Capítulo 12 — El abogado de los muertos #2
Harrow era cruel, pero no suicida. Si había preparado algo en el lavadero, quizá no era para matar. Quizá era para protegerse, chantajear, acusar, provocar. Alguien había tomado su sistema y lo había convertido en otra cosa.
—¿Quién más conocía esas frases? —preguntó Delacroix.
Vale contó con los dedos sin entusiasmo.
—Yo. Harrow. Algunos mensajeros de años atrás. Quizá Margaret, si llegó a entenderlas. Clara, por lo que parece. Wilkes pudo oírlas. Tal vez algún policía antiguo. Tal vez Ashford, si tuvo acceso a los documentos. Tal vez Michael Reed.
Reed lo miró con frialdad.
—Mi padre está muerto.
—Y sin embargo no deja de aparecer.
Delacroix levantó el bastón apenas.
Vale alzó las manos.
—Retiro el comentario.
—No lo retire —dijo Reed—. Explíquelo.
Vale suspiró.
—Su padre sabía más de Harrow que la mayoría. Lo usó como informante en ciertos casos. Después intentó apartarlo, creo. Harrow no perdonaba esas cosas.
—¿Mi padre protegió a Harrow en el caso de Margaret?
—No sé si lo protegió a él o a alguien situado más arriba.
—Pembroke.
—Quizá.
—Diga lo que sabe.
—Sé que las cartas desaparecieron. Sé que Harrow recibió dinero.
Sé que Sir Alistair Pembroke no volvió a ser mencionado en el asunto.
Sé que Margaret Whitcomb se fue de Londres.
Sé que Clara Whitcomb empezó a trabajar aquí unos años después, como si quisiera vivir dentro del estómago del animal que se había tragado a su hermana.
La frase fue demasiado cruel, pero también demasiado precisa.
Delacroix se acercó a Vale.
—Cuidado.
—No lo digo con burla.
—Eso sería casi mejor.
Vale bajó la mirada.
—Lo digo porque lo pensé durante años. Clara no aceptó ese puesto por casualidad.
—¿Insinúa que entró en Blackwell Yard para vengarse?
—Insinúo que nadie elige archivar papeles en una comisaría que perdió el expediente de su hermana si no desea vigilar algo.
Reed permaneció quieto.
Delacroix no respondió enseguida.
Era una posibilidad razonable. Pero también demasiado útil para Vale. Y las verdades útiles a los cobardes exigían doble revisión.
—¿Harrow temía a Clara? —preguntó.
Vale lo pensó de verdad.
—No.
—¿No?
—Le divertía. Decía que la señorita Whitcomb tenía ojos de misa y memoria de verdugo.
Delacroix miró hacia la puerta.
No oyó nada detrás, pero imaginó a Clara al otro lado del pasillo, quieta, quizá escuchando, quizá no.
—¿Y a quién temía? —preguntó.
Vale dejó de jugar con los guantes.
La pregunta había llegado a un lugar menos cómodo.
—A alguien de aquí.
—Sea más concreto.
—No lo sé.
—Usted abusa de esa frase.
—Porque es cierta más a menudo de lo que me conviene.
—¿Harrow le dijo algo?
Vale se inclinó hacia delante.
—Dijo que Blackwell Yard tenía dos tipos de fantasmas: los que sabían lo que había pasado y los que habían cobrado por olvidarlo.
—Bonito.
—A Harrow le gustaba sonar más inteligente de lo que era.
—Un defecto universal.
—También dijo que alguien se estaba moviendo antes que él.
Reed frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que Harrow creía estar preparando un chantaje, pero descubrió que otra persona ya había empezado a preparar algo usando sus propios papeles.
Delacroix se inmovilizó.
—¿Usando su código?
—Quizá.
—¿Cuándo dijo eso?
—La tarde antes de su detención.
—¿Por qué no lo mencionó?
—Porque hasta hace diez minutos no sabía que una manta, un lavadero y una caldera formaban parte de la conversación.
Delacroix sostuvo su mirada.
Por primera vez, Vale parecía no estar adornando del todo.
—¿Harrow sabía que iba a ser detenido?
—Lo sospechaba.
—¿Por qué?
—Porque alguien le hizo llegar un aviso.
—¿Quién?
—No lo sé.
Delacroix no ironizó esta vez.
—¿Qué decía el aviso?
Vale buscó en su memoria.
—Que si quería salvarse, debía presentarse con algo más que nombres. Que Reed no acudiría por simples amenazas. Que necesitaba una prueba vieja y una vergüenza nueva.
Reed se quedó pálido.
—¿Una vergüenza nueva?
—Eso dijo.
