Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15) Capítulo 2 — Tres vueltas y un cadáver #2
8%

Capítulo 2 — Tres vueltas y un cadáver #2

La mancha no era grande. Eso resultaba extraño.

Si Chavanel había recibido una puñalada durante el giro, alguien tendría que haberse acercado.

Nadie lo había hecho. Si había sido herido antes de subir, la sangre habría manchado más, la postura habría cambiado, el dolor habría sido visible.

Al menos, en teoría. Delacroix desconfiaba de todas las teorías que pretendían decirle al cuerpo humano cómo debía comportarse.

El muerto, por desgracia, suele ser más imaginativo que los manuales.

—Necesito un médico —dijo.

—Voy —respondió Baptiste.

—Y policía.

—También.

—Procure que no venga media ciudad.

Baptiste miró alrededor: la multitud, los gritos, los feriantes, los niños llorando, las luces, la lluvia fina.

—Eso quizá sea pedir demasiado.

—Entonces pida poco, pero con cara de hombre insoportable. Suele funcionar.

Baptiste bajó de la plataforma y se abrió paso entre la gente.

Delacroix volvió a mirar el cadáver. Luego miró el caballo blanco.

La crin tallada brillaba bajo las lámparas.

La pintura, vista de cerca, estaba más gastada de lo que parecía desde abajo.

Había pequeñas grietas junto al cuello, rozaduras en la silla, marcas de manos antiguas en la barra.

Aquello no era solo una atracción. Era un objeto tocado por miles de vidas pequeñas.

Niños que habían reído, madres que habían sujetado abrigos, parejas que se habían prometido cosas que seguramente no cumplieron, viejos que habían mirado desde abajo recordando que una vez también fueron ligeros.

Y ahora cargaba un cadáver.

Delacroix notó algo en la parte baja de la silla, casi oculto por el abrigo de Chavanel. No lo tocó. Se limitó a inclinarse. Una línea oscura, muy fina, descendía por el borde de la madera escarlata y se perdía cerca del estribo.

Sangre.

No mucha.

Suficiente.

—Monsieur Delacroix.

La voz era de Madame Séraphine.

La adivina estaba al pie de la plataforma. Bajo la lluvia, su turbante violeta parecía más oscuro, casi negro. No tenía expresión de susto. Tampoco de satisfacción. Eso la volvía difícil de colocar en el paisaje.

—No creo haberme presentado —dijo Delacroix.

—No hacía falta.

—Qué cómodo debe de ser vivir entre certezas.

—No tantas como cree.

—En ese caso, bienvenida al mundo.

Madame Séraphine miró el cadáver.

—Ha muerto como vivió.

—¿Montado en un caballo de madera?

—Creyendo que todo lo que tocaba le pertenecía.

Delacroix bajó de la plataforma. Célestin Roux se había acercado a Margot y le hablaba en voz baja. Ella no lo miraba. Anatole Bresson seguía junto a la cabina, con la mirada fija en el caballo blanco.

—¿Vio algo? —preguntó Delacroix a la adivina.

—Todo el mundo vio algo.

—No es lo mismo que ver algo útil.

—Vi a un hombre subir vivo y bajar muerto.

—No ha bajado.

—Entonces la muerte tampoco ha terminado su trabajo.

Delacroix guardó silencio un instante.

—¿Quién quería muerto a Octave Chavanel?

Madame Séraphine soltó una risa breve, sin alegría.

—En esta feria, monsieur, esa pregunta es demasiado grande.

—Redúzcala.

—Pregunte quién no lo quería muerto. Terminará antes y se mojará menos.

Antes de que Delacroix pudiera responder, se oyó un silbato en la entrada. Dos agentes atravesaron la multitud, seguidos por un hombre de mediana edad, compacto, con bigote oscuro, gabán abrochado hasta el cuello y cara de haber sido arrancado de una cena caliente contra su voluntad.

El inspector Jules Marceau no necesitaba anunciarse. Caminaba con esa mezcla de autoridad y disgusto que algunos funcionarios perfeccionaban después de años de tratar con borrachos, ladrones menores, esposos violentos y alcaldes que exigían discreción.

—¡Abran paso! —ordenó uno de los agentes—. ¡Abran paso, por Dios!

—No invoque a Dios todavía —dijo Marceau—. Espere a que sepamos si hace falta molestarle.

Llegó al carrusel, se quitó el sombrero empapado y miró primero a Chavanel. Luego miró a Delacroix.

Su expresión cambió.

No mucho. Lo justo para pasar de la irritación al cálculo.

—Monsieur Delacroix.

—Inspector Marceau.

—Me habían dicho que estaba en la ciudad.

—Lamento confirmar rumores en una circunstancia tan poco social.

Marceau observó la feria.

—¿Es suyo?

—No suelo adquirir cadáveres en lugares públicos.

—Me refiero al caso.

—Todavía no.

—Qué alivio tan breve.

El inspector subió a la plataforma, miró el cuerpo desde cierta distancia y luego se volvió hacia sus agentes.

—Cerrad las entradas. Nadie sale. Nadie desmonta nada. Nadie mueve carromatos, cajas, animales, barracas ni a su tía enferma aunque jure que se muere tres pueblos más allá.

Uno de los agentes dudó.

—¿También las familias, inspector?

—Especialmente las familias. Las familias mienten con más ternura, que es lo mismo pero peor.

Delacroix casi sonrió.

Marceau descendió de la plataforma y se acercó a él.

—Dígame que al menos alguien vio algo.

