Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 20 — La hermana de Hargreaves #2
75%

Capítulo 20 — La hermana de Hargreaves #2

—¿Harrow sabía que usted era hermana de Hargreaves?

—No lo sé.

—Vale sí podía saberlo.

—Vale sabe muchas cosas inútiles hasta que alguien paga por ellas.

—¿Evelyn Pembroke?

Vance levantó la vista.

—¿Evelyn está viva?

—Muy viva. Y en una capilla con una considerable inclinación a las escenas.

La doctora pareció procesarlo con una mezcla de sorpresa y cansancio.

—Entonces ella abrió por fin las cartas.

—Clara las tiene.

—Clara siempre debió tenerlas.

—¿La conoce bien?

—No.

—Pero la compadece.

Vance lo miró.

—Eso no es delito.

—No. Pero esta mañana todo sentimiento parece haber solicitado empleo como móvil.

Reed abrió la bolsa donde había traído el pañuelo encontrado en el callejón.

—¿Es suyo?

Vance lo miró.

Las iniciales E. V. brillaban en una esquina.

—No.

—Sus iniciales.

—También las de Edmund Vale.

—Y Evelyn, si usara V.

—Y de media docena de mujeres que no han tenido la mala suerte de entrar en este caso.

—No usa pañuelos bordados?

—Uso pañuelos limpios. No me interesa que mi ropa declare mi identidad como un funcionario vanidoso.

Delacroix aceptó la frase con leve agrado.

—¿Lavanda? —preguntó.

—¿Perdón?

—El hombre que atacó a Wilkes olía a lavanda.

Vance no pestañeó.

—Yo uso jabón de lavanda.

—Lo noté.

—Lo usa media ciudad.

—La mitad de la ciudad no examinó a Harrow, no es hermana de Hargreaves ni tiene iniciales E. V.

—Entonces deténgame.

Reed la miró.

La doctora dio un paso hacia él.

—Hágalo, inspector. Si cree que maté a un detenido con una manta, fingí un informe, escondí pruebas, secuestré al sargento Wilkes, disparé contra ustedes en Cormorant y coloqué una trampa en una cripta, deténgame. Pero no ronde la acusación como un estudiante tímido alrededor de una muchacha.

El silencio que siguió fue magnífico.

Delacroix lamentó que Ashford no estuviera presente. Habría aprendido algo sobre autoridad real, aunque probablemente lo habría archivado en el cajón equivocado.

Reed no la detuvo.

—No creo que hiciera todo eso —dijo.

—Qué alivio.

—Pero pudo hacer lo primero.

Vance sostuvo su mirada.

—No maté a Victor Harrow.

—¿Puede probarlo?

—No.

—¿Dónde estuvo entre medianoche y las cuatro?

—En mi alojamiento, durmiendo.

—¿Testigos?

—Mi casera, si considera que oírme cerrar la puerta a las once y abrirla a las seis es testimonio suficiente. Aunque, por lo que veo, en Blackwell Yard las puertas ya no tranquilizan a nadie.

Delacroix se acercó a la mesa donde ella escribía.

—¿Qué estaba redactando cuando llegamos?

—El informe ampliado.

—¿Puedo?

Vance dudó. Luego apartó la mano.

Delacroix leyó.

El informe era preciso, sobrio y mucho menos cómodo para la comisaría que el preliminar.

Señalaba irritación en vías respiratorias, posible exposición a sustancia externa, necesidad de análisis de la manta, rechazo de conclusión natural hasta nueva prueba y conservación de muestras.

No parecía un documento escrito por alguien que deseaba esconder un asesinato.

O lo parecía demasiado bien.

Delacroix pasó la página.

En el margen inferior había una anotación personal, no destinada quizá al informe:

El olor no es médico. Es de lavado. Jabón + agente secante. Preguntar por caldera.

Delacroix la señaló.

—Esto le habría resultado incómodo a un asesino.

—No tanto como a una médica incompetente.

—¿Qué quiere decir?

—Que si yo no detectaba eso y alguien más lo hacía, mi primer informe me condenaba profesionalmente. Prefiero parecer prudente tarde que ciega para siempre.

Reed respiró hondo.

—¿Quién más pudo preparar la sustancia?

—Alguien con conocimientos básicos y acceso a productos de limpieza, secado o desinfección. No hace falta ser médico para matar. La humanidad lo ha demostrado con una creatividad desalentadora.

—¿Briggs? —preguntó Reed.

—No.

—¿Por qué?

—Porque la señora Briggs usa jabón como si fuera munición, pero no conoce la diferencia entre desinfectar y envenenar. Además, si quisiera matar a alguien, le golpearía con un cubo y luego lo llamaría accidente doméstico.

