Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 15 — El sargento Wilkes
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Capítulo 15 — El sargento Wilkes

El sargento Wilkes había desaparecido con una puntualidad ofensiva.

Delacroix siempre había desconfiado de las desapariciones oportunas.

La gente inocente también desaparecía, desde luego.

A veces por miedo, a veces por torpeza, a veces porque el destino tenía un sentido del humor tan bajo como el de ciertos magistrados.

Pero cuando un hombre con motivos, acceso, mala memoria y una cojera convenientemente cercana a una huella abandonaba la comisaría justo después de descubrirse una habitación secreta, la sospecha se volvía casi grosera.

Y la grosería, en un crimen bien pensado, solía ser una forma de disimulo.

Reed atravesó el vestíbulo con paso rápido.

—¿Quién le dio la orden? —preguntó.

Crawley caminaba detrás, pálido y atropellado.

—No lo sé, inspector. El agente Mason dijo que Wilkes salió por la puerta lateral. Que iba al depósito de proveedores de Holborn para preguntar por unas mantas retiradas.

—¿Por orden de quién?

—Eso es lo que no sabemos.

Ashford apareció en la escalera superior, con el rostro crispado y el auricular del teléfono todavía en la mano, como si hubiera bajado arrastrado por la rabia.

—¿Qué ocurre ahora?

—Wilkes ha salido —dijo Reed.

—¿Cómo que ha salido?

—Alguien lo envió fuera.

Ashford miró a Crawley.

—¿Quién autorizó eso?

—Nadie, señor. O no consta.

—En esta comisaría empieza a no constar nada de lo que importa —dijo Delacroix.

Ashford bajó los últimos peldaños.

—Wilkes no habría abandonado su puesto sin orden.

—Quizá creyó haberla recibido —dijo Reed.

—¿De quién?

Nadie respondió.

La pregunta quedó en el aire con el olor a tinta, humedad y escándalo del vestíbulo.

Pritchard, desde un banco próximo, levantó la vista con una felicidad mal disimulada.

—¿Ha huido un sargento?

Ashford giró hacia él.

—Usted no ha oído nada.

—Superintendente, llevo toda la mañana en una comisaría donde nadie oye nada hasta que hay un cadáver. No sé si es el mejor argumento.

Delacroix se volvió hacia el periodista.

—Señor Pritchard, si anota ahora la palabra “huido”, me veré obligado a admirar su entusiasmo y despreciar su sintaxis moral.

Pritchard cerró la libreta, aunque dejó un dedo dentro de la página, como un pecador reservándose el sitio en la iglesia.

Reed tomó el abrigo.

—Voy a buscarlo.

—No —dijo Delacroix.

Reed se detuvo.

—Wilkes está implicado.

—Quizá.

—Declaró defectuosa la celda dos. Conocía a Harrow. Odiaba a Harrow. Conocía el caso de Margaret. Pudo hablar con Vale en el patio. Cojea cuando hace frío. Y ahora desaparece.

—Un resumen excelente.

—Entonces no me diga que espere.

—No le digo que espere. Le digo que no corra detrás de una respuesta que alguien acaba de ponerle delante con sombrero y bastón.

Reed apretó la mandíbula.

—Si Wilkes huye, perderemos ventaja.

—Si Wilkes no huye, sino que lo han apartado, perderemos algo peor.

—¿Qué?

—La posibilidad de saber quién quería que miráramos hacia él.

Ashford se acercó.

—Monsieur Delacroix, si tiene usted una teoría, éste sería un momento excelente para compartirla sin adornos.

—Qué petición tan novedosa en boca de un hombre que lleva toda la mañana adornando la prisa con autoridad.

—Delacroix —dijo Reed.

El detective alzó una mano, no como disculpa, sino como aplazamiento.

—Wilkes es demasiado buen culpable.

—Los culpables buenos existen —dijo Ashford.

—Sí. Pero rara vez se ordenan tan bien solos.

Crawley tragó saliva.

—¿Entonces qué hacemos?

Delacroix lo miró.

—Por fin alguien formula la pregunta práctica con el terror adecuado.

Reed tomó aire.

—Hablaremos con Mason. Después con quien vio salir a Wilkes. Y enviaremos a dos hombres a Holborn, no a detenerlo todavía, sino a confirmar si llegó.

Ashford hizo un gesto brusco.

—Lo detendrán si lo encuentran.

—No —dijo Reed.

—Inspector.

—No hasta que sepamos si fue enviado allí de verdad.

Ashford lo miró como si acabara de descubrir una grieta en una pared que creía suya.

—Está olvidando su lugar.

Reed sostuvo su mirada.

—Mi lugar está junto al muerto hasta que sepa quién lo puso allí.

El vestíbulo quedó en silencio.

Incluso Pritchard tuvo la decencia de no escribir.

Delacroix observó a Malcolm Reed con discreta aprobación.

No era fácil oponerse a un superior delante de subordinados, un periodista, un abogado aceitoso y un francés con tendencia a empeorar las frases.

Menos aún cuando el pasado de su propio padre empezaba a respirar dentro del caso.

Pero Reed había elegido la verdad, aunque fuera con retraso.

En una comisaría, eso ya merecía una pequeña placa conmemorativa.

Ashford se apartó.

—Haga lo que quiera. Pero si esto se descontrola, será responsabilidad suya.

—No —dijo Delacroix—. Si esto se descontrola, será porque llevaba veinte años controlado por las personas equivocadas.

Ashford no respondió.

Mason fue llamado al vestíbulo.

Llegó con el gesto tenso de quien sospecha que cualquier respuesta puede convertirse en soga. Era un agente de mediana edad, rostro ancho, bigote oscuro y ojos de hombre acostumbrado a obedecer antes que entender.

