Capítulo 2 — Tres vueltas y un cadáver #3
—Porque en este momento monsieur Chavanel no es solo un cadáver. Es también una frase escrita en el sitio exacto donde alguien quiso escribirla. Si lo movemos antes de leerla, solo nos quedará mala literatura.
Marceau torció la boca.
—Esta es la clase de cosas por las que no me cae bien.
—Lo sé.
—Pero tiene razón.
—También lo sé.
El inspector hizo una señal al médico para que esperara.
Delacroix volvió a subir a la plataforma, pero esta vez no se acercó a Chavanel. Caminó despacio alrededor del caballo blanco. La madera crujió bajo sus zapatos. Los farolillos lanzaban sombras móviles sobre la pintura. La lluvia golpeaba el techo del carrusel con un murmullo suave.
Se inclinó junto al estribo.
Allí, en el borde inferior de la silla, había una gota oscura. No había caído al suelo. Se había quedado prendida en la madera, como si incluso la sangre dudara de abandonar aquel escenario.
Delacroix miró el suelo de la plataforma. Buscó más gotas. Apenas encontró una, muy pequeña, cerca de la pata delantera del caballo. Después, nada.
No era una hemorragia abundante. No era un ataque torpe. No era un crimen de furia.
Al menos no en la ejecución.
La furia podía haber estado antes.
O después.
O durante años.
—Inspector —dijo.
Marceau subió con cuidado.
—¿Qué?
Delacroix señaló la gota.
—La sangre no se ha dispersado.
—¿Y eso significa?
—Que la herida fue precisa. Que el cuerpo permaneció en la posición adecuada. Que no hubo forcejeo.
—Eso ya lo sabíamos.
—No. Lo suponíamos por la mirada de los demás. Ahora lo dice la sangre. La sangre es menos impresionable.
Marceau gruñó.
—¿Alguien pudo apuñalarlo desde abajo?
Delacroix observó la altura del caballo, la posición de la plataforma, la distancia hasta la barrera.
—Durante el giro, con todos mirando, sin que nadie lo viera y acertando en un punto preciso del cuerpo de un hombre en movimiento.
—Difícil.
—La palabra amable es difícil.
—¿La suya?
—Ridículo.
Marceau aceptó el golpe con un gesto.
—Entonces, antes.
—O mediante algo preparado.
El inspector siguió la mirada de Delacroix hacia el caballo blanco.
Durante un segundo, ambos hombres se quedaron en silencio.
La idea no necesitaba ser dicha todavía. Decir demasiado pronto una sospecha la volvía vanidosa, y la vanidad era una enfermedad que Delacroix prefería dejar al muerto.
Abajo, la multitud volvía a agitarse. Un hombre exigía salir porque su esposa estaba indispuesta.
Una mujer juraba que su marido no tenía nada que ver con ningún cadáver, una afirmación curiosa teniendo en cuenta que nadie había mencionado a su marido.
Un agente intentaba mantener cerrada la entrada trasera, por donde varios feriantes pretendían retirar dos carromatos “para que no se mojaran las mantas”.
—Nadie sale —repitió Marceau desde la plataforma—. Quien insista pasará la noche en una celda y mañana podrá explicar al juez por qué tenía tanta prisa.
Las protestas bajaron de intensidad.
Delacroix miró a Anatole Bresson.
El viejo dueño del carrusel seguía pálido. Margot le hablaba en voz baja, pero él no parecía escucharla. Sus ojos estaban fijos en el caballo blanco, no en Chavanel. Esa diferencia importaba.
Célestin Roux, en cambio, miraba el suelo.
Gaston Verrier miraba a Célestin.
Madame Séraphine miraba a Delacroix.
Y el niño de la manzana de caramelo miraba el caballo blanco como si acabara de traicionarlo un amigo.
Delacroix bajó de la plataforma y se acercó al pequeño.
—¿Cómo te llamas?
El niño tragó saliva.
—Nicolas.
—Nicolas. Antes me dijiste que el caballo blanco subía distinto.
El pequeño asintió muy despacio.
—¿Lo hizo ahora?
Nicolas miró hacia el carrusel. Su madre, que estaba detrás de él, quiso tirar de su hombro.
—No moleste al niño, monsieur. Ya ha visto bastante.
—Precisamente por eso le pregunto a él y no a un adulto.
La mujer no supo si ofenderse.
Nicolas apretó la manzana de caramelo hasta que el azúcar rojo se le pegó a los dedos.
—Sonó raro —dijo.
Delacroix se inclinó un poco.
—¿Qué sonó raro?
—El caballo.
Alguien cercano soltó una risa nerviosa.
—Los caballos de madera no suenan, pequeño.
Nicolas se puso rojo.
Delacroix no apartó los ojos de él.
—Algunos adultos tampoco piensan y nadie se sorprende demasiado. Continúa.
El niño respiró.
—No fue un relincho. Ya sé que no relincha. No soy tonto.
—No he pensado eso.
—Fue como... como cuando mi padre cierra una caja y queda algo pillado dentro. Un clac pequeño. Pero la música estaba muy fuerte.
—¿En qué vuelta?
Nicolas frunció el ceño con esfuerzo.
—Cuando pasó por allí.
Señaló un punto del carrusel, entre la cabina del organillo y la parte que daba hacia la barraca de tiro.
Delacroix siguió la dirección del dedo.
—¿La primera vuelta?
—No. La segunda. Creo.
—¿Crees?
—La primera saludó. La segunda ya no.
Delacroix sintió que algo, muy pequeño, encajaba sin hacer ruido.
—Gracias, Nicolas.
El niño miró el carrusel con tristeza.
—¿Van a quitar el caballo blanco?
—No lo sé.
—No ha sido culpa suya.
Delacroix tardó un instante en responder.
—Casi nunca es culpa de aquello que los hombres convierten en arma.
Nicolas no entendió del todo la frase, pero pareció aceptar el tono.
Delacroix regresó junto a Marceau.
—Tenemos un sonido.
—¿Un sonido?
—Un clac pequeño durante la segunda vuelta.
—¿Y eso nos da qué?
—Un instante.
—Preferiría un asesino.
—Los asesinos suelen esconderse detrás de los instantes.
Marceau miró al niño, luego al carrusel, luego a Chavanel.
—¿Está diciendo que el caballo lo mató?
Delacroix observó al animal de madera. Bajo la luz amarillenta, con la silla manchada y el cadáver inclinado sobre su lomo, el caballo blanco ya no parecía hermoso. Parecía paciente.
—No, inspector —dijo—. Los caballos de madera no matan.
Hizo una pausa.
—Pero alguien puede enseñarles.