Muerte en la feria (Los misterios de Armand Delacroix 15)
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Capítulo 1 — La feria encendida
La feria había llegado a Saint-Aubin con la misma discreción con que suelen llegar las desgracias pequeñas: de noche, bajo una llovizna fina y con más ruedas que explicaciones.
Por la mañana no había nada en el descampado junto al río, salvo barro, hierba vencida y dos perros flacos olisqueando las sobras de un mundo que aún no existía.
Al atardecer, en cambio, habían brotado carromatos, farolillos, lonas a rayas, barracas de madera, caballos tallados, vendedores de almendras garrapiñadas y un olor dulce, espeso, casi infantil, que conseguía disimular durante unos segundos el otro olor, más sincero, de las bestias, la humedad y la pobreza.
Armand Delacroix se detuvo ante la entrada con las manos cruzadas sobre el puño del bastón y contempló aquel milagro de clavos, tela y mentira.
—No diga nada —le advirtió Baptiste, a su lado—. Ya sé lo que está pensando.
Delacroix levantó una ceja.
—Eso es una imprudencia muy seria.
—Está pensando que las ferias son tristes.
—No.
—Que son vulgares.
—Tampoco.
—Que la humanidad ha encontrado una forma particularmente ruidosa de gastar dinero que no tiene.
—Eso se acerca más, pero sigue siendo injusto.
Baptiste sonrió, satisfecho de no haber fallado del todo. Era un hombre ancho, de bigote generoso y paciencia breve, que esa noche se había empeñado en arrancar a Delacroix de sus libros, su pipa y su tendencia natural a convertir cualquier velada tranquila en una autopsia moral.
—Entonces, ¿qué piensa?
Delacroix observó la entrada de madera, coronada por un arco de bombillas amarillentas. Algunas parpadeaban con ese temblor enfermo de las cosas que fingen estar vivas. Encima, pintado en letras rojas, podía leerse:
GRAN FERIA AMBULANTE brESSON
Debajo, en una tabla más pequeña, alguien había añadido con pintura azul:
Carrusel, tiro, fortuna, maravillas, música y diversión para toda la familia.
—Pienso —dijo Delacroix— que hay pocos lugares donde la gente acepte ser engañada con tanta gratitud.
Baptiste soltó una carcajada.
—Eso quiere decir que le gusta.
—Eso quiere decir que todavía no he entrado.
Pagaron dos entradas a un muchacho con gorra ladeada y dedos manchados de tinta.
El chico no tendría más de dieciséis años, aunque ya poseía la expresión cansada de quien ha visto demasiados adultos regatear una moneda.
Les entregó dos fichas de latón y señaló hacia el interior con un movimiento de barbilla.
—Cuidado con el barro, monsieur.
—Siempre lo tengo —respondió Delacroix.
—No lo suficiente —murmuró Baptiste.
Apenas cruzaron la verja, el mundo cambió.
No de verdad, claro. Delacroix no era un niño ni un poeta mal alimentado, dos condiciones que predisponen a creer en transformaciones bruscas.
Pero algo en la feria tenía la astucia de fabricar una frontera.
Fuera quedaba la ciudad, con sus campanarios, sus deudas, sus ventanas cerradas y sus vecinos mirando detrás de los visillos.
Dentro, en cambio, todo parecía permitido siempre que costara una moneda: fallar un disparo, dejarse leer la mano, lanzar aros contra botellas inclinadas, mirar a una mujer con plumas cantar sobre un escenario pobre, comprar manzanas cubiertas de caramelo rojo y sentarse sobre un caballo de madera que subía y bajaba sin llegar nunca a ninguna parte.
La música del organillo se mezclaba con los pregones de los feriantes.
—¡Tres tiros por una moneda! ¡Tres tiros y un premio para el caballero de buen pulso!
—¡La fortuna no espera, señoras! ¡La fortuna tiene frío y quiere entrar en sus manos!
—¡Almendras calientes! ¡Dulces como el primer pecado y más baratas que el segundo!
Baptiste aspiró con felicidad elemental.
—Esto cura el alma.
—No sea obsceno.
—¿La felicidad le parece obscena?
—Cuando viene envuelta en azúcar quemado, suele ser sospechosa.
Baptiste compró una bolsita de almendras garrapiñadas de todos modos y la sostuvo cerca de Delacroix con gesto tentador.
—Tome una.
—Prefiero conservar cierta dignidad.
—La dignidad no se digiere.
—Por eso dura más.
Baptiste se encogió de hombros y comió dos almendras a la vez.
Delacroix caminó despacio, dejando que la feria se revelara por capas.
A su derecha, una barraca de tiro al blanco exhibía patos de madera, latas abolladas y botellas pintadas de verde.
El encargado, un hombre de hombros duros y bigote militar, sostenía una escopeta de feria como si en realidad le hubieran confiado la defensa de una frontera.
Tenía una cicatriz blanca en la mejilla izquierda y una mirada que no invitaba a perder con elegancia.
—Ese hombre lleva demasiada guerra encima para vender muñecas de trapo —comentó Delacroix.
—¿Lo conoce?
—No. Pero conozco esa manera de mirar la alegría como si fuera una insubordinación.
