Capítulo 19 — La viuda de nadie #2
—Tenía veinte años —continuó—. Era cobarde. Rica, educada y cobarde. Una combinación que esta ciudad produce con admirable regularidad. Cuando supe que Margaret había muerto, ya era tarde para todo salvo para recordar.
—La viuda que nunca enviudó —dijo Reed.
Evelyn sonrió apenas.
—No había matrimonio. No había reconocimiento. No había tumba compartida. Solo una ausencia. Pero una ausencia puede ser más fiel que muchos esposos.
Delacroix miró el paquete de cartas en manos de Clara.
—Entonces usted recuperó las cartas.
—Años después. No todas. Algunas. Otras seguían pasando de mano en mano como monedas sucias. Crowe tenía copias. Harrow tenía originales. Hargreaves ocultó parte. Michael Reed intentó guardar otra parte. Vale vendió cualquier fragmento que no estuviera clavado a la mesa.
—¿Y recientemente?
—Harrow volvió a ofrecerlas.
—¿A quién?
—A mí.
Reed se tensó.
—¿Cuándo?
—Hace dos semanas.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba dinero. Porque creía que mi edad me habría vuelto más prudente. Porque los hombres como Harrow confunden el dolor antiguo con una caja fuerte que uno acaba olvidando abrir.
—¿Le pagó?
—No.
—¿Lo amenazó?
—Sí.
—¿Con qué?
Evelyn bajó la mirada hacia Clara.
—Con destruir a Clara.
Wilkes se movió.
—Maldito…
Mason lo sujetó.
Evelyn siguió:
—Harrow sabía que Clara había estado investigando.
Sabía que Walter la protegía. Sabía que Bell era blando.
Sabía que Reed ignoraba la parte de su padre y que Ashford preferiría entregar a un guardia antes que abrir un expediente viejo.
Harrow no era un genio. Solo escuchaba bien las debilidades ajenas.
—¿Y el lavadero? —preguntó Delacroix.
—Harrow preparó un escondite en la habitación fría. Quería usarlo para negociar conmigo, con Vale y con cualquiera que pagara más. Dijo que dejaría una prueba en el circuito de lavado. Una señal.
—“Aireada junto a caldera”.
—Sí.
—¿Escribió usted esa anotación?
—No.
—Pero conocía el código.
—Sí.
—¿Fue usted quien llamó a Wilkes usando Lázaro?
—Sí.
—¿Quien dejó las notas?
—Algunas.
Delacroix se acercó otro paso.
—Las confesiones por partes terminan pareciéndose demasiado a las mentiras enteras.
Evelyn aceptó el golpe con un leve gesto.
—Dejé la nota a Walter. Dejé las flores en la tumba de Hargreaves. Dejé la tarjeta para traerlos aquí.
—¿Y el pañuelo con iniciales E. V.?
Evelyn arqueó apenas una ceja.
—No uso pañuelos bordados.
—Naturalmente.
—Mi apellido ya no es Vale ni Vance. Y aunque lo fuera, no dejaría un pañuelo con mis iniciales en un callejón como una muchacha de folletín.
Delacroix creyó verla decir la verdad.
No porque las personas elegantes no cometieran torpezas. Las cometían a menudo, solo que luego las llamaban sensibilidad. Pero Evelyn despreciaba demasiado el melodrama barato como para firmar una pista de esa forma.
—Entonces alguien quiso señalarla.
—O señalar a cualquiera con esas iniciales.
—Edmund Vale —dijo Reed.
—Eleanor Vance —añadió Delacroix.
Reed lo miró.
—La doctora.
—No la acuso. Solo la incluyo en el alfabeto.
Evelyn observó la botella sobre la repisa.
—Esa tampoco es mía.
—¿La trampa?
—No.
—Pero Clara está herida.
—Porque intentó abrir la cámara antes de revisar el hilo. Se cortó con el borde de la puerta al retroceder. No fui yo.
Clara, pálida, asintió.
—Es verdad.
Reed se inclinó hacia ella.
—Necesita atención médica.
—Primero la botella —dijo Delacroix.
—Siempre tan práctico —murmuró Evelyn.
—Procuro serlo cuando alguien deja líquidos oscuros sobre puertas antiguas.
Delacroix examinó el hilo. Estaba sujeto al borde interno de la puerta y pasaba por una pequeña anilla clavada en la piedra.
Si la puerta se abría o cerraba más de unos centímetros, la botella caería.
El mecanismo era simple. Demasiado simple para Crowe, quizá.
Suficiente para alguien que quería impedir el movimiento rápido.
—Mason —dijo—, suba y traiga una tela gruesa, una bandeja o cualquier objeto que permita sostener la botella si cae.
Mason obedeció con evidente alivio por recibir una orden que no implicaba decidir nada.
Evelyn permaneció en la escalera, inmóvil.
Reed no bajó el arma.
—No se mueva.
—No pensaba hacerlo.
—¿Por qué volvió?
—Porque Clara bajó sola.
—¿Para ayudarla?
Evelyn sonrió con tristeza.
—No me atribuya bondad con tanta prisa, inspector. Vine a asegurarme de que las cartas salieran. Clara era una complicación.
—Pero no quería verla muerta.
—Ya he visto morir suficientes Whitcomb.
Clara bajó la mirada.
Delacroix observó a Evelyn. Aquella mujer era culpable de muchas cosas: manipulación, ocultamiento, quizá chantaje inverso, quizá de haber conducido a otros hacia puertas peligrosas.
Pero la muerte de Harrow aún no terminaba de ajustarse a ella.
