Capítulo 21 — El veneno de la tinta #2
—Sí. Y eso lo vuelve posible. No suficiente.
Pritchard carraspeó.
—Hay algo más.
Delacroix volvió hacia él.
—Una frase que, en su caso, me produce tanto esperanza como cansancio.
—Cuando recibí el sobre, también venía una nota para mí. La tiré.
Reed lo miró con incredulidad.
—¿La tiró?
—Era una instrucción breve.
—¿Dónde?
—En la imprenta. Papelera junto a mi mesa.
Reed dio un paso hacia él.
—¿Qué decía?
Pritchard cerró los ojos, intentando recordar.
—“Imprima antes de que Vance termine de mentir.”
Delacroix no se movió.
Reed sí.
—Vance.
—Eso decía.
—¿Por qué no lo mencionó?
—Porque pensé que se refería al informe médico y a la comisaría intentando maquillar la causa de muerte.
Delacroix miró hacia la sala médica.
Antes de que Vance termine de mentir.
La frase podía señalar a la doctora como cómplice. O advertir que la doctora estaba a punto de descubrir algo. O empujar a todos contra ella antes de que su análisis desmontara la trampa.
La tinta, como la manta, estaba impregnada.
—Inspector —dijo—, mande a alguien a la imprenta por esa nota.
—Ya.
Reed dio la orden a Mason.
Pritchard se guardó la libreta sin que nadie se lo pidiera.
—¿Puedo ayudar en algo más?
Delacroix lo miró.
—Sí. Puede no publicar durante una hora.
Pritchard pareció ofendido.
—Eso no depende solo de mí.
—Entonces finja que la verdad todavía merece una oportunidad antes de convertirse en mercancía.
El periodista no prometió nada. Pero tampoco abrió la libreta.
Era, en su especie, un avance moral considerable.
Crawley regresó con las primeras muestras de máquinas: hojas mecanografiadas por cada una. Reed las extendió sobre el mostrador. Delacroix examinó las letras, comparando la “a”, la “r”, el golpe bajo, la irregularidad de la cinta.
La máquina de recepción no coincidía.
La de la sala de informes tampoco.
La del despacho de Ashford tenía una “e” rota, pero no la “r”.
Faltaba la del archivo.
Crawley volvió a subir.
Delacroix miró hacia la escalera.
—¿La señorita Whitcomb sigue en la sala médica?
Reed asintió.
—Con Vance y Wilkes vigilando desde la puerta como un perro herido.
—Una descripción justa y, por una vez, no del todo insultante.
Ashford bajó del despacho.
—¿Qué hacen con las máquinas?
—Comparamos una filtración —dijo Reed.
—¿Filtración?
Delacroix le entregó la hoja.
Ashford la leyó y enrojeció.
—Esto es intolerable.
—Superintendente, su repertorio emocional empieza a necesitar ampliación.
—Esa hoja salió de esta comisaría.
—Eso parece.
—¿Quién tuvo acceso a esa información?
Delacroix lo miró.
—Todos los que la han oído. Algunos que la han leído. Y uno que desea que nos hagamos esa pregunta en voz alta.
Ashford bajó la hoja.
—¿Insinúa que la filtración es otra pista falsa?
—No. Insinúo que es una pista verdadera colocada en dirección falsa. Mucho más eficaz.
Crawley apareció en la escalera.
Venía con una hoja en la mano y el rostro blanco.
—Inspector.
Reed se volvió.
—¿La máquina del archivo?
Crawley asintió.
Delacroix tomó la hoja.
La “a” caía bajo. La “r” golpeaba irregular.
Coincidía.
Ashford cerró los ojos.
—Clara.
Wilkes, que acababa de entrar desde el corredor médico, oyó el nombre.
—No.
Reed sostuvo la hoja.
—La filtración se escribió en la máquina de Clara.
—En la máquina del archivo —corrigió Delacroix.
—Está en su escritorio.
—También estaba su escritorio en una sala donde, según parece, las puertas se abren con una libertad casi filosófica.
