Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 16 — Lázaro no espera dos veces #2
61%

Capítulo 16 — Lázaro no espera dos veces #2

Reed se incorporó.

—Ha dicho que no.

—Lo sé.

—¿Está arriba?

—No.

—¿Dónde está?

Ella se llevó una mano al pecho.

—No lo sé. Vino muy poco tiempo. Estaba blanco. Traía una carpeta. Dijo que debía esconderla.

—¿Aquí?

—No quise.

—¿Por qué?

—Porque tengo hijos.

La respuesta no admitía juicio.

—¿Qué había en la carpeta? —preguntó Delacroix.

—No la abrió. Pero se le cayó un papel.

—¿Lo vio?

—Solo una palabra.

—¿Lázaro?

Ellen negó.

—No. “Pembroke”.

Reed murmuró una maldición.

—¿Dónde fue después?

—Dijo que tenía que ver a una mujer.

—¿Clara?

—No. Dijo “la viuda”.

Delacroix y Reed se miraron.

—¿Qué viuda? —preguntó Reed.

—No lo sé.

—¿La viuda de Crowe? —dijo Delacroix.

Ellen abrió los ojos.

—Crowe tenía esposa?

—No lo sabemos.

—Walter dijo “la viuda sabe dónde guardan los muertos las cosas que no caben en las tumbas”.

La frase no pertenecía a Wilkes. O no solo a él. Tenía ese sabor oscuro y teatral de Harrow o de alguien que había aprendido de Harrow. Delacroix la guardó en silencio.

—¿Le dijo dónde encontrar a esa viuda?

—No. Pero después de marcharse encontré esto en el suelo. No sé si se le cayó o si lo dejó para mí.

Fue hasta una alacena, sacó una cajita de lata y de ella una tarjeta doblada.

Se la entregó a Reed.

La tarjeta estaba manchada de humedad. En una cara había una dirección escrita con letra dura:

Calle Cormorant, 17. Puerta trasera. No llamar dos veces.

Debajo, una inicial:

E.

Reed frunció el ceño.

—E.

—Ellen? —preguntó Mason.

La mujer negó.

—No es mi letra.

Delacroix tomó la tarjeta.

Calle Cormorant.

Puerta trasera.

No llamar dos veces.

—¿Conoce la dirección? —preguntó Reed.

Ellen negó.

—No.

Mason habló desde la ventana:

—Calle Cormorant está cerca del río. Almacenes viejos. Casas de huéspedes. Mala zona.

—Todas las zonas son malas cuando alguien decide matar en ellas —dijo Delacroix—. Algunas solo colaboran más con la decoración.

Reed guardó la tarjeta.

—Vamos.

Ellen se acercó a él.

—Inspector.

—Sí.

—Walter no mató a ese hombre.

Reed no respondió.

Ella insistió:

—Pudo querer hacerlo. Pudo decirlo. Pudo soñar con ello durante veinte años. Pero si lo hubiera hecho, no habría usado una manta, ni un veneno, ni un truco de cobarde. Walter habría entrado, lo habría mirado a la cara y se habría condenado con sus propias manos.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Eso mismo me preocupa.

—¿Por qué?

—Porque alguien más también pudo saberlo.

La mujer comprendió. Se apoyó en la mesa.

—Lo están usando.

—Tal vez.

—Encuéntrelo.

Reed se puso el sombrero.

—Lo haremos.

Delacroix no corrigió la promesa. A veces la gente necesitaba escuchar una mentira piadosa antes de que la verdad tuviera tiempo de fracasar.

Salieron.

La niebla parecía más baja. El coche los esperaba con el motor resoplando. Mason dio la dirección al conductor. Reed subió primero, Delacroix detrás.

Durante el trayecto hacia la calle Cormorant, Reed abrió por fin la carpeta de Wilkes.

Volvió a leer las notas.

—“No dejar que C. cargue con lo que otros hicieron.”

—Sí.

—Puede referirse a Clara cargando con el crimen.

