Capítulo 15 — El sargento Wilkes #2
La firma era una rúbrica rápida, casi ilegible. La inicial N podía ser N, M o una simple maniobra de tinta. El apellido Carter estaba mejor formado. Demasiado formado.
—¿N. Carter puede ser Nathaniel Crowe? —preguntó Reed.
—Una resurrección muy poco discreta —dijo Delacroix—. Pero posible.
Vale se adelantó.
—Crowe está muerto.
Delacroix lo miró.
—Qué prisa por enterrarlo de nuevo.
—Si Crowe siguiera vivo, Harrow lo habría sabido.
—Tal vez lo sabía.
—Y me lo habría dicho.
—Eso, señor Vale, revela una fe enternecedora en la lealtad de un chantajista hacia su intermediario.
Vale cerró la boca.
Clara seguía mirando la firma.
—No es la letra de Harrow.
—¿Está segura? —preguntó Reed.
Ella le dedicó una mirada breve.
—Sí.
Reed aceptó la corrección muda con cierta incomodidad.
—¿Y la de Wilkes?
—No.
—¿La de Ashford?
Ashford explotó:
—¡Basta!
Pritchard, desde el banco, abrió la libreta con instinto animal.
Delacroix ni siquiera lo miró.
—Superintendente, si cada vez que su nombre roza una pregunta usted levanta la voz, acabaremos todos bastante sordos y muy mal informados.
Ashford se acercó.
—No permitiré que se me trate como sospechoso en mi propia comisaría.
—Comprendo su molestia. Ser sospechoso en comisaría ajena siempre tiene más encanto.
Reed tomó el libro.
—La firma debe compararse.
—Con todos —dijo Delacroix—. Incluido Wilkes.
Clara señaló la línea anterior.
—Aquí hay otra irregularidad.
—¿Cuál?
—La hora. Seis treinta y cinco. A esa hora aún no se había hecho la revisión de mantas. La señora Briggs dijo que la separación se hizo más tarde, cerca de las siete.
—Entonces N. Carter entró antes de que hubiera motivo para revisar mantas.
—O entró para crear el motivo —dijo Reed.
Delacroix asintió.
—La humedad en el depósito. Las mantas secas. La necesidad de bajarlas. La manta de franja azul arriba del armario. Todo pudo empezar con un proveedor que no existía.
Crawley se apoyó en el mostrador.
—Yo tendría que recordarlo.
—Sí —dijo Delacroix—. Esa es una de las muchas razones por las que resulta incómodo que no lo haga.
El joven se puso todavía más pálido.
—¿Cree que yo dejé entrar a alguien?
—Estoy seguro de que dejó entrar a muchas personas. El problema es cuál de ellas no debía salir con la misma facilidad.
Mason regresó desde el pasillo lateral.
—Inspector, Wilkes no está en Holborn.
Reed se volvió.
—¿Cómo lo sabe ya?
—Acaban de llamar por teléfono desde el puesto de Holborn. Nuestros agentes llegaron y preguntaron. Ningún Wilkes, ningún proveedor de mantas, ninguna orden.
Ashford se llevó una mano a la frente.
Pritchard escribió algo.
Vale miró al suelo.
Clara cerró los ojos un instante.
Bell, desde el fondo, murmuró:
—Ha huido.
Delacroix se volvió hacia él.
—Quizá.
—¿Quizá?
—Bell, si sigue enamorado de la respuesta más simple, esta comisaría lo sacrificará por celos.
Reed tomó el abrigo de nuevo.
—Ahora sí voy a buscarlo.
—Sí —dijo Delacroix.
El inspector lo miró, sorprendido por la ausencia de objeción.
—¿Viene?
—Por supuesto. Perderme la persecución de un sospechoso demasiado perfecto sería una falta de gratitud hacia el destino.
Ashford intervino:
—Yo iré también.
—No —dijo Reed.
—Inspector.
—Necesito que se quede aquí y mantenga a la prensa fuera del sótano, fuera del archivo y, si es posible, fuera de la verdad hasta que sepamos qué forma tiene.
Ashford parecía dispuesto a discutir, pero Delacroix añadió:
—Además, superintendente, si Wilkes aparece muerto, será útil que alguien con autoridad permanezca aquí para negar que se le ordenó desaparecer.
Ashford palideció.
—¿Muerto?
—Las desapariciones oportunas a veces terminan con una puntualidad aún más ofensiva.
Reed ya se dirigía a la puerta.
Clara dio un paso.
—Inspector.
Él se detuvo.
—¿Sí?
—Wilkes tiene una hermana en Lambeth. Si está asustado, quizá vaya allí.
—¿Dirección?
Clara dudó.
—No la sé exacta. Pero figura en su expediente personal.
—¿Cómo sabe lo de la hermana?
—Porque le envío parte del salario cuando él se retrasa.
Reed la observó.
—¿Wilkes le pidió eso?
—Una vez. Hace años. Luego siguió siendo costumbre.
Delacroix miró a Clara con atención.
