Capítulo 13 — El detenido que oyó respirar #2
—Eso debió de tranquilizar muchísimo a Harrow.
Bell bajó la cabeza.
Delacroix siguió observando a Pike.
—¿Harrow dijo “también sabe lavar”? ¿Está seguro de esa parte?
—Sí.
—No “también sabe hablar”. No “también sabe matar”.
—Lavar. Eso sí lo oí. Porque me pareció raro.
Reed miró hacia la escalera de servicio.
—El lavadero.
Delacroix asintió.
La palabra Lázaro ya no era solo un expediente. Se había convertido en alguien —o algo— capaz de intervenir en el circuito de lavado. Harrow había reconocido la preparación de la manta como parte de un código, de una amenaza o de una vieja mano que volvía.
—¿Harrow sonó asustado? —preguntó.
Pike pensó.
—No al principio.
—¿Y después?
—Después no pudo sonar a nada. Respiraba.
—Describa otra vez esa respiración.
Pike se apoyó contra la puerta.
—Pesada. Como si el aire tuviera que pasar por un sitio estrecho. No era un ronquido. No era sueño. Era… trabajo.
Bell cerró los ojos.
—¿Cuánto duró?
—No sé.
Delacroix no lo interrumpió esta vez.
Pike siguió:
—Al principio pensé que estaba fingiendo. Harrow era capaz de fingir una agonía para que le abrieran la puerta y luego venderle la historia a un periódico. Pero no llamó. Eso fue lo raro. No llamó a Bell. No golpeó. Nada. Solo respiró así hasta que dejó de hacerlo.
—¿Pudo estar paralizado? —preguntó Reed.
—No soy médico.
—No le he preguntado si lo era.
Pike sonrió sin ganas.
—Podía moverse antes. Lo oí cambiar de postura. Después ya no.
Delacroix se acercó más a la puerta.
—Señor Pike, cuando Harrow recibió la manta, ¿oyó algún sonido metálico? ¿Un botón cayendo, una hebilla, algo pequeño?
Pike frunció el ceño.
—No.
—¿Seguro?
—No. Pero no lo recuerdo.
—¿Harrow llevaba chaleco?
—Sí. Elegante, para estar detenido. Harrow habría ido a la horca preocupado por el corte del cuello.
—¿Recuerda los botones?
—No miro los botones de los hombres, monsieur. Tengo vicios, pero no ése.
—Una limitación lamentable.
Pike sonrió apenas.
—Lo que sí recuerdo es que se quitó algo.
Reed se acercó.
—¿Qué?
—No lo vi. Lo oí. Tela. Como si se quitara el abrigo o el chaleco. Después de recibir la manta.
Delacroix miró a Reed.
El botón encontrado bajo el cuerpo.
—¿Por qué se quitaría el chaleco? —preguntó Reed.
Bell respondió desde la mesa:
—Por calor no sería.
Delacroix pensó en una manta impregnada, en un hombre que nota algo extraño, en un olor limpio, en una risa de reconocimiento, en un nombre: Lázaro.
Tal vez Harrow se quitó una prenda para evitar contacto, para buscar algo cosido, para sacar un papel escondido, para comprobar si la manta le recordaba otra tela.
O quizá, simplemente, se acomodó para dormir.
Las posibilidades eran demasiadas. Las posibilidades eran una forma elegante del barro.
—Pike —dijo Delacroix—, ¿Harrow le habló a usted antes de morir?
—No.
—¿Ni una palabra?
—Me llamó rata una vez.
—Eso en él quizá contaba como saludo.
—Después no.
—¿Usted le respondió?
—Le dije que una rata al menos no paga por escuchar secretos mal contados.
—¿Y él?
—Se rio.
—¿Le debía usted dinero?
Pike volvió a ponerse rígido.
—Cinco libras.
—Eso ya lo dijo. Quiero saber si Harrow tenía algo contra usted.
—Harrow tenía algo contra todo el mundo.
—Señor Pike.
El detenido apartó la mirada.
—Tenía una carta.
—¿De quién?
—De mi hermana.
—¿Comprometedora?
—No como las de la señorita Whitcomb, si es eso lo que pregunta. Mi hermana trabaja en una casa buena. Es doncella. Se equivocó con un hombre de esa casa. Harrow consiguió una carta y me la vendía por más de lo que valía mi vida.
Reed lo miró con menos dureza.
—¿Por eso lo odiaba?
—Yo odio a mucha gente. Suele salirme más barato que hacer algo al respecto.
Delacroix estudió su rostro.
—¿La carta estaba en la caja?
—No lo sé.
—¿Harrow la llevaba encima?
—Eso esperaba.
—Por eso estaba tan atento anoche.
Pike no respondió.
—Usted no escuchaba por casualidad —continuó Delacroix—. Esperaba saber dónde guardaba Harrow sus papeles.
Pike apoyó la frente contra la puerta.
—Sí.
—¿Y oyó algo útil?
—Lázaro.
—Además de eso.
—No.
—Piénselo bien.
—No.
Delacroix se quedó callado.
A veces el silencio interrogaba mejor que una pregunta. Pike aguantó poco.
—Dijo una cosa antes. Cuando lo bajaron.
Reed respiró con fastidio.
—Otra más.
—Sí, otra más. ¿Quiere la verdad ordenada? Pregúntenle a los muertos, inspector. Yo la tengo como puedo.
Delacroix hizo un gesto a Reed para que callara.
—Diga.
—Cuando Wilkes lo metió en la celda tres, Harrow dijo: “No es la habitación que me prometieron.”
Reed abrió los ojos.
Bell levantó la cabeza.
