Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 11 — La doctora Vance #3
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Capítulo 11 — La doctora Vance #3

La señora Briggs estaba allí, estrujando un trapo con expresión de guerra.

—Otra vez ustedes —dijo.

—Nos echa de menos con mucha rapidez —respondió Delacroix.

—Yo no echo de menos ni a mi difunto marido, y eso que al menos sabía arreglar una silla.

Reed se acercó.

—Necesitamos saber qué mantas se lavaron ayer.

La mujer señaló una mesa.

—Las que están anotadas ahí. Pregúntenle a la señorita Whitcomb, que ella hizo la lista como si fuéramos a presentar las mantas ante la reina.

Delacroix tomó la hoja.

Era una lista sencilla: número de mantas retiradas del depósito, estado, destino. Algunas marcadas como húmedas. Otras como secas. Dos con franja azul.

Una anotación llamó su atención.

Azul 2 — aireada junto a caldera. Bajar sótano.

—¿Quién escribió esto?

La señora Briggs se acercó, secándose las manos en el delantal.

—Yo no.

Crawley tragó saliva.

—Yo tampoco.

Reed miró la letra.

No era la de Clara.

O no parecía.

Era más torpe, más redonda, como escrita deprisa por alguien que intentaba imitar una mano administrativa sin conseguirlo del todo.

—¿Clara hizo la lista? —preguntó Reed.

—La empezó —dijo Briggs—. Luego la dejó ahí. Subió al archivo. Yo seguí con lo mío. El chico entró y salió. Wilkes también pasó a protestar por la celda dos. Mason vino por jabón. Aquí entra medio mundo cuando nadie debería entrar.

Delacroix miró la anotación.

Aireada junto a caldera.

—¿Se aireó esa manta junto a la caldera?

Briggs frunció el ceño.

—No.

—¿Está segura?

—Si hubiera puesto mantas junto a la caldera, lo recordaría. No me gusta hacerlo. Se quedan tiesas y luego se quejan de que raspan.

Bell había dicho rígida.

Más seca.

A limpio.

Delacroix miró la caldera.

Estaba apagada, pero aún conservaba restos de ceniza y calor antiguo. Junto a ella había una pequeña repisa con jabón, cepillos, un frasco vacío y una botella sin etiqueta.

—¿Qué es eso? —preguntó.

Briggs siguió su mirada.

—Nada mío.

Reed tomó la botella con un paño.

Estaba vacía. Olía débilmente a algo seco, penetrante, difícil de situar bajo el jabón y la humedad.

Vance sabría más.

Delacroix no necesitaba saber el nombre. Al menos no todavía.

Necesitaba saber quién había colocado una botella sin etiqueta en un cuarto de lavado, quién había escrito una anotación falsa en una lista empezada por Clara Whitcomb y quién había conseguido que una manta demasiado seca, demasiado limpia y demasiado rígida acabara sobre el pecho de Victor Harrow.

—Señora Briggs —dijo—, cuando vio la manta de franja azul, ¿estaba ya junto a la caldera?

—No.

—¿Dónde estaba?

—En la mesa. Con las otras secas.

—¿Quién pudo moverla?

La mujer soltó un bufido.

—Otra vez la misma pregunta.

—Me temo que sí.

—Cualquiera.

—Empiezo a odiar esa palabra.

—Pues odie también esta comisaría, señor. Aquí todo lo que importa lo puede tocar cualquiera hasta que algo sale mal. Entonces resulta que nadie tocó nada.

Delacroix miró a Reed.

—La señora Briggs acaba de decir la verdad más limpia de la mañana.

Reed sostuvo la botella vacía.

—Esto pudo preparar la manta.

—Sí.

—¿Y la anotación falsa hizo que pareciera parte del proceso?

—Sí.

—La lista la empezó Clara.

—Sí.

—Pero la anotación no es suya.

—Eso parece.

La señora Briggs se cruzó de brazos.

—Yo no sé de letras finas, pero la señorita Whitcomb no escribe como un pato cojo.

Delacroix casi sonrió.

—Una valoración caligráfica contundente.

Reed guardó la botella en una bolsa improvisada.

—Hay que llevar esto a Vance.

—Y la lista.

Delacroix se acercó a la mesa.

Había una pequeña mancha seca en la madera, apenas visible, cerca de donde la lista indicaba que estuvo la manta azul. Pasó un dedo enguantado cerca, sin tocar.

—Y una muestra de esto.

Reed llamó a Crawley.

El joven parecía al borde del colapso.

—Agente, ¿vio esta botella ayer?

Crawley negó con demasiada rapidez.

—No.

—Mírela bien.

—No la vi.

—¿Quién estuvo aquí cuando usted bajó las mantas?

—La señora Briggs. Mason pasó. Wilkes pasó.

