Capítulo 2 — Tres vueltas y un cadáver
El carrusel siguió girando.
Al principio, nada pareció fuera de lugar.
Ese fue, probablemente, el detalle más inquietante de todos.
Los caballos subían y bajaban con su solemnidad de juguete antiguo.
Las luces temblaban sobre las crines pintadas.
El organillo repetía una melodía alegre, demasiado alegre, como si quisiera convencer a la noche de que todavía no había motivos para torcer el gesto.
Los niños señalaban a Octave Chavanel y se reían al verlo montado en el caballo blanco, con el bastón levantado y el abrigo oscuro cayéndole a ambos lados de la silla escarlata.
Chavanel disfrutaba.
O, al menos, disfrutaba de ser mirado.
Había hombres que no necesitaban placeres verdaderos. Les bastaba con ocupar el centro del cuadro. Chavanel pertenecía a esa especie: no montaba por diversión, sino para que todos entendieran que incluso el objeto más querido de Anatole Bresson podía acabar bajo su peso.
Delacroix lo observaba desde el borde de la plataforma, apenas protegido de la llovizna por el ala del sombrero. Baptiste, a su lado, había dejado de comer almendras. Aquello, en él, equivalía a una declaración de alarma.
—Espero que se maree —murmuró.
—No parece un hombre dado a marearse —respondió Delacroix.
—Todos los hombres deberían marearse alguna vez. Les daría perspectiva.
El carrusel completó la primera vuelta.
Chavanel pasó frente a ellos y saludó con una inclinación exagerada, casi teatral.
El caballo blanco ascendía y descendía bajo su cuerpo con un movimiento suave, digno, como si soportara la humillación con mejor educación que los humanos reunidos alrededor.
Al pasar junto a la cabina, Chavanel miró a Bresson y sonrió.
El viejo feriante no apartó los ojos del mecanismo.
Tenía una mano apoyada sobre una palanca y la otra cerrada junto al costado.
Delacroix notó la tensión de sus nudillos.
Eran manos largas, de articulaciones marcadas, manos que habían apretado tornillos, recogido monedas, sujetado niños asustados, reparado madera, remendado pintura y, quizá, acariciado un rostro enfermo muchos años atrás.
Manos de hombre pobre. Es decir, manos con biografía.
Margot estaba junto a la plataforma. No miraba a Chavanel. Miraba a su padre.
Célestin Roux se mantenía más atrás, cerca de la sombra del taller, con el trapo grasiento todavía entre los dedos.
La música del organillo cubría casi cualquier ruido, pero no cubría los gestos.
Y el mecánico tenía un gesto muy concreto: el de alguien que acaba de recordar una cosa que habría preferido no recordar.
Delacroix lo vio. Guardó el detalle sin darle aún una forma.
A veces una investigación empezaba antes del crimen, aunque el muerto todavía no hubiera tenido la cortesía de morirse.
La segunda vuelta comenzó.
El público había perdido parte de la risa inicial.
La burla se había agotado deprisa, como suele pasar cuando el humillado no reacciona o cuando el humillador insiste demasiado.
Chavanel seguía montado, pero su espectáculo empezaba a hacerse largo.
Una mujer comentó algo en voz baja. Un niño preguntó si el señor rico iba a comprar todos los caballos.
Su madre le tapó la boca con una rapidez excesiva.
La feria entera parecía esperar que aquello terminara.
Delacroix, en cambio, empezó a sentir que algo terminaba mal.
No fue una deducción. Todavía no. Las deducciones son criaturas más limpias y llegan vestidas de lógica.
Aquello era apenas una incomodidad física, una pequeña presión detrás de los ojos.
Chavanel había dejado de saludar. Su mano seguía en la barra dorada, pero ya no la sujetaba con la misma teatralidad.
El bastón, que durante la primera vuelta había blandido como cetro, descansaba ahora atravesado sobre sus muslos.
—¿Lo ve? —preguntó Delacroix.
Baptiste entrecerró los ojos.
—¿Qué cosa?
—Su postura.
—Está sentado como un imbécil.
—Eso ya lo estaba antes.
Chavanel pasó ante ellos por segunda vez.
La sonrisa continuaba en su rostro, pero parecía más rígida. No era exactamente una sonrisa. Era el resto de una sonrisa. El gesto que queda cuando el placer se marcha y el rostro aún no ha recibido instrucciones nuevas.
Delacroix dio un paso hacia el carrusel.
—Monsieur Bresson —dijo.
El viejo no lo oyó. O fingió no oírlo.
La música subió de volumen al entrar en la parte más aguda de la melodía.
Una sucesión de notas rápidas cayó sobre el recinto como una lluvia de pequeñas monedas falsas.
Los farolillos temblaron. Los caballos descendieron y ascendieron.
El blanco subió un poco más, o eso pareció por un instante, como había dicho el niño de la manzana de caramelo.
El niño.
Delacroix miró alrededor y lo encontró cerca de la barrera, con los ojos muy abiertos. Ya no comía. Tenía la manzana pegajosa en la mano, olvidada.
La tercera vuelta empezó.
Chavanel no se movió.
Ese fue el momento exacto en que la feria dejó de ser una feria.
