Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 21 — El veneno de la tinta
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Capítulo 21 — El veneno de la tinta

Ernest Pritchard estaba demasiado satisfecho de sí mismo.

Eso, en un periodista, podía significar muchas cosas: que había conseguido una exclusiva, que había arruinado una reputación antes del almuerzo o que confundía ambas actividades con un servicio público.

En cualquier caso, Delacroix lo encontró en el vestíbulo de Blackwell Yard, sentado en el mismo banco de antes, con el sombrero ladeado, la libreta en una mano y un ejemplar de la edición especial doblado sobre las rodillas.

Parecía un hombre esperando felicitaciones de un incendio que él mismo había ayudado a avivar.

A su alrededor, la comisaría se había vuelto más ruidosa.

Agentes entrando y saliendo. Voces contenidas.

Ashford dando órdenes desde el pasillo con esa energía de los hombres que intentan parecer dueños de una situación ya emancipada.

Crawley cruzaba de un lado a otro, pálido y diligente, como si obedecer con rapidez pudiera borrar todas las veces que había obedecido mal.

Delacroix se acercó al banco.

—Señor Pritchard.

El periodista levantó la vista.

—Monsieur Delacroix. Supongo que viene a felicitarme.

—No suelo felicitar a los hombres por disparar dentro de una habitación cerrada solo porque lo hayan hecho con tinta.

Pritchard sonrió.

—Entonces viene a reprocharme.

—No. Eso sería una pérdida de tiempo. El reproche solo funciona con quienes conservan una relación sentimental con la vergüenza.

—Me hiere.

—Lo dudo.

Pritchard cerró la libreta.

—Publiqué lo que sabía.

—Publicó lo que alguien quiso que supiera.

La sonrisa se debilitó apenas.

—Esa frase suena bien, pero no prueba nada.

—Naturalmente. Usted trabaja en un oficio donde sonar bien suele llegar antes que probar algo.

El periodista se inclinó hacia delante.

—Un hombre murió bajo custodia policial.

Hay documentos secretos. Hay un expediente llamado Lázaro.

Hay una archivista vinculada a una víctima antigua.

Hay un sargento desaparecido, ahora reaparecido de forma bastante incómoda.

¿Pretende que espere a que Blackwell Yard lo ordene todo en un informe limpio?

—No. Pretendo que distinga entre una verdad incómoda y una mentira que ha aprendido a vestirse con ella.

Pritchard lo observó con más seriedad.

—¿Qué quiere?

Delacroix tomó asiento a su lado.

A Pritchard no le gustó. Aquello era prometedor. Algunas conversaciones necesitaban que uno invadiera apenas el espacio del otro; no lo suficiente para ser grosero, pero sí para volver difícil la pose.

—Su fuente.

—No revelo fuentes.

—Qué admirable. Entonces llamémosla su proveedor de veneno.

—No dramatice.

Delacroix señaló el periódico doblado.

—Ahí se afirma que Harrow pudo ser asesinado para proteger a una mujer del archivo.

—Es una hipótesis.

—No. Es una acusación con sombrero blando.

—No doy nombres.

—No hacía falta. Blackwell Yard tiene una sola mujer del archivo con una hermana muerta y bastante desgracia encima como para que incluso un lector distraído pueda sentirse detective durante el desayuno.

Pritchard bajó la mirada.

Delacroix aprovechó el silencio.

—¿Quién le dio esa frase?

—La construí a partir de datos.

—Señor Pritchard.

—Es mi trabajo.

—Su trabajo, al parecer, consiste en repetir con mejor puntuación lo que otros deslizan en sus bolsillos.

La mandíbula del periodista se tensó.

—No soy un panfletero.

—Entonces demuéstrelo.

Pritchard miró hacia la puerta principal, donde varios colegas suyos aguardaban al otro lado del cordón policial como perros demasiado bien alimentados para admitir que tenían hambre.

—Recibí un sobre.

—¿Cuándo?

—Hace una hora.

—¿Aquí?

—No. Antes de regresar. En la imprenta.

—¿Quién lo llevó?

—Un muchacho.

—¿Gorra marrón, nariz roja?

Pritchard frunció el ceño.

—Sí.

Delacroix cerró los ojos un instante.

El mismo niño. O uno parecido. Londres producía niños con gorra de la misma forma que producía niebla: por acumulación de pobreza y falta de imaginación institucional.

—¿Conserva el sobre?

Pritchard dudó.

—Sí.

—Eso mejora mi opinión sobre usted. No mucho, pero la aparta ligeramente del suelo.

El periodista sacó un sobre doblado del interior de su abrigo.

Delacroix no lo tocó.

—Ábralo usted.

Pritchard obedeció.

Dentro había una hoja con varias líneas mecanografiadas y una frase manuscrita al pie.

Delacroix leyó.

La parte mecanografiada contenía datos sobre Harrow, Lázaro, Margaret Whitcomb, la celda tres, la manta, el guardia Bell y la caja del archivo.

No estaba todo. Pero sí lo suficiente. Suficiente para señalar a Clara sin nombrarla.

Suficiente para convertir a Bell en víctima probable de encubrimiento.

Suficiente para que la comisaría quedara bajo sospecha y el público pidiera sangre, verdad o espectáculo, que a menudo eran tres nombres para la misma ansiedad.

Al pie, escrito a mano, había una frase:

Los archivos no matan. Quienes los abren, sí.

Delacroix se quedó quieto.

—¿Reconoce la letra? —preguntó Pritchard.

—No todavía.

—¿Todavía?

—Tengo una relación paciente con la decepción.

Pritchard parecía menos satisfecho ahora.