Delacroix casi sonrió.

—¿Vale?

—Vale no se mancharía los guantes.

—¿Evelyn?

—No sé.

—¿Ashford?

Vance soltó una risa breve.

—Ashford no prepararía una manta envenenada. Ordenaría a otro que trajera una manta, luego negaría haber entendido la palabra veneno.

—¿Wilkes?

—Demasiado directo.

—Clara?

La doctora no respondió enseguida.

—Clara podría.

Reed se tensó.

—¿Por qué?

—Porque es paciente. Porque conoce las rutinas. Porque la subestiman. Porque ha vivido veinte años rodeada de papeles que nadie quiso leer. Las personas así pueden aprender a esperar de una manera peligrosa.

Delacroix observó a Vance.

—Pero no cree que lo hiciera.

—No.

—¿Por qué?

Vance miró el cuerpo cubierto de Harrow.

—Porque habría elegido una forma más limpia.

—La manta no fue limpia?

—No. Fue cruel. No con Harrow. Con Bell.

Reed bajó la vista.

—Todos vuelven a Bell.

—Porque Bell es la prueba moral del crimen —dijo Vance—. Quien mató a Harrow no solo quería matar a Harrow. Quería que Bell cargara con la muerte, que Wilkes pareciera vengador, que Clara pareciera condenada por su pasado y que la comisaría se devorara a sí misma para cerrar el escándalo.

Delacroix se quedó quieto.

Aquella formulación era demasiado buena.

Demasiado cercana a lo que él mismo pensaba.

—Doctora —dijo—, ¿desde cuándo sabe eso?

Vance lo miró.

—Desde que usted me preguntó por la manta.

—No antes?

—No.

—¿Seguro?

—Monsieur Delacroix, si sigue preguntándome si estoy segura, empezaré a echar de menos su ironía. Al menos era menos repetitiva.

Delacroix aceptó el reproche.

En ese momento, la puerta se abrió y Mason apareció.

—Inspector. Clara Whitcomb ha llegado. Está en la sala contigua.

—¿Cómo está? —preguntó Reed.

—Pálida. Pero camina.

Vance tomó su maletín.

—Entonces déjenme trabajar.

Reed se interpuso.

—No sola.

La doctora lo miró.

—¿Va a vigilar cómo vendo sus heridas, inspector?

—Voy a asegurarme de que nadie más resulte herido.

—Qué noble. Y qué tarde.

Delacroix habló antes de que Reed respondiera:

—Yo estaré presente.

Vance lo miró.

—Preferiría un ayudante médico.

—Y yo preferiría una mañana sin muertos falsos, botellas en criptas ni mantas homicidas. Ambos hemos sufrido decepciones.

La doctora salió hacia la sala contigua.

Clara estaba sentada en una silla, con el abrigo abierto y una mano contra el costado. Wilkes permanecía junto a la pared, vigilado por Crawley, con una tensión casi animal. Al ver a Vance, se adelantó.

—No la toque.

Clara levantó la vista.

—Walter.

Fue suficiente.

Wilkes se detuvo.

Vance se acercó a Clara con el maletín.

—Señorita Whitcomb, necesito ver la herida.

Clara miró a Delacroix.

—¿Sospechan de ella?

—Sospechamos de todos con bastante mala educación.

Vance cortó la tela del costado con cuidado. La herida no era profunda, pero había sangrado bastante. Un corte limpio, oblicuo. No de arma directa. Más bien de borde metálico o piedra afilada al retroceder.

—No la apuñalaron —dijo Vance.

—Se lo dije —respondió Clara.

—Los pacientes suelen decir muchas cosas. Algunas incluso sobreviven al examen.

Clara respiró con dolor mientras la médica limpiaba la zona.

Delacroix observó las manos de Vance. No había vacilación. No había deseo de dañar. Pero un asesino cuidadoso tampoco lo tendría.

—Evelyn no mató a Harrow —dijo Clara de pronto.

—Eso ya lo dijo abajo —respondió Delacroix.

—Lo repito porque nadie parece escucharla cuando dice la verdad.

Vance no levantó la vista.

—Evelyn Pembroke siempre dijo verdades demasiado tarde.

Clara la miró.

—La conoce.

—De niña. De lejos. Mi hermano hablaba de ella. Mi familia la llamaba “la muchacha Pembroke”. Como si decir su nombre completo ensuciara la mesa.

Clara cerró los ojos.

—Todos nos ensuciaron.

—Sí —dijo Vance.

La palabra fue pequeña, pero tenía demasiados años encima.

Delacroix se inclinó un poco.