Sabía demasiado porque miraba demasiado. Y las personas que miran demasiado pueden ser inocentes muy útiles o culpables muy difíciles.
—Busque esa dirección —dijo Reed.
Clara asintió y se fue hacia el archivo.
Pritchard se levantó.
—Si salen a buscar al sargento, tengo derecho a…
—Usted tiene derecho a respirar en silencio —dijo Delacroix—. No abuse de ambos privilegios a la vez.
Salieron por la puerta principal.
La niebla los recibió con una consistencia casi física. Londres había desaparecido en fragmentos. Se veían los faroles, algunas ruedas, hombros de transeúntes, bocas de calle que surgían y se borraban de inmediato. Era el clima perfecto para perder a un hombre, una verdad o un imperio.
Reed y Delacroix subieron a un coche policial discreto. Mason fue con ellos. Crawley quedó en la comisaría, lo cual pareció aliviarlo y condenarlo al mismo tiempo.
—Primero su alojamiento —dijo Reed al conductor—. Luego Lambeth si Clara encuentra la dirección antes de que regresemos.
El coche arrancó.
Durante unos minutos, nadie habló.
Delacroix miraba la ciudad a través del cristal empañado. Londres parecía hecha para los secretos. París mentía con belleza. Londres mentía con clima. Había en ello cierta eficacia admirable.
—Wilkes pudo hacerlo —dijo Reed al fin.
—Sí.
—No diga solo sí.
—¿Preferiría que dijera no para tranquilizarlo?
—Preferiría saber qué piensa.
—Pienso que Wilkes tuvo oportunidad de manipular la celda dos. Pudo hablar con Vale. Pudo colocar o mover la manta. Pudo entrar en la habitación fría. Pudo odiar a Harrow lo suficiente.
—Pero.
—Pero no parece el hombre que escribiría una anotación falsa con código de Harrow ni el hombre que usaría a Bell con tanta delicadeza.
—Quizá alguien lo ayudó.
—O alguien lo está usando.
Reed apoyó la cabeza contra el respaldo.
—Todo lleva a alguien usando a alguien.
—Eso es una comisaría, inspector. El crimen solo ha sido más explícito.
Mason, desde el asiento delantero, fingió no oír.
El alojamiento de Wilkes estaba en una calle estrecha, a veinte minutos de Blackwell Yard.
Una casa de habitaciones para hombres solos, viudos, funcionarios de sueldo discreto y otros ejemplares de la resignación urbana.
La dueña, una mujer delgada con una cofia rígida, los recibió con desconfianza y alivio.
—No está —dijo antes de que preguntaran.
—¿Cuándo salió? —preguntó Reed.
—Temprano. No volvió.
—¿Recibió visitas?
—No permito visitas impropias.
Delacroix miró el pasillo, el papel pintado gastado, la mesa con cartas y un paraguas torcido.
—Entonces limitemos la pregunta a las propias.
La mujer lo miró sin simpatía.
—Anoche no. Esta mañana llegó un chico con una nota.
Reed se tensó.
—¿Qué chico?
—Uno de recados. Gorra marrón. Nariz roja. Esos niños parecen todos hechos por el mismo invierno.
—¿Qué decía la nota?
—No la leí.
—¿La conserva?
—El sargento se la llevó.
—¿Cómo reaccionó?
La mujer pensó.
—Mal.
—Sea más precisa —dijo Delacroix.
—Muy mal.
—Una precisión fulgurante.
—Se puso blanco. Luego juró. Luego quemó la nota en la chimenea.
Reed y Delacroix se miraron.
—¿Quedan cenizas? —preguntó Delacroix.
La dueña los llevó a la pequeña sala común. La chimenea estaba casi apagada. Delacroix se agachó y removió con cuidado las cenizas usando unas pinzas que pidió prestadas. Encontró fragmentos negros, inútiles, y un trozo diminuto de papel no quemado del todo.
Lo tomó.
Apenas se leían tres letras.
…row…
Harrow.
O Crowe.
O cualquier otra palabra que el fuego hubiera decidido mutilar con sentido del humor.
—¿Puedo ver su habitación? —preguntó Reed.
La dueña dudó.
—¿Está en problemas?
—Sí —dijo Delacroix—. La duda consiste en saber si son suyos o de alguien más.
Subieron.
La habitación de Wilkes era austera: cama estrecha, armario, mesa, uniforme de repuesto, botas limpias, una fotografía de una mujer mayor y otra de una joven con dos niños.
La hermana, quizá. Había pocos objetos personales.
Wilkes no parecía un hombre que se permitiera demasiadas pruebas de haber vivido fuera del uniforme.
Reed revisó la mesa.
Delacroix observó las botas.
Un par estaba junto a la puerta. La bota izquierda tenía el tacón gastado de forma irregular. Cojera, o mala pisada.
También había barro seco en la suela.
No barro de calle.
Algo más gris.
Polvo de cal. Yeso.
Habitación fría.
—Inspector.
Reed se acercó.
Vio la bota.
