Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 3 — Que nadie salga
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Capítulo 3 — Que nadie salga

La primera reacción de una multitud ante un cadáver suele ser la curiosidad.

Después llega el miedo.

Luego, bastante más tarde, aparece la moral, despeinada y fingiendo haber estado allí desde el principio.

En la feria de Saint-Aubin, aquellas tres etapas se desarrollaron con una rapidez casi admirable.

Primero todos quisieron acercarse al carrusel para ver mejor a Octave Chavanel, porque el ser humano tiene una relación indecente con la desgracia ajena y muy pocas oportunidades de reconocerlo en voz alta.

Después, cuando comprendieron que nadie sabía cómo había muerto, quisieron alejarse.

Y por último, cuando los agentes cerraron las entradas, algunos empezaron a indignarse como si el crimen hubiera sido una falta de consideración hacia sus horarios.

—¡Mi esposa está enferma! —gritó un hombre junto a la verja principal.

—Entonces ha elegido una noche muy mala para venir a una feria —respondió uno de los agentes.

—¡Tengo derecho a salir!

—Y yo tengo orden de no dejarle.

—¡Esto es un abuso!

—No. Un abuso es discutir con un hombre armado que además está mojado.

El hombre retrocedió lo justo para conservar su dignidad sin arriesgar la mandíbula.

Delacroix observó la escena desde el pie del carrusel.

La lluvia fina seguía cayendo con una paciencia irritante, de esa que no empapa de golpe, sino que se dedica a minar la ropa y el ánimo hasta volverlos inseparables.

Las luces de la feria continuaban encendidas, pero ya no prometían alegría.

Ahora parecían lámparas dejadas por descuido en una habitación donde acababa de morir alguien.

El organillo estaba callado.

Ese silencio importaba más que el ruido.

Cuando una música repetitiva se detiene de pronto, deja una especie de hueco en el aire.

La feria entera parecía organizada alrededor de aquel hueco: los niños abrazados a sus madres, los feriantes agrupados en corrillos, los visitantes buscando una excusa para marcharse y los caballos de madera inmóviles, demasiado pintados, demasiado obedientes.

Octave Chavanel seguía sobre el caballo blanco.

El médico había cubierto parcialmente el cuerpo con una manta, sin moverlo de la postura en que había quedado.

La tela oscura caía desde los hombros hasta los muslos, dejando visible una mano enguantada y parte del rostro.

Aquello resultaba casi peor. Cuando un cadáver queda del todo expuesto, al menos la mirada entiende a qué atenerse.

Cubierto a medias, parecía un hombre descansando entre vueltas, como si en cualquier momento fuera a quejarse del servicio.

—Esto se nos va de las manos —dijo el inspector Marceau.

No lo dijo con pánico. Marceau no parecía un hombre dado al pánico; más bien al estreñimiento emocional. Pero su voz tenía una gravedad práctica. Sabía que una feria cerrada con un muerto en el centro era una olla con demasiada gente dentro.

—Todavía no —respondió Delacroix.

—Usted tiene una fe conmovedora en la obediencia pública.

—No. Tengo fe en que la mayoría de las personas teme más a la policía que a su propia conciencia.

—Eso no es fe. Es experiencia.

—Suele ser más útil.

Marceau se pasó una mano por el bigote húmedo y miró alrededor.

—Tenemos visitantes, feriantes, empleados, dos entradas, media docena de carromatos, una barraca de tiro con armas de feria, una adivina, una cantante, un mecánico que parece querer estrangular a alguien y un muerto importante.

—Importante para los periódicos.

—Para el prefecto también, que es peor.

—El prefecto no sangra.

—No, pero escribe cartas.

Delacroix concedió el punto con una leve inclinación de cabeza.

El inspector llamó a sus dos agentes. Uno era alto, joven y demasiado limpio para resultar convincente. El otro, más bajo y cuadrado, tenía la nariz torcida y la expresión resignada de quien ya sabía que aquella noche no terminaría con una sopa caliente.

—Leroux, usted se queda en la entrada principal. Nadie sale. Nadie entra. Ni familiares, ni curiosos, ni curas, ni periodistas, ni hombres que afirmen tener una cabra indispuesta al otro lado de la verja.

—Sí, inspector.

—Morel, la salida de carromatos. Quiero nombres de todos los que intenten acercarse. Si alguno insiste demasiado, lo trae aquí.

—¿Y si hay niños?

—Los niños no conducen carromatos. Si alguno conduce uno, lo detiene por precocidad criminal.

Morel asintió como si aquello fuera una instrucción perfectamente razonable y se marchó hacia la parte trasera de la feria.

Marceau volvió a Delacroix.

—¿Por dónde quiere empezar?

Delacroix miró el carrusel.

—Por el único testigo que no puede mentir.

—El muerto.

—El caballo.

Marceau cerró los ojos un instante.

—Sabía que iba a decir algo así. Lo noté venir y aun así me ha molestado.

—Entonces conserva sus reflejos.

Subieron a la plataforma.

El médico, que seguía junto al cadáver con el maletín abierto, levantó la vista.

—¿Puedo moverlo ya?

—Todavía no —dijo Delacroix.

—Monsieur, soy médico. No decorador funerario. Mi trabajo mejora mucho cuando el paciente está sobre una mesa y no montado en un caballo de feria.