—Doctora, ¿usted sabía que Evelyn seguía buscando las cartas?

—No.

—¿Y que Harrow había vuelto a chantajearla?

—No.

—¿Y que Clara investigaba a Hargreaves?

Vance siguió limpiando la herida.

—Lo imaginaba.

Clara abrió los ojos.

—¿Cómo?

—Porque nadie trabaja nueve años en un archivo así por amor al polvo.

Wilkes murmuró:

—Yo debí saberlo.

Clara lo miró.

—Usted habría intentado detenerme.

—Sí.

—Por eso no lo supo.

La frase lo dejó sin defensa.

Vance terminó de vendar.

—No es grave. Pero necesita reposo.

Clara casi sonrió.

—No parece el día.

—Los días rara vez consultan al cuerpo antes de arruinarlo.

Delacroix miró a ambas mujeres.

Clara, la archivista herida.

Vance, la médica sospechosa.

Evelyn, la viuda de nadie.

Tres mujeres vinculadas por un pasado que hombres como Harrow, Hargreaves, Pembroke y quizá Michael Reed habían convertido en expediente, mercancía o vergüenza.

Y, sin embargo, el crimen seguía sin tener dueño.

La puerta se abrió de golpe.

Ashford entró con el rostro desencajado.

—Inspector Reed.

—¿Qué ocurre?

—Pritchard ha publicado una edición especial.

Reed se levantó.

—¿Ya?

Ashford le entregó un periódico.

El titular decía:

EL CASO LÁZARO: DOCUMENTOS SECRETOS, MUERTES FALSAS Y UNA COMISARÍA BAJO SOSPECHA

Debajo, una frase aún peor:

Fuentes cercanas afirman que Victor Harrow pudo ser asesinado para proteger a una mujer del archivo.

Wilkes soltó un gruñido.

Clara palideció.

Vance cerró el maletín con mucha calma.

Delacroix leyó el titular.

Después miró a Ashford.

—¿Quién habló con Pritchard?

Ashford no respondió.

Reed tomó el periódico con violencia contenida.

—Esto no pudo salir de lo que él oyó.

—No —dijo Delacroix—. Alguien se lo entregó.

Crawley apareció en el umbral, sin aliento.

—Inspector.

Reed giró.

—¿Qué más?

—El señor Vale ha desaparecido.

Delacroix cerró los ojos un segundo.

No por sorpresa.

Por irritación.

—Por supuesto.

Ashford alzó las manos.

—¿Cómo que ha desaparecido?

—Estaba en la sala pequeña. Pritchard también. Cuando llegó el periódico, hubo confusión. Vale salió por la puerta principal o la lateral. Nadie lo vio.

—Esta comisaría —dijo Delacroix— empieza a parecer menos un edificio que una sugerencia.

Reed ya caminaba hacia la puerta.

—Hay que encontrarlo.

—Sí —dijo Delacroix.

Vance se levantó.

—Antes de que se vaya, monsieur.

Delacroix se detuvo.

La doctora sacó de su maletín un sobre pequeño.

—El botón encontrado bajo el cuerpo de Harrow.

—¿Qué ocurre con él?

—No es de su ropa. Tampoco de Bell. Ni de Wilkes, por lo que he visto. Es de nácar oscuro, caro. Probablemente de un chaleco o abrigo de buena confección.

Reed miró el periódico.

—Vale.

—Quizá —dijo Delacroix.

Vance continuó:

—Hay algo más. Tenía restos de la misma sustancia hallada en la manta.

La sala quedó quieta.

—Entonces quien preparó la manta perdió un botón —dijo Reed.

—O alguien colocó el botón para que pensáramos eso —dijo Delacroix.

Ashford murmuró:

—Siempre lo mismo.

Delacroix miró el botón dentro del sobre.

Un botón fino, caro, impregnado con el mismo veneno de la tela.

Vale había desaparecido.

Pritchard había publicado.

Clara quedaba señalada.

Vance quedaba sospechada.

Wilkes quedaba usado.

Bell seguía en la cuerda.

Y ahora un botón elegante aparecía para arrastrarlos hacia el abogado de los muertos.

Demasiado oportuno.

Demasiado limpio.

Delacroix levantó la vista.

—Inspector, encuentre a Vale.

Reed asintió.

—¿Y usted?

Delacroix miró el periódico, luego el sobre, luego a Vance.

—Yo voy a hablar con el señor Pritchard.

Ashford frunció el ceño.

—¿Con el periodista?

—Sí.

—¿Por qué?

Delacroix dobló el periódico con cuidado.

—Porque alguien acaba de usar la tinta como antes usó la manta. Y quiero saber quién le puso el veneno encima.