Capítulo 16 — Lázaro no espera dos veces
Lambeth apareció detrás de la niebla como aparecen algunas verdades: tarde, mal iluminado y sin pedir disculpas.
El coche avanzaba entre calles húmedas, fachadas de ladrillo oscuro y patios donde la ropa colgada parecía haber renunciado a secarse hacía varias generaciones. Londres tenía barrios que olían a carbón, a río, a sopa barata y a paciencia gastada. Lambeth olía a todo eso, pero con menos esperanza.
Reed iba sentado frente a Delacroix, rígido, con la carpeta de Wilkes sobre las rodillas. No la abría. No hacía falta. Ambos sabían ya lo suficiente para que el silencio resultara incómodo y lo bastante poco para que cualquier frase sonara prematura.
Mason iba junto al conductor, mirando a través del cristal como si esperara que el sargento Wilkes apareciera en mitad de la calle con un cartel de culpabilidad colgado al cuello.
—No me gusta esto —dijo Reed al fin.
—Una reacción saludable.
—Wilkes ocultó documentos, siguió a Clara durante años, sabía de Lázaro, estuvo en la habitación fría y recibió una nota de alguien que podía ser Crowe.
—Sí.
—Y aun así no cree que sea el asesino.
—No he dicho eso.
—No cree que sea el centro.
Delacroix miró por la ventanilla. Una mujer cruzaba la calle con un cesto cubierto por un paño. Un niño corría detrás de un perro flaco. Un hombre tosía junto a una pared, doblado sobre sí mismo como si el aire de Londres le cobrara peaje.
—El centro de un crimen rara vez es la persona que más ruido hace al caer.
Reed bajó la vista hacia la carpeta.
—Wilkes escribió: “Si habla de M., lo mato.”
—Sí.
—M. es Margaret.
—Probablemente.
—Eso es casi una confesión de intención.
—Inspector, si todas las intenciones fueran crímenes, las cárceles estarían llenas de esposas, empleados de banco y críticos literarios.
Reed no sonrió.
—Wilkes amaba a Clara.
Delacroix lo miró.
—¿Eso piensa?
—O la protegía como si la amara.
—No siempre es lo mismo.
—En hombres como Wilkes, quizá sí.
Delacroix no respondió enseguida. Wilkes era tosco, irritable, orgulloso y capaz de odiar con una constancia muy poco elegante.
Pero en sus notas había algo más que deseo de venganza.
Había vigilancia. Cuidado. Un miedo antiguo a que Clara cargara con algo que tal vez ni siquiera había hecho.
Un hombre que escribe no dejar que C. cargue con lo que otros hicieron no está pensando solo en matar.
Está pensando en sacrificarse, en ocultar, en ponerse delante.
Aquello lo volvía más peligroso.
Y también más fácil de usar.
—¿Qué sabe de la hermana? —preguntó Delacroix.
—Poco. Wilkes enviaba dinero a Lambeth. Clara dijo que tramitaba parte del salario. No sabía que tuviera familia cercana.
—Los policías duros suelen tener vidas privadas sorprendentemente frágiles. Es una de las razones por las que gritan tanto en público.
El coche giró hacia una calle estrecha. El conductor redujo la marcha.
—Es aquí, inspector.
La casa de la hermana de Wilkes estaba en una hilera de viviendas modestas, con escalones gastados y ventanas pequeñas. La puerta necesitaba pintura, pero el cristal estaba limpio. Había una maceta con tierra húmeda y una planta agonizante que luchaba por mantener cierta dignidad vegetal.
Reed bajó primero.
Delacroix lo siguió, ajustándose los guantes.
Mason llamó a la puerta.
Tardaron en abrir.
Cuando lo hicieron, apareció una mujer de unos cuarenta años, delgada, con el cabello recogido sin demasiada paciencia y un rostro marcado por esa clase de cansancio que no procede de una mala noche, sino de años sin una buena. Llevaba un chal sobre los hombros y tenía harina en las manos.
Miró a Reed. Luego a Mason. Luego a Delacroix.
—¿Qué ha hecho Walter?
Walter.
El nombre humano del sargento Wilkes sonó extraño.
En Blackwell Yard era Wilkes, un uniforme ancho, una voz brusca, una bota que golpeaba piedra.
Allí, en una puerta humilde de Lambeth, volvía a ser Walter.
Un hombre con hermana. Quizá con infancia.
Esa clase de detalles arruinaba la comodidad de juzgarlo demasiado rápido.
Reed se quitó el sombrero.
—Señora…
—Ellen Marsh. Wilkes era mi apellido de soltera.
—Señora Marsh, necesitamos hablar con su hermano.
La mujer cerró un poco la puerta.
—No está aquí.
—¿Lo ha visto hoy?
—No.
La respuesta fue rápida.
Demasiado rápida, aunque el miedo podía explicar muchas velocidades.
Delacroix dio un paso leve, no invasivo.
—Señora Marsh, si su hermano está en peligro, mentirnos por lealtad puede ser una forma muy cariñosa de empujarlo hacia él.
Ella lo miró.
—¿Quién es usted?
—Un hombre que llega tarde, como casi todos.
—¿Policía?
—No exactamente.
—Entonces quizá pueda decirme la verdad.
Reed bajó la mirada un instante.
Delacroix sostuvo la de la mujer.
—Su hermano está implicado en un asunto grave. No sabemos si como culpable, como testigo o como víctima.
La palabra víctima modificó el rostro de Ellen Marsh. Hasta entonces había temido la acusación. Ahora temía otra cosa.
—Entren —dijo.
La casa era pequeña y limpia. En la sala había una mesa con dos tazas, una cesta de costura, una estufa que apenas calentaba y varios juguetes de madera apilados junto a una silla. Desde una habitación interior llegó la tos de un niño.