—No sabía que iba a señalar a la señorita Whitcomb con tanta claridad.

—Sí lo sabía.

El periodista abrió la boca.

Delacroix lo miró.

—Quizá no quiso saberlo, que es una forma muy respetable de complicidad en ciertos círculos.

Pritchard guardó silencio.

Delacroix tomó la hoja por una esquina y la sostuvo hacia la luz del vestíbulo. La mecanografía era irregular. Algunas letras golpeaban más bajo, especialmente la “a” y la “r”. Máquina vieja. No de periódico moderno. Quizá de oficina. Quizá de archivo. Quizá de despacho.

—¿La máquina? —preguntó.

Pritchard entendió.

—No es de nuestra imprenta. La habría reconocido.

—Bien.

—¿De la comisaría?

—Tal vez.

—Entonces su filtrador está dentro.

—Señor Pritchard, en Blackwell Yard todo parece estar dentro, salvo la responsabilidad.

El periodista se inclinó.

—¿La señorita Whitcomb es inocente?

—Eso no debería importarle para decidir si merecía ser destruida en una edición especial.

—Me importa.

—Tarde.

Pritchard bajó la voz.

—No soy un monstruo.

—No. Los monstruos tienen la ventaja de no creerse necesarios.

Aquello sí lo hirió un poco.

Delacroix no sintió placer. Solo utilidad.

—¿El niño dijo algo?

—Nada.

—¿Quién pagó por la edición especial?

Pritchard frunció el ceño.

—¿Qué?

—La edición salió con una rapidez notable. Su periódico quizá sea diligente, pero incluso la diligencia necesita dinero, permiso y alguien que considere rentable imprimir antes de confirmar.

—La dirección decidió que valía la pena.

—¿Por qué?

—Porque el caso es explosivo.

—Y porque alguien garantizó más información si publicaban.

Pritchard no respondió.

—Ah —dijo Delacroix—. El silencio. Por fin una fuente confiable.

El periodista apretó el sobre.

—Recibí una promesa.

—¿De qué?

—De documentos.

—¿Sobre Lázaro?

—Sí.

—¿A cambio de publicar primero?

—A cambio de no dejar que Blackwell Yard enterrara el caso.

Delacroix lo miró con una tristeza casi amable.

—Señor Pritchard, casi todos los hombres usados por canallas aseguran haber sido usados por una buena causa. Es una de las formas más antiguas de sentirse limpio con las manos manchadas.

Pritchard miró hacia el suelo.

—¿Qué hago ahora?

—Ahora empieza a trabajar.

—¿Perdón?

—Va a recordar cada detalle del sobre, del niño, del mensaje, de la hora, de la persona de la imprenta que lo recibió y de cualquier palabra que no haya considerado importante porque estaba usted demasiado ocupado sintiéndose valiente.

Pritchard asintió, esta vez sin sonrisa.

—El sobre olía a tabaco.

—¿Qué tipo?

—Fuerte. De pipa, quizá. Y a colonia. Algo dulce.

—¿Lavanda?

—No. Más pesado. Como sándalo o cuero.

Delacroix pensó en Vale.

Edmund Vale olía a colonia cara y amenaza barata.

—¿Algo más?

—El muchacho dijo que el caballero no esperaría.

—¿Caballero?

—Sí. Dijo “el caballero”.

—No “el viejo”.

—No.

Delacroix levantó la vista.

El niño de Wilkes había hablado de un hombre viejo. El de Pritchard, de un caballero. Podía ser el mismo mensajero impreciso. O dos hombres distintos. O un solo hombre cambiando de aspecto según lo que necesitara sembrar.

—¿Describió al caballero?

—No.

—¿Le pagó?

—Sí.

—¿Cuánto?

—No lo sé.

—Pregúnteselo al niño.

—No sé dónde está.

—Entonces encuentre la forma de saberlo. Los periodistas suelen tener talento para localizar desgracias pequeñas cuando quieren convertirlas en párrafos grandes.

Pritchard aceptó el golpe.

Reed apareció en el vestíbulo en ese momento, con el abrigo todavía puesto.

—Vale no está en los alrededores. Dos agentes lo buscan en su despacho y en su alojamiento. Nada aún.

Delacroix le entregó el sobre de Pritchard.

—Nuestro periodista ha decidido, en un gesto casi humano, colaborar.

Pritchard se levantó.

—Eso es injusto.

—Sí. Pero no del todo, que es lo que vuelve soportable a muchas injusticias menores.

Reed leyó la hoja. Su rostro se endureció.

—Esto salió de dentro.

—Probablemente.

—La máquina.

—Hay que revisarlas.

Reed miró a Crawley, que aguardaba junto al mostrador.

—Todas las máquinas de escribir de la comisaría. Ahora. Archivo, despacho de Ashford, sala de informes, recepción.

Crawley asintió y salió casi corriendo.

Pritchard señaló la hoja.

—Si esto demuestra que me usaron…

—No se excite —dijo Delacroix—. De momento solo demuestra que era usted utilizable.

Reed guardó la hoja.

—Vale tenía motivos para filtrar.

—Y medios.

—Y conocía a Harrow, el código, el pasado, la caja, el lavadero.

—Sí.

—El botón puede ser suyo.

—Quizá.

Reed lo miró.

—Cada vez que digo Vale, usted dice quizá.

—Porque Vale es un cobarde inteligente.

—¿Y eso lo descarta?

—No. Pero un cobarde inteligente no suele construir un crimen que lo obliga a aparecer físicamente en demasiados lugares: patio, lavadero, calle Cormorant, imprenta, quizá comisaría. Vale prefiere que otros lleven sus sobres.

—Pudo usar mensajeros.