Capítulo 12 — El abogado de los muertos
Edmund Vale no parecía preocupado.
Aquello, naturalmente, significaba que lo estaba.
Delacroix había conocido a demasiados hombres como él: individuos que habían construido toda una personalidad alrededor de no sudar en público.
Algunos lo llamaban educación. Otros, temple.
Delacroix prefería llamarlo miedo con buenos zapatos.
Vale aguardaba en una pequeña sala contigua al vestíbulo, sentado junto a una mesa donde nadie le había ofrecido té.
Tenía el sombrero sobre las rodillas, los guantes doblados con exactitud y una paciencia cuidadosamente fabricada.
El periodista Pritchard esperaba al otro lado de la puerta, vigilado por un agente que parecía sentirse más preso que él.
Ashford no estaba. Había subido a su despacho a hablar por teléfono con alguien importante, lo cual en una comisaría significaba casi siempre alguien más interesado en conservar la silla que en descubrir quién había puesto un cadáver bajo ella.
Reed entró primero.
Delacroix lo siguió.
Clara Whitcomb no entró. Se quedó fuera, por indicación de Delacroix, aunque no pareció gustarle. Esa obediencia silenciosa tampoco lo tranquilizó. Las personas que aceptan quedarse fuera de una habitación no siempre renuncian a escuchar lo que sucede dentro.
Vale levantó la vista.
—Inspector Reed. Monsieur Delacroix.
—Señor Vale —dijo Delacroix—. Tiene usted una admirable vocación de permanencia.
—Me temo que su comisaría dificulta las despedidas.
—No es mi comisaría. Y empiezo a pensar que las despedidas son precisamente lo que más se le daba a Victor Harrow. Siempre dejaba algo para después.
Vale sonrió con suavidad.
—Victor tenía sentido de la previsión.
—Victor tenía sentido del chantaje. La previsión es solo el nombre que le dan los chantajistas cuando han terminado de ordenar sus amenazas.
Reed cerró la puerta.
—Siéntese, Delacroix.
—Gracias, inspector. Pero prefiero caminar. Los hombres como el señor Vale suelen hablar mejor cuando alguien los incomoda en diagonal.
Vale miró a Reed.
—¿Estoy siendo interrogado formalmente?
—Todavía no —respondió Reed.
—Entonces supongo que puedo marcharme.
—Puede intentarlo.
Delacroix se detuvo junto a la ventana. Desde allí apenas se veía la calle. La niebla convertía los cristales en una piel enferma. Pritchard, al otro lado, parecía una silueta inquieta.
—Háblenos de las frases de Harrow —dijo.
Vale no movió un músculo.
—¿Qué frases?
—“Aireada junto a caldera”. “Guardado junto a cocina”. “Dejado cerca de despensa”. Esas pequeñas instrucciones domésticas que, según la señorita Whitcomb, Harrow usaba para indicar lugares sin parecer que indicaba nada.
La mirada de Vale se estrechó un poco.
—Clara conserva buena memoria.
—Las heridas suelen encargarse de eso.
—No sé a qué se refiere.
—Señor Vale, si vuelve a fingir ignorancia de forma tan poco artística, me obligará a perder respeto por su oficio.
Vale se acomodó en la silla.
—Harrow usaba muchas fórmulas. Era parte de su sistema.
—¿Sistema?
—No todos sus documentos estaban en cajas fuertes. Ni en despachos. Ni en manos de abogados. A veces ocultaba cosas en lugares vulgares: lavaderos, despensas, carboneras, armarios de servicio. Cuanto más humilde el lugar, menos probable que una persona importante ensuciara sus guantes buscándolo.
—Una teoría excelente de la clase social —dijo Delacroix—. Y bastante práctica.
—Victor no era culto, pero sí práctico.
—El crimen ha producido grandes autodidactas.
Reed apoyó una mano sobre la mesa.
—¿Qué significa “aireada junto a caldera”?
—Depende del contexto.
—El contexto es una manta que pudo matar a un detenido.
Vale dejó de sonreír.
—No sé nada de ninguna manta.
—Eso está por verse.
—No maté a Harrow.
—Curioso —dijo Delacroix—. Nadie se lo ha preguntado todavía.
Vale se volvió hacia él.
—Pero pensaba hacerlo.
—Sí. Y usted pensaba negarlo. Hemos avanzado con admirable economía.
Reed sacó la hoja encontrada en el cuarto de lavado y la puso sobre la mesa. La anotación falsa destacaba entre el resto de la lista.
Vale la miró.
Su rostro no cambió bastante. Solo lo necesario.
—¿La reconoce? —preguntó Reed.
—No.
—Señor Vale.
—Reconozco el estilo, no la letra.
—¿De Harrow?
—Sí.
—Pero no la escribió él.
—No.
—¿Quién pudo escribirla?
Vale alzó los ojos.
—Cualquiera que conociera su sistema.
Delacroix suspiró.
—Otra vez cualquiera. Esa pobre palabra está haciendo horas extra en Blackwell Yard.
—No puedo ofrecerle un nombre solo para complacerlo.
—Naturalmente. Prefiere reservar los nombres para cuando puedan ofrecerle algo a cambio.
Vale sonrió, pero sin alegría.
—Uno aprende.
—Sí. Lo deplorable es que aprenda precisamente eso.
Reed señaló la hoja.
—Esta anotación permitió que una manta concreta fuera tratada de manera distinta. Alguien la preparó. Alguien la colocó arriba del armario. Bell la entregó a Harrow.
—Entonces hablen con Bell.
—Bell no sabía nada.
—Eso dicen todos los hombres sencillos cuando han hecho algo complicado sin entenderlo.
Delacroix se acercó a la mesa.
—Señor Vale, usted estuvo ayer cerca de la puerta de servicio.