No ocurrió de golpe para todos. La multitud es una criatura lenta; necesita que el espanto le sea explicado.
Primero callaron los más cercanos. Luego quienes vieron callar a los cercanos.
Después, los que no sabían qué mirar, pero comprendieron que algo había perdido su sitio.
Las risas se apagaron por zonas, como lámparas en una casa demasiado grande.
El carrusel siguió girando.
Chavanel pasó frente a la caseta de tiro. Gaston Verrier, el hombre de la cicatriz, dejó la escopeta sobre el mostrador. Pasó frente al carromato de Madame Séraphine. La cortina violeta se movió apenas. Pasó frente a Margot, que dio un paso atrás sin saber por qué.
—Bresson —dijo Delacroix, esta vez con más fuerza.
El viejo giró la cabeza.
Delacroix señaló el carrusel.
—Deténgalo.
Bresson tardó una fracción de segundo en reaccionar. Muy poco. Lo bastante para que Delacroix lo notara. Luego tiró de la palanca.
El organillo dio una última nota, rota y larga, como un animal pequeño pisado por una bota. Los caballos bajaron despacio. El carrusel se detuvo con un quejido de madera, hierro y vergüenza.
Nadie aplaudió.
Durante un instante, Octave Chavanel siguió sentado sobre el caballo blanco, ligeramente inclinado hacia delante, con una mano en la barra y la otra sobre el bastón.
—Monsieur Chavanel —dijo Bresson.
No hubo respuesta.
Margot subió a la plataforma.
—No —murmuró Célestin.
Ella no lo escuchó.
Delacroix avanzó al mismo tiempo, pero Margot llegó antes. Tocó el hombro de Chavanel con dos dedos, casi con asco, como si incluso muerto pudiera mancharla. El cuerpo cedió apenas hacia un lado.
Margot soltó un grito breve.
No fue un grito teatral. No tuvo nada de histérico ni de bello. Fue un sonido seco, involuntario, demasiado humano para aquella feria de mentiras.
Baptiste subió detrás de Delacroix.
—Por Dios santo.
Chavanel estaba muerto.
La certeza cayó sobre la multitud con unos segundos de retraso.
Alguien gritó. Alguien más dijo que llamaran a la policía.
Una mujer empezó a llorar, no porque conociera al muerto, sino porque hay personas que lloran por respeto al escándalo.
Un niño quiso acercarse y su padre lo arrastró hacia atrás con brusquedad.
—Nadie toque nada —ordenó Delacroix.
No levantó la voz demasiado. No hizo falta. Había en su tono una calma que cortaba mejor que el pánico.
Margot seguía junto al cadáver, inmóvil.
—Mademoiselle Bresson —dijo Delacroix—, baje de la plataforma.
Ella no respondió.
—Margot —dijo Célestin.
La joven miró a Chavanel, luego a su padre, luego a Delacroix. Sus ojos claros no estaban llenos de lágrimas. Eso, en aquel momento, resultaba más elocuente que cualquier llanto.
—Estaba vivo —dijo.
—Sí —respondió Delacroix.
—Todo el mundo lo ha visto.
—Sí.
—Nadie se le ha acercado.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Eso es lo que tendremos que comprobar.
Margot bajó lentamente.
Bresson no se movía. Seguía junto a la cabina, con la mano todavía cerca de la palanca. Parecía haber envejecido diez años entre una nota del organillo y la siguiente. Su sombrero de copa, que unos minutos antes tenía una dignidad extravagante, ahora parecía parte de un disfraz cruel.
—Yo solo lo hice girar —dijo.
Nadie le había preguntado nada.
Delacroix lo miró.
—Lo sé.
—Yo solo... —Bresson tragó saliva—. Él quiso montar.
—También lo sé.
—No lo toqué.
—No he dicho que lo hiciera.
El viejo cerró la boca.
A Delacroix le interesaban mucho las personas que se defendían antes de haber sido acusadas. No siempre eran culpables. A veces solo tenían culpa acumulada y la confundían con el delito más reciente.
Se acercó al cadáver sin tocarlo todavía.
Octave Chavanel conservaba los ojos abiertos.
La luz amarilla de los farolillos se reflejaba en ellos, otorgándoles una viveza indecente.
Su boca estaba entreabierta, pero no mucho.
La famosa sonrisa se había torcido hacia algo más pequeño: una mueca de sorpresa, quizá de dolor, quizá de puro enfado por haberse visto interrumpido en mitad de su propia insolencia.
Delacroix observó la posición del cuerpo.
La mano derecha seguía apoyada en la barra dorada.
No la apretaba. Los dedos estaban curvados, como si hubieran perdido fuerza de golpe.
El bastón se había deslizado un poco sobre sus muslos.
El abrigo oscuro caía hacia los lados de la silla.
En el costado izquierdo, cerca de la línea del chaleco, había una mancha pequeña, casi negra.
Baptiste la vio también.
—¿Sangre?
—Eso parece.
—¿Le han apuñalado?
—Conviene no regalarle conclusiones al cadáver. Luego se acostumbra.
Baptiste lo miró con horror.
—A veces no sé si bromea para tranquilizar a los demás o para tranquilizarse usted.
—Yo tampoco.
Delacroix se inclinó un poco más.