Ashford alzó la voz:
—¡Basta de protegerla!
El vestíbulo se tensó.
Pritchard miró a Delacroix, luego a Reed. Esta vez no escribió.
Wilkes avanzó hacia Ashford.
—Diga una vez más que Clara hizo esto y…
—Y qué, sargento? —respondió Ashford—. ¿También me matará con una manta?
Reed se interpuso con brusquedad.
—¡Basta los dos!
Delacroix no miraba a ellos.
Miraba la hoja de la máquina del archivo.
—Crawley.
—Sí, señor.
—¿Quién usó esa máquina después de que Clara desapareciera?
—Nadie. Creo.
Delacroix levantó la mirada.
El joven se corrigió de inmediato.
—No lo sé. La puerta estuvo abierta cuando todos buscaron a la señorita Whitcomb. Pudo entrar cualquiera.
—¿La cinta está puesta?
—Sí.
—Tráigala.
—¿La cinta?
—La cinta de la máquina. Y no la toque con los dedos si aprecia mi paciencia.
Crawley volvió a subir.
Reed se acercó.
—¿Qué busca?
—La hoja filtrada fue escrita en esa máquina. Pero quizá la escribieron antes.
—¿Antes de qué?
—Antes de que Clara desapareciera. Antes de que nosotros encontráramos ciertas cosas. O después, para que pareciera que Clara filtró desde su propio escritorio.
—¿Y la cinta?
—Si la hoja fue escrita allí, parte del texto quedará marcado. Y quizá otras frases.
Ashford, todavía furioso, dijo:
—No tenemos tiempo para juegos técnicos.
Delacroix lo miró con suavidad.
—Superintendente, los juegos técnicos están salvando a su comisaría de convertirse en un linchamiento con membrete. Intente apreciarlos en silencio.
Crawley regresó con la cinta de la máquina en una caja. Delacroix la llevó al mostrador, pidió una lupa y empezó a examinar los segmentos marcados. No era sencillo, pero algunas palabras aparecían repetidas con sombra sobre la tinta gastada.
archivo
Bell
mujer
Vance
antes de que
Vale
Delacroix se detuvo.
—Vale.
Reed se inclinó.
—¿Dónde?
Delacroix le mostró el tramo.
La palabra Vale aparecía no en el texto filtrado, sino en una línea anterior, apenas superpuesta.
Siguió avanzando con cuidado.
Más palabras:
Vale debe correr.
Pritchard morderá.
Vance sospecha.
C. caerá si W. grita.
El vestíbulo quedó completamente inmóvil.
Wilkes habló con voz baja:
—C.
—Clara —dijo Reed.
—O Crawley —añadió Delacroix.
El joven agente abrió la boca.
—Yo…
—Tranquilo. Todavía no ha tenido usted tiempo de parecer tan interesante.
Delacroix siguió leyendo fragmentos.
No usar llave.
Usar costumbre.
Bell manta.
W. celda dos.
V. botón.
Reed palideció.
—Esto es el plan.
Ashford se acercó despacio, como si temiera que la cinta fuera a morderlo.
—¿Quién escribió eso?
Delacroix observó las letras marcadas en la cinta.
No revelaban mano, solo máquina. Pero sí revelaban algo más: el asesino había usado la máquina del archivo no solo para la filtración, sino quizá para escribir o copiar instrucciones.
O alguien había introducido en ella un texto destinado a ser encontrado.
Demasiado.
Otra vez demasiado.
—¿Por qué dejaría el plan en la cinta? —preguntó Reed.
—Porque no pensaba dejarla.
—¿Olvido?
—Quizá. O interrupción.
Wilkes miró hacia el corredor.
—Clara pudo encontrarlo.
Delacroix se volvió hacia él.
—Y por eso desapareció.
—Fue a abrir la verdad desde dentro.
—Tal vez.
Vance apareció en el umbral de la sala médica.
—La señorita Whitcomb necesita descanso, no gritos de vestíbulo.
Delacroix la miró.
—Doctora, ¿dijo usted a alguien que sospechaba de la manta antes de escribir el informe ampliado?
