Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 24 — El abrigo de Harrow #2
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Capítulo 24 — El abrigo de Harrow #2

—Ashford no es valiente. Es peligroso solo cuando puede esconderse detrás de un escritorio, una orden o una puerta cerrada. Si lo arrinconan con testigos, hablará. Si lo arrinconan con una pistola, hará que alguien dispare por él.

Reed respiró con dificultad.

—Entonces?

Delacroix tomó la caja con el abrigo, usando un paño.

—Entonces le quitamos el escritorio.

Subieron de nuevo.

En el vestíbulo, la tensión había cambiado.

Vale seguía custodiado en una sala lateral.

Bell estaba de pie junto al mostrador, como si hubiera envejecido diez años en una silla.

Wilkes permanecía cerca de Clara, que descansaba bajo vigilancia de un agente.

Pritchard aguardaba en un rincón, por una vez sin escribir.

Delacroix entró con la caja.

Todos la miraron.

—¿Qué es eso? —preguntó Ashford.

La voz vino desde la escalera superior.

El superintendente estaba allí.

No en el archivo reservado.

En la escalera.

Impecable otra vez. Con el chaleco abrochado, el cabello en su sitio y un revólver pequeño en la mano derecha.

Apuntaba hacia abajo.

No directamente a Reed.

A Clara.

Wilkes se movió.

—Quieto —dijo Ashford.

La palabra sonó seca.

Todos se quedaron inmóviles.

Delacroix dejó la caja sobre el mostrador con suavidad.

—Superintendente, debe admitir que esto resulta bastante poco administrativo.

Ashford no apartó el arma de Clara.

—Al contrario. Estoy intentando restaurar el orden.

—Con un revólver. Un recurso tradicional de los hombres que han perdido el reglamento.

Reed levantó lentamente las manos.

—Gerald.

—No dé otro paso, Malcolm.

Wilkes respiraba como un animal herido.

—Apunte hacia mí.

Ashford soltó una risa breve.

—No sea vulgar, Wilkes. Su papel de perro fiel ya ha sido demasiado largo.

Clara estaba sentada, pálida, pero erguida. No miraba el arma. Miraba a Ashford como si al fin lo viera sin el decorado del cargo.

—Fue usted —dijo.

—No exagere su importancia, señorita Whitcomb.

—No hablo de mí.

Ashford apretó la mandíbula.

Delacroix se apoyó en el bastón.

—Tiene razón. No empezó con Clara. Ni con Bell. Ni siquiera con Harrow. Empezó cuando un joven funcionario llamado Gerald Ashford descubrió que los papeles podían moverse más fácilmente que las culpas.

Ashford sonrió con frialdad.

—No sabe nada.

—Sé que Hargreaves fue enterrado antes de que su firma autorizara traslados.

Sé que usted tenía acceso a esos archivos.

Sé que Harrow conservaba pruebas suficientes para chantajearlo.

Sé que retiró el abrigo de Harrow antes de que bajara al calabozo.

Sé que ese abrigo estaba impregnado con la misma sustancia que luego apareció en la manta.

Sé que intentó quemarlo. Sé que golpeó y encerró a la doctora Vance cuando lo encontró.

Vance apareció detrás de Delacroix, con la ceja ensangrentada.

—Y golpea mal.

Ashford la miró apenas.

—Lamento no haber sido más eficaz.

—No lo lamente demasiado —dijo Delacroix—. La eficacia criminal le habría quedado grande.

El arma bajó un centímetro hacia él.

—Cállese.

—Qué tentación tan antigua. Pero temo que ahora sería descortés con todos los que han sufrido años de silencio.

Reed habló con voz firme:

—Baje el arma.

Ashford negó lentamente.

—No entiende nada, Malcolm. Su padre tampoco lo entendió. Creía que conservar papeles era una forma de justicia. No lo era. Era una bomba. Una bomba guardada en una comisaría llena de idiotas, viudas, amantes despechadas, agentes resentidos y chantajistas.

—Y usted decidió desactivarla matando a Harrow.

—Harrow iba a destruirlo todo.

—A usted.

—A todos.

Delacroix sonrió sin humor.

—Los hombres culpables siempre descubren una comunidad muy amplia justo cuando necesitan esconderse dentro de ella.

Ashford no respondió.

Su mano temblaba apenas.

No por culpa.

Por cálculo fallido.

—Harrow quería dinero —dijo Ashford—. Vale quería salvar su piel. Evelyn quería sus cartas. Clara quería a su hermana. Wilkes quería una causa para morir con cara noble. Crawley quería resucitar a su madre muerta. Todos querían algo. Yo solo hice lo que nadie tenía valor de hacer.

Bell habló desde el mostrador.

—Usted me dejó cargar con eso.

