Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 8 — La celda equivocada #2
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Capítulo 8 — La celda equivocada #2

—No todas las noches hay una revisión atrasada del depósito.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Cierto.

—Y si no hubiera separado esas mantas, ahora me preguntaría por qué dejé a los detenidos con mantas húmedas.

—Probablemente.

—Entonces, monsieur, permítame sugerirle que ser eficiente en una comisaría no debería convertirse automáticamente en una sospecha.

—En una comisaría donde todo lo ineficiente parece casual y todo lo eficiente acaba cerca del cadáver, comprenderá que me tome cierta libertad.

Clara sostuvo su mirada.

—La comprendo.

No dijo que la aceptara.

Delacroix salió de la celda dos.

—Agente Crawley, cuando llevó las mantas secas al armario, ¿cómo las colocó?

—No lo recuerdo.

—Piense.

—Dobladas. Una encima de otra.

—¿La de franja azul arriba?

Crawley dudó.

—Puede ser.

—¿Puede ser porque sí o puede ser porque teme decir que sí?

El agente bajó los ojos.

—Sí. Creo que sí. La de franja azul estaba arriba.

Bell, desde la sala de guardia, escuchaba con el rostro hundido.

—Yo cogí la de arriba —murmuró.

Delacroix no lo miró.

—¿Quién eligió que esa quedara arriba?

Crawley negó con la cabeza.

—Nadie. Yo solo las puse.

—¿En qué orden?

—Como me las dieron.

—¿Quién se las dio?

El joven volvió a mirar a Clara.

Clara habló antes de que él respondiera:

—Yo separé algunas. La señora Briggs dobló otras. El agente Crawley transportó la pila. No puedo decirle en qué orden exacto quedó cada una.

—No le he preguntado si podía. Todavía.

Ashford alzó la voz:

—Esto es ridículo. Estamos interrogando a una empleada porque una manta seca fue colocada encima de otras mantas.

Delacroix se volvió hacia él.

—No, superintendente. Estamos interrogando a una mañana entera porque esa manta seca llegó a manos de Harrow mediante una serie de casualidades tan educadas que empiezan a parecer presentadas en sociedad.

Desde la escalera llegó un sonido de pasos lentos.

El agente Mason apareció acompañado de una mujer corpulenta, de cabello gris recogido bajo un pañuelo negro y cara de pocos amigos.

Llevaba un delantal oscuro y las mangas arremangadas.

Tenía las manos rojas y agrietadas, como si hubiera fregado medio Londres y estuviera dispuesta a fregar la otra mitad con tal de que nadie le hiciera preguntas tontas.

—La señora Briggs —anunció Mason.

—Ya sé quién soy —dijo ella.

Delacroix sonrió.

—Una ventaja apreciable, señora. Muchos en esta casa empiezan a tener dificultades con eso.

La mujer lo miró de arriba abajo.

—¿Este es el francés?

—Depende del tono con que lo diga.

—Lo digo normal.

—Entonces sí.

Reed se adelantó.

—Señora Briggs, necesitamos preguntarle por la celda dos y las mantas.

—Claro. Porque un muerto aparece en una celda y la culpa acaba siendo de la mujer que limpia la porquería de todos.

—Nadie la acusa —dijo Reed.

—Todavía —añadió Delacroix.

La señora Briggs lo miró con cierta aprobación ruda.

—Al menos usted no viene con flores.

—Las flores se marchitan. Las sospechas, por desgracia, no siempre.

Ashford perdió la paciencia.

—Responda a las preguntas, Briggs.

La mujer se cuadró sin ninguna intención de parecer subordinada.

—Como guste, señor.

Delacroix señaló la celda dos.

—¿Limpió usted esa celda ayer?

—Sí.

—¿A qué hora?

—Por la tarde. Después de sacar al marinero que vomitó medio Támesis y una parte de Irlanda.

Crawley hizo una mueca.

—¿La cerradura funcionaba?

—A mí no me pagan por cerrar puertas.

—No, pero quizá la cerró.

—La puerta quedaba entornada mientras limpiaba. Después la cerré para que no entraran ratas.

—¿Con llave?

—No. La empujé.

—¿Notó algo extraño en la cerradura?

—No.

—¿Vio a alguien cerca de la celda después?

La señora Briggs miró alrededor.

—Aquí siempre hay alguien cerca de algo.

—Una frase filosófica, pero poco útil.

—Vi al sargento Wilkes. Vi al chico este con las mantas. Vi a la señorita Whitcomb subiendo y bajando con papeles. Vi al señor Harrow entrar haciendo ruido como si le estuvieran cobrando entrada por ir al infierno.

—¿Vio a una mujer junto a la celda dos antes de que Harrow bajara?

—¿Una mujer?

—Falda oscura.

La señora Briggs soltó una risa seca.

—Aquí casi todas las mujeres llevamos falda oscura. Es eso o venir vestidas de carnaval para alegrarles el día a los borrachos.

—¿Era usted?

—Puede.

—Una respuesta generosa.

—Fui al depósito por trapos. También bajé mantas. También subí cubos. También limpié una taza que algún caballero de uniforme dejó con té hasta criar vida propia. Hago muchas cosas, señor Delacroix.

—No lo dudo. Algunas quizá sean más importantes de lo que parecían.

Ella entrecerró los ojos.

—No maté a nadie.

—Hoy todo el mundo parece tener prisa por aclararlo.

—Porque usted mira como si estuviera midiendo ataúdes.

—Deformación profesional.

Reed señaló el armario.

—¿Quién colocó las mantas en el armario de abajo?

—El chico.

