Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 23 — El agente que siempre estaba ahí #2
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Capítulo 23 — El agente que siempre estaba ahí #2

—Harrow iba a venderlo todo otra vez. Las cartas. La carta falsa. Lázaro. Todo. Quería dinero de Evelyn, dinero de Vale y protección de la policía. Otra vez la misma herida en subasta.

—Entonces falsificó la entrada de N. Carter.

—Sí.

Reed se tensó.

—¿Por qué?

—Para que el lavadero quedara registrado. Para que luego alguien mirara allí si todo salía mal.

—¿Todo qué?

Crawley bajó la vista.

—Quería que Harrow dejara las pruebas en la habitación fría.

—¿Cómo lo convenció?

—Le envié un mensaje usando el viejo código de mi padre. Harrow creyó que Lázaro seguía vivo o que alguien tenía acceso a sus papeles. Creyó que podía aprovecharlo.

—La habitación prometida —dijo Delacroix.

Crawley asintió.

—Le dije que la celda dos sería segura. Que desde allí podría pasar una nota, que Bell era blando, que Reed no vendría hasta la mañana y que, si quería negociar, debía esconder la carta falsa en un lugar donde solo él pudiera recuperarla después.

Reed se levantó.

—Usted atrajo a Harrow.

—Sí.

—Lo puso en Blackwell Yard.

—No. Harrow ya iba a ser detenido. Yo solo le hice creer que la detención podía servirle.

—Y luego manipuló la celda dos.

Crawley cerró los ojos.

—Sí.

—¿Para llevarlo a la tres?

—Para obligarlo a pedir la manta.

—Entonces lo mató.

—¡No!

El grito rebotó en la sala.

Fuera, alguien se movió en el pasillo.

Reed no apartó la vista.

Delacroix levantó una mano.

—Déjelo hablar.

Crawley respiraba con dificultad.

—Yo no preparé la manta con veneno. Yo preparé la escena para que Harrow creyera que alguien más la controlaba. Quería que se asustara. Quería que entregara la carta falsa. Quería que pensara que Lázaro lo había alcanzado. Pero no quería matarlo.

Delacroix lo observó.

—Explique la manta.

Crawley se pasó ambas manos por el rostro.

—Separé la manta de franja azul porque Harrow la reconocería.

—¿Por qué?

—Era de la habitación fría. O una igual. Harrow usaba esas franjas como señal en sus viejos escondites. Azul para “seguro”. Gris para “descartado”. Cosas así. Quería que, al verla, entendiera que Lázaro estaba dentro del juego.

—La anotación “aireada junto a caldera”.

—La escribí yo.

Reed apretó los dientes.

—¿Y la sustancia?

—No.

—Crawley.

—No fui yo.

Delacroix miró sus uñas manchadas de tinta.

—¿Quién tuvo la manta después de que usted la separara?

—La dejé en el lavadero. Sobre la mesa. Luego la señora Briggs la dobló con otras. Luego… no lo sé.

—No vuelva a esa palabra.

—No lo sé porque es verdad. Cuando regresé, la manta estaba más rígida. Pensé que la señora Briggs la había dejado cerca de la caldera.

—No lo hizo.

—Ahora lo sé.

—Pero aun así la bajó al armario.

Crawley asintió.

—Sí.

—Y la puso arriba.

—Sí.

—Porque quería que Bell la eligiera.

—Sí.

—No para matar.

—No.

Delacroix guardó silencio.

Era posible. Terriblemente posible. Crawley había preparado una trampa psicológica para Harrow, no necesariamente mortal. Alguien, viendo esa trampa, había añadido el veneno. Eso explicaba demasiado bien las capas del caso: un plan de exposición convertido por otra mano en asesinato.

—¿Quién sabía que usted estaba haciendo esto? —preguntó.

Crawley dudó.

—Nadie.

—La mentira empeora.

—Nadie al principio.

—Luego?

—Vale sospechó.

Reed se inclinó.

