Capítulo 17 — La viuda que nunca enviudó
La bala había entrado por la ventana y se había incrustado en la pared opuesta, a pocos centímetros del marco de la puerta.
Delacroix la miró con disgusto.
No con miedo. Con disgusto.
Había algo profundamente grosero en las balas. No argumentaban, no insinuaban, no ofrecían matices. Entraban en una habitación con la brutalidad de quien no ha leído un libro en su vida y pretende, aun así, tener la última palabra.
Reed mantenía la pistola en la mano, junto a la ventana rota. No se asomó. Fue una muestra de inteligencia apreciable. La calle Cormorant, con su niebla, sus almacenes y sus sombras, ofrecía demasiadas oportunidades a un tirador paciente y demasiado pocas a un inspector irritado.
Mason subió corriendo unos segundos después.
—Nada, inspector. Se ha perdido en el callejón. El conductor dice que vio una figura con abrigo oscuro doblar hacia el río.
—¿Hombre?
—Eso cree.
—¿Viejo?
—No lo vio bien.
Delacroix recogió un fragmento de cristal del suelo con la punta del bastón.
—La niebla londinense debería figurar como cómplice en la mitad de los delitos de esta ciudad.
Wilkes seguía en el suelo, respirando con dificultad. Tenía el rostro lívido, la sien manchada de sangre seca y el orgullo hecho jirones, lo cual en su caso parecía dolerle casi tanto como los golpes.
Reed se agachó junto a él.
—¿Puede caminar?
—Puedo insultar —murmuró Wilkes.
—Eso ya lo sabíamos.
—Entonces sigo vivo.
Mason lo ayudó a incorporarse. Wilkes soltó una maldición al apoyar la pierna izquierda.
Delacroix miró el modo en que cargaba el peso.
—La cojera.
Wilkes le dedicó una mirada feroz.
—Me golpearon la rodilla.
—No he preguntado por su biografía reciente. Solo observo que alguien se ha tomado la molestia de hacer que cojee más de lo habitual.
Reed entendió antes de que Wilkes contestara.
—La huella de la habitación fría.
—Exactamente.
Wilkes se apoyó contra la pared.
—Yo estuve allí.
—Eso también lo sabemos —dijo Reed.
—Fui después de encontrar el cuerpo.
—¿Por qué?
Wilkes miró a Delacroix, luego a Reed. Había en su rostro una resistencia vieja, casi mineral. No quería hablar. No porque no supiera, sino porque llevaba demasiados años creyendo que callar era una forma de proteger a alguien.
Delacroix se acercó.
—Sargento, alguien acaba de disparar contra esta habitación. No creo que lo hiciera para evitar que nos contara algo irrelevante.
Wilkes cerró los ojos.
—Maldita sea.
—Una introducción muy válida. Continúe.
Reed guardó la pistola, aunque no se alejó de la ventana.
—Walter.
El uso del nombre de pila tuvo efecto. Wilkes abrió los ojos y miró a Reed con rabia cansada.
—No me llame así.
—Entonces deje de obligarme a hablarle como a un hombre que necesita recordar que existe fuera del uniforme.
Wilkes tragó saliva.
Durante unos segundos solo se oyó el viento entrando por la ventana rota y el goteo de algún canalón invisible.
—Crowe murió —dijo al fin—. Murió hace veinte años.
Delacroix no lo interrumpió.
—Yo estaba allí. Era agente raso. Michael Reed también estaba.
Reed se tensó.
—Mi padre.
Wilkes asintió, sin mirarlo.
—Su padre, yo, otro agente llamado Hargreaves y Nathaniel Crowe. Lo encontramos en un almacén cerca del río. Había estado vendiendo información a dos bandos, como siempre. A Harrow, a Pembroke, a nosotros, a cualquiera con monedas y vergüenza suficiente.
—¿Por qué fueron allí? —preguntó Delacroix.