—O con el pasado.

—O con ambas cosas.

Reed pasó otra hoja.

—Aquí hay una fecha marcada. Hace seis semanas.

Delacroix se inclinó.

La nota decía:

Harrow pregunta por Lázaro. Vale vuelve a rondar. C. no debe saber todavía.

—Wilkes seguía a Harrow desde antes de la detención —dijo Reed.

—Sí.

—Y no se lo dijo a nadie.

—Tal vez porque no confiaba en nadie.

—Ni en mí.

Delacroix miró al inspector.

—Malcolm, su padre aparece en los papeles de Lázaro. Su apellido estaba en las notas de Harrow. Si Wilkes quería proteger a Clara, usted era parte del problema aunque no hubiera hecho nada.

Reed cerró la carpeta.

—Estoy empezando a odiar esa frase.

—¿Cuál?

—Aunque no hubiera hecho nada.

Delacroix no respondió.

El coche cruzó una avenida más ancha y descendió hacia una zona de almacenes.

El olor del río entró por las rendijas, frío y sucio.

La niebla tenía allí otra textura, más húmeda, más densa, mezclada con humo de chimeneas bajas y vapor de agua.

Las fachadas se veían a trozos. Puertas de carga.

Ventanas rotas. Carteles torcidos. Hombres que miraban al coche y luego fingían no haberlo mirado.

La calle Cormorant estaba casi vacía.

El número 17 era una casa estrecha entre dos almacenes, con la fachada ennegrecida y una puerta principal clausurada con tablas. La puerta trasera daba a un callejón lateral, tal como decía la tarjeta. Sobre ella colgaba una lámpara apagada.

No llamar dos veces.

Reed bajó del coche.

—Mason, rodee por el otro extremo del callejón.

—Sí, inspector.

Delacroix miró la puerta.

—Inspector.

—¿Qué?

—Si una tarjeta advierte no llamar dos veces, llamar una sola vez puede ser obedecer al enemigo.

—¿Y no llamar?

—Puede ser descortés con la verdad.

Reed lo miró con cansancio.

—¿Tiene una opción que no parezca un proverbio?

—Sí. Entrar sin llamar.

Reed hizo una seña al conductor para que quedara atento. Luego probó la puerta.

Estaba cerrada.

Mason volvió desde el otro extremo.

—No hay salida abierta. Solo una ventana rota al patio, pero pequeña.

Reed sacó una herramienta corta. Forzó la cerradura con más brutalidad que habilidad. La puerta cedió al segundo intento.

Entraron.

El interior olía a polvo, humedad y madera vieja. Era un pasillo estrecho, con papel arrancado en las paredes y una escalera al fondo. No había luz, salvo la que entraba desde la puerta y una claridad gris por una ventana alta.

—Wilkes —llamó Reed.

Nadie respondió.

Delacroix escuchó.

Una casa vacía nunca estaba del todo vacía. Crujía, respiraba, soltaba pequeños sonidos propios. Pero aquella tenía algo más: un goteo. Un roce leve arriba. O quizá la imaginación, que en casas abandonadas solía sentirse autorizada a redecorar.

Subieron despacio.

En el primer piso había tres habitaciones. La primera estaba vacía. La segunda tenía un colchón sucio, una silla y una botella rota. La tercera estaba cerrada.

Desde dentro llegó un sonido.

No una voz.

Un golpe débil.

Reed empujó la puerta.

Cerrada.

—Wilkes —dijo.

Otro golpe. Más débil.

Mason se preparó.

Reed forzó la puerta con el hombro.

La madera cedió.

El cuarto estaba casi a oscuras.

Y el sargento Wilkes estaba atado a una silla.

Tenía sangre seca en la sien, la boca amordazada y las manos sujetas detrás del respaldo. Su pierna izquierda estaba extendida de forma extraña, como si la cojera habitual hubiera sido convertida en castigo. Respiraba. Eso, por el momento, era una cortesía del mundo.

Reed corrió hacia él.

