Capítulo 22 — La carta falsa #2
Ashford murmuró algo incomprensible.
—La diferencia —continuó Vale— es que yo no habría elegido un método que dependiera de Thomas Bell.
Delacroix se quedó quieto.
—Explíquese.
Vale pareció darse cuenta de que había dicho demasiado, pero ya no pudo retirarlo sin hacerse más daño.
—Bell podía no dar la manta.
—Pero era probable que lo hiciera.
—Probable no es seguro.
—Para un asesino paciente puede bastar.
Vale negó.
—No para mí.
—Qué orgullo tan selectivo.
—Si yo hubiera matado a Harrow, habría usado algo que controlara de principio a fin. Un vaso. Un cigarrillo. Un papel impregnado. Un encuentro privado. No habría dejado mi suerte en manos de un guardia sentimental.
Reed lo miró.
—Acaba de describir varias formas alternativas con mucha comodidad.
—Porque he vivido demasiado cerca de hombres que las consideraban herramientas.
Delacroix lo observó.
El argumento no lo absolvía. Pero tenía lógica.
Vale era cobarde, sí. Elegante, sucio, calculador.
Había destruido a Margaret con tinta ajena y mano propia.
Pero el asesinato de Harrow tenía algo distinto: no solo buscaba silenciar.
Buscaba componer una escena coral donde todos los viejos heridos quedaran manchados.
Vale habría preferido menos ruido, no más.
A menos que el ruido le sirviera para huir.
A menos que hubiera perdido el control. A menos que quisiera precisamente hacer creer que era demasiado obvio.
Demasiadas menos.
—¿Quién sabía que usted escribió la carta falsa? —preguntó Delacroix.
Vale tragó saliva.
—Harrow.
—Evelyn?
—Lo sospechaba.
—Clara?
—No hasta hoy.
—Hargreaves?
—Sí.
—Vance?
Vale lo miró.
—No lo sé.
—Samuel Hargreaves pudo contárselo a su hermana antes de morir.
—Pudo.
—Y eso le daría a Vance motivo para odiarlo a usted, a Harrow, quizá a todo el asunto.
—A medio Londres, si quiere ser exhaustivo.
—Procuro serlo.
Reed volvió hacia la chimenea.
—¿Qué papeles quemó?
Vale respiró hondo.
—Copias de la carta. Comparaciones de letra. Recibos de pago.
—¿A quién?
—A mí. A Harrow. A un mensajero.
—¿Crowe?
—No. Crowe ya estaba muerto o fingiendo estarlo, según la versión de la semana.
—¿Hargreaves?
—No.
—¿Quién?
Vale no contestó.
Delacroix se acercó un poco más.
—Señor Vale, acaba de confesar un delito moral de veinte años. No estropee la escena por nostalgia.
Vale bajó la mirada.
—Eleanor.
Reed se tensó.
—¿Eleanor Vance?
—No. Eleanor Hargreaves entonces.
El despacho quedó helado.
—¿La doctora llevó mensajes? —preguntó Reed.
—Una vez.
—¿A quién?
—A su hermano. Ella era joven. No sabía lo que llevaba.
Delacroix sintió una nueva pieza encajar en un lugar desagradable.
—¿Está seguro de que no sabía?
Vale levantó la vista.
—No lo sé. Pero si supo después que aquel mensaje ayudó a hundir el caso de Margaret, tiene un motivo más limpio que el mío para querer que Harrow dejara de respirar.
Reed fue hacia la puerta.
—Voy a hablar con Vance.
—Espere —dijo Delacroix.
—¿Por qué?
—Porque el señor Vale acaba de hacer lo que todos los acorralados hacen cuando ven una cuerda: ofrecérsela al cuello más cercano.
Vale sonrió con amargura.
—No me cree.
—Le creo algunas cosas. Es una experiencia desagradable.
Ashford señaló el sobre quemado.
—Este hombre ha confesado falsificación, destrucción de pruebas y chantaje. Deténgalo.