—¿Cuándo?

—Cuando vino al patio. Dijo que Harrow le había pedido encontrar un paquete. Me vio cerca del lavadero. Me reconoció.

—¿Como hijo de Crowe?

—No. Como agente que estaba demasiado cerca. Vale reconoce la suciedad antes de que tenga nombre.

—¿Qué le dijo?

—Que los juegos de Harrow siempre terminaban con alguien pobre pagando. Que tuviera cuidado de no convertirme en otro Bell.

Delacroix se quedó quieto.

Vale había entendido más de lo que dijo.

Y quizá, precisamente por eso, había intentado recuperar papeles antes de que el plan de Crawley se volviera contra todos.

—¿Vale tocó la manta? —preguntó Reed.

—No lo vi.

—¿Entró al lavadero?

—No. Lo eché.

—¿Wilkes?

—Wilkes vio algo. No todo. Por eso lo llamé con la nota.

Reed lo miró con rabia contenida.

—Usted llamó a Wilkes.

—Sí.

—Y lo entregó a quien lo ató?

—No.

—¿Quién lo hizo?

Crawley negó, desesperado.

—No lo sé. La nota que recibió Wilkes por la mañana no era mía.

—Pero usaba Lázaro.

—Sí. Alguien copió mi copia.

Delacroix cerró los ojos un instante.

Copias de copias.

Mentiras heredadas.

Cada culpable usando el método del anterior hasta que el crimen parecía escrito por un comité de fantasmas.

—¿Disparó usted en Cormorant? —preguntó Reed.

—No.

—¿Dejó el pañuelo E. V.?

—No.

—¿La trampa de la cripta?

—No.

—¿La filtración a Pritchard?

Crawley bajó la mirada.

—Sí.

Reed se puso de pie.

—Maldita sea.

—No la parte de Clara.

—¿Qué?

—Yo escribí a Pritchard para que publicara Lázaro, Blackwell Yard, Harrow. Para que Ashford no pudiera cerrar el caso. Pero no escribí que Harrow fue asesinado para proteger a una mujer del archivo. Eso lo añadieron después.

—¿Quién?

—No lo sé.

Delacroix lo miró.

—¿Vale debe correr?

Crawley frunció el ceño.

—¿Qué?

—En la cinta apareció “Vale debe correr”. ¿Lo escribió usted?

—No.

—¿Vance sospecha?

—No.

—C. caerá si W. grita.

Crawley palideció.

—No.

Delacroix se apoyó en el respaldo de la silla.

—Entonces alguien usó la misma máquina después que usted.

—Sí.

—Y aprovechó su plan.

—Sí.

—Y cuando Clara encontró la cinta, entendió que usted no era el único.

Crawley levantó la vista.

—¿Clara lo sabía?

—Lo suficiente para desaparecer hacia la capilla.

El joven pareció hundirse.

—Yo no quería que ella…

—Los hombres que empiezan frases con “yo no quería” suelen haber hecho ya varias cosas que no deberían.

Crawley guardó silencio.

Reed caminó por la sala como si necesitara no golpearlo.

—Preparó la celda. Separó la manta. Escribió la anotación. Filtró a Pritchard. Usó el nombre de Lázaro. Hizo que Harrow ocultara la carta falsa. Manipuló el libro de entradas.

—Sí.

—Y pretende que creamos que no lo mató.

—Es la verdad.

Reed se volvió hacia Delacroix.

—¿Le cree?

Delacroix miró a Crawley.

El joven tenía miedo. No miedo abstracto.

Miedo preciso. De cárcel, de horca, de haber sido usado por aquello mismo que intentó usar.

Había culpa en su rostro, mucha. Pero no el tipo de culpa que había visto en los asesinos que creían haber logrado una obra maestra.

Crawley parecía un aprendiz que había construido una trampa y encontrado dentro un cadáver que no había puesto allí.

—Creo que preparó el camino —dijo Delacroix—. No sé aún si colocó la muerte al final.

