Capítulo 11 — La doctora Vance #2
El inspector tenía la mandíbula rígida. La caja encontrada en el archivo pesaba sobre él, aunque ya no estuviera allí. El nombre de su padre había entrado en la investigación como entra la humedad en las paredes: despacio, sin pedir permiso y con intención de quedarse.
—Malcolm —dijo Delacroix en voz baja.
Reed no levantó la vista.
—Ahora no.
—Precisamente ahora.
El inspector firmó otra etiqueta.
—Mi padre no mató a Harrow.
—Sería difícil, salvo que la muerte haya decidido ampliar sus servicios.
Reed lo miró con irritación.
—No estoy de humor.
—Lo sé. Por eso intento impedir que piense con el humor.
Reed dejó la pluma.
—Mi padre pudo haber encubierto algo hace veinte años. O pudo haber obedecido una orden de un magistrado. O pudo haber cometido un error. Pero nada de eso cambia que Harrow murió anoche.
—Al contrario. Quizá lo cambia todo.
—¿Por qué?
—Porque Harrow no murió solo por lo que sabía del presente. Murió también por lo que podía resucitar del pasado. Y el pasado, inspector, tiene una ventaja enorme sobre los vivos: no se cansa de esperar.
Reed miró hacia la puerta.
—Clara.
—Quizá.
—No la defienda.
—No la defiendo. Me niego a aceptar el papel que Harrow escribió para nosotros.
—¿Y si el papel es cierto?
—Entonces llegaremos a ella por nuestras propias razones, no por las migas que dejó un chantajista.
Reed guardó silencio.
Vance terminó de retirar la manta superior. Al hacerlo, el cuerpo de Harrow quedó más expuesto. Pareció más pequeño. La manta, de algún modo, le había dado volumen moral, como si la sospecha pudiera abrigar incluso a los muertos.
—Ya pueden trasladarlo —dijo.
Mason y otro agente prepararon la camilla.
Bell se apartó, incapaz de mirar. Pike, desde la celda cuatro, no dijo nada. Ese silencio resultó casi elegante por comparación con sus intervenciones anteriores.
Mientras levantaban el cuerpo, algo cayó al suelo.
Un sonido mínimo.
Metálico.
Delacroix levantó una mano.
—Deténganse.
Todos quedaron inmóviles.
El objeto había caído junto a la pata del catre. Era pequeño, oscuro, casi confundido con la piedra. Reed se agachó.
—No lo toque —dijo Vance.
Reed se detuvo.
Delacroix se inclinó.
Era un botón.
No. No exactamente.
Una pieza pequeña, redonda, de nácar oscuro, con restos de hilo todavía adheridos. Podía pertenecer a una camisa. A un chaleco. A una manga. A la ropa de Harrow, quizá. Pero no parecía coincidir con los botones visibles de su camisa, que eran claros y más pequeños.
Vance lo recogió con pinzas.
—¿Estaba bajo el cuerpo? —preguntó Reed.
—O entre la manta y el cuerpo —dijo Delacroix.
La doctora lo guardó en un sobre.
—Lo revisaré.
Bell miró desde la sala.
—Eso no es mío.
—Nadie se lo ha atribuido —dijo Reed.
—Pero lo harán.
Delacroix no apartó la vista del sobre.
Un botón bajo el cadáver podía ser muchas cosas: resto de una prenda anterior, basura de celda, pista falsa, accidente. Pero los botones tenían una característica útil: pertenecían a algo que alguna vez estuvo cerrado.
Y en una novela de puertas, pensó Delacroix, hasta los botones merecían sospecha.
—Revisen la ropa de Harrow —dijo a Vance.
—Lo haré arriba.
—Y la de Bell.
Bell palideció.
—La mía…
—También la de Wilkes, Crawley, Briggs, Ashford, Reed, Clara Whitcomb y Edmund Vale si sigue respirando cerca de esta comisaría.