—Wilkes.

Mason retiró la mordaza.

Wilkes tosió, jadeó y abrió los ojos con dificultad.

—La puerta —murmuró.

—¿Qué?

—La puerta.

Delacroix no fue hacia Wilkes.

Miró la habitación.

Los culpables, las víctimas y los policías tenían una peligrosa tendencia a mirar al hombre atado. Delacroix prefería mirar primero el lugar donde alguien lo había atado.

Había una mesa contra la pared. Sobre ella, una vela apagada, una jarra, una cuerda cortada, una hoja de papel y una pequeña caja de madera abierta. Vacía.

En el suelo, cerca de la puerta, había barro gris.

El mismo polvo de yeso.

—¿Quién le hizo esto? —preguntó Reed, cortando las ligaduras.

Wilkes intentó hablar, pero la voz le salió rota.

—Crowe.

Reed no se movió.

Mason hizo la señal de la cruz.

Delacroix se acercó al papel de la mesa.

Tenía una frase escrita en letras grandes, torpes, inclinadas hacia la izquierda:

Lázaro no espera dos veces.

Debajo había otra línea:

Pregunten por la viuda que nunca enviudó.

Delacroix tomó la hoja por una esquina.

—Sigue vivo —dijo Reed.

Wilkes levantó la cabeza con esfuerzo.

—No.

Delacroix lo miró.

—¿No?

El sargento tragó saliva.

—No era Crowe.

—Acaba de decir Crowe.

—Dijo ser Crowe.

—¿Lo vio?

Wilkes cerró los ojos.

—Viejo. Barba gris. Cojeaba. Voz ronca.

—El hombre del niño.

—Pero no era él.

Reed se inclinó.

—¿Cómo lo sabe?

Wilkes abrió los ojos.

En ellos había rabia. Y miedo. Mucho miedo.

—Porque Nathaniel Crowe murió delante de mí hace veinte años.

La frase dejó la habitación sin aire.

Delacroix sostuvo la hoja entre los dedos.

Lázaro no espera dos veces.

La viuda que nunca enviudó.

Crowe muerto delante de Wilkes.

Un impostor usando su nombre.

O un hombre que había muerto de una manera menos definitiva de lo que Wilkes quería recordar.

—Sargento —dijo Delacroix—, me parece que ha llegado el momento de que nos cuente exactamente cómo muere un hombre que luego vuelve para escribir notas.

Wilkes cerró los ojos.

—No aquí.

—¿Por qué?

El sargento miró hacia la ventana rota.

—Porque él sabe que estamos aquí.

En ese instante, algo golpeó el cristal desde fuera.

No fue una piedra.

Fue una bala.

El vidrio estalló hacia dentro con un chasquido seco.

Reed empujó a Wilkes al suelo.

Mason apagó la lámpara de un manotazo.

Delacroix se apartó contra la pared mientras la niebla entraba por la ventana rota como si Londres acabara de decidir participar en el interrogatorio.

Desde la calle, alguien gritó.

Después se oyó el sonido de unos pasos corriendo sobre los adoquines.

Reed sacó su pistola.

—¡Mason!

—Voy.

El agente bajó a toda prisa.

Delacroix permaneció junto a la mesa, la hoja todavía en la mano.

Wilkes respiraba en el suelo, pálido, furioso, vivo por muy poco.

Reed miró a Delacroix.

—¿Está bien?

—Irritado, principalmente.

—Nos han disparado.

—Sí. Es una forma muy vulgar de pedir que no sigamos leyendo.

Wilkes tosió.

—Ahora me cree, inspector?

Reed no respondió.

Delacroix miró la ventana rota, la niebla, la calle invisible.

—No sé si le creemos, sargento. Pero alguien acaba de esforzarse mucho para que no terminemos de escucharlo.

Y por primera vez desde la muerte de Victor Harrow, la comisaría pareció quedar lejos.

El crimen ya no estaba encerrado en una celda.

Había salido a la niebla.