Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 20 — La hermana de Hargreaves
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Capítulo 20 — La hermana de Hargreaves

El regreso a Blackwell Yard tuvo la velocidad incómoda de las malas intuiciones.

Reed no hizo preguntas durante los primeros minutos.

Iba sentado frente a Delacroix, con la mandíbula rígida, una mano sobre el bastón de su pistola y los ojos clavados en el cristal empañado.

La niebla corría a ambos lados del coche como si Londres estuviera intentando borrar las calles antes de que pudieran recordarlas.

Clara Whitcomb iba en otro coche, acompañada por Mason y Wilkes, rumbo a la comisaría para que la doctora Vance la atendiera.

Aquella ironía no se le escapaba a nadie.

Una mujer herida iba directa a manos de otra mujer que acababa de convertirse, por una coincidencia demasiado bien vestida, en sospechosa.

Delacroix odiaba las coincidencias elegantes.

Las vulgares, al menos, tenían la decencia de parecer torpes.

—Eleanor Vance —dijo Reed al fin.

—Sí.

—Hermana de Samuel Hargreaves.

—Según Evelyn Pembroke.

—¿Y le cree?

—Creo que Evelyn ha mentido, manipulado, omitido y preparado escenas con una eficacia considerable. Pero cuando pronunció ese nombre no pareció estar adornándolo.

Reed apoyó la cabeza contra el respaldo.

—La doctora Vance examinó el cuerpo.

—Sí.

—Pudo ocultar la causa de muerte.

—Pudo.

—Pudo preparar la manta.

—También.

—Sabe de sustancias, síntomas, tiempos de reacción. Tenía autoridad para mover el cuerpo, revisar la celda, tocar pruebas.

—Exacto.

Reed lo miró.

—Lo dice como si no le bastara.

Delacroix observó la calle. Un niño vendía periódicos bajo un farol encendido a destiempo. Uno de los titulares hablaba ya de brutalidad policial. La verdad seguía llegando más despacio que la tinta.

—Me basta para sospechar —dijo—. No para comprender.

—A veces se detiene a la gente antes de comprenderla.

—Sí. Por eso algunas cárceles están llenas de explicaciones pendientes.

Reed no respondió.

El coche giró hacia Blackwell Yard. La fachada de la comisaría surgió de la niebla con su habitual aspecto de institución ofendida.

Había más periodistas en la puerta. Dos agentes intentaban mantenerlos alejados con la expresión heroica y triste de quienes pretenden detener una inundación con buenos modales.

Pritchard estaba entre ellos.

Naturalmente.

Al ver el coche, levantó la libreta como si fuera un saludo militar de una nación moralmente dudosa.

—No le diga nada —murmuró Reed.

—Inspector, llevo años perfeccionando el arte de no decir lo que otros desean oír.

Bajaron por la puerta lateral.

Ashford los esperaba en el vestíbulo.

—¿Dónde está Clara Whitcomb?

—De camino —dijo Reed—. Herida, pero viva.

Ashford palideció.

—¿Herida?

—Leve, esperamos.

—¿Quién la hirió?

—Eso estamos averiguando.

Delacroix se acercó al superintendente.

—Necesito ver a la doctora Vance.

—Está en la sala médica.

—¿Sola?

—Con el cuerpo de Harrow, supongo.

La frase hizo que Reed se moviera antes que Delacroix.

Subieron por un corredor lateral hasta la sala médica.

Era una habitación limpia, fría, demasiado blanca para el resto de Blackwell Yard.

Había una mesa de examen, un armario con instrumental, frascos etiquetados, vendas, una báscula y una ventana estrecha que daba al patio interior.

En el centro, cubierto por una sábana, estaba el cuerpo de Victor Harrow.

La doctora Eleanor Vance se encontraba junto a una mesa secundaria, escribiendo.

No se sobresaltó al verlos entrar.

Eso podía significar inocencia, sangre fría o costumbre profesional. Delacroix, por desgracia, había visto las tres cosas compartir rostro.

—Inspector Reed —dijo ella—. Monsieur Delacroix. ¿Han encontrado otra habitación secreta o esta vez solo vienen a interrumpir medicina ordinaria?

—Necesitamos hablar con usted —dijo Reed.

Vance dejó la pluma.

—Me lo imaginaba. La gente rara vez entra así para preguntarme por el clima.

Delacroix cerró la puerta.

La doctora lo vio hacerlo.

—Qué teatral.

—La teatralidad no es cerrar una puerta, doctora. Es dejar que todos crean que la puerta era lo importante.

Ella lo miró con atención.

—Entonces esto va en serio.

—Mucho.

Reed dio un paso.

—¿Su nombre de nacimiento era Eleanor Hargreaves?

Por primera vez desde que Delacroix la conocía, Vance tardó en responder.

No mucho.

Lo suficiente.

—Sí.

Reed apretó la mandíbula.

—Samuel Hargreaves era su hermano.

—Medio hermano.

—No nos lo dijo.

—Nadie me preguntó.

Delacroix casi sonrió.

—Esa frase está haciendo una carrera espléndida en Blackwell Yard.

Vance se quitó los guantes despacio.

—Mi parentesco con Samuel Hargreaves no influye en mi informe médico.

—Eso está por verse —dijo Reed.

Ella levantó la mirada hacia él.

—Tenga cuidado, inspector. Una cosa es interrogarme. Otra sugerir que he falsificado una muerte.

—¿Lo hizo?

—No.

La respuesta fue limpia.

Demasiado limpia, pensó Delacroix. Aunque a veces las verdades tienen ese defecto: suenan ensayadas porque llevan años esperando que alguien las pregunte.

