Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 11 — La doctora Vance
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Capítulo 11 — La doctora Vance

La doctora Eleanor Vance no parecía una mujer fácil de impresionar.

Aquello, en una sala con un cadáver, una manta sospechosa y tres hombres intentando no parecer demasiado alarmados, resultaba una virtud muy útil.

Había médicos que se enamoraban de sus propias explicaciones con una facilidad casi poética.

Vance, por fortuna, parecía pertenecer a otra especie: la de quienes desconfían tanto del cuerpo humano como de los hombres que esperan respuestas rápidas de él.

—Necesito llevarlo arriba —dijo.

Delacroix seguía junto al catre.

Victor Harrow, bajo la manta gris con franja azul, había perdido ya toda participación en el debate, aunque no toda influencia. Los muertos tenían esa mala costumbre: dejaban de hablar, pero obligaban a todos los demás a hacerlo peor.

—Lo llevará —respondió Delacroix—. Pero antes quiero que observe la manta.

Vance lo miró como si acabara de pedirle que examinara la opinión política de una silla.

—Ya la he observado.

—Entonces obsérvela con rencor.

—¿Rencor?

—El rencor, doctora, tiene mala fama, pero mejora mucho la atención al detalle.

Reed se acercó al catre.

—¿Puede haber algo en la tela?

—Puede —dijo Vance—. Pero no me obliguen todavía a convertir un puede en una causa de muerte. No soy el superintendente Ashford.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Celebro la distinción.

La doctora abrió su maletín y sacó un par de guantes más finos, unas pinzas, varias bolsitas de papel y un pañuelo blanco. No lo hizo con dramatismo. Lo hizo con la precisión seca de quien había visto demasiados cuerpos para conceder al misterio más teatro del necesario.

—No toquen la manta con las manos desnudas —ordenó.

Reed retiró la mano de inmediato, aunque no había llegado a tocarla.

Delacroix lo notó, pero tuvo la delicadeza de no celebrarlo.

Vance levantó apenas un borde de la manta.

La tela era gruesa, áspera, con la franja azul cerca del extremo superior.

A simple vista no tenía nada extraordinario.

Era, precisamente, lo que la volvía peligrosa.

Las cosas vulgares disfrutaban de una ventaja inmensa en los crímenes: nadie esperaba que una manta, una taza, un abrigo o una llave vulgar se permitieran tener intención.

La doctora acercó la nariz, pero no demasiado.

—Hay un olor.

Reed se tensó.

—¿Cuál?

—No sabría decirlo. Algo seco. Amargo. Muy leve. Podría ser del depósito, del lavado, del cuerpo o de mi imaginación irritada por ustedes.

—La imaginación de una médica irritada merece respeto —dijo Delacroix.

—No tanto como para basar un informe en ella.

—Desde luego.

Vance tomó el pañuelo blanco y lo pasó con cuidado por una zona de la manta próxima a donde había estado el rostro de Harrow.

El paño quedó marcado con una sombra apenas visible, amarillenta o grisácea.

No era concluyente. En un sótano como aquel, casi todo podía manchar un pañuelo si se lo miraba con suficiente deseo de encontrar algo.

—Esto irá al laboratorio —dijo Vance.

—¿Cuánto tardará?

—Lo suficiente para que el superintendente se impaciente y la prensa invente tres versiones.

—Entonces tendremos que avanzar por medios menos civilizados.

—¿Deductivos?

—No abuse de la palabra. A veces solo significa mirar antes de opinar.

Vance guardó el paño.

—La irritación alrededor de la boca y la nariz es compatible con contacto prolongado con algo presente en la manta. También podría ser reacción a una sustancia en el aire, en el polvo, en el tejido o en cualquier objeto cercano a su rostro durante horas.

—¿Puede descartar muerte natural?

La doctora miró el cadáver.

—No todavía.

Reed soltó aire por la nariz.

—Doctora.

—Inspector, si quiere certezas rápidas, vaya a hablar con un periodista. Ellos las fabrican mientras uno se abrocha el abrigo.

Delacroix sonrió.

—Empiezo a preguntarme por qué no la conocí antes.

Vance no se molestó en responder.

Se inclinó sobre Harrow y separó con cuidado el cuello de la camisa. La marca fina, rojiza, continuaba de manera irregular hacia un lado, como si la tela hubiera rozado allí varias veces o como si algo impregnado en ella hubiera descansado contra la piel.

—Esta marca no estaba tan visible al principio —dijo—. O yo no la vi con esta claridad.

—¿Eso la preocupa? —preguntó Reed.

—Me preocupa más lo segundo que lo primero.

—¿Por qué?

—Porque significa que alguien quería que firmara una muerte ordinaria con luz mala, prisa institucional y un cadáver desagradable.

Delacroix miró a Reed.

—La doctora acaba de resumir media comisaría con admirable economía.

Vance alzó los ojos hacia él.

—No me use para sus frases, monsieur. Me fatigo bastante con mis propios pacientes.

—Mis disculpas.

—Aceptadas si se aparta un poco.

Delacroix se apartó.

Vance examinó la boca de Harrow, los labios, la lengua, los ojos. Hizo anotaciones breves. Después observó las manos.

—Hay fibras bajo las uñas.

—De la manta —dijo Reed.

—Probablemente.

—¿Intentó arrancársela?

—No necesariamente. Pudo sujetarla por frío. Pudo aferrarse a ella al sentirse mal. Pudo morir con los dedos cerrados sobre la tela.