—Porque Crowe dijo que tenía las cartas de Margaret Whitcomb. Las verdaderas. Las que podían probar que Harrow y Vale habían estado chantajeándola, y que Pembroke había pagado para que todo desapareciera.
Reed cerró los ojos.
—Mi padre fue a recuperarlas.
—Sí.
—¿Y qué ocurrió?
Wilkes miró hacia la puerta, como si esperara ver allí a un fantasma con abrigo negro.
—Crowe intentó venderlas otra vez. Su padre se negó a pagar. Dijo que aquello era prueba, no mercancía. Discutieron. Crowe sacó una pistola. Hargreaves se abalanzó sobre él. Hubo un disparo. Luego otro.
—¿Quién disparó? —preguntó Delacroix.
Wilkes tardó.
—Crowe primero. Su padre después.
La frase golpeó a Reed sin ruido.
—Mi padre mató a Crowe.
—Sí.
Reed se apartó un paso.
—¿Por qué no consta?
Wilkes soltó una risa seca que terminó en tos.
—Porque cuando abrimos la caja que Crowe había traído, las cartas no estaban.
Había copias. Fragmentos. Nombres. Suficiente para implicar a Pembroke, a Harrow, quizá a su padre por haber permitido que el caso llegara tan lejos.
Hargreaves dijo que aquello destruiría Blackwell Yard.
Que Pembroke lo enterraría todo y nos arrastraría con ello.
Su padre quería informar. Hargreaves quería cerrar.
—¿Y usted?
Wilkes apretó la mandíbula.
—Yo era joven. Estúpido. Y había visto a Margaret Whitcomb desaparecer de Londres mientras hombres importantes se limpiaban las manos. Quería que alguien pagara. Pero no sabía cómo hacer que pagara el correcto.
Delacroix miró la pared donde la bala se había incrustado.
—Una confusión común. Y peligrosa.
—Al final se decidió registrar la muerte de Crowe como accidente en un incendio.
Reed abrió los ojos.
—¿Se decidió?
Wilkes no pudo sostenerle la mirada.
—Hargreaves tenía contactos. Pembroke tenía más. El cuerpo apareció días después en otro lugar, quemado. Se dijo que era Crowe. Su padre no firmó la identificación final.
—Pero firmó el traslado de los documentos.
—Sí.
—¿Por qué?
—Para impedir que Hargreaves los destruyera. Los metió en custodia reservada bajo nombre en clave. Lázaro. Dijo que algún día alguien honesto podría abrirlo.
La voz de Wilkes se quebró apenas al decirlo.
Reed guardó silencio.
Delacroix lo observó con atención. El padre no quedaba limpio.
Nadie quedaba limpio. Pero ya no era la figura simple del encubridor cobarde.
Había intentado salvar algo dentro de una estructura que prefería enterrarlo todo.
Eso no lo absolvía. Pero lo volvía humano, que era casi siempre más incómodo.
—¿Y Crowe? —preguntó Delacroix—. ¿Está seguro de que murió en ese almacén?
Wilkes levantó la cabeza.
—Le vi caer. Le vi la sangre. Le cerré los ojos.
—Los hombres pueden sobrevivir a cosas sorprendentes.
—No a aquello.
—¿Quién retiró el cuerpo?
—Hargreaves se encargó.
—Ah.
Wilkes lo miró.
—No.
—Sargento.
—Hargreaves era muchas cosas, pero no Crowe.
—No he dicho que lo fuera. Aunque empieza a interesarme más.
Reed se volvió.
—Hargreaves murió hace seis años.
—Según Clara —dijo Delacroix.
Wilkes negó con fuerza.
—Murió. Yo fui al entierro.
—Los entierros, como los certificados, prueban que alguien fue enterrado. No siempre prueban que la persona correcta haya tenido la amabilidad de ocupar el ataúd.
Reed miró a Delacroix.
—¿Cree que Hargreaves es Lázaro?
—Creo que todos los muertos de este caso están mostrando una notable falta de disciplina.
