Capítulo 1 — La feria encendida #2
Blanco, alto, con una mancha gris junto al ojo izquierdo y una silla escarlata adornada con pequeñas tachuelas doradas.
La pintura estaba algo cuarteada en el cuello, pero eso le daba un aire de nobleza antigua.
La crin, tallada con un movimiento exagerado, parecía agitada por un viento que no existía.
No tenía la dulzura tonta de otros caballos de feria.
Aquel parecía orgulloso. Casi arrogante.
—El caballo blanco —dijo una voz infantil junto a ellos— es el mejor.
Delacroix bajó la mirada.
Un niño de unos ocho años, con gorra demasiado grande y la nariz sucia, estaba de pie a su lado. Sujetaba una manzana de caramelo mordida con la gravedad de quien ha hecho una inversión importante.
—¿Ah, sí? —preguntó Delacroix.
—Sí. Sube más que los otros.
—Todos los caballos parecen subir lo mismo.
El niño lo miró con lástima.
—Eso es porque usted no entiende.
Baptiste se atragantó con una almendra.
Delacroix inclinó la cabeza con respeto.
—Es muy posible.
—El blanco sube distinto. Como si quisiera escaparse.
—Comprendo.
—Pero monsieur Bresson no deja que cualquiera se monte.
—¿Y eso por qué?
El niño se encogió de hombros.
—Porque es el más bonito.
Aquella explicación, al menos, era irrebatible.
El pequeño salió corriendo antes de que Delacroix pudiera preguntarle su nombre. La feria tenía esa clase de movimiento: las personas entraban y salían de las conversaciones como pájaros asustados.
Delacroix siguió observando el carrusel hasta que la música se detuvo.
Los caballos descendieron con un último suspiro mecánico.
Los niños bajaron entre quejas, risas y promesas de volver a subir.
Bresson ayudó a una anciana a descender del estribo de un caballo castaño.
Lo hizo con una delicadeza que resultaba casi ceremonial.
La joven regresó a su lado.
—Padre, tenemos que hablar.
Delacroix no estaba lo bastante cerca para oírla con nitidez, pero sí para distinguir la tensión en su voz.
—Después, Margot —respondió el viejo.
—No después. Ahora.
—Hay público.
—Precisamente.
Bresson endureció el gesto. No llegó a enfadarse. Parecía demasiado cansado para concederse ese lujo.
—Margot.
Ella apretó los labios y se apartó unos pasos.
Entonces la feria, que hasta ese momento había sido bulliciosa pero amable, cambió de temperatura.
No fue un silencio. Las ferias rara vez permiten silencios completos; siempre queda una rueda chirriando, un niño llorando, una mujer riéndose demasiado alto o un vendedor anunciando que su mercancía cuesta menos de lo que cualquier persona sensata debería sospechar.
Pero algo se desplazó en el aire. Una pequeña corriente de incomodidad atravesó el círculo alrededor del carrusel.
La causa venía caminando desde la entrada principal.
Era un hombre de unos cincuenta años, grueso sin ser torpe, vestido con un abrigo oscuro de excelente paño y un sombrero demasiado nuevo para aquel barro.
Llevaba guantes de piel y un bastón con empuñadura de plata.
Su rostro habría podido ser agradable si no estuviera organizado alrededor de una boca incapaz de cerrar sin parecer que estaba despreciando algo.
Dos hombres lo acompañaban a unos pasos de distancia. No parecían amigos. Parecían consecuencias.
Algunos feriantes apartaron la mirada. Otros fingieron ocuparse de sus puestos. El hombre de la caseta de tiro dejó de limpiar la escopeta. Madame Séraphine descorrió apenas la cortina de su barraca. Margot Bresson se quedó inmóvil.
Baptiste se inclinó hacia Delacroix.
—Ese hombre acaba de entrar como si hubiera comprado la noche.
—Quizá lo ha intentado.
El recién llegado se detuvo ante el carrusel y miró alrededor con una satisfacción fría.
—Bresson —dijo.
El viejo dueño del carrusel no se movió durante un segundo. Luego bajó los tres escalones de la cabina y se acercó.
—Monsieur Chavanel.
Así que aquel era Octave Chavanel.
Delacroix había oído el nombre en varias conversaciones de café, siempre pronunciado con esa mezcla de prudencia y asco que suele reservarse a los hombres ricos, los insectos grandes y ciertos parientes políticos.
Chavanel prestaba dinero, compraba deudas, adquiría propiedades en ruina y tenía el raro talento de convertir cualquier desgracia ajena en una oportunidad administrativa.
No era un criminal en el sentido vulgar del término.
Los criminales vulgares corrían riesgos, ensuciaban cuchillos y terminaban colgados de una mala defensa.
Chavanel prefería los contratos, que eran una forma más limpia de apretar el cuello.
—Bonita noche —dijo Chavanel.
—Para algunos —respondió Bresson.
La sonrisa de Chavanel se ensanchó apenas.
—No sea amargo. La amargura envejece.
Bresson no respondió.
Margot dio un paso hacia ellos, pero el viejo levantó una mano para detenerla.