—Mis hijos están arriba —dijo ella—. No levanten la voz.
—No lo haremos —respondió Reed.
Delacroix se abstuvo de señalar que la policía inglesa llevaba siglos haciendo promesas parecidas con resultados variables.
Ellen Marsh les indicó la mesa.
—Walter vino anoche.
Reed se tensó.
—¿A qué hora?
—Tarde. Después de las diez, quizá. No lo sé. Yo estaba acostando a los niños.
—¿Por qué vino?
—A traer dinero.
—¿No lo enviaba por medio de Clara Whitcomb?
La mujer miró a Reed con súbita cautela.
—A veces.
—¿Conoce a Clara?
—La he visto una vez. Hace años. Walter la trajo porque necesitaba que firmara unos papeles para el envío del salario.
—¿Qué relación tenía su hermano con ella?
Ellen bajó la mirada hacia sus manos manchadas de harina.
—Walter nunca habló de eso.
—Pero usted lo sabía.
—Una mujer sabe muchas cosas que los hombres creen haber escondido porque no las dijeron en voz alta.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Una observación impecable.
Ellen no pareció agradecerla. Quizá porque no la había dicho para lucirse.
—La quería —continuó—. No como esos hombres que llevan flores y luego se cansan si una mujer tiene memoria. La quería de lejos. Mal, supongo. Callado. Como se quieren las cosas que uno cree no merecer.
Reed guardó silencio.
Delacroix pensó en Wilkes, en su brusquedad, en su defensa feroz de Clara, en aquella fotografía escondida bajo el colchón. No era una prueba de inocencia. El amor había cometido más asesinatos que algunas guerras pequeñas. Pero daba forma a la herida.
—¿Le habló de Harrow? —preguntó.
Ellen apretó los labios.
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Que había vuelto.
—¿Con esas palabras?
—Sí. “Ha vuelto, Ellen.” Como si hablara de una fiebre.
—¿Y usted conocía el nombre?
—Sí.
—Por Margaret Whitcomb.
La mujer asintió.
—Walter no era el mismo después de aquello.
—¿Qué era para él Margaret?
—Una muchacha a la que no pudo salvar.
—¿Y Clara?
Ellen miró hacia la ventana.
—La que quedó.
La frase fue breve, pero llenó la habitación.
Reed se sentó despacio.
—¿Qué hizo Wilkes anoche después de venir aquí?
—Se marchó. Dijo que debía volver a la comisaría.
—¿Le pareció alterado?
—Sí.
—¿Más que de costumbre?
—Walter siempre parecía enfadado. Anoche parecía asustado.
Delacroix se inclinó apenas.
—¿De qué?
—De sí mismo, creo.
—¿Dijo algo sobre matar a Harrow?
Ellen tragó saliva.
—Dijo que, si Harrow hablaba de Margaret delante de Clara, no respondería de sus manos.
—Eso coincide con sus notas —dijo Reed.
La mujer cerró los ojos.
—Dios mío.
—Pero Harrow murió sin que Wilkes entrara en la celda —dijo Delacroix.
Ella abrió los ojos.
—Entonces no fue Walter.
—Eso es una esperanza, no una deducción.
Ellen lo miró con dureza.
—A veces la esperanza es lo único que tiene una.
Delacroix aceptó el reproche.
—Tiene razón. Pero no nos bastará para encontrarlo.
Reed sacó el fragmento quemado de la nota.
—Esta mañana recibió un mensaje. Lo quemó. ¿Sabe quién podía enviárselo?
—No.
—Un niño dice que venía de un hombre viejo. Cojeaba un poco. Usó el nombre Lázaro.
La mujer se quedó rígida.
No fue sorpresa corriente. Fue reconocimiento.
—Señora Marsh —dijo Delacroix—. Conoce ese nombre.
Ella miró hacia la puerta, como si esperara ver a alguien allí.
—Walter lo decía a veces.
—¿A quién se refería?
—No lo sé. A un hombre del pasado. A un muerto que no estaba muerto. A veces pensé que era solo una forma de hablar.
—Nathaniel Crowe.
Ellen se santiguó.
Delacroix sintió que la habitación se estrechaba.
—Entonces sí lo conoce.
—No de verlo.
—Pero su hermano habló de él.
—Una vez. Hace mucho. Había bebido. Walter no bebía casi nunca, así que cuando lo hacía se le caía la boca por sitios raros.
Reed se inclinó.
—¿Qué dijo?
—Que Crowe seguía vivo.
—¿Cuándo?
—No recuerdo. Años después del incendio. Antes de que Walter consiguiera el ascenso a sargento.
—¿Y cómo lo sabía?
—Dijo que lo había visto.
Reed miró a Delacroix.
—¿Dónde?
Ellen frotó sus manos contra el delantal, dejando marcas blancas.
—Cerca del río. En una calle mala. Walter lo siguió, pero lo perdió. Después empezó a guardar cosas. Papeles. Recortes. Decía que, si Crowe estaba vivo, todo lo de Margaret podía abrirse otra vez.
—¿Por qué no lo denunció? —preguntó Reed.
Ellen soltó una risa amarga.
—¿A quién? ¿A los mismos que habían perdido papeles la primera vez? Walter confiaba en el uniforme, inspector. Pero no siempre en los hombres que lo llevaban.
Reed recibió la frase sin defenderse.
Delacroix miró la habitación. Humilde, limpia, sin adornos. Allí la verdad no tenía el lujo de los despachos. Tenía pan, tos infantil y miedo a que el hombre que enviaba dinero no volviera.
—Esta mañana —dijo—, ¿vino Wilkes aquí?
Ellen tardó.
—Sí.