Capítulo 14 — La habitación fría
El cuarto de lavado parecía menos inocente la segunda vez.
Delacroix había comprobado a lo largo de los años que los lugares cambian cuando uno regresa con una pregunta nueva. La primera visita convierte una habitación en escenario. La segunda, si hay suerte, empieza a convertirla en confesión.
La señora Briggs seguía allí, aunque ahora no fregaba nada. Permanecía de pie junto a la mesa de madera, con los brazos cruzados y la expresión de quien sospechaba que, si todos aquellos hombres seguían entrando en su lavadero, al final le tocaría limpiar también sus culpas.
—¿Otra vez? —dijo.
—Me temo que sí —respondió Delacroix.
—Si han venido a buscar más botellas misteriosas, avisen antes. Así les preparo una bandeja.
—Qué amable. Pero ahora buscamos una habitación.
La señora Briggs lo miró como si acabara de pedirle un piano.
—Esto es el lavadero.
—Eso espero. Sería decepcionante descubrir que también miente sobre su vocación arquitectónica.
Reed entró detrás de Delacroix con una lámpara. Clara Whitcomb los siguió en silencio, sosteniendo la hoja amarillenta donde figuraba la referencia al viejo cuarto sellado. Crawley quedó en la puerta, con la misma cara que habría puesto un hombre al que le hubieran ordenado vigilar una tormenta.
El cuarto estaba más cálido que el sótano, pero no por ello resultaba acogedor.
La caldera ocupaba un rincón, negra, baja, con restos de ceniza en la boca metálica.
Las pilas de piedra se alineaban contra la pared.
Varias cuerdas cruzaban el techo con mantas húmedas colgadas como cadáveres mal ensayados.
En la pared norte, donde Clara había señalado, no había puerta.
Solo ladrillo, pintura vieja y una estantería con jabones, cepillos, cubos pequeños y trapos doblados.
Reed levantó la lámpara.
—Aquí no hay nada.
—Una frase imprudente —dijo Delacroix—. Los lugares donde no hay nada suelen estar llenos de personas que se han esforzado mucho.
Clara se acercó a la pared norte.
—El plano antiguo menciona un almacén de enfriamiento.
—¿Para qué? —preguntó Reed.
—No lo sé. Blackwell Yard fue reformado varias veces. Antes de ser dependencia policial completa, parte del edificio se usó como almacén municipal. Había cámaras interiores para conservar documentos, alimentos requisados, incluso cuerpos temporalmente, según algunas referencias.
La señora Briggs hizo una mueca.
—Estupendo. Yo lavando sábanas sobre una morgue con vocación administrativa.
Delacroix miró la pared.
—¿Cuándo se selló?
Clara repasó la hoja.
—Hace unos veinte años.
Reed la miró.
—La misma época.
—Sí.
La misma época significaba Margaret Whitcomb, Harrow, Pembroke, Michael Reed y Lázaro. En Blackwell Yard, el pasado ya no era una fecha; era una enfermedad de las paredes.
Delacroix dejó el bastón apoyado contra la mesa y tomó la lámpara de Reed.
—Señora Briggs, ¿esta estantería siempre estuvo aquí?
—Desde que tengo memoria.
—Una expresión amplia.
—Quince años.
—Suficiente para una mala costumbre.
Examinó la estantería. Era pesada, de madera basta, fijada a la pared con dos escuadras metálicas.
Los estantes estaban llenos de objetos vulgares: jabón, cepillos, frascos vacíos, una lata de grasa, cuerdas, pinzas, trapos.
Nada parecía colocado con especial intención.
Esa era, por supuesto, una intención excelente.
—¿Se mueve? —preguntó Reed.
La señora Briggs soltó una risa.
—Si consigue mover eso sin romperse la espalda, inspector, le dejo mi puesto.
Reed apoyó una mano en el lateral y empujó. La estantería no cedió.
Delacroix se agachó.
En el suelo, junto a la pata izquierda, había marcas antiguas. No de arrastre reciente, sino de arrastre repetido hacía tiempo. La madera había comido una línea pálida en la piedra. Luego, durante años, el polvo y el jabón habían intentado disimularlo.
—Alguna vez se movía —dijo.
Clara se inclinó junto a él.
—O la movieron cuando sellaron el acceso.
—Quizá.
Reed examinó las escuadras.
—Están atornilladas.
—Ahora —dijo Delacroix.
La señora Briggs se acercó con evidente irritación profesional.
—Cuidado con mis cosas.
—Tranquila, señora. Procuraremos no alterar demasiado el orden de los objetos que quizá ocultan una habitación vinculada a un asesinato.
—Ah, bueno. Dicho así, me quedo mucho más tranquila.
Delacroix sonrió apenas y pasó la lámpara por la pared. La pintura tenía irregularidades. En una zona, detrás del segundo estante, el color era ligeramente distinto. Más liso. Más nuevo, aunque “nuevo” en Blackwell Yard significaba simplemente menos próximo al reinado de algún rey muerto.
—Necesito quitar esto —dijo.
La señora Briggs miró a Reed.
—Si rompen la estantería, quiero otra. Y no una de esas porquerías que mandan de intendencia.
—Tendrá su estantería —dijo Reed.
Delacroix lo miró.
—Inspector, qué audacia prometer mejoras materiales en una institución pública.
—Luego me arrepentiré.
—Sin duda. Pero será una escena privada.