—¿Quién ordenó la salida de Wilkes? —preguntó Reed.

Mason parpadeó.

—Creí que usted.

—Yo no.

—Entonces el superintendente.

Ashford dio un paso.

—Yo no.

Mason perdió color.

—Él dijo que iba por orden superior.

—¿Superior de quién? —preguntó Delacroix.

—No lo sé.

—La jerarquía como niebla: todos la ven, nadie la toca.

Reed se acercó más.

—¿Wilkes parecía nervioso?

—No. Enfadado.

—Eso en Wilkes no reduce demasiado el campo —dijo Delacroix.

Mason no supo si debía sonreír. Optó por vivir.

—Dijo que era una pérdida de tiempo. Que ya había dicho todo lo que sabía. Que si querían revisar mantas, alguien debía preguntar a los proveedores.

—¿Nombró Holborn?

—Sí.

—¿Quién le habló del proveedor?

Mason pensó.

—La señorita Whitcomb maneja esas facturas.

Todos miraron hacia el pasillo.

Clara no estaba allí.

Delacroix no se sorprendió. Las personas importantes en una escena tenían la costumbre de ausentarse justo antes de que las mencionaran. No siempre por culpa; a veces por instinto narrativo.

—¿Clara le dio la orden? —preguntó Reed.

—No. Al menos yo no lo vi.

—¿Wilkes llevaba algo?

—Su abrigo. La gorra. Una carpeta.

—¿Qué carpeta?

—No sé.

Delacroix se acercó.

—Agente Mason, si vuelve a decir “no sé” sin intentar sufrir un poco antes, empezaré a considerarlo una provocación personal.

Mason se quedó rígido.

—Era gris. Atada con cinta. Como las del archivo.

—¿Título?

—No lo vi.

—¿Tamaño?

—Pequeña. No como un expediente grande. Más bien notas.

—¿La llevaba al salir o ya la tenía antes?

Mason cerró los ojos un instante, forzándose a recordar.

—La llevaba bajo el brazo cuando pasó por el vestíbulo. No sé de dónde la sacó.

—Mejor —dijo Delacroix.

Mason abrió los ojos.

—¿Mejor?

—Ha sustituido el “no sé” por una ignorancia más detallada. Es un progreso.

Reed llamó a dos agentes y los envió a Holborn con instrucciones precisas: localizar a Wilkes, no alarmarlo, no detenerlo salvo intento claro de fuga y, sobre todo, no hablar con la prensa.

Pritchard levantó una mano.

—Me siento aludido.

—Si solo se siente aludido, aún le va bien —dijo Delacroix.

Edmund Vale, que hasta entonces había permanecido junto a una columna con la serenidad de un mueble culpable, intervino:

—El sargento Wilkes siempre fue un hombre de impulsos fuertes.

Reed giró hacia él.

—¿Y usted siempre tuvo el don de mencionarlos cuando le conviene?

Vale sonrió.

—Tenía motivos para odiar a Harrow.

—Usted también.

—Yo no llevaba uniforme ni tenía acceso a los calabozos.

Delacroix lo miró.

—No directamente.

Vale sostuvo la mirada.

—No maté a Victor.

—Le ruego que no lo llame Victor. La familiaridad póstuma suele llegar con un retraso indecente.

El abogado inclinó la cabeza.

—No maté a Harrow.

—Eso suena mejor. No necesariamente más cierto.

Reed se volvió hacia Mason.

—Busque a Clara. Dígale que venga a la sala de registros.

—Sí, inspector.

Mason salió.

Delacroix se acercó al mostrador de entrada y tomó el libro de visitas del día anterior. Lo abrió sin pedir permiso. Ashford pareció disponerse a protestar, pero quizá recordó que ya había protestado suficiente para una vida honorable y parte de la siguiente.

—Vale entró por puerta principal esta mañana —dijo Delacroix—. ¿Y ayer?

Crawley se acercó.

—No consta.

—Porque vino por el patio.

Vale habló desde atrás:

—No entré.

—No oficialmente. Una distinción que esta comisaría parece cultivar como planta de interior.

Delacroix pasó varias páginas. Había entradas ordinarias: detenidos, denunciantes, proveedores, abogados, una viuda que reclamaba una medalla robada, un hombre que denunció a su vecino por insultar a su loro.

Londres tenía un talento admirable para mezclar tragedia y absurdo sin molestarse en cambiar de tinta.

—Aquí —dijo.

Reed se acercó.

Una entrada del día anterior, a las seis y treinta y cinco.

N. Carter. Proveedor. Lavado / mantas.

—¿N. Carter? —preguntó Reed.

Crawley negó.

—No lo conozco.

Ashford frunció el ceño.

—Tampoco yo.

Delacroix miró a Clara, que acababa de entrar con Mason.

—Señorita Whitcomb, ¿Blackwell Yard tiene un proveedor llamado N. Carter?

Clara se acercó y leyó la línea.

—No.

—¿Quién registró la entrada?

Crawley bajó la mirada.

—Yo.

Reed lo miró.

—¿Recuerda a ese hombre?

El agente palideció.

—No.

Delacroix suspiró.

—Agente Crawley.

—Lo digo de verdad. Ayer fue una tarde complicada. Entró mucha gente. El proveedor de carbón, una mujer que denunció a su marido, Harrow después…

—Describa a N. Carter.

—No puedo.

—Entonces quizá no existió.

—Pero yo escribí el nombre.

—Los nombres escritos no siempre tienen la cortesía de pertenecer a alguien real.

Clara tomó el libro y observó la firma.

—Esa no es letra de Crawley.

El joven levantó la cabeza.

—¿Qué?

—El registro de la línea lo escribió usted. La firma no.

Delacroix se inclinó.