—Veo que ha reunido a bastante gente —continuó Chavanel, mirando el carrusel—. Es curioso. Uno pensaría que, después de tantos años, el público se cansaría de pagar por dar vueltas.
—El público suele cansarse antes de los hombres que creen haber entendido al público.
Algunos feriantes sonrieron con discreción. Baptiste abrió mucho los ojos, encantado.
—El viejo tiene lengua —susurró.
—Y deudas —dijo Delacroix—. Lo segundo suele volver peligrosa a la primera.
Chavanel oyó el comentario de Bresson y, lejos de enfadarse, pareció disfrutarlo.
—Ah, Anatole. Siempre tan teatral. Supongo que por eso le ha ido como le ha ido.
Margot no pudo contenerse.
—No ha venido a montar en el carrusel, monsieur Chavanel. Diga lo que tenga que decir y váyase.
Chavanel volvió lentamente la cabeza hacia ella.
—Margot. Cada vez se parece más a su madre.
El efecto fue inmediato.
El viejo Bresson palideció. Margot se quedó muy quieta. Célestin Roux, el mecánico, apareció desde la parte trasera del carrusel con un trapo grasiento en la mano y los ojos clavados en Chavanel.
Delacroix no necesitaba conocer la historia para reconocer una herida antigua. Había heridas que no sangraban porque ya habían aprendido a respirar.
—No pronuncie su nombre —dijo Bresson.
Chavanel fingió sorpresa.
—¿He pronunciado algún nombre?
—No lo haga.
—Qué delicadeza. Siempre me ha conmovido esa capacidad suya para proteger a los muertos después de haber fracasado tanto con los vivos.
Margot avanzó de golpe, pero Célestin la sujetó por el brazo. Ella intentó soltarse. Él no la apretó, solo la retuvo lo justo. Ese gesto bastó para que Delacroix entendiera que entre ambos había algo más que trabajo y menos que paz.
Chavanel lo vio también.
Por supuesto que lo vio.
Los hombres como él no necesitaban inteligencia para detectar debilidades. Les bastaba el instinto del animal que huele una grieta.
—Vaya —dijo—. La feria conserva sus pequeñas ternuras.
Célestin dio un paso adelante.
—Váyase.
Chavanel miró sus manos manchadas de grasa.
—¿Y si no?
—Célestin —dijo Bresson, bajo.
El mecánico respiró con fuerza, pero obedeció.
Chavanel paseó la vista por el carrusel con una expresión de propietario prematuro. Tocó la grupa de un caballo castaño, examinó una moldura dorada, luego apoyó la empuñadura del bastón sobre la plataforma.
—He venido por cortesía —anunció—. Mañana por la mañana mis abogados presentarán la documentación definitiva. El terreno queda embargado. El carrusel también. Los carromatos, las barracas y cualquier bien asociado a la explotación comercial serán valorados, vendidos o retirados.
Una oleada de murmullos recorrió la feria.
Bresson cerró los ojos un instante.
Margot, en cambio, no apartó los suyos de Chavanel.
—No puede hacer eso —dijo.
—Esa frase suele pronunciarse justo antes de descubrir que sí puedo.
—Mi padre le pagó.
—Su padre pagó tarde, mal y con cantidades que no cubren ni la cortesía de mis desplazamientos.
—Usted infló la deuda.
—Yo la administré.
—Usted lo asfixió.
—Yo le presté aire cuando nadie más quiso hacerlo.
Delacroix escuchaba en silencio.
La escena tenía algo vulgar y antiguo. Un hombre con dinero, otro con orgullo, una hija con rabia, un mecánico con los puños cerrados y una multitud mirando como mira la gente cuando sabe que la desgracia ajena puede convertirse en entretenimiento sin coste adicional.
Chavanel alzó la voz para que todos lo oyeran.
—No se preocupen. No pienso destruirlo todo. Algunas piezas tienen valor. Este carrusel, por ejemplo, podría decorar el jardín de alguna casa elegante. Sin la música, claro. La música es insoportable.
Bresson abrió los ojos.
—Mi padre lo construyó con sus manos.
—Entonces su padre debió de haber construido también una contabilidad más sólida.
Baptiste dejó de masticar.
—Incluso a mí me están dando ganas de empujarlo al río.
—Conténgase —dijo Delacroix—. Está lleno de barro y sería una muerte demasiado generosa.
Chavanel subió el primer escalón del carrusel.
Bresson reaccionó de inmediato.
—Baje de ahí.
—¿Perdón?
—Baje de mi carrusel.
—Hasta mañana, todavía suyo. Tiene razón. Qué emoción. Aprovechemos el momento.
Chavanel subió a la plataforma con una agilidad inesperada para su volumen. Caminó entre los caballos como un conquistador inspeccionando una ciudad vencida. Los niños lo miraban sin entender. Los adultos sí entendían, y por eso callaban.
Se detuvo junto al caballo blanco.
—Este es bonito —dijo.
Margot habló con una voz baja, tensa.
—No lo toque.
Chavanel acarició la crin tallada.
—¿También tiene sentimientos?
—Más que usted, probablemente.
El murmullo de la feria creció.
Chavanel soltó una risa seca.
—Me pregunto cuánto pagarán por él.