Ashford lo miró con desprecio.

—Usted era una consecuencia.

Bell se quedó blanco.

Delacroix sintió una frialdad muy clara.

—No, superintendente. Bell era un hombre.

—Un guardia blando.

—Un hombre.

Ashford volvió el arma hacia Bell un instante.

Fue suficiente.

Wilkes se lanzó.

No llegó lejos.

La pierna le falló, pero el movimiento distrajo a Ashford. Reed avanzó de golpe. Delacroix golpeó con el bastón la muñeca armada desde abajo. El disparo salió hacia el techo.

El ruido fue brutal.

Clara se agachó.

Bell retrocedió.

Pritchard gritó algo que nadie escuchó.

Reed cayó sobre Ashford y lo empujó contra la pared. El revólver golpeó el suelo y Mason lo pateó lejos. Wilkes, desde el suelo, intentó levantarse y no pudo. Vance corrió hacia Clara. Crawley se quedó inmóvil, como si una parte de él siguiera viendo el disparo antes de que ocurriera.

Ashford forcejeó apenas.

Luego se rindió.

No con dignidad.

Con cálculo.

Reed le torció el brazo y lo esposó.

—Gerald Ashford, queda detenido por el asesinato de Victor Harrow, por intento de destrucción de pruebas y por agresión a la doctora Vance.

Ashford respiraba con dificultad.

—No podrá probarlo todo.

Delacroix recogió el revólver con un pañuelo y lo dejó sobre el mostrador.

—Probablemente no todo. Los hombres como usted sobreviven siempre a alguna parte de su podredumbre. Pero bastará con lo esencial.

Ashford lo miró con odio.

—Harrow merecía morir.

La frase cayó sobre el vestíbulo y encontró demasiadas personas dispuestas, en secreto, a entenderla.

Delacroix lo supo.

Clara también.

Wilkes también.

Incluso Bell, quizá.

Por eso Delacroix respondió despacio:

—Puede ser.

Ashford pareció desconcertado.

—Pero ésa es la trampa moral más antigua del asesinato —continuó Delacroix—. Convencer a los vivos de que la calidad del muerto reduce la culpa del asesino.

Nadie habló.

Reed se llevó a Ashford hacia la sala de detención.

Pritchard, pálido, abrió la libreta con mano temblorosa.

Delacroix lo miró.

—Escriba bien esa frase, señor Pritchard. Por una vez podría ser útil.

El periodista asintió sin bromear.

Bell se acercó lentamente a la caja donde yacía el abrigo quemado.

—Entonces no fui yo.

Delacroix lo miró.

—No.

El guardia cerró los ojos.

No lloró de inmediato.

Algunos hombres necesitan permiso incluso para derrumbarse.

Clara, aún sentada, sostuvo la mirada de Bell.

—Lo siento.

Bell negó con la cabeza.

—Usted no.

—Todos un poco —dijo ella.

Delacroix no corrigió la frase.

Tal vez porque era cierta.

Tal vez porque, después de tantas mentiras precisas, una verdad imprecisa podía permitirse respirar un momento.

Reed volvió al vestíbulo minutos después. Tenía el rostro agotado.

—Ha pedido hablar con usted.

—¿Ashford?

—Sí.

—Qué rápido descubren los culpables la conversación cuando pierden el arma.

—Dice que hay algo que aún no sabemos.

Delacroix miró hacia la escalera, hacia el sótano, hacia los archivos y hacia las puertas que aquella mañana habían dejado de parecer simples puertas.

—Naturalmente —dijo.

Reed frunció el ceño.

—¿Naturalmente?

Delacroix tomó su bastón.

—Inspector, ningún hombre como Ashford se guarda una confesión por remordimiento. Si quiere hablar, es porque todavía cree que puede mover una pieza.

—¿Entonces no va a escucharlo?

Delacroix empezó a caminar.

—Por supuesto que sí. La vanidad del culpable es una fuente muy contaminada, pero a veces trae agua.

Al pasar junto a Crawley, se detuvo.

El joven agente seguía pálido.

—Agente Crawley.

—Sí, señor.

—No se vaya.

Crawley tragó saliva.

—No pensaba hacerlo.

—Eso espero. Porque cuando terminemos con Ashford, todavía tendremos que decidir qué hacer con los hombres que no mataron a Harrow, pero prepararon el mundo para que alguien pudiera hacerlo.

Crawley bajó la mirada.

Delacroix siguió a Reed por el pasillo.

Detrás de ellos, Blackwell Yard parecía respirar de otra manera.

No aliviado.

Todavía no.

Una comisaría puede detener a un asesino y seguir oliendo a culpa.

Y aquella, pensó Delacroix, llevaba demasiados años sin abrir las ventanas.