Vance arqueó una ceja.
—¿Desea que revise a medio Londres?
—Solo a la mitad que parece disfrutar de este cadáver.
Reed hizo una anotación.
—El botón puede ser antiguo.
—Sí.
—Puede no tener relación.
—Sí.
—¿Entonces?
Delacroix miró la celda, ahora casi desnuda.
—Entonces lo trataremos con el mismo respeto que a todas las cosas que quizá no importan. Son las que suelen vengarse mejor.
El cuerpo fue retirado al fin.
Cuando Harrow salió de la celda tres, cubierto ahora por una sábana limpia, el lugar pareció aún más pobre.
Sin cadáver, la celda quedaba reducida a piedra, hierro, humedad y una ausencia incómoda.
Delacroix siempre encontraba revelador ese momento.
Los lugares donde ha habido un muerto tardan en recordar que son lugares.
Durante un rato siguen siendo una pregunta.
La doctora Vance subió con las muestras y el cuerpo, escoltada por Mason.
Reed permaneció abajo con Delacroix.
Bell seguía sentado junto a la mesa de guardia, agotado. Crawley, rígido, fingía leer el libro de llaves sin mover los ojos.
Desde la celda cuatro, Arthur Pike habló por fin:
—¿Ya puedo respirar?
Delacroix se acercó.
—¿Había dejado de hacerlo?
—Me pareció prudente. Cada vez que alguien respira aquí, ustedes lo convierten en pista.
—La prudencia le sienta mejor de lo que esperaba.
—No se acostumbre.
Delacroix abrió la mirilla.
Pike estaba sentado en el catre, con los codos apoyados en las rodillas. Ya no sonreía.
—Vio u oyó algo más —dijo Delacroix.
—No.
—Sí.
—No.
—Señor Pike, hay mentiras que uno dice para salvarse y mentiras que uno dice por costumbre. La suya acaba de sonar a la segunda categoría, que es menos noble.
Pike se frotó la cara.
—No quiero meterme en esto.
—Está detenido en la celda contigua a un asesinato bajo custodia. Permítame comunicarle una mala noticia: ya está dentro.
Pike miró hacia la puerta.
—Harrow dijo algo después de recibir la manta.
Reed se acercó.
—¿Qué?
—No lo entendí bien.
—Dígalo.
—Habló solo. O eso parecía. Dijo: “Muy fino”. O “muy frío”. No sé. Algo así.
Delacroix entornó los ojos.
—¿Muy fino?
—Quizá. Estaba lejos. La pared distorsiona.
—¿Pudo decir “muy limpio”?
Pike pensó.
—Puede ser.
Bell levantó la cabeza.
—Yo dije que olía a limpio.
Delacroix miró a Bell, luego a Pike.
Muy fino. Muy frío. Muy limpio.
Tres posibilidades. Una sola frase deformada por piedra, miedo y memoria.
—¿Lo dijo con rabia? —preguntó.
—No. Con… sorpresa.
—¿Sorpresa buena o mala?
—Con Harrow todo sonaba mal.
—Inténtelo.
Pike cerró los ojos.
—Como si hubiera notado algo. Como si reconociera algo.
Reed frunció el ceño.
—¿Algo en la manta?
—No lo sé.
Delacroix se quedó quieto.
Si Harrow había reconocido algo en la manta, podía tratarse de un olor, una textura, una marca. Algo que le resultara familiar. Algo que quizá no lo alarmó lo suficiente. O algo que sí lo alarmó, pero demasiado tarde.
—¿Dijo algo más? —preguntó.
Pike abrió los ojos.
—Sí.
—¿Qué?
—Se rio.
Bell se estremeció.
—No oí ninguna risa.
—Fue baja —dijo Pike—. Una risa corta. Después tosió.
—¿Y la respiración rara vino después?
—Sí.
Delacroix apoyó la mano en el marco de la puerta.