Bresson dio un paso.
—Ese caballo no se vende.
—Todo se vende, Anatole. Lo que ocurre es que algunos hombres tardan más que otros en descubrir su precio.
El viejo feriante subió también a la plataforma.
Durante un instante, los dos quedaron frente a frente junto al caballo blanco: uno vestido de terciopelo gastado, el otro de paño caro; uno rodeado de luces viejas, el otro de papeles invisibles; uno defendiendo una ilusión, el otro calculando cuánto valía desmontarla.
Delacroix sintió que la feria entera se había inclinado hacia ellos.
—Baje —repitió Bresson.
Chavanel lo miró con una calma insultante.
—No.
Y, sin apartar los ojos del viejo, puso un pie en el estribo del caballo blanco.
Margot avanzó.
—No.
Célestin la sujetó otra vez.
—Déjalo —murmuró él.
—Que no lo toque.
—Margot.
Chavanel montó en el caballo con una torpeza solemne. Se acomodó en la silla escarlata, apoyó una mano enguantada en la barra dorada y levantó el bastón como si saludara a un público invisible.
Algunos rieron, incómodos. Otros se apartaron.
Bresson estaba inmóvil.
—Vamos, Anatole —dijo Chavanel—. Hágalo girar. Quiero saber qué se siente al montar una ruina antes de venderla.
El viejo no respondió.
—¿O necesita que también le enseñe a obedecer?
El rostro de Bresson perdió cualquier resto de color.
Delacroix dio un paso, no sabía si para intervenir o solo para mirar mejor. A veces la diferencia entre ambas cosas era una vergüenza que llegaba tarde.
Pero antes de que pudiera decir nada, una voz femenina sonó desde la barraca de la adivina.
—Déjelo montar, Anatole.
Todos miraron hacia Madame Séraphine.
La mujer había salido de su carromato. Bajo la luz violeta de su lámpara, parecía más alta, más vieja y menos teatral.
—Hay hombres —dijo— que solo entienden el mundo cuando da vueltas debajo de ellos.
Chavanel aplaudió despacio, con una sonrisa desagradable.
—Magnífico. Hasta la bruja está inspirada esta noche.
Madame Séraphine no se inmutó.
—La inspiración es barata, monsieur. Por eso todavía no ha podido comprarla toda.
Esta vez la risa fue más clara. Chavanel la aceptó con una inclinación exagerada de cabeza, como si la burla también le perteneciera.
—Muy bien —dijo—. Una vuelta. Solo una. Luego quizá decida vender este caballo antes que los otros. Tiene cierta arrogancia. Me recuerda a mí.
—No tanto —murmuró Delacroix.
Baptiste lo miró.
—¿Por qué?
—El caballo tiene mejor postura.
Bresson bajó lentamente de la plataforma. Su hija lo tomó del brazo.
—Padre, no.
Él la miró. Durante un segundo pareció un hombre perdido en un sitio que había construido él mismo.
—Una vuelta —dijo.
—No tienes por qué hacerlo.
—Sí —respondió Bresson, sin mirar a Chavanel—. A veces uno hace girar la música porque, si no, se le nota demasiado el silencio.
Margot quiso contestar, pero no encontró palabras.
Célestin Roux se acercó al mecanismo.
—Lo haré yo.
Bresson negó con la cabeza.
—No. Es mi carrusel.
El mecánico apretó el trapo entre las manos, pero se apartó.
Delacroix observó el intercambio con atención. No le gustó el modo en que Célestin miró el caballo blanco. No era miedo exactamente. Tampoco ira. Era algo más breve, más instintivo. La expresión de un hombre que ve una puerta mal cerrada y recuerda demasiado tarde que dentro hay viento.
Bresson entró en la pequeña cabina del organillo.
Chavanel seguía montado sobre el caballo blanco, satisfecho, ridículo, odiado.
Alrededor, la multitud se había reunido con esa obediencia feroz que despiertan los espectáculos desagradables.
Nadie quería ver una humillación, naturalmente.
Pero todos deseaban haberla visto si alguien preguntaba después.
Delacroix sintió una gota de lluvia en el dorso de la mano.
Luego otra.
La noche olía a barro, azúcar y metal.
Bresson tocó una palanca.
El organillo carraspeó primero, como un viejo obligado a cantar en una boda infeliz. Después soltó las primeras notas de una melodía alegre.
Los caballos comenzaron a moverse.
El carrusel giró despacio.
Chavanel levantó el bastón en señal de triunfo.
Las luces amarillas temblaron sobre su rostro.
Margot Bresson cerró los puños.
Célestin Roux apartó la mirada.
Madame Séraphine volvió a esconderse tras su cortina.
Y Delacroix, que había acudido a la feria para recordar que el mundo también sabía fabricar pequeñas alegrías, se quedó mirando al hombre del caballo blanco con una inquietud muy leve, casi absurda, pero lo bastante precisa como para arruinarle el resto de la noche.
El carrusel dio la primera vuelta.
La música siguió sonando.
Y Octave Chavanel sonreía como sonríen algunos hombres justo antes de descubrir que el mundo también sabe cobrar sus deudas.