Wilkes se llevó una mano a la sien.
—No era Hargreaves el que me citó.
—¿Lo vio bien? —preguntó Reed.
—Lo bastante para saber que no era él. Era más bajo. Más delgado. Barba gris. Caminaba como Crowe, pero no tenía sus ojos.
—¿Y por qué dijo ser Crowe?
—Para asustarme.
—Y funcionó.
Wilkes miró a Delacroix con desprecio cansado.
—Sí. Funcionó. ¿Contento?
—No especialmente. El miedo raramente mejora una mañana.
Reed señaló la mesa.
—¿Qué pasó al llegar aquí?
Wilkes respiró hondo.
—Recibí la nota en mi alojamiento. “Lázaro no espera dos veces.” Creí que Crowe… no sé qué creí. Vine porque decía que tenía los papeles que podían liberar a Clara de todo esto.
—¿Liberarla? —preguntó Delacroix.
—Harrow había muerto. Todo empezaba a señalarla. Yo sabía que alguien intentaría usar a Margaret contra ella.
—¿Y usted decidió venir solo?
Wilkes se encogió, furioso consigo mismo.
—Sí.
—Un gesto generoso y estúpido. Combinación frecuente en hombres enamorados.
Wilkes abrió la boca, pero no dijo nada.
Reed miró a Delacroix, sorprendido por la dureza. Delacroix no se disculpó. A veces la compasión necesitaba un golpe para no convertirse en adorno.
—¿Qué le prometieron aquí? —preguntó.
—Una caja. La que faltaba de la habitación fría.
Reed se tensó.
—¿Estaba aquí?
Wilkes señaló la mesa.
—Ahí.
Delacroix miró la pequeña caja abierta. Vacía.
—¿Qué contenía?
—No llegué a verlo. El viejo dijo que dentro estaba la prueba de que Clara no había tocado la manta. Que Harrow ya había preparado algo antes. Que Lázaro podía demostrarlo.
—¿Y usted le creyó?
Wilkes bajó la mirada.
—Quise creerle.
—Peor.
—Sí.
—¿Qué ocurrió después?
—Me pidió la carpeta que llevaba. Mis notas sobre Harrow, Clara y Lázaro. Dijo que necesitaba comprobarlas. Cuando abrí la cartera, me golpeó. No sé con qué. Desperté atado.
—¿La caja estaba vacía ya?
—No lo sé.
—¿La carpeta?
—Se la llevó.
Reed miró a Mason.
—Busque en la habitación.
Mason empezó a revisar cajones, colchón, suelo, chimenea. Delacroix ya sabía que no encontraría la carpeta. Quien había montado aquello no parecía el tipo de persona que olvidaba papeles por educación.
—¿Le habló mientras estaba atado? —preguntó Delacroix.
Wilkes asintió.
—Un poco.
—¿Qué dijo?
—Que Harrow había muerto porque nunca supo cuándo dejar de vender la misma tumba. Que Clara iba a cargar con el pecado de todos si yo no obedecía. Que Bell era una lástima necesaria.
Reed palideció.
—¿Una lástima necesaria?
—Sí.
Delacroix sintió una oleada fría. No por la crueldad de la frase, sino por su precisión. Bell no era el objetivo. Era el peón. El sacrificio aceptable. El hombre pobre que la institución podía entregar sin romperse demasiado las manos.
—¿Reconoció la voz? —preguntó.
—No.
—¿Seguro?
Wilkes golpeó la silla con el puño.
—No.
Delacroix aceptó el estallido.
—Bien.
—¿Bien?
—La rabia sincera suele mentir peor.
Wilkes respiró con dificultad.
—La voz era ronca. Forzada quizá. Como si quisiera parecer más viejo.
—¿Un disfraz?
—Puede.
—¿Altura?
—Media. Delgado. Pero llevaba un abrigo ancho.
—¿Manos?
Wilkes frunció el ceño.
—Guantes.