—¿Y no pidió ayuda?

Vance guardó silencio.

Delacroix respondió por ella:

—Tal vez cuando quiso hacerlo ya no pudo.

La doctora miró al detective.

—Exacto.

Desde la sala de guardia llegó un sonido mínimo, como una silla movida por accidente. Bell seguía allí, custodiado por Crawley, aunque el joven agente parecía más nervioso que su vigilado. El guardia había escuchado cada palabra. Su rostro era de una palidez casi transparente.

—¿Puedo…? —dijo Bell.

Reed giró.

—No entre.

—No pensaba entrar. Solo… ¿Esa manta lo mató?

Nadie respondió de inmediato.

Bell miró a Delacroix.

—Yo se la di.

La frase no era una defensa. Era una condena íntima.

Delacroix salió de la celda y se acercó a él.

—Usted le dio una manta porque tenía frío.

—Y murió.

—También habría muerto si alguien hubiera logrado que usted le diera una taza envenenada, un cigarrillo preparado o una almohada llena de agujas. La culpa no se mide solo por la mano que entrega algo.

—La mía lo entregó.

—Sí.

Bell cerró los ojos.

—Dios mío.

—No se apresure a ofrecerse como sacrificio. Las instituciones aceptan con demasiada rapidez esa clase de regalos.

Bell abrió los ojos, húmedos.

—¿Cómo voy a explicarle esto a mi esposa?

Delacroix tardó un segundo.

—Con la verdad, si tenemos la suerte de encontrarla completa. Y con menos palabras de las que usará para castigarse usted por las noches.

Bell bajó la mirada.

Reed se acercó a ambos.

—Bell, necesito que piense. Cuando tomó la manta, ¿había algo en ella? ¿Polvo, manchas, humedad, olor?

—No lo sé.

—Piense.

—Estaba seca. Ya lo dije. Más seca que las otras.

—¿Caliente?

Bell frunció el ceño.

—No.

—¿Fría?

—No especialmente.

—¿Doblada de alguna forma distinta?

—No.

Delacroix intervino:

—¿Pesaba igual?

Bell lo miró, confundido.

—¿Pesaba?

—Las manos recuerdan pesos que la cabeza desprecia.

Bell cerró los ojos, intentando regresar a la noche.

—No sé. Quizá estaba más rígida.

—¿Rígida?

—Sí. Como si estuviera muy seca. O como si la hubieran aireado cerca del fuego.

Vance, desde la celda, levantó la cabeza.

—¿Cerca del fuego?

—No sé. Es una forma de decir.

—Las formas de decir suelen ser restos de memoria —dijo Delacroix—. ¿Olía a humo?

Bell abrió los ojos.

—No. No a humo. A limpio.

Reed frunció el ceño.

—¿A limpio?

Bell pareció avergonzado.

—Sí. Lo sé. Suena estúpido. Pero aquí abajo nada huele limpio. Esa manta olía… no sé… como si la hubieran lavado mejor. Por eso la cogí.

Delacroix miró a Vance.

La doctora no dijo nada, pero guardó aquella frase en su rostro.

A limpio.

En ciertos crímenes, pensó Delacroix, la limpieza era la forma más discreta de la suciedad.

—¿Quién lava las mantas? —preguntó.

Reed respondió:

—Servicio interno. A veces se envían fuera si hay demasiadas.

—¿Ayer?

Bell negó.

—No lo sé.

Crawley habló desde la pared:

—La señora Briggs dijo que algunas venían del cuarto de lavado. Las secas.

—¿Quién las recogió allí?

—Yo bajé una pila. Pero ya estaban separadas.

—Por Clara Whitcomb.

Crawley asintió.

—Y la señora Briggs.

—No intente repartir la culpa por educación —dijo Delacroix—. Limítese a repartir los hechos.

El joven tragó saliva.

—La señorita Whitcomb hizo la lista. La señora Briggs dobló. Yo bajé.

—¿En qué momento pudo alguien añadir algo a la manta?

—No lo sé.

—Piense.

—En el cuarto de lavado. En el depósito. En el armario. Mientras la bajábamos. Antes de que Bell la cogiera. Después no.

—Después no —repitió Delacroix.

La frase era importante.

Después no.

Harrow había recibido la manta directamente de Bell.

Si la manta era el instrumento, había sido preparada antes.

Y si había sido preparada antes, el asesino necesitaba saber que esa manta llegaría hasta Harrow.

No una manta cualquiera. Esa. La seca. La de arriba.

La que Bell elegiría porque Bell, a diferencia de la comisaría, conservaba una pequeña inclinación a aliviar el sufrimiento ajeno.

Delacroix volvió a la celda.

Vance estaba guardando muestras.

—Necesito la manta completa —dijo.

—La tendrá.

—Y la otra, la del catre.

—También.

—Y muestras de las mantas restantes del armario.

—Desde luego.

Vance lo miró con cierta ironía.

—Me alegra contar con su autorización en mi propio trabajo.

—La autorización es suya. La impertinencia, mía.

—Eso ya lo había notado.

Reed llamó a Mason para que trajera bolsas grandes de papel y etiquetas.

El agente obedeció con una diligencia nerviosa.

En pocos minutos, la celda tres dejó de parecer un lugar intacto y empezó a convertirse en una disección administrativa: manta superior, manta inferior, fibras, paño, notas, hora, firma.

Delacroix observó a Reed mientras firmaba cada etiqueta.