—Maldita sea.
Delacroix señaló el dobladillo de un pantalón colgado en una silla. Tenía una pequeña rotura en el borde. Faltaba un fragmento de tela.
No era concluyente. Pero combinaba demasiado bien con la tira hallada junto al archivador.
Reed cerró los ojos.
—Wilkes estuvo allí.
—Parece.
—Y huyó.
—Parece.
—Otra vez parece.
—Es una palabra menos peligrosa que “culpable”.
Mason encontró una carpeta gris bajo el colchón.
La abrió sobre la mesa.
Dentro había recortes antiguos sobre Margaret Whitcomb, una copia incompleta de un informe del caso, notas sobre Harrow y una fotografía ajada de Clara mucho más joven, saliendo de Blackwell Yard.
Reed miró la fotografía.
—Dios.
Delacroix tomó las notas.
La letra era de Wilkes. Fuerte, inclinada, impaciente.
Varias frases destacaban:
H. vuelve a Londres.
C. no debe verlo sola.
Si habla de M., lo mato.
No dejar que C. cargue con lo que otros hicieron.
Lázaro no debe abrirse.
Reed leyó por encima.
—Wilkes protegía a Clara.
—Sí.
—Y sabía de Lázaro.
—Sí.
—¿Por qué no lo dijo?
Delacroix dejó la hoja.
—Porque en Blackwell Yard todos parecen haber confundido proteger a alguien con enterrar la verdad a su alrededor.
Mason apareció en la puerta.
—Inspector.
—¿Qué?
—La dueña dice que un coche esperó a Wilkes esta mañana.
—¿Lo vio?
—No bien. Niebla. Pero dice que era oscuro, con cortinas.
Delacroix miró las notas otra vez.
Lázaro no debe abrirse.
Wilkes no había salido por casualidad. Alguien lo había sacado de Blackwell Yard. O él había ido a encontrarse con alguien que sabía exactamente qué palabra usar para arrastrarlo fuera.
Reed tomó la carpeta.
—Ahora sí: Lambeth.
Bajaron deprisa.
Al salir a la calle, la niebla parecía aún más espesa. El coche esperaba junto al bordillo. El conductor fumaba con impaciencia.
Antes de subir, un niño cruzó corriendo entre dos faroles y chocó casi contra Delacroix. Llevaba una gorra marrón y la nariz roja por el frío.
El niño levantó la vista, asustado.
Delacroix lo sujetó suavemente por el hombro.
—Buenos días.
—No he hecho nada.
—Una frase muy popular hoy. ¿Repartes mensajes?
El niño intentó soltarse.
—A veces.
Reed se acercó.
—¿Le llevaste una nota al sargento Wilkes esta mañana?
El niño miró alrededor.
—No sé.
Delacroix sacó una moneda.
—Prueba con una memoria más rentable.
El niño miró la moneda. Luego a Reed. Luego otra vez la moneda.
—Sí.
—¿Quién te la dio?
—Un hombre.
—Eso reduce poco el universo.
—Un hombre viejo.
Delacroix y Reed se miraron.
—¿Qué tan viejo?
—Viejo. Con barba gris. Abrigo negro. Caminaba raro.
—¿Cojeaba?
—Un poco.
—¿Wilkes?
—No. Más viejo.
—¿Dijo su nombre?
El niño negó.
—¿Dónde estaba?
—Cerca de Blackwell Yard. En el callejón de atrás.
—¿Qué te pagó?
—Dos peniques.
—Tacaño para un resucitado —murmuró Delacroix.
Reed bajó la voz:
—Crowe.
El niño se removió.
—¿Puedo irme?
Delacroix le dio la moneda.
—Una última cosa. ¿Recuerdas algo de la nota?
—No la leí.
—Naturalmente.
—Pero el hombre dijo algo cuando me la dio.
—¿Qué?
El niño imitó una voz ronca:
—“Dile que Lázaro no espera dos veces.”
Reed no se movió.
Delacroix soltó al niño, que desapareció en la niebla con una velocidad admirable.
Durante un instante, la calle pareció no tener sonido.
Luego Londres volvió: ruedas, pasos, voces lejanas, un vendedor gritando algo que la niebla devoró a medias.
Reed abrió la portezuela del coche.
—Lambeth.
Delacroix subió detrás.
Mientras el coche arrancaba, volvió a pensar en Wilkes, en sus notas, en su bota manchada de yeso, en la carpeta escondida bajo el colchón.
Wilkes había estado en la habitación fría.
Wilkes había ocultado cosas.
Wilkes había deseado matar a Harrow.
Pero ahora alguien más viejo, alguien que usaba el nombre de Lázaro como quien usa una llave, acababa de convocarlo fuera de la comisaría.
Y Delacroix comprendió, con una incomodidad creciente, que quizá no estaban buscando al asesino de Victor Harrow.
Quizá estaban buscando al hombre que había enseñado a Victor Harrow a sobrevivir.
Y que ahora, por fin, había decidido enseñarle a morir.