Crawley cerró los ojos, casi con alivio.

Reed no se alivió en absoluto.

—Eso no basta.

—No. Pero nos acerca.

—¿A quién?

Delacroix tomó el botón dentro del sobre.

—A la persona que tuvo oportunidad de ver el camino de Crawley, añadir veneno a la manta, plantar un botón, filtrar contra Clara, usar a Pritchard, tender una trampa en la cripta, atar a Wilkes y hacer desaparecer a Vale cuando empezaba a servir de respuesta demasiado fácil.

—Vale no desapareció —dijo Reed—. Lo encontramos en el despacho.

—Exacto. Lo encontramos donde alguien podía señalarlo mejor.

Crawley abrió los ojos.

—Yo vi a alguien en el archivo.

Delacroix se volvió hacia él.

—¿Cuándo?

—Esta mañana. Después de que Clara desapareciera. Yo subí por la cinta de la máquina. Vi la puerta entornada. Pensé que era Clara, pero…

—Pero.

—Vi una manga. Oscura. Buena tela. Y un botón de nácar.

Reed levantó el sobre con el botón.

—¿Como éste?

Crawley asintió.

—Sí.

—¿Vale?

—Pensé que sí. Pero no vi la cara.

Delacroix suspiró.

—En esta comisaría nadie ve caras. Londres debería emitir rostros con certificado.

—Había olor —dijo Crawley.

Delacroix se inclinó.

—¿A lavanda?

—No.

—¿A colonia cara?

—No exactamente.

—Descríbalo.

Crawley cerró los ojos.

—A humo. Y a desinfectante. Como la sala médica cuando la estufa lleva mucho tiempo encendida.

Reed se quedó quieto.

—Vance.

Delacroix no respondió.

Vance tenía acceso a desinfectantes, a sustancias, al cuerpo, a la sala médica. Pero ¿botón de nácar? ¿Buena tela? ¿Manga oscura? Podía ser un abrigo. Podía ser cualquiera con prenda prestada o robada. El olor podía llevar hacia ella o alejar demasiado cuidadosamente.

—¿La doctora usa botones de nácar? —preguntó Delacroix.

Crawley negó.

—No lo sé.

—Magnífica aportación.

—Pero el abrigo… —El joven frunció el ceño—. No era de mujer.

Reed volvió a sentarse.

—Entonces volvemos a Vale.

—No —dijo Crawley—. Vale huele diferente.

Delacroix lo miró con interés.

—Ha observado mucho para un agente que no recuerda caras.

Crawley se avergonzó.

—Cuando uno está en recepción, aprende a reconocer a la gente por cosas que no dicen. El modo de caminar. El olor. La forma de dejar el sombrero. Si miran a los agentes o miran por encima.

—Una habilidad excelente. Lástima que decidiera usarla tarde.

Crawley aceptó el golpe.

—El olor era de sala médica. Pero la manga era de hombre.

Reed levantó la cabeza.

—Ashford?

Delacroix pensó en el superintendente: despacho cálido, chimenea, ropa buena, acceso, pánico, autoridad.

Pero Ashford era demasiado visible en su cobardía.

¿Sería capaz de montar un plan tan delicado?

Tal vez si alguien lo guiaba. Tal vez si no era él quien lo montó todo, sino quien aprovechó un plan ajeno para cubrir otra cosa.

—Crawley —dijo Delacroix—, cuando Harrow ingresó, ¿quién lo revisó antes de Vance?

—Nadie.

—¿Quién tocó sus ropas?

—Wilkes lo registró. Yo anoté pertenencias. Clara copió el inventario.

—¿Harrow conservó el chaleco?

—Sí.

—¿Y el botón encontrado bajo el cuerpo pudo ser suyo?

—No lo sé.

Delacroix tomó el inventario.

—No se describe la ropa con detalle.

—No solemos hacerlo.

—Naturalmente. La costumbre vuelve a ofrecernos su ayuda venenosa.