—A usted. A Reed. A nadie más.
—¿A Clara?
—No.
—¿A Ashford?
—No.
—¿A Vale?
Vance arqueó una ceja.
—No suelo consultar diagnósticos con carroñeros.
—Alguien escribió: “Vance sospecha.”
La doctora se quedó quieta.
—¿Dónde?
Delacroix le mostró la cinta.
Vance leyó los fragmentos.
Su rostro cambió poco, pero lo suficiente.
—Esto no lo escribió Clara.
—¿Por qué?
—Porque si Clara hubiera escrito “Vance sospecha”, habría escrito también de qué. Clara no era vaga ni siquiera para acusar.
Delacroix aceptó la observación.
Pritchard habló desde el banco:
—“Pritchard morderá.”
Todos lo miraron.
El periodista tragó saliva.
—Supongo que soy yo.
—No se sienta halagado —dijo Delacroix—. El anzuelo no suele ser elegido por su dignidad.
Pritchard se calló.
Reed tomó la caja con la cinta.
—Esto absuelve a Clara.
—No —dijo Delacroix—. La complica de otra manera.
Wilkes se volvió hacia él.
—¿Qué demonios quiere decir?
—Que Clara pudo encontrar esta cinta y comprender el plan. Pero no nos lo dijo. Fue a la capilla.
—Porque quería las cartas.
—Sí. Y quizá porque sabía algo más.
Vance miró los fragmentos.
—“V. botón.” Puede ser Vale.
—O Vance —dijo Ashford.
La doctora lo miró con una calma peligrosa.
—Superintendente, si desea acusarme, procure no esconderse detrás de una inicial. Resulta poco viril incluso para usted.
Ashford se quedó sin respuesta.
Delacroix retomó la cinta y siguió buscando.
Al final de un tramo casi borrado encontró otra línea.
Muy corta.
A. abre despacho.
Delacroix levantó lentamente la cabeza.
—Superintendente.
Ashford se puso rígido.
—¿Qué?
—¿Quién tiene acceso a su despacho?
—Yo.
—¿Nadie más?
—Mi secretaria, ocasionalmente.
—¿Clara?
—Para entregar documentos.
—¿Vale estuvo en su despacho esta mañana?
—Sí. Ya lo sabe.
—¿Solo?
—No.
—¿Seguro?
Ashford apretó los labios.
—Durante unos minutos, mientras atendí una llamada.
El silencio fue inmediato.
Reed cerró los ojos.
Delacroix sonrió sin alegría.
—Ah.
Ashford levantó una mano.
—No tenía motivos para pensar…
—Esa frase debería prohibirse en edificios donde la gente muere.
—Vale pudo entrar en mi despacho —dijo Ashford—. ¿Y qué?
Delacroix dobló la hoja de la filtración.
—En su despacho estuvo el primer sobre lacrado de Harrow. En su despacho pudo ver documentos. Desde su despacho pudo usar teléfono, papel, quizá una máquina o membrete. Y, si necesitaba abrir algo, “A. abre despacho” puede significar que alguien sabía que usted lo dejaría solo el tiempo suficiente.
Reed habló con dureza:
—Vale.
—Sí —dijo Delacroix—. Al fin una dirección que no parece puesta con un farol demasiado brillante.
Vance miró hacia el pasillo.
—Si Vale sabe que empezamos a entenderlo, no irá a su despacho.
—No —dijo Delacroix—. Irá donde crea que todavía queda algo por recuperar.
Clara apareció en la puerta de la sala médica, apoyándose en el marco.
Wilkes dio un paso hacia ella.
—Clara.
Ella lo detuvo con una mirada.
—El paquete de cartas.
Delacroix se volvió.
—¿Qué?
—Vale no quería solo las cartas de Margaret. Harrow tenía otra cosa. Una carta de Evelyn a mi hermana no escrita por Evelyn. Una falsificación. Con esa carta convencieron a Margaret de que Evelyn la había abandonado.
