Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 14 — La habitación fría #2
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Capítulo 14 — La habitación fría #2

—No estaba en el inventario —dijo.

La frase sonó inútil incluso para ella.

Delacroix se acercó a la manta sin tocarla.

Esta sí olía.

No mucho, pero sí lo suficiente. Ese olor seco, limpio, amargo. El mismo eco que Bell había descrito sin saber describirlo. La manta estaba rígida, demasiado seca para una habitación sin aire.

—Doctora Vance —dijo Reed.

—Sí —respondió Delacroix—. Y que nadie toque esto.

Mason fue enviado de inmediato.

Delacroix siguió observando.

La manta de la celda tres quizá no era la única preparada.

Esta podía ser prueba, repuesto, señuelo o resto de un plan inicial.

Harrow había dicho que no era la habitación que le habían prometido.

Tal vez esperaba llegar aquí. Tal vez alguien debía esconderlo, interrogarlo o entregarle algo en esa habitación fría.

O quizá él mismo había preparado esta cámara para guardar su chantaje final.

Reed fue hacia el archivador oxidado.

—No lo abra —dijo Delacroix.

El inspector se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque esta habitación lleva años esperando que alguien haga exactamente eso.

Reed retiró la mano.

El archivador tenía tres cajones. El superior estaba entreabierto. En la manija había un trozo de hilo negro enredado. No parecía casual. Delacroix acercó la lámpara.

—Trampa? —preguntó Reed.

—O teatro.

—¿La diferencia?

—La trampa quiere dañar. El teatro quiere ser visto. A veces coinciden.

Clara habló desde la entrada:

—Harrow usaba hilos.

Delacroix giró.

—¿En sus códigos?

—En sus escondites. Si alguien abría un cajón sin cuidado, rompía un hilo, movía un papel, dejaba constancia de haber estado allí.

—Un hombre desconfiado.

—Un hombre que enseñó a otros a desconfiar.

Reed miró el hilo.

—¿Está roto?

Delacroix se inclinó más.

—Sí.

El hilo colgaba en dos extremos.

Alguien había abierto el cajón antes que ellos.

No hacía veinte años. El corte era limpio, reciente.

Reed soltó una maldición baja.

—¿Qué buscaban?

—O qué encontraron.

Delacroix usó el pañuelo para tirar del cajón.

Dentro había papeles viejos, pero revueltos. Carpetas sin tapa. Un sobre vacío. Una fotografía quemada por la mitad. Y un espacio rectangular limpio en el polvo, como si allí hubiera reposado una caja pequeña retirada hacía poco.

—Algo falta —dijo Clara.

—Sí.

—¿La prueba vieja?

—Quizá.

—¿La vergüenza nueva?

Delacroix la miró.

—Eso me temo, señorita Whitcomb, todavía la estamos viviendo.

Reed tomó una de las carpetas con cuidado.

En la cubierta se leía:

LÁZARO / CROWE / IDENTIFICACIÓN DUDOSA

El apellido estaba mal escrito en parte, quizá por una mancha antigua.

Reed abrió la carpeta.

Las primeras hojas contenían informes sobre Nathaniel Crowe, informante muerto oficialmente en un incendio doméstico. Había una nota manuscrita de Michael Reed, el padre del inspector. Otra de un médico forense. Otra de un magistrado. Varias páginas habían sido arrancadas.

—Aquí faltan documentos —dijo Reed.

—Naturalmente.

—No diga naturalmente.

—Perdone. Intentaba ser breve.

Reed leyó con rapidez.

—El cuerpo del incendio fue identificado por una sortija, una hebilla y restos dentales incompletos. Había dudas. Mi padre pidió reabrir la identificación.

—¿Y?

—La solicitud fue denegada.

—¿Por Pembroke?

Reed buscó.

—Por orden superior. No figura nombre.

Clara entró un paso, olvidando la prudencia.

—Crowe fue quien presentó a Harrow ante la policía.

—Sí —dijo Reed.

—Si Crowe no murió…

—Pudo seguir usando a Harrow o chantajearlo —completó Delacroix.

La señora Briggs, desde fuera, murmuró:

—Dios nos asista.

Delacroix observó la habitación.

En una esquina había una taza rota. En otra, un trozo de carbón. Sobre la silla sin respaldo descansaba una tira de tela oscura. La tomó con pinzas improvisadas.

Era tela de uniforme.

O parecía.

Azul oscuro, gruesa, con un hilo de costura en el borde.

—Inspector.

Reed se acercó.

—¿De uniforme?

—Quizá.