—¿Clara?

—Al principio.

—¿Vale?

Crawley parpadeó.

—¿El señor Vale?

—Sí.

—No. No que yo viera.

La señora Briggs soltó un sonido.

Delacroix se volvió hacia ella.

—Señora Briggs.

—Yo no he dicho nada.

—Lo sé. Esa ha sido la parte interesante.

La mujer apretó los labios.

—Vi a un hombre en el patio.

Reed se tensó.

—¿Cuándo?

—Ayer al anochecer. Antes de que trajeran a Harrow o por ahí. No sé. Yo estaba con el lavado. Lo vi por la ventana.

—¿Quién?

—No le vi bien la cara.

Delacroix suspiró.

—Londres debería prohibir las frases que empiezan así.

—Llevaba abrigo oscuro y sombrero. Muy fino. No parecía policía.

—¿Vale?

Briggs dudó.

—Quizá.

—¿Entró?

—No lo vi entrar. Estaba hablando con alguien cerca de la puerta de servicio.

—¿Con quién?

La señora Briggs miró a Crawley.

El joven se quedó blanco.

—No.

Reed giró hacia él.

—Crawley.

—No era él —dijo Briggs—. No exactamente.

Delacroix entornó los ojos.

—Señora.

—Era alguien de uniforme. No vi la cara. Solo el brazo. La manga.

Reed respiró hondo.

—Podía ser cualquiera.

Briggs lo miró con cansancio.

—Sí, inspector. Ése es el problema de los uniformes. Que desde lejos todos parecen inocentes de lo mismo.

Delacroix miró por la ventana hacia el patio.

La niebla se movía lentamente entre los muros.

Un hombre elegante. Un policía. Una puerta de servicio. Una botella sin etiqueta. Una anotación falsa en una lista empezada por Clara. Una manta preparada.

El caso ya no señalaba solo a la archivista.

Empezaba a abrir una segunda puerta.

Y esa puerta, pensó Delacroix, quizá no conducía al pasado de Margaret, sino al presente de alguien que había usado ese pasado como pantalla.

Reed habló en voz baja:

—Vale.

Delacroix siguió mirando la niebla.

—Quizá.

—¿Y el policía?

—Quizá quien le permitió acercarse.

—Wilkes. Crawley. Ashford. Cualquiera.

Delacroix cerró los ojos un instante.

—Ahí está otra vez esa palabra.

Cuando los abrió, vio en el cristal empañado el reflejo parcial de Clara Whitcomb.

Estaba en la puerta del cuarto de lavado.

Nadie la había oído llegar.

Tenía la mirada fija en la lista.

—Esa anotación —dijo.

Su voz sonó muy baja.

Delacroix se volvió.

—¿La reconoce?

Clara entró despacio.

—No la letra.

—¿Entonces?

Ella señaló la frase.

Aireada junto a caldera.

—La expresión. “Aireada junto a caldera”. Así no hablamos aquí.

Reed frunció el ceño.

—¿Quién habla así?

Clara miró a Delacroix.

—Victor Harrow.

El cuarto quedó en silencio.

Delacroix sintió, por primera vez desde que había visto el cadáver, que Harrow acababa de reírse de ellos desde un lugar muy cercano.

—Explíquese —dijo.

Clara no apartó la vista de la nota.

—Cuando quería que algo pareciera doméstico, inocente, de servicio, usaba frases así. Las oí en el asunto de Margaret. “Guardado junto a cocina”. “Dejado cerca de despensa”. “Aireado en patio”. Era su manera de marcar instrucciones sin que parecieran instrucciones.

Reed miró la lista.

—¿Está diciendo que Harrow escribió esa anotación?

—No. La letra no es suya.

—Pero alguien usó su código.

Clara asintió.

Delacroix observó la botella, la mancha, la lista.

Si aquello era cierto, la manta no solo había sido preparada. Había sido preparada siguiendo una instrucción codificada de Harrow.

O imitando su método.

Y eso abría una posibilidad mucho más desagradable:

Victor Harrow quizá había preparado una trampa para otra persona.

Y alguien la había vuelto contra él.

Delacroix tomó la lista con cuidado.

—Inspector —dijo—, necesitamos hablar con Edmund Vale otra vez.

Reed asintió.

Clara bajó la voz:

—Él conocía esas frases.

—¿Vale?

—Sí.

—¿Por qué?

Clara miró hacia la ventana, hacia la niebla y el patio.

—Porque hace veinte años era el hombre que llevaba los mensajes de Harrow.

Delacroix sostuvo la lista entre los dedos.

La manta ya no era solo una manta.

Era una carta escrita en tela.

Y, como todas las cartas de Victor Harrow, tal vez había sido enviada para destruir a alguien distinto del destinatario.