Capítulo 22 — La carta falsa
El despacho de Gerald Ashford olía a papel quemado.
Delacroix lo percibió antes de cruzar la puerta.
Era un olor tenue, reciente, mezclado con la madera encerada, el cuero de los sillones y esa vanidad tibia que parecía haberse instalado en la habitación mucho antes que el propio superintendente.
La chimenea ardía con demasiada intensidad para una mañana que ya tenía bastante fuego en otras partes.
Reed llegó primero, con la pistola en la mano.
—¡Vale!
Edmund Vale estaba junto al escritorio.
No intentó huir.
Aquello habría resultado menos inquietante.
La huida es una reacción honesta, incluso cuando la practica un culpable.
Vale, en cambio, permanecía de pie con una calma pálida, un sobre en una mano y la otra apoyada en el respaldo de la silla de Ashford.
Su abrigo estaba abierto. El sombrero descansaba sobre la mesa, demasiado bien colocado para un hombre sorprendido en un despacho ajeno.
Ashford estaba junto a la chimenea, rígido, furioso y con una mancha de hollín en el puño.
Crawley, desde el pasillo, señalaba hacia dentro como si necesitara demostrar que el grito había tenido fundamento.
—Lo encontré aquí, inspector —dijo—. La puerta estaba cerrada.
—No sea melodramático, agente —respondió Vale—. La puerta estaba entornada.
—Estaba cerrada.
—Entonces la memoria ya ha empezado a corregirse. Es una función social muy útil.
Reed avanzó un paso.
—Deje el sobre en la mesa.
Vale miró el sobre como si acabara de recordar que lo tenía.
—Desde luego.
Lo dejó con cuidado.
Delacroix entró detrás de Reed, llevando la carta falsa protegida entre dos hojas. Vio en seguida las cenizas en la chimenea. No eran solo carbón. Había restos de papel. Algunos fragmentos aún conservaban bordes blancos, retorcidos por el calor.
—Qué afición tienen todos hoy por quemar documentos —dijo—. Empiezo a pensar que Blackwell Yard debería reemplazar el archivo por una estufa y sincerarse de una vez.
Ashford se volvió hacia él.
—Este hombre entró en mi despacho sin autorización.
—No exactamente —dijo Vale—. El superintendente me recibió antes. Supuse que la familiaridad administrativa continuaba vigente.
—Usted esperó a que yo saliera.
—Esperar es una habilidad menos grave que forzar.
Reed tomó el sobre de la mesa.
—¿Qué buscaba?
Vale lo miró con esa cortesía suya, fina y aceitosa, que ya empezaba a mostrar grietas.
—Mis intereses.
—Los intereses de Harrow.
—Los intereses de los muertos necesitan representantes vivos.
Delacroix se acercó a la chimenea.
—Y quemadores discretos.
Vale no respondió.
Con unas pinzas de la mesa, Delacroix retiró de la chimenea un fragmento de papel ennegrecido. Apenas quedaban letras, pero una palabra resistía en el borde inferior:
Marg…
Margaret.
Reed lo vio.
La expresión del inspector se endureció.
—¿Qué quemó?
—Papeles sin relevancia.
—Entonces no le importará que lo acusemos de destruir pruebas irrelevantes. La irrelevancia, por desgracia, no suele rebajar mucho las penas.
Vale suspiró.
—No he destruido nada que ustedes no hubieran destruido antes con su incompetencia.
Ashford dio un paso hacia él.
—Tenga cuidado.
—No, superintendente. Tenga cuidado usted.
Lleva toda la mañana fingiendo escándalo, pero su despacho ha sido una estación de paso para cada documento importante de este caso.
El sobre de Harrow. Mis reclamaciones. Sus llamadas.
Sus ausencias. Si alguien quisiera mover papeles dentro de Blackwell Yard, no necesitaría forzar archivos.
Le bastaría esperar a que usted se creyera indispensable en otra habitación.
La cara de Ashford se volvió de un rojo peligroso.
Delacroix levantó una mano.
—Señor Vale, no desperdicie su talento en decir verdades laterales. Estamos llegando a las centrales.
Vale miró hacia él.
—¿De verdad?
Delacroix dejó sobre la mesa la carta falsa encontrada en el catre de Harrow.
Vale la vio.
Por primera vez, perdió el control de la boca.
Fue menos de un segundo.
Suficiente.
—Hermosa pieza —dijo Delacroix—. Torpe en algunos trazos, pero eficaz. Como muchas crueldades de juventud.
Vale no habló.
Reed colocó la carta frente a él.
—La escribió usted.
—No.
—Harrow dejó una nota al dorso.
—Harrow dejó muchas cosas. No todas ciertas.
Delacroix giró la carta y leyó en voz baja:
—“Vale escribió la despedida. Yo solo cobré por entregarla.”
Ashford, que aún no había visto el texto, se quedó inmóvil.
Crawley se asomó desde el pasillo, horrorizado y fascinado.
Delacroix miró al agente.
—Crawley, cierre la puerta.
—Sí, señor.
El joven obedeció.
El despacho quedó cerrado con Reed, Ashford, Delacroix y Vale dentro.
No era una celda.
Pero casi.
—Esa carta —dijo Reed— hizo creer a Margaret Whitcomb que Evelyn Pembroke la había abandonado.
Vale se pasó la lengua por los labios.
—No puede probarlo.
—Acabamos de hacerlo.
—Harrow escribió eso para vender una historia. Era su oficio.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Una defensa interesante. Culpar al muerto de seguir haciendo exactamente lo que hacía vivo.
—¿Acaso no es lo que usted mismo dijo?