—Wilkes.

—O cualquier agente. La palabra vuelve, por desgracia.

Clara miró la tela.

—No es de Bell.

—¿Cómo lo sabe?

—Bell remienda sus mangas con hilo claro. Siempre lo hace mal. Esto está cortado de una prenda mejor.

Reed la observó.

—Conoce muchos detalles.

—Trabajo con hombres que creen que nadie los mira si no llevan expediente.

Delacroix guardó la tela.

El archivador tenía un segundo cajón. Esta vez no había hilo visible. Delacroix lo abrió con cuidado.

Dentro encontraron una libreta pequeña.

No era de Harrow.

La letra era distinta: más angulosa, más vieja. En la primera página había un nombre.

Nathaniel Crowe.

Reed dejó de respirar durante un segundo.

—Crowe estaba vivo cuando escribió esto.

—Las libretas suelen compartir esa característica con sus autores —dijo Delacroix.

Reed pasó las páginas.

Las anotaciones eran fragmentarias:

H. aprende demasiado rápido.

M. R. no acepta cerrar del todo el asunto Pembroke. Vigilar.

La chica Whitcomb puede romperlo todo si aparecen las cartas.

Harrow quiere vender tres veces la misma herida. Idiota útil.

Si me dan por muerto, seguir muerto es rentable.

Delacroix tomó la libreta.

—Crowe fingió su muerte.

Clara apoyó una mano en el marco de la puerta.

—Lázaro.

—Sí.

Reed siguió leyendo por encima del hombro de Delacroix.

—Aquí hay otra entrada.

La fecha era posterior al supuesto incendio.

Blackwell Yard conserva más de lo que cree. Si algún día tengo que volver, la habitación fría seguirá esperando.

Delacroix miró alrededor.

El hombre muerto que no murió.

La habitación que no figuraba en los planos.

La manta preparada.

El código de Harrow.

La puerta prometida.

La caja vacía.

No era una conspiración enorme. Todavía no. Era algo más íntimo y más sucio: un viejo informante que fingió su muerte, un chantajista que heredó sus métodos, una comisaría que guardó secretos para proteger reputaciones, y alguien actual que había sabido usar todo aquello para matar a Harrow.

—¿Crowe puede estar vivo todavía? —preguntó Clara.

Reed negó lentamente.

—Si lo estuviera, tendría más de sesenta años.

—La edad no absuelve a nadie —dijo Delacroix—. Solo vuelve más lentos a algunos culpables.

En ese momento, Mason regresó con la doctora Vance.

Vance entró, vio la habitación, la manta, el archivador, las caras de todos y cerró los ojos un instante.

—Por supuesto —dijo—. Una habitación secreta. Era lo único que le faltaba a esta mañana para perder toda dignidad.

—Le aseguro que la dignidad se perdió antes, doctora —dijo Delacroix—. Esto solo aporta ventilación.

Vance se acercó a la manta.

—No la han tocado.

—Nos estamos volviendo civilizados.

—No se confíe.

La doctora examinó la manta, el olor, la rigidez, las posibles manchas. Luego miró a Delacroix.

—Es similar a la otra.

—¿Preparada igual?

—A simple vista, podría ser.

—¿Más reciente?

—Eso no puedo decirlo aquí.

—Pero no lleva veinte años en esta habitación.

Vance negó.

—No. Esta manta fue colocada aquí hace poco.

Reed miró a Clara.

Clara no apartó la mirada de la manta.

Delacroix observó el suelo junto a ella. Había huellas, pero el polvo era irregular. Una marca más profunda cerca de la silla. Una pisada parcial. No permitía identificar un zapato, pero sí una cosa: la persona había arrastrado ligeramente el pie izquierdo.

—Miren esto —dijo.

Reed se agachó.

—Una pisada.

—Parcial.

—¿Cojera?

—Quizá. O carga pesada. O prisa. O una vieja lesión.

Clara habló en voz baja:

—Wilkes cojea un poco cuando hace frío.

Reed la miró.

—Nunca lo noté.

—Porque intenta no mostrarlo.

Delacroix observó a Clara.

—¿Y usted sí?

—La gente que archiva papeles aprende a mirar cómo caminan quienes vienen a pedir que desaparezcan.

Vance guardó una muestra de la manta.

—La sustancia, si es la misma, no se preparó aquí de forma improvisada. Alguien sabía lo que hacía.

—¿Puede matar por contacto e inhalación? —preguntó Reed.

—No voy a improvisar una clase de toxicología en una cámara secreta.

—Doctora.

