Capítulo 24 — El abrigo de Harrow
El superintendente Ashford no estaba en su despacho.
Aquello no habría resultado grave en una mañana normal.
En una mañana normal, los superiores podían ausentarse de sus despachos con la misma naturalidad con que los relojes seguían marcando horas, los agentes seguían rellenando formularios y los culpables seguían negando lo evidente.
Pero aquella mañana ya había renunciado hacía rato a toda forma razonable de normalidad.
El despacho estaba vacío.
La chimenea seguía encendida.
Sobre la mesa quedaba un vaso de agua a medio beber, varios papeles desplazados con prisa y una pluma destapada. La silla estaba ligeramente apartada. En la alfombra, junto al escritorio, había una pequeña mancha de hollín.
Delacroix se agachó para mirarla.
—Se marchó deprisa —dijo Reed.
—O quiso que alguien pensara que se marchó deprisa.
El inspector lo miró con exasperación.
—Delacroix.
—Lo sé. Pero la frase sigue siendo cierta.
Crawley permanecía en la puerta, pálido, con la expresión de quien había empezado la mañana creyéndose culpable de una gran trampa y acababa de descubrir que quizá solo había sido la primera herramienta de una caja más grande.
Reed abrió el armario lateral del despacho.
—Nada.
Delacroix fue hacia la chimenea. Con las pinzas, removió las cenizas recientes. Entre los restos de papel ennegrecido apareció un fragmento de tela quemada.
No era papel.
Era paño oscuro.
Reed se inclinó.
—El abrigo.
—O una parte.
El fragmento conservaba una costura gruesa y un borde interior. Delacroix lo acercó a la luz sin tocarlo directamente. Olía a humo, desde luego. Pero debajo del humo había algo más. Un rastro seco, áspero, cercano al desinfectante.
El mismo olor que Crawley había descrito.
Sala médica. Humo. Desinfectante.
O, pensó Delacroix, un despacho cálido donde alguien había intentado quemar una prenda demasiado tarde.
—¿Por qué quemaría el abrigo de Harrow? —preguntó Reed.
—Porque el abrigo sabía algo que la manta estaba dispuesta a contar a medias.
Crawley habló desde la puerta:
—El superintendente lo retiró antes de que bajaran a Harrow.
Reed se volvió hacia él.
—¿Por qué no lo dijo antes?
Crawley tragó saliva.
—No sabía que importaba.
Delacroix cerró los ojos un instante.
—Agente, si sobrevivo a esta mañana sin estrangular esa frase, me consideraré un hombre mejor de lo que soy.
Crawley bajó la cabeza.
—Dijo que el abrigo estaba sucio. Que olía. Que no quería que Harrow bajara al calabozo con él.
—¿Lo tocó él mismo? —preguntó Delacroix.
—Sí. Lo sujetó por el cuello. Luego se lo dio a Mason.
—¿Y Mason?
—Creo que lo llevó al depósito.
—Cree.
El joven no respondió.
Reed salió al pasillo y llamó a Mason. El agente apareció unos segundos después, agitado.
—¿Dónde está Ashford? —preguntó Reed.
—No lo sé, inspector.
—¿Lo ha visto salir?
—No.
—El abrigo de Harrow.
Mason parpadeó.
—¿Qué abrigo?
Reed dio un paso hacia él.
—No juegue conmigo.
—No juego, inspector. Yo no llevé ningún abrigo.
Crawley levantó la cabeza.
—Pero yo lo vi…
Mason lo miró.
—El superintendente me llamó, sí. Me ordenó llevar unos documentos al archivo secundario. Cuando volví, ya no tenía el abrigo.
Delacroix se acercó a Crawley.
—Usted vio a Ashford con el abrigo y luego vio a Mason pasar.
—Sí.
—Pero no vio a Mason recibirlo.
El joven se quedó helado.
—No.
—Otra puerta que creíamos abierta y solo estaba pintada.
Reed maldijo en voz baja.
Delacroix volvió a la chimenea y observó el fragmento de tela.
—Ashford retiró el abrigo. Nadie lo registró. Nadie lo anotó. Nadie lo echó en falta porque el muerto estaba en una celda con una manta encima. La manta era visible. El abrigo, no.
—¿El veneno estaba en el abrigo? —preguntó Reed.
—Quizá en el cuello. Quizá en el interior. Harrow lo llevó durante el traslado, durante el ingreso, mientras discutía, mientras esperaba. Tal vez empezó a respirar aquello antes de la celda.
—Y la manta terminó el trabajo.
—O lo prolongó. O lo hizo parecer vinculado solo a Bell.
Reed apretó los puños.
—Entonces Bell nunca tuvo oportunidad.
—Bell tuvo la peor oportunidad de todas: actuar como sí mismo.
Mason tragó saliva.
—Inspector, la doctora Vance…
Reed giró.
—¿Qué?
—No está en la sala médica. Creí que lo sabía.
Delacroix levantó la vista.
—¿Dónde está?
—Nadie la encuentra.
Reed se dirigió hacia la puerta.
—Maldita sea.
—No —dijo Delacroix.
El inspector se detuvo.
—¿Ahora qué?
—No ha desaparecido como Vale. No ha desaparecido como Clara. La nota de Vance decía que iba a buscar la prueba que todos prefirieron no mirar. Si esa prueba era el abrigo, entonces siguió el rastro de Ashford.
—¿Hacia dónde?
Delacroix miró el fragmento quemado.
—Hacia el fuego.
Crawley levantó la cabeza.
—El patio trasero tiene un horno de descarte.
—¿Horno de descarte?
—Para papeles inútiles, trapos contaminados, basura de la sala médica. Casi no se usa.