Crawley y Mason fueron llamados para ayudar.
Entre los cuatro quitaron jabones, trapos y frascos.
Delacroix observó cada objeto antes de permitir que lo movieran.
No esperaba encontrar allí la respuesta completa, pero los asesinos tenían la mala costumbre de esconder cosas pequeñas entre cosas insignificantes.
Había una diferencia, y solía costar vidas aprenderla.
Al retirar una lata vieja de grasa, Clara se detuvo.
—Esto no debería estar aquí.
Reed giró.
—¿Qué?
La lata era redonda, oxidada, sin etiqueta visible. Clara la sostuvo con un paño.
—La grasa de mantenimiento se guarda en el depósito de herramientas. No en el lavadero.
Delacroix la tomó y la acercó a la luz.
La tapa estaba mal cerrada. Dentro quedaba una pasta oscura, casi negra. El olor era fuerte, aceitoso, distinto del jabón y de la humedad. Podía ser la misma sustancia que habían visto cerca de la cerradura de la celda dos.
—La cerradura —dijo Reed.
—Tal vez.
—¿Alguien usó esto para arreglarla después?
—O para prepararla antes.
Clara miró la lata con una mezcla de asco y atención.
—No es de nuestro inventario.
—¿Está segura? —preguntó Reed.
Ella lo miró.
—Inspector, si me pregunta una vez más si estoy segura de los objetos que llevo nueve años clasificando, empezaré a creer que desea que la duda sea una forma de cortesía.
Delacroix casi habría aplaudido, de no resultar indecente en un lavadero posiblemente homicida.
Guardaron la lata como prueba.
Después retiraron los últimos objetos de la estantería. Mason sacó un destornillador y empezó con las escuadras. Los tornillos cedieron con dificultad. Uno se rompió. La señora Briggs emitió un sonido que podría haber servido como juramento legal en ciertas tabernas.
Al fin, la estantería quedó libre.
Entre Crawley, Mason y Reed la apartaron unos centímetros.
Detrás apareció una pared de ladrillo.
Pero no era una pared uniforme.
Había un rectángulo marcado, casi invisible, delineado por una junta vertical más fina que el resto. A la altura de la mano, el ladrillo mostraba un pequeño hueco circular, tapado con yeso viejo.
Clara contuvo el aliento.
—Había una puerta.
—Y alguien la convenció de dejar de parecerlo —dijo Delacroix.
Reed pasó los dedos por el borde.
—Esto está sellado.
—Sí.
—¿Desde hace veinte años?
Delacroix se inclinó hacia el hueco circular.
El yeso que lo tapaba no tenía veinte años.
Estaba demasiado limpio.
—No todo.
Reed lo miró.
—¿Han abierto esto recientemente?
—No lo sé. Pero alguien se ha interesado por el mecanismo.
Mason rompió con cuidado el yeso del hueco. Detrás apareció una pieza metálica. No era exactamente una cerradura. Más bien un antiguo tirador o pasador interior adaptado a una puerta tapiada por fuera. Crawley, que llevaba minutos callado, murmuró:
—Yo no sabía que eso estaba ahí.
—Una frase que empieza a parecer el lema de Blackwell Yard —dijo Delacroix.
Reed metió los dedos en el hueco y tiró.
Nada.
Mason ayudó con una herramienta.
El primer crujido sonó desde dentro de la pared.
La señora Briggs dio un paso atrás.
—No me gusta ese ruido.
—A la pared tampoco —dijo Delacroix—. Eso lo vuelve prometedor.
Tiraron otra vez.
El rectángulo de ladrillo se movió apenas.
No era una pared tapiada por completo. Era una puerta revestida, pesada, disimulada, con una capa de ladrillos falsos o finos adheridos sobre una estructura de madera.
Una obra antigua, torpe en algunos puntos, brillante en otros.
No diseñada para abrirse todos los días.
Diseñada para poder abrirse si alguien sabía dónde insistir.
Reed y Mason tiraron con más fuerza.
La puerta cedió.
Un aire frío salió del hueco.
No fue una corriente violenta. Fue algo peor: una exhalación lenta, encerrada durante mucho tiempo. Olía a piedra seca, metal viejo, polvo y un fondo agrio que no pertenecía del todo a los objetos.
Crawley retrocedió.
La señora Briggs se santiguó sin pedir permiso a ninguna religión concreta.
Delacroix tomó la lámpara.
—Espere —dijo Reed.
—Por supuesto. Siempre es prudente dejar que el detective sobreviva para que otros puedan culparlo de imprudencia.
Entró primero.
El cuarto era pequeño, más bajo que el lavadero, construido en piedra desnuda.
La temperatura bajaba varios grados. No había ventanas.
En las paredes quedaban restos de estantes vacíos.
En el suelo había polvo, trozos de yeso, una caja rota, dos botellas viejas, una cuerda, una silla sin respaldo y un archivador metálico oxidado contra el fondo.
La llamada habitación fría.
Delacroix levantó la lámpara.
El círculo de luz recorrió las paredes y encontró marcas. Algunas antiguas, otras no tanto. Arañazos en el suelo. Huellas confusas. Y, junto al archivador, una manta doblada.
Gris.
Con franja azul.
Reed entró detrás de él y se quedó inmóvil.
—Otra.
Delacroix no respondió.
Clara apareció en el umbral. No entró.
Miraba la manta como si acabara de ver un animal dormido.