—Todos vieron al señor Chavanel dar tres vueltas.

—Eso no ayuda.

—Ayuda a saber que el asesino fue educado. Mató sin interrumpir la música.

Marceau lo miró.

—No estoy de humor para ingenios.

—Yo tampoco. Por eso me estoy conteniendo.

El inspector exhaló por la nariz. No le gustaba Delacroix.

O quizá le gustaba menos de lo que habría deseado.

Habían coincidido años atrás en un asunto turbio de herencias, venenos y una viuda con demasiadas lágrimas para ser sincera.

Marceau era un policía práctico, de botas embarradas, enemigo de los adornos y de las conclusiones brillantes dichas junto a una chimenea.

Pero no era tonto. La diferencia, aunque algunos la olvidaran, resultaba fundamental.

—¿Qué tenemos? —preguntó.

Delacroix señaló el cadáver.

—Octave Chavanel. Vivo al subir. Muerto al detenerse. Herida aparente en el costado izquierdo. Ninguna persona se acercó a él durante el giro, al menos según la impresión general.

—¿Impresión general?

—La multitud es mala testigo. Ve mucho y entiende poco.

—¿Y usted?

—Yo veo poco y desconfío bastante.

—Eso tampoco ayuda.

—Ayuda más de lo que parece.

Marceau miró a Chavanel con fastidio.

—Conozco al muerto.

—Medio Saint-Aubin parece conocerlo.

—No he dicho que lo lloren.

—Eso también parece compartido.

El inspector bajó la voz.

—Chavanel tenía enemigos. De esos que no hace falta fabricar para una novela barata. Deudores, viudas, comerciantes arruinados, feriantes, algún concejal, dos o tres amantes y al menos un hermano que no le hablaba desde hace quince años.

—Una vida plena.

—Una vida útil para morirse rodeado de sospechosos.

Delacroix miró alrededor.

Los agentes intentaban cerrar la verja principal mientras la gente protestaba.

Algunos visitantes exigían volver a casa.

Otros querían quedarse, lo cual era peor.

Los feriantes hablaban entre ellos en grupos pequeños, rápidos, como animales que huelen tormenta.

Margot Bresson permanecía cerca de su padre.

Célestin Roux estaba a unos pasos, separado de ambos, pero unido por una tensión visible.

Gaston Verrier, en la caseta de tiro, los observaba con los brazos cruzados.

Clémence Aubry, una mujer de vestido verde oscuro y plumas negras en el cabello, había salido de la barraca de variedades y contemplaba el carrusel con una palidez perfectamente controlada.

Demasiadas personas parecían afectadas.

Demasiadas no parecían sorprendidas.

—Necesito que nadie toque el caballo —dijo Delacroix.

Marceau se volvió hacia un agente.

—¿Ha oído?

—Sí, inspector.

—Pues si alguien toca el caballo, le parte usted la mano con educación.

El agente parpadeó.

—¿Con educación?

—Diga “por favor” después.

Delacroix miró a Marceau.

—Empieza a caerme mejor.

—No se acostumbre.

Baptiste regresó empapado, seguido por un médico pequeño, de cabello gris y maletín negro. El doctor parecía haber sido sacado de la cama o de una partida de cartas; en cualquiera de los dos casos, se mostraba igualmente ofendido.

—Soy médico, no acróbata —protestó al subir a la plataforma—. ¿Quién demonios se muere en un carrusel?

—Hasta ahora, monsieur Chavanel —dijo Delacroix—. Esperemos que no siente precedente.

El doctor lo miró sin saber si debía reír o pedirle que se apartara. Eligió lo segundo con un gesto de la mano.

—Déjenme ver.

Delacroix bajó. Marceau se quedó cerca, vigilando.

El médico examinó a Chavanel sin moverlo más de lo necesario. Tocó el cuello, levantó un párpado, observó la mancha del costado, olió la tela con una prudencia casi cómica y luego miró a los dos hombres.

—Está muerto.

Baptiste cerró los ojos.

—Siempre me admira la precisión científica.

El médico lo ignoró.

—La herida está aquí, bajo el abrigo. No puedo decir más hasta retirar la ropa y examinarlo bien. Pero no parece una herida grande.

Marceau frunció el ceño.

—¿Una herida pequeña lo mató así de rápido?

—Una herida pequeña en el sitio adecuado puede ser más eficiente que una grande hecha por un idiota.

—¿Cuánto lleva muerto?

El médico miró el carrusel, la lluvia, la multitud, como si esperara que el paisaje le ofreciera una respuesta.

—Muy poco. Minutos. Tal vez murió durante la vuelta. Tal vez justo antes de detenerse. No puedo precisar más aquí, con esta luz y este teatro de caballos.

—¿Pudo subir ya herido? —preguntó Delacroix.

—Pudo. Pero si subió herido, debió de ocultarlo muy bien.

—Era un hombre vanidoso —dijo Marceau—. Esos ocultan hasta la agonía si creen que les afea.

Delacroix no apartó la vista de la mancha.

—¿Y veneno?

El médico chasqueó la lengua.

—No veo signos claros, pero no lo descartaría sin examinarlo. Aunque esa herida no se hizo sola.

—Casi nada se hace solo, doctor. Salvo los rumores y los malos matrimonios.

El médico lo miró con cansancio.

—¿Puedo bajar al cadáver?

—Todavía no —dijo Delacroix.

Marceau lo miró.

—¿Por qué?

Delacroix señaló la posición del cuerpo.