—Hoy todo lo que casi no se usa parece haber recibido invitación formal —dijo Delacroix.
Bajaron por la escalera de servicio.
El camino hacia el patio interior parecía más angosto que antes. El edificio, a esas alturas, ya no tenía el aire de una comisaría. Parecía un cuerpo viejo lleno de conductos, cicatrices, órganos ocultos y puertas que cada uno había aprendido a no mencionar por comodidad.
El patio estaba cubierto de niebla.
La caldera del lavadero exhalaba un olor a carbón húmedo. Más allá, junto a un muro bajo, había una construcción pequeña de ladrillo: el horno de descarte. La puerta metálica estaba entreabierta. En el suelo, delante, había cenizas recientes y marcas de arrastre.
Reed fue hacia allí.
Delacroix lo detuvo con un gesto.
Escucharon.
Desde una puerta lateral, casi oculta entre dos montones de cajas, llegó un golpe débil.
Uno.
Luego otro.
Reed corrió hacia la puerta.
—¿Quién está ahí?
Otro golpe.
Mason buscó la llave. No la tenía. Reed abrió con el hombro al segundo intento. La puerta cedió con un crujido áspero.
Dentro había un almacén estrecho, lleno de trapos viejos, cubos, cajas de frascos vacíos y olor a humedad.
La doctora Eleanor Vance estaba sentada en el suelo, con las muñecas atadas delante del cuerpo y una mordaza floja alrededor del cuello. Tenía sangre en la ceja, pero los ojos despiertos y la expresión furiosa.
—Ha tardado —dijo.
Delacroix se inclinó ante ella.
—Doctora, incluso atada conserva usted una admirable capacidad para hacer sentir culpable al rescatador.
—No me rescate con frases. Córteme esto.
Reed soltó las ligaduras.
—¿Ashford?
—Sí.
—¿La golpeó?
—Con algo duro y con poca elegancia. Lo cual concuerda con él.
Delacroix la ayudó a ponerse en pie.
—¿Encontró el abrigo?
Vance se apoyó un segundo contra la pared.
—Sí. En el horno. Ya había quemado parte, pero no todo.
—¿Dónde está?
Ella señaló una caja.
—Ahí. Lo saqué antes de que terminara de arder. El superintendente no pareció apreciar mi iniciativa científica.
Reed abrió la caja.
Dentro había restos de un abrigo oscuro, parcialmente quemado, con el cuello interior chamuscado pero no destruido del todo. Uno de los bordes conservaba una mancha rígida, amarillenta, y una zona del forro estaba endurecida.
Vance se acercó.
—No lo toque sin protección. La sustancia está concentrada en el cuello y el interior superior. Mucho más que en la manta.
Reed miró a Delacroix.
—Entonces empezó con el abrigo.
—Sí —dijo Vance—. La manta hizo que pareciera otra cosa. O completó la exposición. Pero Harrow ya había sido marcado antes de bajar.
—¿Marcado? —preguntó Mason.
Vance lo miró.
—No tengo tiempo ni paciencia para buscar una palabra amable. El abrigo fue preparado para enfermarlo.
Delacroix observó el cuello de la prenda.
—¿Pudo Ashford hacerlo?
—No necesitaba conocimientos médicos profundos. Solo acceso a un agente irritante, tiempo para impregnar la tela y la certeza de que Harrow no podría quejarse a tiempo sin parecer el mismo chantajista insoportable de siempre.
Reed apretó los dientes.
—Y luego retiró el abrigo.
—Para que nadie lo asociara con el cuerpo —dijo Delacroix—. La manta, en cambio, quedaba como objeto nuevo, entregado por Bell, lleno de sospecha conveniente.
Vance se limpió la sangre de la ceja con el dorso de la mano.
—Ashford sabía de la irritación desde antes de que yo la consignara.
—¿Cómo?
—Cuando revisé el cuerpo en la celda, él me preguntó si una manta húmeda podía causar marcas en la piel. No me preguntó por muerte natural. Preguntó por marcas. En ese momento no le di importancia.
—Nadie da importancia a nada hasta que empieza a condenarnos —dijo Delacroix.
Reed miró hacia el patio.
—¿Dónde fue Ashford?
Vance respiró hondo.
—Al archivo reservado.
—¿Por qué?
—Porque cree que todavía hay documentos que lo implican. Y porque sabe que Clara encontró demasiado.
Delacroix miró el abrigo quemado.
—¿Qué documentos?
Vance dudó.
—La firma posterior a la muerte de Hargreaves.
—La falsificó Ashford.
—Sí.
Reed no se movió.
—Ashford era joven entonces.
—Joven, ambicioso y pobre de carácter —dijo Vance—.
Samuel le enseñó a mover papeles sin dejar polvo.
Pembroke le pagó a Hargreaves. Hargreaves repartió.
Ashford hizo los traslados finales. Cuando Samuel murió, Ashford siguió usando su firma para retirar cajas. Una de ellas acabó en manos de Harrow.
—Y Harrow lo chantajeó.
—Durante años, supongo. Ashford ascendió demasiado bien para un hombre tan mediocre.
Delacroix casi sonrió.
—Doctora, su capacidad diagnóstica no se limita al cuerpo.
—No me haga cumplidos mientras tengo sangre en la cara.
—Mis disculpas.
Reed fue hacia la salida.
—Archivo reservado.
—Espere —dijo Vance.
—No.
—Inspector, si va armado y furioso, Ashford tendrá exactamente lo que quiere: un enfrentamiento que lo convierta en víctima administrativa de un subordinado descontrolado.
Reed se detuvo.
Delacroix miró a Vance con interés.
—Continúe.