación y terminaban abriendo una puerta en mitad de una pared.

—¿Quién revisó el carrusel antes de abrir? —preguntó Delacroix.

Anatole miró hacia Célestin.

—Célestin.

—¿Siempre lo hace él?

—Desde hace tres años.

—¿Antes lo hacía usted?

—Antes hacía muchas cosas.

La respuesta no era una respuesta. O quizá lo era demasiado.

Marceau alzó la voz.

—Roux. Suba.

Célestin no se movió al principio. Margot giró la cabeza hacia él, no con miedo, sino con advertencia. Ese intercambio silencioso valía más que un párrafo de confesión mal escrito.

Finalmente, el mecánico subió.

Visto de cerca, parecía más joven de lo que su expresión sugería. Treinta años, quizá. Rostro estrecho, barba mal afeitada, ojos grises y manos fuertes. Las uñas estaban negras de grasa. En el dorso de la mano izquierda tenía una pequeña quemadura reciente.

Delacroix la vio.

Célestin vio que él la veía.

—¿Revisó usted el carrusel esta tarde? —preguntó Marceau.

—Sí.

—¿A qué hora?

—Antes de abrir. Sobre las seis.

—¿Tocó el caballo blanco?

—Toqué todos los caballos.

—No le he preguntado por todos.

—Y yo no reviso solo los que le interesan a la policía.

Marceau dio un paso hacia él.

—Hable con cuidado.

Célestin no bajó la mirada.

—Llevo toda la noche hablando con cuidado.

Delacroix intervino con suavidad.

—Eso cansa mucho, monsieur Roux.

El mecánico lo miró.

—¿Qué quiere saber?

—Lo mismo que el inspector, pero quizá con menos afecto por las amenazas. ¿Encontró algo extraño en el caballo blanco durante la revisión?

—No.

—¿Está seguro?

—Sí.

—¿Aplicó grasa reciente en esta zona?

Delacroix señaló la unión inferior.

Célestin tardó muy poco en responder.

Demasiado poco.

—Sí.

Marceau se giró hacia él.

—¿Hace un momento no dijo que no había nada extraño?

—Engrasar una pieza no es extraño.

—¿Por qué esa y no las demás?

—Porque chirriaba.

—Nadie ha mencionado un chirrido.

—Porque el organillo tapa muchas cosas.

Delacroix observó su rostro.

—El niño escuchó un clac durante la segunda vuelta.

Célestin no parpadeó, pero su mandíbula se tensó.

—Los niños escuchan monstruos debajo de la cama.

—A veces tienen razón. Solo se equivocan de nombre.

—Yo no he matado a nadie.

Marceau sonrió sin alegría.

—Curioso. Todavía no lo habíamos acusado.

—Me miran como si lo hubieran hecho.

—Tiene manos, acceso y conocimientos.

—En ese caso, detengan también al carpintero, al herrero, al relojero y a cualquier hombre que sepa atarse los cordones.

—No me tiente.

Margot subió del todo a la plataforma.

—Célestin no lo hizo.

Marceau se volvió hacia ella.

—¿Lo sabe o lo desea?

—Lo sé.

—Qué suerte. Yo llevo veinte años en la policía y casi nunca sé nada tan deprisa.

—Él no mataría por Chavanel.

Delacroix notó la frase.

No había dicho: “Él no mataría a Chavanel”.

Había dicho: “Él no mataría por Chavanel”.

Las palabras, como los cadáveres, rara vez caían en una posición inocente.

—¿Y por usted? —preguntó Delacroix.

Margot lo miró con frialdad.

—¿Perdón?

—¿Mataría por usted?

Célestin dio un paso.

—No le hable así.

Delacroix no apartó los ojos de Margot.

—No era una acusación. Era una medida.

—¿De qué?

—Del amor. Conviene saber hasta dónde llega cuando hay un muerto cerca.

Margot sostuvo su mirada durante unos segundos.

—El amor no tiene nada que ver con esto.

—Qué frase tan optimista.

Célestin apretó los puños.

—Ya basta.

Marceau señaló sus manos.

—Abra los dedos.

—¿Qué?

—Las manos. Abra los dedos.

—No.

—No era una invitación.

Durante un instante, pareció que Célestin iba a negarse. Luego, quizá porque comprendió que la noche ya tenía suficientes tragedias y él no necesitaba añadir una paliza administrativa, abrió las manos.

Marceau miró las palmas. Delacroix también.

Grasa. Pequeños cortes. La quemadura en el dorso. Y, bajo la uña del pulgar derecho, una línea rojiza.

—¿Sangre? —preguntó Marceau.

—Me corté —dijo Célestin.

—Qué oportuno.

—Trabajo con herramientas.

—Las herramientas también son oportunas.

Delacroix se inclinó un poco.