—Puede incapacitar primero. Irritar vías respiratorias. Provocar una crisis. En un espacio frío, con un hombre cansado, quizá dormido, envuelto en la tela durante horas… sí, podría matar. Pero necesito confirmarlo.

Delacroix asintió.

—Suficiente por ahora.

Vance lo miró.

—Para usted siempre es suficiente justo antes de pedirme lo imposible.

—No lo imposible. Solo lo incómodo.

—Peor.

La doctora siguió trabajando.

Reed volvió al archivador y abrió el último cajón.

Vacío.

No simplemente vacío: limpiado. En el fondo quedaban marcas rectangulares donde habían estado documentos, quizá cajas, quizá paquetes de cartas.

Clara se acercó.

—Alguien vació esto.

—Hace poco —dijo Delacroix.

—¿Antes o después de matar a Harrow?

—Esa es una pregunta excelente.

—¿Y la respuesta?

Delacroix miró hacia la puerta falsa.

—Si fue antes, Harrow vino buscando algo que ya le habían quitado. Si fue después, el asesino volvió aquí mientras todos mirábamos la celda.

Reed se tensó.

—¿Quién tuvo tiempo?

—Muchas personas. Por desgracia, el escándalo ha sido muy útil para mover a todo el mundo de un lado a otro.

—Vale.

—Quizá.

—Wilkes.

—Quizá.

—Ashford.

—Quizá.

Clara dijo:

—Yo.

Delacroix la miró.

—También.

Ella asintió, como si hubiera querido oírlo de forma limpia.

La señora Briggs habló desde la entrada:

—Yo no.

Delacroix volvió hacia ella.

—Señora Briggs, su negativa llega tarde pero se agradece.

—Yo no entro ahí ni aunque me prometan dos sueldos y un marido que no ronque.

—Una posición razonable.

Reed tomó la libreta de Crowe.

—Esto cambia el caso.

—Sí.

—Harrow reconoció el código de Lázaro en la manta. “Lázaro también sabe lavar.” Eso significa que creía que Crowe, o alguien usando su identidad, estaba detrás.

—O quería que Pike lo oyera.

—¿Mientras moría?

—Harrow, por lo que sabemos, no perdía ocasión de hacer daño. Ni siquiera agonizando.

Reed se estremeció.

—Pero si Crowe está vivo…

—Tendremos que encontrarlo.

—¿Y si no?

Delacroix miró la habitación fría, la manta, la caja vacía, la pisada parcial.

—Entonces alguien ha comprendido que un muerto falso puede ser tan útil como uno verdadero.

Clara bajó la voz:

—Y que Lázaro puede matar sin existir.

Nadie respondió.

Porque aquella era precisamente la peor posibilidad.

En la entrada, Crawley apareció pálido.

—Inspector Reed.

—¿Qué ocurre ahora?

El joven tragó saliva.

—El sargento Wilkes no está en la comisaría.

Reed salió de la habitación fría.

—¿Cómo que no está?

—Lo enviaron a buscar a un proveedor del depósito, pero… nadie sabe quién dio la orden.

Delacroix miró la pisada parcial en el polvo.

Wilkes cojeaba cuando hacía frío.

Wilkes odiaba a Harrow.

Wilkes conocía a Clara.

Wilkes estuvo en el caso de Margaret.

Wilkes declaró defectuosa la celda dos.

Wilkes pudo hablar con Vale en el patio.

Demasiadas líneas empezaban a reunirse en él.

Demasiadas.

Y eso, a Delacroix, le desagradó de inmediato.

—Inspector —dijo.

Reed ya caminaba hacia la salida.

—Hay que encontrarlo.

—Sí.

—¿Cree que huye?

Delacroix miró una vez más la habitación secreta.

—No lo sé. Pero en este caso, cada vez que alguien parece culpable con demasiada puntualidad, conviene preguntarse quién tuvo acceso al reloj.

Reed apretó los dientes.

—Aun así, hay que encontrarlo.

—Desde luego.

Subieron hacia el vestíbulo.

La niebla del patio seguía pegada a los cristales. La comisaría entera parecía haber descubierto una puerta oculta en su propio cuerpo y no saber todavía si de allí había salido la verdad o una enfermedad más antigua.

Delacroix, mientras avanzaba detrás de Reed, pensó en una frase de la libreta de Crowe:

Si me dan por muerto, seguir muerto es rentable.

Y comprendió que Victor Harrow quizá no había sido asesinado solo para que no hablara.

Quizá había sido asesinado porque alguien temía que el verdadero muerto empezara a hablar otra vez.