Capítulo 13 — El detenido que oyó respirar
La palabra Lázaro no figuraba en el índice principal.
Clara Whitcomb lo comprobó tres veces, y no porque fuera torpe, sino porque la gente meticulosa tiende a desconfiar de los resultados demasiado limpios. Delacroix apreciaba esa clase de desconfianza. Era una de las pocas formas de higiene mental que no necesitaban jabón ni sermones.
La sala de registros estaba más fría que antes.
O quizá todos habían traído consigo un poco del sótano.
Reed permanecía junto a la mesa central, con el papel de Vale entre los dedos.
Lo miraba como si aquella palabra pudiera convertirse en un apellido, una firma o una herida familiar si la observaba con suficiente insistencia.
Lázaro.
Clara pasó una página del índice auxiliar.
—No hay ningún expediente con ese nombre.
—¿Ni persona? —preguntó Reed.
—No.
—¿Apodo?
—Los apodos rara vez figuran en índices formales, inspector.
—Ya lo sé.
—Entonces sabrá también que preguntarlo con impaciencia no mejora el archivo.
Reed la miró. Clara no se disculpó.
Delacroix se permitió una leve satisfacción. Blackwell Yard estaba lleno de hombres que habían convertido el mando en costumbre; ver a una archivista corregirlos con voz baja resultaba casi saludable.
—Busquemos no como nombre —dijo—, sino como indicación.
Clara levantó la vista.
—¿Resurrección?
—Entre otras posibilidades.
Reed dobló el papel.
—Harrow dijo: “Si Lázaro despierta, todos van a querer que el muerto sea yo”.
—Una frase desagradable —dijo Delacroix—, aunque reconozco cierta ambición bíblica.
Clara fue hasta una estantería lateral y sacó una caja de fichas antiguas.
—Hubo una serie de expedientes marcados con nombres en clave hace años. No era práctica oficial, pero algunos inspectores la usaban para asuntos reservados.
Reed se tensó.
—¿Mi padre?
—También su padre.
La frase no tuvo intención cruel. Precisamente por eso dolió más.
Reed bajó la mirada.
Delacroix se acercó a la caja.
—¿Qué clase de nombres?
—Nombres religiosos, mitológicos, literarios. Dependía del agente. “Sansón”, “Judith”, “Job”, “Orfeo”… No siempre con mucha imaginación.
—Los policías, cuando se ponen poéticos, suelen cometer excesos.
Clara pasó varias fichas.
—Aquí. “Lázaro”.
Reed avanzó un paso.
—¿Qué dice?
Clara sostuvo la ficha con cuidado.
—Referencia cruzada. No expediente completo. “Lázaro: reactivación de material previamente retirado. Consultar custodia reservada, bloque C, armario tercero.”
La habitación quedó en silencio.
El armario tercero.
La caja sin inventario.
Harrow no había elegido la palabra al azar. Claro que no. Los chantajistas rara vez desperdiciaban el azar cuando podían simularlo.
Reed tomó la ficha.
—“Reactivación de material previamente retirado.”
—Algo que se dio por muerto y volvió al archivo —dijo Delacroix—. Un expediente resucitado.
Clara cerró la caja de fichas.
—O una prueba.
Reed miró hacia el pasillo.
—Las cartas de Margaret.
—Quizá —dijo Delacroix—. O algo peor.
—¿Peor?
—Inspector, cuando un edificio guarda secretos durante veinte años, uno no debería esperar que todos conserven el tamaño de una carta amorosa.
Clara fue hacia otro estante.
—El bloque C corresponde a expedientes reservados vinculados a testigos protegidos, informantes y material retirado de procesos judiciales.
—Harrow fue informante —dijo Reed.
—Y chantajista —añadió Delacroix—. Dos profesiones que a veces se diferencian solo por quién firma el recibo.
Clara no respondió. Sacó un libro estrecho de tapas marrones y lo abrió por una pestaña marcada.
—Aquí hay una anotación antigua. “Lázaro” fue creado después del asunto Whitcomb, pero no solo contiene material de Margaret. Hay referencias a Pembroke, Harrow, un testigo llamado Nathaniel Crowe y un agente fallecido en servicio.
Reed frunció el ceño.
—Nathaniel Crowe.
—¿Lo conoce? —preguntó Delacroix.
—Mi padre mencionaba a un Crowe. Creo que era informante. Murió en un incendio.
Clara leyó otra línea.
—No murió en un incendio.
Reed no se movió.
—¿Qué?
—Según esta referencia, su muerte fue registrada oficialmente como accidente doméstico, pero el expediente “Lázaro” contenía dudas sobre la identificación del cuerpo.
Delacroix sintió que la palabra empezaba a tomar forma.
Lázaro.
Un hombre muerto que quizá no lo estaba.
Un expediente retirado.
Un cuerpo mal identificado.
Harrow.
Margaret.
Pembroke.
Michael Reed.
La comisaría no guardaba un secreto. Guardaba una genealogía de secretos, y cada uno parecía haber engendrado al siguiente con una paciencia muy poco cristiana.
—¿Nathaniel Crowe sigue vivo? —preguntó Reed.
Clara lo miró.
—No lo sé.
—¿Qué relación tenía con Harrow?
—Aquí figura como primer contacto policial de Harrow. Antes de que Harrow empezara a trabajar directamente con Blackwell Yard.
Delacroix tomó la ficha.
—Entonces Crowe pudo enseñarle el oficio.
—O venderle el primer secreto —dijo Clara.
Reed respiró hondo.
—Harrow dijo que si Lázaro despertaba todos querrían que el muerto fuera él. Si Crowe no murió…
—Tal vez podía declarar sobre quién retiró las cartas, quién cobró, quién encubrió y quién convirtió a Harrow en algo más útil que culpable —dijo Delacroix.