Un poco más allá, una mujer con turbante violeta y pendientes enormes asomaba la cabeza por una cortina bordada con lunas y estrellas. El cartel sobre la entrada decía:
MADAME SÉRAPHINE
LEE LA MANO, LAS CARTAS Y LOS SECRETOS QUE USTED CREE HABER ENTERRADO
Baptiste se detuvo.
—Esa mujer parece peligrosa.
—Todas las personas que escuchan bien lo son.
—¿Cree que de verdad adivina el futuro?
—Espero que no. Sería una grosería anticiparse a todas las decepciones.
Madame Séraphine, como si hubiera oído el comentario entre la música y el bullicio, giró la cabeza y clavó los ojos en Delacroix. No sonrió. Tampoco pareció ofendida. Tenía un rostro fino, ya pasado de juventud, y unos ojos oscuros que no necesitaban misterios para resultar incómodos.
Delacroix inclinó apenas la cabeza.
Ella le respondió con el mismo gesto.
—Vaya —dijo Baptiste—. Ya ha hecho una amiga.
—Las amistades rápidas suelen ser de mala calidad.
Siguieron caminando.
En el centro del recinto, rodeado de niños, parejas, soldados de permiso y mujeres con sombrero, giraba el carrusel.
Era más hermoso de lo que Delacroix habría querido admitir.
No pertenecía a esa clase de objetos que piden admiración a gritos.
Tenía una belleza algo cansada, remendada en las esquinas, pero todavía digna.
Los caballos subían y bajaban con una solemnidad absurda, como si ejecutaran una carrera invisible hacia una meta que nadie se había molestado en colocar.
Estaban tallados en madera, pintados de blanco, negro, castaño y gris perla, con crines doradas, sillas rojas, bridas verdes y ojos demasiado abiertos.
El techo circular estaba decorado con escenas pastoriles: muchachas con cestos, prados imposibles, cielos azules que ningún invierno de Saint-Aubin habría tolerado.
Alrededor colgaban farolillos de cristal esmerilado.
Un organillo, instalado junto a la cabina del encargado, lanzaba una melodía alegre y repetitiva que, después de un minuto, empezaba a parecer una amenaza educada.
El carrusel giraba despacio. Los niños reían. Una niña con trenzas se aferraba al cuello de un caballo negro como si cruzara un continente. Un muchacho saludaba a su madre en cada vuelta, convencido de que ella podía haber olvidado su existencia durante los ocho segundos en que no lo veía.
Delacroix se quedó observando.
Había algo conmovedor en aquel mecanismo inútil.
Todo giraba, todo brillaba, todo prometía movimiento.
Pero nadie avanzaba. Los caballos subían y bajaban con una paciencia condenada.
Las personas pagaban por dar vueltas al mismo sitio y bajaban satisfechas, quizá porque durante un breve instante la vida había sido honrada: un círculo, música, luces y la certeza de que uno terminaría exactamente donde había empezado.
—Le gusta —dijo Baptiste.
—No he dicho eso.
—No hace falta. Tiene cara de estar a punto de decir una frase triste.
Delacroix apartó los ojos del carrusel.
—Eso no reduce mucho el campo.
Junto a la cabina, un hombre mayor vigilaba el funcionamiento de la atracción.
Era delgado, de rostro alargado y barba blanca recortada con cuidado antiguo.
Vestía una chaqueta de terciopelo verde, muy gastada en los codos, y llevaba un sombrero de copa que habría resultado ridículo en cualquier otro lugar.
Allí, entre caballos de madera y farolillos, parecía casi natural.
—Ese debe de ser Bresson —dijo Baptiste.
Delacroix siguió la dirección de su mirada.
—Anatole Bresson, si el cartel no miente.
—¿Lo conoce?
—No personalmente. He oído hablar de su carrusel. Dicen que perteneció a su padre y antes a su abuelo, aunque sospecho que las genealogías de feria admiten ciertas libertades.
—Es bonito.
—Sí.
Baptiste lo miró con una sonrisa.
—¿Ve? Le gusta.
Delacroix no respondió.
Una joven se acercó al viejo Bresson para decirle algo al oído.
Tendría unos veinticinco años, quizá algo más.
Era morena, de ojos claros y gesto firme.
Vestía una falda oscura, botas altas y una chaqueta entallada que le permitía moverse con comodidad.
No había en ella coquetería de feria, ni deseo de resultar encantadora.
Tenía la expresión de quien ha tenido que aprender demasiado pronto que la belleza no paga deudas, aunque a veces ayude a contraerlas.
El viejo Bresson escuchó con atención. Luego negó con la cabeza.
La joven insistió.
Él volvió a negar.
—La hija —dedujo Delacroix.
—¿También lo sabe?
—No. Pero acaba de discutir con él como solo discuten los hijos: con cariño mal disimulado y ganas de cometer un parricidio moderado.
Baptiste volvió a reír.
La joven se apartó de la cabina con irritación contenida. Al pasar junto a un caballo blanco, apoyó una mano en la crin tallada, apenas un segundo, como quien toca el hombro de un animal real para tranquilizarlo. Luego siguió caminando hacia la parte trasera del carrusel.
Delacroix reparó entonces en el caballo.
Era, sin duda, el más hermoso de todos.