—¿Cuánto después?
—No sé. Un rato.
—Señor Pike.
—No sé, maldita sea. Media hora. Una hora. El tiempo en una celda es un animal borracho.
La frase era buena. Delacroix la habría apreciado más en circunstancias distintas.
—¿La risa le pareció de miedo?
—No.
—¿De burla?
—Sí. Quizá.
—¿Harrow se burlaba de alguien?
Pike tragó saliva.
—Dijo un nombre.
Reed se tensó.
—¿Qué nombre?
—No estoy seguro.
Delacroix sostuvo la mirada de Pike a través de la mirilla.
—No se esconda ahora.
Pike bajó la voz.
—Dijo “Margaret”.
El sótano entero pareció quedar suspendido.
Bell murmuró algo incomprensible.
Reed cerró los ojos.
Delacroix no se movió.
—¿Está seguro?
Pike apretó la mandíbula.
—No. Pero creo que sí.
—¿Lo dijo antes o después de reír?
—Después. Creo.
—¿Cómo?
Pike buscó las palabras.
—Como si acabara de entender una broma privada. Una broma de ésas que solo disfruta el que debería estar avergonzado.
Delacroix cerró la mirilla despacio.
La manta.
El olor a limpio.
La frase confusa.
La risa.
Margaret.
Aquello podía señalar a Clara con una fuerza casi grosera.
O podía haber sido diseñado para hacerlo.
Reed habló en voz baja:
—Si Harrow dijo Margaret al tocar la manta…
—Sí.
—Entonces la relacionó con ella.
—O con algo que ella representaba.
—Clara.
Delacroix lo miró.
—Inspector, el camino hacia Clara se está iluminando demasiado bien. Empieza a parecer una calle preparada para una procesión.
—Pero quizá es la calle correcta.
—Quizá.
Reed golpeó suavemente la pared con el puño.
—Maldita sea, Delacroix. ¿Cuántas señales necesita?
—Las suficientes para distinguir una señal de un cartel puesto por el asesino.
Bell habló desde la mesa:
—La señorita Whitcomb no haría eso.
Nadie le respondió.
Porque nadie podía saberlo.
Delacroix se acercó al armario de mantas. Ahora estaba abierto, con las restantes dobladas dentro como animales sumisos. Tomó aire cerca de ellas, sin acercarse demasiado.
Humedad.
Lana vieja.
Nada limpio.
La manta de Harrow había olido distinto.
Eso ya no era solo una observación de Bell. Harrow lo había notado. Tal vez Pike lo había oído. Vance había detectado una sombra en el paño.
Una sustancia aplicada. Un lavado particular. Un tratamiento. Algo que no pertenecía al depósito.
—Crawley —dijo.
El agente se enderezó.
—Sí, señor.
—¿Dónde está el cuarto de lavado?
—Arriba, por la escalera de servicio. Detrás del patio.
—Llévenos.
Reed tomó su sombrero, aunque estaban dentro.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Y Bell?
—Que no se mueva.
Bell soltó una risa triste.
—No pensaba hacerlo.
Delacroix miró a Crawley.
—Y usted, agente, procure recordar si la manta de franja azul pasó por sus manos antes o después de estar en el cuarto de lavado.
Crawley asintió con una rigidez casi dolorosa.
Subieron por la escalera de servicio. Era estrecha, mal iluminada y olía a jabón barato, carbón y agua estancada.
A mitad de camino había una ventana pequeña que daba al patio interior, donde la niebla se acumulaba entre muros como si Londres hubiera decidido guardar allí lo que sobraba de la mañana.
El cuarto de lavado estaba al fondo de un corredor bajo.
Era una habitación larga, con pilas de piedra, cubos, una caldera apagada, cuerdas cruzadas de pared a pared y varias mantas colgadas, todavía húmedas. El aire era más cálido que en el sótano, pero no más agradable. Olía a jabón, vapor viejo y lana.