Clara cerró el libro.
—Pero eso no explica la manta.
—No. Explica por qué Harrow tenía miedo.
—¿Y quién lo mató?
Delacroix la miró.
—Todavía estamos reuniendo a las personas con motivos suficientes para desearlo. Por desgracia, Londres parece haber producido una cosecha abundante.
Reed dejó la ficha sobre la mesa.
—Necesitamos encontrar el resto del expediente Lázaro.
—Si existe —dijo Clara.
—Existe.
—Existió.
Reed la miró.
—¿Cree que alguien lo retiró?
—Creo que alguien ha retirado muchas cosas de este archivo durante años. La diferencia es que ahora una de ellas ha dejado un muerto reciente.
Un golpe seco sonó en la puerta.
Crawley apareció en el umbral.
—Inspector Reed.
—¿Qué ocurre?
El joven miró a Delacroix, luego a Clara.
—El detenido Pike pide hablar.
Reed se endureció.
—Pike pide muchas cosas.
—Dice que es importante.
—También dice eso cuando quiere tabaco.
Crawley tragó saliva.
—Dice que recordaba mal. Que no fue “Margaret” lo que oyó decir a Harrow.
Delacroix levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué oyó?
—Dice que quiere decírselo a monsieur Delacroix.
Reed cerró los ojos con fastidio.
—Maldito Pike.
—No sea injusto —dijo Delacroix—. Los mentirosos teatrales tienen una virtud: si esperan público, a veces se esfuerzan más.
Bajaron al sótano.
Esta vez la comisaría pareció más estrecha.
Los pasillos estaban ocupados por agentes que hablaban en voz baja y callaban al verlos.
El periódico había hecho su trabajo: todos sabían algo, nadie sabía suficiente y la imaginación rellenaba los huecos con una eficiencia que la verdad rara vez igualaba.
En la sala de guardia, Bell seguía sentado. Tenía una taza de té entre las manos, pero no bebía. La taza temblaba apenas.
—¿Alguna novedad? —preguntó.
Reed no respondió.
Delacroix sí.
—Demasiadas.
—Eso no suena bien.
—Los casos suelen empeorar antes de dejarse ordenar.
Bell bajó la mirada hacia el té.
—¿Y yo?
—Usted, por ahora, sigue siendo más útil vivo que condenado. Aprovéchelo.
Bell no pareció saber si aquello era consuelo, pero lo aceptó como aceptaba casi todo esa mañana: porque no tenía fuerzas para rechazarlo.
Delacroix se acercó a la celda cuatro.
—Señor Pike.
Arthur Pike apareció detrás de la mirilla con el pelo revuelto, los ojos demasiado despiertos y la expresión de quien ha pasado varias horas luchando contra su propia conveniencia.
—Quiero un trato.
Reed soltó una risa seca.
—No está en posición de pedir tratos.
—Estoy en una posición excelente. Encerrado, rodeado de policías nerviosos y con información que ustedes quieren.
Delacroix abrió la mirilla.
—Señor Pike, su autoestima es casi conmovedora. Dígame qué sabe antes de que me emocione demasiado y se me pase.
Pike miró a Reed.
—Sin él.
—No —dijo Reed.
Pike se encogió de hombros.
—Entonces me equivoqué. Buen día.
Delacroix observó al detenido unos segundos.
—Inspector, aléjese tres pasos.
—Delacroix.
—Tres pasos, no tres condados. Seguirá usted oyendo lo bastante para irritarse.
Reed retrocedió con evidente disgusto.
Pike esperó hasta verlo lejos.
—Y el chico también.
Crawley miró a Reed.
Delacroix suspiró.
—Señor Pike, si sigue dirigiendo la puesta en escena, empezaré a cobrarle entrada.
—El chico me mira como si fuera a colgarme él mismo para conseguir un ascenso.
Crawley palideció.
Reed le hizo un gesto. El agente se apartó.
Pike se acercó más a la mirilla.
—No dijo Margaret.
—¿Qué dijo?
—Dijo “Lázaro”.
La palabra llegó al pasillo con un frío propio.
Reed avanzó de inmediato.
Delacroix levantó una mano sin apartar los ojos de Pike.
—¿Está seguro?
—Ahora sí.
—Hace una hora estaba seguro de Margaret.
—No estaba seguro. Dije que creía.
—Una defensa pobre, pero técnicamente viva.
Pike se frotó la boca.
—La pared distorsiona. Harrow hablaba bajo. Al principio pensé que decía Margaret porque todos estaban hablando de ella y porque… bueno, porque Harrow la mencionó antes. Pero después recordé la frase completa.
—Dígala.
Pike cerró los ojos, como si quisiera oír de nuevo desde la piedra.
—Recibió la manta. Se rio. Tosió. Dijo algo como: “Muy limpio”. O “muy fino”. Ya se lo dije. Después añadió: “Así que Lázaro también sabe lavar.”
Delacroix no se movió.
Reed murmuró:
—Dios.
—No invoque a nadie todavía, inspector —dijo Delacroix—. Acaban de multiplicarse los sospechosos.
Pike abrió los ojos.
—Luego se rio otra vez. Después empezó a respirar mal.
—¿Por qué no lo dijo antes? —preguntó Reed.
Pike lo miró con cansancio.
—Porque no sabía qué era Lázaro. Porque Harrow decía muchas porquerías. Porque no quiero acabar muerto en una celda después de ayudar a policías que podrían olvidarse de mí en cuanto vuelva a convenirles.
Bell habló desde la mesa:
—Aquí nadie va a matarte.
Pike soltó una risa amarga.