—Lo haremos —dijo Reed.
Vale cerró los ojos como si hubiera esperado la frase durante años y aun así la encontrara vulgar.
—Pero por ahora —añadió Delacroix— no lo condenemos por la manta.
Ashford lo miró como si estuviera loco.
—¿Todavía no?
—Todavía no.
Delacroix fue hacia la puerta y la abrió.
Crawley casi cayó hacia dentro otra vez.
—Agente —dijo Delacroix—, empiezo a pensar que su talento principal es estar siempre cerca de puertas que no debería escuchar.
—Lo siento, señor.
—No lo sienta. Quizá algún día resulte útil sin querer, como casi todo en esta comisaría.
Reed ordenó a dos agentes custodiar a Vale.
—No lo pierdan de vista.
Vale tomó su sombrero.
—¿Puedo conservarlo?
—No —dijo Reed.
—Qué falta de elegancia.
—Acostúmbrese.
Los agentes lo sacaron.
Al pasar junto a Delacroix, Vale se detuvo apenas.
—Harrow tenía razón en una cosa.
—Me sorprendería que acertara solo en una.
—El asesino no improvisó. Y tampoco quería solo matarlo. Quería que todos nosotros empezáramos a sacar cuchillos antiguos hasta cortarnos con ellos.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Eso ya lo sabía.
—Entonces sabe también que no es un crimen de cobardes.
—No. Es un crimen de alguien que ha confundido la justicia con la escenografía.
Vale sonrió con tristeza.
—En ese caso, monsieur, busque a quien haya disfrutado más viendo la obra.
Los agentes se lo llevaron.
Reed miró a Delacroix.
—Vance.
—Tal vez.
—No puede seguir diciendo tal vez.
—Puedo, pero admito que empieza a irritarme incluso a mí.
Ashford se sirvió un vaso de agua con mano temblorosa.
—¿Y ahora?
Delacroix miró la chimenea, las cenizas, la carta falsa, el sobre recuperado y la silla donde Vale había estado de pie como un hombre que intenta no arrodillarse ante su propia juventud.
—Ahora volvemos al principio.
Reed frunció el ceño.
—¿La celda?
—Antes de la celda.
—¿El ingreso de Harrow?
—Antes.
—No entiendo.
Delacroix fue hacia la ventana. Desde allí se veía el patio interior, la niebla, el camino al lavadero y, más allá, apenas insinuada, la puerta trasera por donde tantas personas habían ido y venido como si Blackwell Yard fuera una estación y no una comisaría.
—Harrow no murió porque alguien encontró una oportunidad —dijo—.
Murió porque alguien diseñó una oportunidad que dependía de demasiadas personas actuando exactamente según su carácter: Bell compasivo, Wilkes protector, Clara silenciosa, Vale cobarde, Ashford apresurado, Pritchard hambriento, Vance prudente, usted culpable por herencia y yo irritante.
Reed lo miró.
—¿Y quién puede conocer a todos así?
Delacroix no respondió.
Miró hacia la sala de guardia, donde Thomas Bell seguía sentado.
El guardia pobre.
El hombre decente en el lugar exacto.
Luego miró hacia Crawley, inmóvil junto a la puerta, joven, pálido, siempre presente, siempre olvidado, siempre llevando mensajes, llaves, mantas, libros y órdenes que otros decían no haber dado.
Delacroix sostuvo su mirada un segundo más de lo habitual.
Crawley bajó los ojos.
No mucho.
Lo suficiente.
—Inspector —dijo Delacroix en voz baja—, necesito hablar otra vez con el agente Crawley.
El joven levantó la cabeza.
—¿Conmigo?
Delacroix sonrió sin alegría.
—Sí, agente.
En el despacho aún flotaba el olor a papel quemado.
Y, por primera vez, Delacroix pensó que quizá el asesino no era quien más había sufrido por el pasado.
Quizá era quien había aprendido, desde un rincón, a observar cómo sufrían todos los demás.