—Sí. Pero yo no escribí la carta.
Vale sonrió apenas.
—Tampoco puede probar eso.
Delacroix sacó del bolsillo la hoja mecanografiada entregada a Pritchard.
—No todavía. Pero podemos probar otras cosas.
Por ejemplo, que alguien usó la máquina del archivo para preparar una filtración.
Que en la cinta quedaron marcas de un plan: Bell, la manta, Vance, Wilkes, usted.
También apareció la frase “V. botón”. Y, por una de esas pequeñas cortesías del azar que tanto incomodan a los culpables, bajo el cuerpo de Harrow apareció un botón caro, impregnado con la misma sustancia que la manta.
Reed añadió:
—Usted llevaba esta mañana un chaleco oscuro.
—Muchos hombres llevan chaleco oscuro.
—¿Le falta un botón?
Vale miró a Delacroix.
No a Reed.
Ese error fue casi elegante.
—No —dijo.
—Enséñelo —ordenó Reed.
Vale levantó las manos lentamente.
—Inspector, esto es ridículo.
—Enséñelo.
La voz de Reed no admitía réplica.
Vale se desabrochó el abrigo con cuidado. Luego la chaqueta.
El chaleco era gris oscuro, de excelente confección. Todos los botones estaban en su sitio.
Delacroix no pareció decepcionado.
Eso inquietó más a Vale que si lo hubiera parecido.
—Magnífico —dijo el detective—. Un hombre inocente habría mostrado el chaleco con irritación. Usted lo ha mostrado con alivio.
—Está inventando emociones.
—Siempre. Algunas tienen la desgracia de acertar.
Reed revisó el chaleco.
—No falta ninguno.
—Porque no es ese chaleco —dijo Delacroix.
Vale lo miró en silencio.
—¿Dónde está el abrigo con el botón de nácar oscuro? —preguntó Delacroix.
—No sé de qué habla.
—Naturalmente.
Ashford intervino:
—¿Puede ser suyo el botón o no?
Vale se volvió hacia él.
—Superintendente, le recomiendo no hacer preguntas cuya respuesta pueda salpicarle.
Ashford palideció.
Delacroix lo observó.
—Ah. Eso suena a amenaza.
—Suena a prudencia.
—La prudencia, cuando se ofrece a otro con veneno debajo, se llama chantaje.
Vale cerró la boca.
Reed tomó el sobre que Vale había dejado en la mesa.
—¿Qué hay aquí?
—Papeles míos.
—Ya no.
Lo abrió.
Dentro había copias de documentos antiguos: extractos del caso Whitcomb, referencias a Pembroke, una nota sobre Hargreaves, y una hoja con varias firmas comparadas. Entre ellas, una muestra de la letra de Evelyn Pembroke y otra imitación.
La imitación coincidía con la carta falsa.
—Iba a destruir esto —dijo Reed.
—Iba a impedir que se usara mal.
—Lo escribió usted.
Vale respiró despacio.
—Era joven.
La frase ya no sonó cínica.
Sonó gastada.
—Qué epidemia de juventud culpable ha producido este caso —dijo Delacroix.
Vale se volvió hacia él.
—¿Quiere una confesión sentimental? Bien.
Sí. Escribí esa carta. Harrow me dictó parte.
Yo conocía la letra de Evelyn porque había llevado mensajes antes.
Sir Alistair Pembroke pagó para que todo terminara.
Harrow cobró. Yo cobré menos de lo que debería y más de lo que mi alma valía entonces.
Margaret creyó que Evelyn la despreciaba.
Evelyn creyó que Margaret había aceptado dinero y silencio.
Todos quedamos razonablemente arruinados, salvo los hombres importantes, que es lo habitual.
Reed lo miraba con un desprecio apenas contenido.
—Y cuando Harrow quiso revelar eso, lo mató.
Vale cerró los ojos un instante.
—No.
—¿No?
—No maté a Harrow.
Ashford soltó una risa incrédula.
—¿Espera que alguien crea eso?
Vale abrió los ojos y lo miró.
—Superintendente, usted lleva toda la mañana esperando que todos crean que su comisaría funciona. No me sermonee sobre ambición.
Ashford avanzó, pero Reed lo detuvo con una mirada.
Delacroix se acercó a Vale.
—Harrow tenía esa carta escondida en la celda tres.
—No lo sabía.
—Miente.
—No.
—Usted buscaba algo en este despacho porque supo que Harrow había dejado un seguro.
—Buscaba mis papeles. Los que Ashford retiró.
—Y los quemó.
—Algunos.
—Los más comprometedores para usted.
—Los más inútiles para la verdad.
—Señor Vale, la gente culpable siempre tiene una teoría muy elevada sobre qué pruebas sobran.
Vale apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No maté a Harrow. No preparé ninguna manta. No toqué la celda dos. No secuestré a Wilkes. No dejé notas a Pritchard.
—Pero sí sabía que Harrow iba a moverse.
—Sí.
—Sí sabía que quería negociar con Evelyn.
—Sí.
—Sí conocía el código del lavadero.
—Sí.
—Sí fue al patio de Blackwell Yard.
—Sí.
—Sí habló con Wilkes.
—Creo que sí.
—Y sí tenía un motivo excelente para impedir que Harrow hablara.
Vale sostuvo la mirada de Delacroix.
—También lo tenía Clara. También Evelyn. También Wilkes. También Vance, si de verdad es hermana de Hargreaves. También Reed, aunque no lo supiera hasta esta mañana. Incluso Ashford, si comprendemos que su mayor talento es el pánico administrativo.