Capítulo 17 — La viuda que nunca enviudó #2
—¿Anillo? ¿Cicatriz? ¿Olor?
—Olor a… lavanda.
Delacroix se quedó quieto.
Reed lo miró.
—¿Lavanda?
Wilkes asintió.
—Muy leve. Como jabón viejo.
Clara.
O su entorno.
O una trampa deliberada para arrastrar su nombre incluso hasta allí.
Delacroix cerró los ojos un instante. El asesino tenía una verdadera pasión por indicar caminos.
Eso no era necesariamente torpeza. Podía ser arrogancia.
—¿Algo más? —preguntó.
Wilkes pensó.
—Tenía una tos seca. O fingía tenerla.
—Crowe tosía? —preguntó Reed.
—No lo recuerdo.
—¿Hargreaves?
—Hargreaves fumaba como una chimenea. Todos tosíamos alrededor de él.
Mason regresó desde el armario.
—Nada, inspector. No hay carpeta.
—La caja? —preguntó Reed.
—Vacía. Sin doble fondo, creo.
Delacroix se acercó a la caja. Era pequeña, de madera barata, con marcas interiores de haber contenido papeles doblados o quizás sobres. En el fondo había una hebra de hilo azul.
La tomó con pinzas.
—Interesante.
Reed se acercó.
—¿De las cartas de Margaret?
—Quizá. La cinta azul.
—O de la manta.
—También.
Wilkes cerró los ojos.
—Me usó.
Delacroix lo miró.
—Sí.
—Como a Bell.
—Con menos compasión.
—¿Por qué no me mató?
—Porque muerto servía menos.
Reed asintió lentamente.
—Vivo, Wilkes parece culpable, fugitivo, ocultador de pruebas y testigo poco fiable.
—Exacto —dijo Delacroix—. Un muerto habría exigido otro caso. Un Wilkes vivo y manchado sostiene mejor el primero.
Wilkes soltó una risa amarga.
—Magnífico.
—No se halague. La utilidad no siempre es mérito.
Desde abajo llegó una voz.
—¡Inspector!
Mason se asomó a la escalera.
—¿Qué ocurre?
El conductor gritó desde la entrada:
—Han encontrado algo en el callejón.
Bajaron con cuidado.
El callejón trasero estaba húmedo, estrecho y lleno de cajas rotas. La niebla se enredaba entre los muros. Junto a un desagüe había un pañuelo blanco, manchado de barro. No era de Wilkes. No era de Mason. Demasiado fino. Demasiado limpio para aquel lugar.
Delacroix se agachó.
En una esquina del pañuelo había unas iniciales bordadas.
E. V.
Reed lo miró.
—Edmund Vale.
—O Eleanor Vance —dijo Delacroix.
—La doctora?
—O Evelyn, si la viuda que nunca enviudó decide tener nombre propio. No regalemos el pañuelo al primer bolsillo disponible.
Mason tragó saliva.
—¿Lo dejamos?
—No. Lo recogemos con cuidado. Los pañuelos finos tienen una desagradable tendencia a querer ser encontrados.
Reed guardó el pañuelo en una bolsa.
Wilkes, apoyado en el marco de la puerta, lo vio.
—Ese no es del viejo.
—¿Por qué?
—No llevaba pañuelo. Tosía en el guante.
Delacroix se incorporó.
—Gracias.
—¿Eso ayuda?
—Ayuda a saber que alguien quería que encontráramos unas iniciales. Lo cual, en este caso, empieza a ser casi una firma de estilo.
Reed miró hacia el río invisible.
—Volvamos a Blackwell Yard.
—Sí.
—Wilkes viene con nosotros.
El sargento hizo una mueca.
—No pienso entrar esposado.
Reed lo miró.
—Entonces procure no caerse de culpable por el camino.
Wilkes aceptó el comentario con un gruñido.
Subieron al coche. Mason se sentó junto al conductor. Wilkes quedó frente a Delacroix, con la rodilla rígida y el rostro cerrado. Reed iba a su lado, mirando por la ventanilla.
Durante unos minutos, nadie habló.
Al fin, Delacroix se dirigió a Wilkes:
—¿Por qué escribió “Lázaro no debe abrirse”?
El sargento tardó en responder.
—Porque Michael Reed me lo pidió.
Reed giró hacia él.
—¿Mi padre?
—Antes de morir. Me dijo que, si alguna vez alguien intentaba abrir Lázaro sin estar dispuesto a soportar todo lo que saliera de ahí, lo impidiera.
—¿Y usted decidió ocultarlo todo?
—Decidí vigilarlo.
—Durante veinte años.
—Sí.
—Y no hizo nada.
Wilkes lo miró con una dureza cansada.
—Hice lo que hacen los hombres pequeños con secretos grandes, inspector. Cargarlos mal.
Reed no respondió.
Delacroix miró por la ventanilla.
La frase era buena. Terrible, pero buena.
Blackwell Yard apareció al final de la calle como una masa oscura detrás de la niebla. Al acercarse, vieron movimiento en la entrada. Más periodistas. Dos coches. Agentes nerviosos.
Algo había ocurrido.
Reed abrió la portezuela antes de que el coche se detuviera del todo.
Crawley salió a recibirlos.
—Inspector.
—¿Qué pasa?
El joven miró a Wilkes, luego a Delacroix.
—La señorita Whitcomb ha desaparecido.
Wilkes se incorporó de golpe, olvidando la pierna.
—¿Qué?
Reed lo sujetó.
—¿Cómo que ha desaparecido?
Crawley habló atropelladamente:
—Estaba en la sala de registros. Ashford pidió verla. Cuando fueron a buscarla, no estaba. La puerta de servicio del archivo estaba abierta. Y encontraron esto sobre su escritorio.
Le entregó una nota.
Reed la tomó.
Delacroix leyó por encima de su hombro.
La letra era limpia, correcta, conocida.
La de Clara.
No dejen que Bell cargue con esto.
No dejen que Walter me siga.
Hay verdades que solo pueden abrirse desde dentro.
Wilkes se quedó sin color.
—No.
Reed apretó la nota.
Delacroix no miró la puerta de la comisaría. Miró las ventanas superiores, la niebla, los pasillos que no veía, los archivos que respiraban detrás de la piedra.
Clara Whitcomb no había huido por miedo.
Había ido a abrir algo.
Y, por primera vez, Delacroix temió que llegara a tiempo.
Porque algunas verdades, cuando se abrían desde dentro, no dejaban salir a quien las había tocado.