—Su primer informe fue apresurado —dijo Delacroix.

—Fue preliminar.

—Conveniente para Ashford.

—Todo lo preliminar es conveniente para alguien impaciente. Por eso se llama preliminar y no sentencia divina.

—Pero pudo permitir que Harrow fuera declarado muerto por causa natural.

—Si hubiera querido eso, monsieur, no habría señalado después la irritación en boca, nariz y cuello. Habría firmado un fallo cardíaco, habría enviado el cuerpo al depósito y ahora usted estaría irritando a otra persona.

Reed intervino:

—Cuando lo señaló ya teníamos dudas sobre la manta.

—Exacto. Y yo podría haber dicho que esas dudas eran absurdas.

Delacroix caminó hacia el armario de frascos.

—¿Sabía que Harrow murió por una sustancia aplicada a la manta?

—No sé todavía que muriera por eso.

—Pero lo sospecha.

—Sí.

—¿Conoce sustancias capaces de hacerlo?

—Muchas.

—¿Tiene acceso a ellas?

—A algunas.

—¿Alguna falta de este armario?

Vance fue hasta él y abrió con una llave pequeña.

—Ninguna.

—No ha contado.

—Las cuento cada mañana.

—Hoy también?

—Antes de que usted decidiera convertir mi sala en un salón de conversación.

Reed miró el armario.

—Necesitamos revisar.

Vance le entregó la llave.

—Hágalo. Con cuidado. Si rompe algo, procuraré que no sea mortal, pero no lo prometo.

Delacroix observó sus manos.

Firmes. Secas. Sin temblor.

—Háblenos de su hermano.

La doctora cerró el armario con más fuerza de la necesaria.

—Samuel murió hace seis años.

—Eso nos han dicho.

—Y a diferencia de otros muertos de este caso, tuvo la decencia de permanecer muerto.

—¿Está segura?

Vance lo miró con frialdad.

—Yo misma certifiqué el cuerpo.

—Eso, doctora, en esta mañana, no tranquiliza tanto como imagina.

Reed se quedó muy quieto.

La frase era dura.

Vance la recibió sin cambiar de color.

—Samuel era muchas cosas desagradables. Cobarde.

Ambicioso. Capaz de justificar una injusticia si la injusticia venía firmada por un superior.

Pero era mi hermano. Si lo que quiere saber es si fingí su muerte para que siguiera moviendo papeles desde una cripta, la respuesta es no.

Ni él tenía tanta imaginación ni yo tanta paciencia para sus miserias.

Delacroix la creyó a medias.

La sinceridad completa era rara. La sinceridad a medias, en cambio, era una fuente excelente de información.

—¿Sabía que Hargreaves usó su nombre después de muerto? —preguntó Reed.

—No.

—Alguien firmó traslados de material reservado después de su entierro.

Vance se quedó inmóvil.

—¿Qué material?

—Lázaro.

El nombre no pareció sorprenderla.

Eso sí fue interesante.

Delacroix se acercó.

—Conoce Lázaro.

Vance bajó la mirada.

—Conocía la palabra.

—Explíquese.

—Samuel la mencionaba cuando bebía. Decía que Blackwell Yard había enterrado un asunto que no dejaba de moverse. Decía que algunos muertos arañaban desde dentro de los archivos.

—Poético para un archivista cobarde.

—Samuel no era poeta. Era culpable.

La palabra fue dicha con una serenidad que no intentaba protegerlo.

Reed la miró.

—¿Culpable de qué?

—De haber permitido que desaparecieran pruebas. De haber obedecido a Pembroke. De haber callado cuando Michael Reed quiso conservar parte del expediente.

Reed se tensó al oír el nombre de su padre.

—¿Se lo contó él?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Antes de morir. Estaba enfermo. La muerte vuelve honrados a algunos hombres durante un cuarto de hora. Después los demás tenemos que decidir qué hacer con esa honradez tardía.

Delacroix observó a la doctora con más interés.

—¿Y qué hizo usted?

—Nada.

—Una respuesta sorprendentemente honesta.

—No tenía pruebas. Solo la confesión de un hombre enfermo que había pasado media vida justificándose. Y, por si no lo ha notado, monsieur, la sociedad no suele detenerse cuando una mujer dice que su hermano muerto admitió haber sido un cobarde.

—Depende de la mujer.

—No. Depende del muerto.

Reed se acercó al cuerpo de Harrow.

—¿Odiaba a Harrow?

Vance miró la sábana.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque Samuel no fue el origen de todo. Harrow tampoco. Pero Harrow siguió alimentándose de aquello mucho después de que los demás envejecieran. Hay hombres que cometen un crimen una vez. Harrow descubrió cómo cobrar alquiler por él.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Una descripción bastante precisa.

—No pretendo ser injusta con el muerto. Me limito a no concederle virtudes nuevas.

—¿Lo vio antes de morir?

—Lo examiné durante el ingreso.

—¿Lo reconoció?

—Sí.

—¿Él a usted?

—No lo sé.

—¿Le dijo algo?

Vance se cruzó de brazos.

—Me preguntó si en Blackwell Yard también dejaban entrar mujeres para hacer de médicos o si yo estaba allí para limpiar sangre de la mesa.

—Encantador.

—Le respondí que, si seguía hablando, quizá tendría ocasión de comprobar cuál de mis dos supuestas funciones ejercía primero.

Reed la miró.

—No lo mencionó.

—No me pareció relevante que un chantajista fuera desagradable. De haberlo registrado cada vez que lo fue, habríamos necesitado otro archivo.

Delacroix caminó alrededor del cuerpo.