Reed se levantó.

—Hay que revisar la ropa de Harrow otra vez.

—Sí.

—Y la de todos.

—También.

Crawley habló en voz baja:

—Harrow llevaba un abrigo cuando llegó.

Delacroix lo miró.

—¿Y?

—No figura en el inventario.

Reed tomó el libro.

—Aquí no está.

—Porque se lo quitaron antes de bajarlo.

—¿Quién?

Crawley tardó.

—El superintendente.

Reed no se movió.

—¿Ashford?

—Dijo que el abrigo estaba sucio. Que no iba a bajar esa mugre a las celdas. Le pidió a Mason que lo llevara al depósito de objetos retenidos. Pero luego no lo anotamos. Con todo lo demás…

—¿Dónde está el abrigo ahora?

Crawley negó.

—No lo sé.

Delacroix se incorporó.

—Inspector.

Reed ya estaba en la puerta.

Subieron casi corriendo al depósito de objetos retenidos. Era una habitación al lado del archivo secundario, con estantes numerados, cajas, bolsas, etiquetas y percheros. Clara no estaba allí. Mason tampoco. Crawley abrió con una llave que le temblaba en la mano.

Buscaron el abrigo de Harrow.

No estaba.

Reed se volvió hacia Crawley.

—Piense bien.

—Lo trajo Mason. Creo. Lo dejó aquí o…

—¿O?

—O en la sala médica. Vance pidió revisar el estado de Harrow y su ropa durante el ingreso.

Delacroix sintió que el círculo se estrechaba otra vez alrededor de la doctora.

Demasiado.

Casi con violencia.

—Vamos a la sala médica —dijo Reed.

La encontraron vacía.

La mesa con el cuerpo seguía allí, cubierta. El informe de Vance estaba sobre el escritorio. El maletín, abierto. El armario de frascos, cerrado.

Pero la doctora no estaba.

Tampoco estaba el abrigo de Harrow.

Sobre la mesa había una nota.

La letra era de Vance.

Breve.

Seca.

No he matado a nadie. Pero sé quién sí pudo hacerlo.

Fui a buscar la prueba que todos prefirieron no mirar.

No dejen que Ashford toque el cuerpo.

Reed leyó la última línea dos veces.

Delacroix miró hacia la mesa cubierta donde yacía Harrow.

—El cuerpo —dijo.

Reed retiró la sábana.

Victor Harrow seguía allí, pálido, rígido, con la muerte instalada ya sin dramatismo.

Delacroix se inclinó sobre la ropa.

El chaleco de Harrow tenía todos sus botones.

La camisa también.

Pero en el interior del cuello, donde antes la manta había dejado la irritación, había una mancha pequeña, oscura, adherida a la tela.

No de sangre.

De hollín.

Delacroix miró la chimenea apagada de la sala médica.

Luego recordó el despacho de Ashford.

Papel quemado.

Chimenea encendida.

Mancha de hollín en el puño del superintendente.

Y, sobre todo, una cosa que nadie había querido mirar porque todos estaban demasiado ocupados con la manta:

Harrow quizá no había recibido el veneno solo de la manta.

Quizá la manta había sido la segunda mano.

La primera pudo haber estado en su abrigo.

Un abrigo que Ashford había retirado del inventario.

Delacroix se volvió hacia Reed.

—Inspector.

—¿Qué?

—Busque al superintendente.

—¿Ashford?

—Sí.

—¿Cree que…?

Delacroix miró el cuerpo de Harrow.

—Creo que estamos llegando a la clase de hombre que no prepara una manta con sus propias manos, pero sí se asegura de que alguien más la toque por él.

Crawley, desde la puerta, murmuró:

—Dios mío.

Delacroix lo miró.

—No, agente. Otra vez no.

Tomó la nota de Vance.

—En este edificio, cuando alguien invoca demasiado a Dios, suele ser porque un superior ha firmado algo.