No por falta de motivo, sino por exceso de estilo ajeno.
Alguien había usado el código de Harrow, el miedo a Lázaro, el amor de Wilkes, la memoria de Clara, el pasado de Evelyn y la bondad de Bell. Alguien no solo quería matar a Harrow. Quería ordenar el escenario para que cada herido pareciera culpable de su propia herida.
Eso exigía conocerlos a todos.
Y disfrutarlo.
Mason volvió con una bandeja metálica y una tela de altar que probablemente habría preferido un destino litúrgico más limpio. Delacroix, con ayuda de Reed, sostuvo la botella mientras Mason cortaba el hilo.
La botella no cayó.
Vance habría agradecido la muestra si no estuviera ocupada, pensó Delacroix, en otro rincón de la comisaría donde todos parecían empeñados en complicarle la mañana.
Cuando la trampa quedó neutralizada, Reed ayudó a Clara a ponerse en pie. Ella se tambaleó. Wilkes, desde la cámara exterior, intentó acercarse, pero se contuvo. Quizá por la nota. Quizá porque al fin había entendido que proteger a alguien no consistía siempre en interponerse.
—Walter —dijo Clara.
El sargento se quedó quieto.
—Estoy aquí.
—Lo sé.
La frase fue pequeña, pero pareció bastarle.
Delacroix tomó el paquete de cartas de las manos de Clara.
—¿Me permite?
Ella dudó.
—Son de Margaret.
—Lo sé.
—No son solo pruebas.
—Precisamente por eso las sostendré con más cuidado que muchos tribunales.
Clara se las entregó.
Evelyn miró el paquete como quien mira una tumba y una casa al mismo tiempo.
—No deje que Vale las toque.
—No tengo intención de permitir que el señor Vale toque nada que no sea su propia conciencia. Y aun eso me parece optimista.
Reed hizo subir a Clara despacio. Wilkes la siguió sin acercarse demasiado. Evelyn permaneció en la escalera, con el rostro vuelto hacia Delacroix.
—¿Va a detenerme?
—Probablemente.
—¿Por Harrow?
—Todavía no.
—Entonces por las notas, por Walter, por la trampa.
—La trampa, según usted, no es suya.
—¿Me cree?
Delacroix la miró.
—Creo que ha dicho varias verdades con la misma habilidad con la que otros mienten.
—Eso no responde.
—No. Pero la acompaña.
Evelyn casi sonrió.
—Harrow tenía razón. Es usted insoportable.
—Me tranquiliza que los muertos mantengan una opinión constante.
Subieron a la capilla.
La luz gris resultó casi vulgar después de la cripta.
Clara fue sentada en un banco. Mason fue enviado a buscar un médico o un coche para llevarla con Vance.
Reed pidió refuerzos para registrar la cripta y vigilar la salida posterior.
Wilkes permaneció cerca, con la mirada fija en Clara, sin tocarla.
Evelyn Pembroke se sentó en el primer banco, erguida, con las manos sobre el regazo.
Parecía una viuda.
No de un hombre.
No de una ley.
De una vida que nunca le habían permitido tener.
Delacroix se sentó a su lado, a una distancia cortés.
—Dígame una cosa.
—Si puedo.
—¿Quién más sabía que usted iba a traer a Clara aquí?
Evelyn miró el altar.
—Nadie.
—Mentira.
Ella giró hacia él.
—No.
—Entonces alguien la siguió con una eficacia admirable, preparó una botella sobre una puerta que usted no conocía y dejó pistas para que la encontráramos justo antes de que todo empeorara.
No niego que Londres sea una ciudad competente, pero incluso ella necesita ayuda para organizar tanto desorden.
Evelyn bajó la vista.
—Vale sabía que yo buscaba las cartas.
—¿Se lo dijo?
—No directamente. Pero él siempre sabe cuándo alguien huele dinero o vergüenza.
—¿Y Vance?
—No conozco a la doctora Vance.
—¿Ashford?
—Ashford sabe menos de lo que aparenta, y aparenta menos de lo que cree.
Delacroix aceptó la descripción.
—¿Hargreaves tuvo familia?
—No esposa. Pero tuvo una hermana.
Delacroix se volvió hacia ella.
—¿Nombre?
—Eleanor.
El silencio de Delacroix fue muy breve.
Muy.
—Eleanor Hargreaves.
—Ahora usa otro apellido.
—Vance.
Evelyn lo miró.
—¿La doctora?
Delacroix no respondió enseguida.
E. V.
El pañuelo.
La médica que se apresuró con el primer informe.
La mujer que reconoció tarde la irritación.
La que tuvo acceso al cuerpo.
La que pudo saber de sustancias, mantas, síntomas y silencios.
La que quizá era hermana de Hargreaves.
Y, si era cierto, la única persona que podía matar con una manta y lograr que pareciera, al principio, una muerte natural.
Delacroix se levantó.
Reed lo vio desde el otro extremo de la capilla.
—¿Qué ocurre?
Delacroix miró a Clara, pálida en el banco. Luego a Evelyn. Luego al paquete de cartas.
—Inspector —dijo—, me temo que debemos regresar a Blackwell Yard con cierta prisa.
—¿Por qué?
Delacroix ya caminaba hacia la salida.
—Porque quizá hemos pasado toda la mañana buscando a Lázaro entre los muertos equivocados.
Reed lo siguió.
—¿Qué significa eso?
Delacroix abrió la puerta de la capilla.
La niebla entró como una noticia mala.
—Significa que la persona que mejor podía certificar una muerte natural era también la persona que mejor podía fabricarla.