—¿Cuándo se cortó?

—Esta tarde.

—¿Haciendo qué?

Célestin miró hacia el taller, situado detrás del carrusel, una caseta estrecha de madera con puerta de dos hojas y una lámpara encendida en el interior.

—Ajustando una pieza.

—¿Del caballo blanco?

—Del carrusel.

—No es lo mismo.

—Para mí sí.

—Esa clase de respuestas solo parecen inteligentes hasta que alguien las escribe en un informe.

El mecánico respiró con fuerza.

Margot le tocó el brazo.

—Célestin.

Él la miró. Aquello bastó para que Delacroix confirmara lo que ya sospechaba: entre ellos había una alianza anterior al crimen. Podía ser amor, secreto, culpa o una mezcla de las tres cosas. Las mezclas, por desgracia, eran más habituales.

—¿Podemos ver su taller? —preguntó Delacroix.

—No.

Marceau se aclaró la garganta.

—Permítame traducir: vamos a ver su taller.

Célestin miró a Anatole Bresson.

El viejo no dijo nada.

Esa ausencia de respuesta hizo más ruido que cualquier defensa.

Bajaron de la plataforma. Delacroix pidió al médico que esperara todavía unos minutos antes de retirar el cadáver. El doctor protestó lo justo para conservar su autoestima profesional y luego se sentó en un banco cercano, resignado a fumar bajo la lluvia sin encender el cigarro.

La puerta del taller de Célestin chirrió al abrirse.

Dentro olía a aceite, madera húmeda, metal caliente y tabaco frío.

Era un espacio estrecho, mal iluminado por una lámpara de petróleo colgada de una viga.

Había herramientas ordenadas en una pared: llaves, alicates, sierras pequeñas, limas, martillos, punzones, destornilladores de distintos tamaños.

En una mesa se apilaban piezas de hierro, tornillos, muelles, correas de cuero, fragmentos de madera pintada y una taza con restos de café que parecía haber sido abandonada por misericordia.

Delacroix se quedó en la entrada unos segundos.

—Es ordenado —dijo.

—Trabajo mejor así —respondió Célestin.

—Los hombres ordenados me preocupan.

—A mí me preocupan los que entran en talleres ajenos y opinan.

—Entonces ambos estamos incómodos. Es un buen comienzo.

Marceau empezó a revisar la mesa con más entusiasmo que método.

Delacroix, en cambio, recorrió el espacio con los ojos.

Buscaba desajustes. Un taller siempre era una confesión involuntaria.

Decía qué herramientas se usaban más, qué hábitos tenía el dueño, qué cosas se ocultaban por vergüenza y cuáles por miedo.

En la pared, una llave faltaba.

Su silueta quedaba marcada en la madera por el polvo acumulado alrededor.

—¿Dónde está esa? —preguntó Delacroix.

Célestin ni siquiera tuvo que mirar demasiado.

—La usé esta tarde.

—¿Y dónde la dejó?

—No lo sé.

Marceau alzó la cabeza.

—Mala respuesta.

—He tenido una noche mala.

—También monsieur Chavanel y no se está excusando.

Célestin apretó la boca.

Delacroix se acercó a la mesa. Había virutas de metal cerca de un tornillo cortado. Junto a ellas, un trozo de tela oscura manchado de grasa. Nada concluyente. Demasiado evidente quizá. Más allá, en una esquina, vio una pequeña caja de lata entreabierta.

No la tocó. Señaló a Marceau.

El inspector la abrió con un pañuelo.

Dentro había clavos finos, un muelle, dos tornillos pequeños y una pieza metálica alargada, limpia, recién pulida. La forma no decía gran cosa por sí sola, pero tenía una punta estrecha y un borde con restos de grasa.

Marceau miró a Célestin.

—Explíqueme esto.

—Piezas.

—Qué alivio. Había temido que fueran flores.

—Son piezas del mecanismo de subida.

—¿Del caballo blanco?

Silencio.

Margot, que había seguido al grupo hasta la entrada del taller, se llevó una mano a la boca.

Anatole Bresson no había entrado. Se quedó fuera, bajo la lluvia, como si el taller perteneciera a un mundo del que ya no tenía derecho a formar parte.

—¿Del caballo blanco? —repitió Marceau.

Célestin respondió sin mirar a Margot.

—Sí.

El inspector tomó la pieza con cuidado, envuelta en el pañuelo.

—¿Por qué la retiró?

—Porque estaba dañada.

—¿Cuándo?

—Después.

Delacroix levantó la mirada.

—¿Después de qué?

Célestin se dio cuenta tarde.

—Después de revisar.

—¿Después de revisar o después de la muerte?

El mecánico calló.

La lluvia sonaba sobre el techo de madera del taller.

Delacroix avanzó un paso.