Evelyn, pensó Delacroix. Margaret. La carta falsa.
—¿Dónde está?
Clara tragó saliva.
—No estaba en la cripta. Evelyn tampoco la encontró. Harrow la guardaba aparte porque era la única prueba que implicaba directamente a Vale.
Reed entendió.
—Porque Vale llevó mensajes. Y falsificó uno.
Clara asintió.
—Si esa carta aparece, Vale no solo queda como cómplice de chantaje. Queda como autor de la mentira que terminó de destruir a Margaret.
Delacroix cerró los ojos un instante.
El móvil.
No solo dinero.
No solo papeles.
No solo chantaje.
Vale había vivido veinte años como intermediario elegante de una crueldad que siempre podía atribuir a otros.
Harrow muerto podía arrastrarlo por fin al centro.
Y Vale, hombre de guantes limpios, había decidido matar a Harrow y hacer que todas las víctimas antiguas parecieran culpables antes de permitir que alguien leyera aquella carta.
—¿Dónde la guardaría Harrow? —preguntó Reed.
Clara miró hacia el sótano.
—Donde nadie mira dos veces porque cree que ya ha visto suficiente.
Delacroix siguió su mirada.
—La celda tres.
Reed no se movió.
—Registramos la celda.
—Registramos el cuerpo, la manta, el suelo y la puerta —dijo Delacroix—. Pero Harrow dijo que no era la habitación que le prometieron. Quizá llevaba algo para esconder allí. O encontró algo allí antes de morir.
Clara respiró con dificultad.
—El catre.
Delacroix tomó su bastón.
—Inspector.
Reed ya estaba llamando a Mason.
—Al sótano.
Pritchard se levantó.
—¿Puedo…?
—No —dijeron Reed, Vance, Wilkes y Delacroix al mismo tiempo.
Fue quizá el primer momento de verdadera unidad institucional de toda la mañana.
Bajaron deprisa.
La celda tres estaba vacía por fin, más fría que antes, como si el cuerpo de Harrow se hubiera llevado la poca humanidad disponible. Reed abrió la puerta. Delacroix entró y fue directo al catre.
La estructura era de hierro, vieja, con una tabla inferior bajo el colchón delgado. Mason levantó el colchón.
Nada.
Wilkes, desde la puerta, señaló el travesaño de la cabecera.
—Ahí.
Delacroix se inclinó.
Había una ranura estrecha en el metal, casi invisible bajo la pintura descascarillada. No era nueva. Un escondite viejo, quizá usado por detenidos durante años.
Reed introdujo una lámina fina.
Algo crujió.
Sacó un tubo de papel enrollado, protegido con una tela encerada.
Delacroix lo tomó.
No lo abrió enseguida.
Todos miraban.
Bell, desde la sala de guardia, se había puesto de pie.
Clara había llegado al pie de la escalera, pálida, sostenida por Vance pese a la irritación profesional de la médica.
Wilkes respiraba como si el aire le doliera.
Delacroix desenrolló el papel.
Era una carta.
La letra imitaba la de Evelyn Pembroke, pero con pequeñas rigideces. Al pie había una inicial y una marca casi invisible de tinta, como si el falsificador hubiera apoyado la mano sobre otra hoja.
Reed leyó la primera línea.
Después apartó la vista.
Clara no necesitó leer más.
—Esa es —dijo.
En el reverso, Harrow había escrito una nota:
Vale escribió la despedida. Yo solo cobré por entregarla.
Bell susurró desde la sala:
—Dios mío.
Delacroix guardó la carta con cuidado.
—No —dijo—. Edmund Vale.
Arriba, en algún lugar de Blackwell Yard, una puerta se cerró de golpe.
Luego se oyó un grito.
Crawley apareció al final del pasillo, sin aliento.
—¡Inspector! ¡Vale está en el despacho del superintendente!
Reed salió de la celda con la pistola en la mano.
Delacroix lo siguió.
La carta falsa pesaba poco entre sus dedos.
Pero después de veinte años, por fin, había empezado a pesar sobre el hombre correcto.