Vale no respondió.
—La señora Briggs vio a un hombre elegante en el patio. Abrigo oscuro. Sombrero. No parecía policía. Hablaba con alguien de uniforme.
—La señora Briggs tiene mucha imaginación.
—No. Tiene bastante mal genio. Suele ser más fiable.
—Ayer vine a Blackwell Yard.
Reed se tensó.
—¿A qué hora?
—Al anochecer.
—Harrow aún no había muerto.
—Como suele ocurrir con las personas antes de morir, inspector.
—No juegue conmigo.
—No juego. Respondo.
Delacroix se apoyó ligeramente en el bastón.
—¿Por qué vino?
Vale cruzó las piernas.
—Harrow me envió un mensaje.
—¿Desde dónde?
—Desde la calle. Antes de ser detenido.
—¿Qué decía?
—Que si las cosas se torcían debía acercarme a Blackwell Yard y asegurarme de que cierto paquete saliera del edificio.
Reed se inclinó.
—¿Qué paquete?
—No lo sé.
—Está mintiendo.
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
—Significa que Harrow rara vez explicaba el contenido de sus paquetes. Explicaba su valor. No era lo mismo.
Delacroix lo observó.
—¿Y dónde debía estar ese paquete?
Vale tardó.
—Junto al lavadero.
Reed golpeó la mesa con la palma.
—Maldita sea.
Vale no se sobresaltó.
—No lo encontré.
—¿Entró en el edificio?
—No.
—¿Quién lo recibió?
—Nadie.
—La señora Briggs lo vio hablar con un hombre de uniforme.
—Entonces quizá la señora Briggs debería hablar menos mientras friega.
Reed avanzó hacia él.
—Nombre.
Vale lo miró.
—No vi su cara.
—Nombre.
—No lo sé.
—Nombre.
Vale perdió un poco de color.
—Wilkes.
La palabra quedó en la sala, pesada y poco elegante.
Delacroix no se movió.
—¿El sargento Wilkes?
—Creo que sí.
—Creer no es saber.
—Era corpulento. Uniforme. Voz áspera. Me dijo que me marchara.
—¿Lo llamó por su nombre?
—No.
—¿Usted a él?
—Tampoco.
—Entonces ¿por qué cree que era Wilkes?
Vale apretó los labios.
—Porque lo conozco de antes.
Reed alzó la vista.
—¿De Margaret Whitcomb?
—De esa época, sí.
—Wilkes era agente raso.
—Y muy celoso de su uniforme. La clase de hombre que cree que la decencia puede ponerse por la mañana junto con las botas.
Delacroix ladeó la cabeza.
—Parece conocerlo con cierto disgusto.
—Wilkes me golpeó una vez.
—¿Por qué?
—Porque pensó que yo había llevado un mensaje de Harrow a Margaret.
—¿Lo había hecho?
Vale sonrió apenas.
—Sí.
Reed lo agarró por la solapa antes de que Delacroix pudiera levantar el bastón.
La silla chirrió.
Vale no se defendió. Solo miró a Reed con una calma pálida.
—Inspector, si va a pegarme por pecados de hace veinte años, tendrá que ponerse a la cola.
Delacroix apoyó una mano sobre el brazo de Reed.
—Malcolm.
Reed no lo soltó.
—Usted ayudó a Harrow a destruirla.
Vale sostuvo su mirada.
—Yo llevé un sobre. Tenía veintidós años, deudas y la cobardía corriente de los hombres que descubren tarde que obedecer a un canalla también es elegir.
Reed lo soltó con brusquedad.
Vale se acomodó la chaqueta.
—Gracias.
—No me agradezca nada —dijo Reed.
—No lo hacía por usted. Era por la tela.
Delacroix lo observó con renovado desagrado. Había hombres que usaban el cinismo como escudo. Vale lo usaba además como espejo: obligaba a los demás a ver cuánto deseaban golpearlo.
—Volvamos a ayer —dijo.
Vale se pasó un dedo por la solapa, alisando la arruga.
—Llegué por la puerta de servicio porque Harrow me lo indicó así. Esperé en el patio. Un hombre de uniforme apareció y me dijo que no había ningún paquete. Que si insistía en rondar por allí, acabaría encerrado junto a mi amigo.
—¿Usó la palabra amigo?
—Sí.
—¿Y usted se marchó?
—Sí.
—Qué obediente.
—No soy valiente, monsieur Delacroix. Procuro no fingir lo contrario salvo cuando conviene a mis honorarios.
—Otra confesión limitada. Está usted generoso.
Vale lo miró.
—No maté a Harrow. Y tampoco preparé ninguna manta.
—Pero conocía el código.
—Sí.
—Y Harrow esperaba sacar algo del lavadero.
—Sí.
—Y ese algo no estaba.
—No.
—O usted lo encontró y ahora nos entretiene.
Vale sonrió otra vez.
—Si lo hubiera encontrado, no estaría aquí.
—No subestime su vanidad. Algunos hombres regresan a la escena de su inteligencia del mismo modo que los asesinos regresan a la escena del crimen.
—¿Me cree inteligente?
—Lo bastante para resultar peligroso y no lo bastante para resultar admirable.
Vale aceptó el golpe con una inclinación mínima.
Reed tomó la hoja de la mesa.
—¿Qué pudo esconder Harrow en el lavadero?
—Papeles. Una copia. Una llave. Una instrucción.
—¿Veneno?
Vale lo miró.
—No.
—Ha respondido demasiado deprisa.
—Porque Harrow no era un envenenador. Era un vendedor.
—Una cosa no excluye la otra.
—Sí, en su caso. Harrow no mataba clientes. Los mantenía vivos para seguir cobrándoles.
Delacroix se quedó pensativo.
Aquello sonaba desagradablemente cierto.