Delacroix sintió que una pieza se movía.
—¿Exactamente esas palabras?
—Creo que sí.
—¿No “no es la celda que me correspondía”?
—No. Dijo habitación. Como si fuera un hotel. Harrow hablaba así, con esa forma asquerosa de burlarse de todo.
—¿A quién se lo dijo?
—A Wilkes. O a Bell. O al aire. No sé.
Reed murmuró:
—Le prometieron una celda.
Delacroix corrigió:
—Le prometieron una habitación.
—¿Qué diferencia hay?
—En Blackwell Yard, quizá ninguna. En la cabeza de Harrow, mucha.
Pike chasqueó la lengua.
—Yo pensé que hablaba de la celda dos.
—Quizá.
—Pero si sabía que debía ir a la dos…
—No debía saberlo necesariamente.
Delacroix se apartó de la puerta y miró hacia la celda tres.
Harrow había sido detenido, sí. Pero quizá no había llegado a Blackwell Yard como una víctima sorprendida.
Quizá había aceptado, previsto o incluso buscado parte del recorrido.
Una “habitación prometida” podía ser una celda segura, un lugar donde encontrar un paquete, una cita con alguien, un escenario de chantaje.
Pero acabó en la celda tres. La más fría.
La que exigiría manta. La que alguien preparó.
—¿Quién le prometió la habitación? —preguntó Reed.
Pike se encogió de hombros.
—Si lo supiera, habría empezado por ahí. Incluso yo tengo sentido narrativo.
Delacroix casi sonrió.
—No abuse de sus virtudes.
Bell habló en voz baja:
—Harrow se enfadó al ver la celda.
—Sí —dijo Delacroix—. No solo por el frío.
—Porque no era lo que esperaba.
—Exacto.
Reed caminó hasta la mesa de guardia y apoyó las manos sobre ella.
—Entonces alguien atrajo a Harrow hacia Blackwell Yard con una promesa.
—O Harrow llegó creyendo haber comprado una ventaja —dijo Delacroix—. Y descubrió demasiado tarde que la ventaja había cambiado de dueño.
Pike golpeó la puerta con los nudillos.
—¿Y mi trato?
Reed volvió hacia él.
—¿Qué trato quiere?
—Protección. Y mi carta, si aparece.
—No prometo nada.
—Entonces yo tampoco recordaré nada más.
Delacroix abrió la mirilla.
—Señor Pike, si la carta aparece y no lo vincula a un crimen mayor, haré lo posible para que no acabe en manos de Harrow, Vale ni ningún otro mercader de vergüenzas.
—Harrow está muerto.
—Lo sé. Es una de las pocas ventajas de la mañana.
Pike lo estudió.
—¿Su palabra vale algo?
—Depende de a quién se lo pregunte.
—Se lo pregunto a usted.
—Entonces sí.
Pike asintió lentamente.
—Vale.
Delacroix cerró la mirilla.
Reed se acercó.
—No puede prometer eso.
—No lo hice. Dije que haría lo posible. Es una promesa lo bastante honrada para no resultar útil en política.
Bell levantó la vista.
—¿Eso ayuda?
Delacroix miró el pasillo de celdas.
—Sí.
—¿A mí?
—A la verdad. De momento tendrá que conformarse con compartir beneficios.
Reed tomó la llave de la celda cuatro y luego la dejó.
—Pike puede estar mintiendo.
—Por supuesto.
—Puede haber oído “Margaret” y ahora cambiarlo por “Lázaro” porque oyó hablar de eso.
—No oyó hablar de Lázaro.
—Pudo escucharnos arriba.
—No desde aquí.
—Quizá alguien se lo dijo.
Delacroix miró hacia Crawley, luego hacia Bell, luego hacia la escalera.
—Entonces eso también sería interesante.
Reed aceptó el punto con un gesto de irritación.
Desde arriba llegó una voz. Luego pasos rápidos.
Clara apareció al final de la escalera. No bajó del todo.
—Inspector Reed.
—¿Qué ocurre?
—He encontrado algo en el índice de objetos retirados.
Delacroix subió dos peldaños hacia ella.
—¿Relacionado con Lázaro?
—Relacionado con una habitación.
Delacroix se detuvo.
Clara sostenía una hoja amarillenta.
—Hace años, dentro del expediente Lázaro, se mencionaba un cuarto que no figuraba en los planos oficiales de Blackwell Yard. Un almacén sellado detrás del viejo lavadero. Lo llamaban “la habitación fría”.
Reed la miró.
—¿Existe?
—No lo sé.
—¿Dónde estaría?
Clara señaló hacia el corredor de servicio.
—Detrás de la pared norte del cuarto de lavado.
Bell murmuró:
—Allí no hay ninguna puerta.
Clara bajó por fin el último peldaño.
—No según los planos actuales.
Delacroix miró hacia la escalera de servicio.
La habitación prometida.
La habitación fría.
Lázaro.
La manta preparada junto a la caldera.
El muerto que dijo que no era la habitación que le habían prometido.
—Inspector —dijo Delacroix—, creo que ha llegado el momento de que Blackwell Yard nos enseñe una puerta que no quería admitir que tenía.
Reed tomó una lámpara.
—Vamos.
Pike golpeó la celda desde dentro.
—¡Eh! ¿Y yo?
Delacroix ya subía la escalera.
—Respire, señor Pike.
—¿Eso es un consejo?
—Por ahora, en esta comisaría, es casi una estrategia de supervivencia.
Y siguió hacia el lavadero, donde la niebla del patio parecía haberse pegado a los cristales como si también quisiera mirar dentro.