—¿Qué prueba vieja?
—Las cartas de Margaret, supongo. O los documentos de la caja.
—¿Y la vergüenza nueva?
Vale miró hacia la ventana.
—Quizá morir bajo custodia policial.
La frase hizo que la habitación se encogiera.
Reed habló despacio:
—¿Está diciendo que Harrow pudo buscar su propia detención?
—Estoy diciendo que Harrow sabía convertir el peligro en inversión. Si lograba entrar en Blackwell Yard con documentos comprometedores y salir después, tendría a media comisaría en la mano.
—Pero no salió —dijo Delacroix.
—No.
—Porque alguien invirtió mejor.
Vale lo miró.
—Exacto.
Delacroix caminó hasta la puerta. La abrió de golpe.
Clara Whitcomb no estaba al otro lado.
Sí estaba Pritchard, fingiendo conversar con el agente y fallando con entusiasmo.
Delacroix le arrebató la libreta otra vez.
—Señor Pritchard, su oído es más ambicioso que su discreción.
—No he oído nada publicable.
—Entonces ha perdido el tiempo.
Cerró la puerta de nuevo y dejó la libreta sobre una repisa, fuera del alcance del periodista.
Reed no había apartado los ojos de Vale.
—¿Quién podía saber que yo no acudiría a ver a Harrow?
Vale alzó los hombros.
—Cualquiera que lo conociera a usted. Cualquiera que supiera que Harrow había abusado de esa estrategia. Cualquiera que supiera que Wilkes le transmitiría el mensaje con desprecio. Cualquiera que conociera la rutina de Bell.
—Otra vez cualquiera —dijo Delacroix.
—No puedo hacerlo mejor.
—Sí puede.
Vale guardó silencio.
Delacroix se acercó despacio.
—Usted habló con Harrow la tarde anterior.
Harrow estaba preocupado porque alguien usaba su sistema.
Le pidió que viniera al lavadero. Usted vino.
Un hombre de uniforme lo echó. Después Harrow murió en una celda mediante una manta que fue preparada en ese mismo circuito de lavado.
Y ahora pretende que todo lo que puede darnos es una palabra cobarde: cualquiera.
Vale no levantó la vista.
—Hay un nombre.
Reed se inclinó sobre la mesa.
—Dígalo.
—No sé si es una persona.
—Dígalo.
Vale sacó un pequeño papel de su cartera.
—Harrow lo anotó en mi presencia. Dijo que, si algo salía mal, recordara esto.
Delacroix tomó el papel.
Había una sola palabra.
LÁZARO
Reed la leyó por encima de su hombro.
—¿Lázaro?
—Eso dijo.
—¿Un nombre? ¿Un apodo?
Vale negó.
—No lo sé.
Delacroix miró el papel.
Lázaro.
El hombre que vuelve de entre los muertos.
El pasado que no permanece enterrado.
El expediente desaparecido que reaparece.
Las cartas de Margaret.
La caja sin inventario.
El muerto que seguía hablando mediante notas.
El crimen antiguo que respiraba dentro del nuevo.
—¿Harrow explicó algo más? —preguntó.
—Solo una frase.
—¿Cuál?
Vale se pasó la lengua por los labios.
—Dijo: “Si Lázaro despierta, todos van a querer que el muerto sea yo.”
Reed miró a Delacroix.
La sala quedó en silencio.
Afuera, Pritchard golpeó la puerta y preguntó si podía recuperar su libreta. Nadie le respondió.
Delacroix dobló el papel muy despacio.
—Señor Vale —dijo—, acaba usted de hacer algo inesperadamente útil.
—¿Debo sentirme orgulloso?
—No se exceda. El orgullo le queda algo grande.
Reed tomó el papel.
—¿Qué hacemos ahora?
Delacroix miró hacia la puerta, hacia el pasillo, hacia la comisaría que parecía cerrarse sobre sus propios secretos con cada minuto que pasaba.
—Buscamos a Lázaro.
—¿Y quién es?
Delacroix tomó su bastón.
—Eso es lo primero que habrá que averiguar.
Abrió la puerta.
Pritchard, que estaba demasiado cerca, casi cayó hacia dentro.
Delacroix le devolvió la libreta.
—Tome. Procure no escribir nada inteligente antes de tiempo. Podría estropear su reputación.
El periodista miró a Vale, luego a Reed.
—¿Hay novedades?
Delacroix pasó junto a él.
—Sí.
—¿Cuáles?
Delacroix se detuvo un segundo en el pasillo.
—Acabamos de descubrir que en Blackwell Yard los muertos no siempre tienen la cortesía de quedarse muertos.
Y siguió caminando hacia la sala de registros.