—Su paciente ya no tiene prisa.

—Yo sí.

—Le prometo que será breve.

—Eso dicen todos los hombres antes de hacer perder media hora.

Marceau soltó una tos que pudo ser risa o catarro.

Delacroix se acercó al caballo blanco sin tocarlo.

Primero observó el conjunto: la silla escarlata, la barra dorada, el cuello alto, la crin tallada en ondas, las patas delanteras estiradas como si estuviera a punto de saltar fuera de la plataforma.

Luego se agachó para mirar la unión entre el cuerpo del caballo y el eje que lo hacía subir y bajar.

Había grasa reciente.

No mucha. Apenas una película brillante en una zona donde el polvo antiguo había formado una costra oscura. La grasa nueva tenía una insolencia propia: delataba la mano humana del mismo modo que un perfume caro delata una mentira pobre.

—Inspector —dijo Delacroix.

Marceau se inclinó a su lado.

—Veo grasa.

—Muy bien.

—No me hable como a un perro que acaba de encontrar un palo.

—Los perros suelen encontrar cosas más interesantes que algunos inspectores.

—Delacroix.

—La grasa es reciente. Fíjese en el contraste con esta zona.

Marceau observó.

—Alguien lo engrasó esta tarde.

—O anoche. Pero con esta lluvia y este barro, diría que más tarde que temprano.

—¿Eso es raro en un carrusel?

—No necesariamente. Todo mecanismo necesita cuidados. Lo raro es que una parte esté cuidada con tanto entusiasmo y las demás no.

Marceau se enderezó.

—El mecánico.

Delacroix no respondió.

Bajó un poco más la mirada. En el borde inferior de la silla, justo debajo de donde había caído el abrigo de Chavanel, encontró la línea fina de sangre que ya había visto.

Nacía cerca del costado del cadáver y descendía por la madera hasta perderse en una moldura.

Allí, entre dos adornos dorados, había algo más.

Una pequeña marca.

No era una grieta antigua. La madera alrededor estaba levantada, recién herida, como si una pieza hubiera rozado allí con violencia o hubiera sido encajada y retirada de mala manera.

Delacroix sacó un pañuelo, no para tocar la marca, sino para acercarlo y contrastar la luz.

—¿Qué es? —preguntó Marceau.

—Una impaciencia.

—Qué maravilla. Detendré a la impaciencia y veremos si confiesa.

Delacroix sonrió apenas.

—Alguien trabajó aquí deprisa.

—¿Preparó algo?

—Quizá. O corrigió algo. O intentó borrar algo y no terminó.

Marceau miró hacia abajo, donde Célestin Roux permanecía apartado, con el rostro duro y los hombros tensos.

—Sigo oyendo el nombre del mecánico aunque usted no lo diga.

—Entonces escuche también el resto. Un mecánico descuidado deja huellas evidentes. Un buen mecánico no.

—¿Y Roux qué es?

—Todavía no lo sé.

Delacroix rodeó el caballo, avanzando con cuidado para no alterar la posición del cadáver. La plataforma estaba húmeda en algunas zonas por la lluvia que entraba de lado. Cerca de la pata trasera del caballo blanco, encontró barro.

Eso sí era interesante.

No porque hubiera barro. En una feria instalada junto a un río, bajo lluvia fina, el barro era casi un miembro del reparto.

Lo interesante era la forma: una marca alargada, estrecha, distinta de las pisadas redondas o aplastadas que se veían en el resto de la plataforma.

Parecía el borde de una suela, quizá de una bota, apoyada solo parcialmente.

—Nadie subió durante la vuelta —dijo Marceau, siguiendo su mirada.

—Eso cree la gente.

—¿Usted no?

—Yo creo que la gente mira lo que entiende. Cuando algo no entra en su idea de la escena, tiende a borrarlo.

—¿Alguien pudo saltar a la plataforma con el carrusel girando?

—Pudo. Pero habría sido visible, arriesgado y bastante estúpido.

—A veces los asesinos lo son.

—Sí, pero este no parece uno de esos. Todavía.

Delacroix se agachó y miró la mancha de barro desde otro ángulo. Luego buscó marcas similares. Encontró otra cerca de la cabina, más tenue. La plataforma había girado, claro, así que la relación entre las marcas y el punto de partida no era evidente. Habría que reconstruir el movimiento despacio.

—Necesito saber quién estuvo en la plataforma antes de la vuelta —dijo.

Marceau llamó a Anatole Bresson.

El viejo tardó en reaccionar. Margot le tocó el brazo, y solo entonces pareció volver desde algún sitio remoto. Subió al carrusel con la rigidez de quien entra en una iglesia profanada. Al ver a Chavanel cubierto por la manta, bajó los ojos.

—Monsieur Bresson —dijo Marceau—, responda con claridad. ¿Quién subió a la plataforma antes de que el señor Chavanel montara?

Bresson miró a Delacroix antes de responder. Eso tampoco pasó desapercibido.

—Visitantes. Niños. Varias personas.

—Me refiero a los minutos previos.

—Mi hija. Célestin. Yo. Monsieur Chavanel, por supuesto.

—¿Alguien más?

—No lo sé.

—Haga un esfuerzo.

El viejo apretó los labios.

—La feria estaba llena.