Crawley se ruborizó.

—Yo las llevé.

—¿Quién las eligió?

—La señorita Whitcomb separó las buenas. Yo doblé algunas. Las húmedas se quedaron arriba para airearlas.

—¿La manta de franja azul? —preguntó Delacroix.

La señora Briggs pensó.

—Había dos de esas.

—Una acabó en la celda de Harrow.

—Pues mala suerte para todos.

—¿Estaba limpia?

—Más limpia que otras.

—¿Más seca?

—Sí.

—¿Olor extraño?

La mujer lo miró como si acabara de preguntarle si rezaba antes de hablar con una escoba.

—Las mantas de calabozo huelen todas raro. A humedad, a lana vieja, a hombres que sudan miedo y ginebra barata. Si una no huele raro, es que acaba de llegar o la han robado de una casa mejor.

—¿Esta olía distinto?

—No me fijé.

—¿La tocó después de doblarla?

—No.

—¿Quién pudo tocarla?

—Cualquiera con manos.

—La precisión de Blackwell Yard empieza a ser legendaria.

La señora Briggs cruzó los brazos.

—Mire, señor, si alguien preparó esa manta, no lo hizo delante de mí. Yo puedo ser muchas cosas, pero ciega no. Y la señorita Whitcomb tampoco.

Clara levantó la vista hacia ella.

Fue un gesto breve, casi imperceptible. Gratitud o advertencia. Delacroix no logró decidirlo, y eso le desagradó.

—¿Tiene usted buena opinión de la señorita Whitcomb? —preguntó.

—La tengo mejor que de la mayoría.

—¿Por qué?

—Porque no trata a la gente como si fuera parte del mobiliario. Porque sabe dónde está cada cosa. Porque cuando mi hijo tuvo fiebre y yo no podía faltar, me cubrió medio turno sin decirlo a nadie. Porque no levanta la voz. Aquí casi todos los hombres creen que gritar es una forma de pensamiento.

Delacroix miró a Ashford.

—Una teoría extendida.

Ashford fingió no oírlo.

—¿Y de Bell? —preguntó Delacroix.

—Buen hombre. Demasiado blando para el sótano. Da mantas, té y lástima. Las tres cosas se pagan mal.

Bell bajó la cabeza.

La señora Briggs lo miró con una dureza que no era desprecio.

—Pero no mató a ese canalla.

—¿Por qué está tan segura?

—Porque Bell no sabría matar ni una cucaracha sin pedirle perdón a la viuda.

Pike, desde la celda cuatro, murmuró:

—Hermoso epitafio.

Reed golpeó la puerta.

—Pike.

—Perdón, inspector. Es que la señora tiene talento.

La señora Briggs alzó la voz hacia la celda:

—Y usted cállese, que todavía me debe dos botones de la última vez que le lavé el chaleco.

—Eso fue un malentendido textil.

—Fue robo, Arthur.

Delacroix observó aquella pequeña escena con atención.

En una comisaría, las relaciones subterráneas decían a veces más que los informes oficiales.

La señora Briggs conocía a todos desde abajo: manchas, olores, rutinas, miserias.

Esa clase de personas rara vez aparecía en los titulares, pero a menudo sabía dónde empezaban las mentiras.

—Señora Briggs —dijo—, ¿Victor Harrow la vio ayer?

—Sí.

—¿Le dijo algo?

—Me preguntó si seguía fregando suelos. Le dije que sí, y que algunos suelos eran más agradecidos que ciertos hombres.

—¿Lo conocía de antes?

—Todo el mundo conocía a Harrow.

—Esa frase se está volviendo un himno.

—Entonces será porque es verdad.

—¿Sabía lo de Margaret Whitcomb?

La mujer perdió parte de su rudeza.

Miró a Clara.

—Sí.

—¿Harrow la mencionó?

—No delante de mí.

—¿Vio la reacción de la señorita Whitcomb al reconocerlo?

—La vi ponerse muy quieta.

—¿Muy quieta?

—Sí. Como cuando una taza se cae y una sabe que va a romperse antes de que toque el suelo.

Clara cerró los ojos un instante.

Ashford murmuró:

—Basta.

Delacroix no se movió.

—¿Y después?

—Después siguió trabajando.

—¿Nada más?

—Eso es mucho, señor.

Delacroix aceptó la corrección.

—Sí. Lo es.

La señora Briggs fue autorizada a marcharse, aunque lo hizo con la expresión de quien concedía permiso al resto para seguir respirando.

Crawley quedó todavía más pálido.

Ashford miró el reloj.

—Son casi las once.

—Me alegra que al menos un reloj de la casa siga recibiendo atención —dijo Delacroix.

—A mediodía Bell será acusado formalmente.

Reed se volvió hacia él.

—No.

—Inspector.

—No mientras exista duda razonable.

—La duda razonable es un lujo cuando la prensa pide sangre.

Delacroix apoyó el bastón en el suelo con suavidad.

—Al contrario, superintendente. La duda razonable es lo único que impide que la prensa y la policía sean la misma cosa con distinto sombrero.

Ashford se acercó mucho a él.

—¿Tiene una alternativa?

—Sí.

—¿Cuál?

Delacroix señaló la celda dos.

—Alguien necesitaba que Harrow no durmiera ahí.

Alguien intervino la cerradura o fingió su fallo.

Alguien preparó una manta seca para que Bell la eligiera.

Alguien conocía la costumbre de Bell. Alguien sabía que la celda tres haría que Harrow pidiera abrigo.

Alguien no necesitaba abrir la puerta durante la noche porque ya había hecho entrar su crimen antes.

Ashford apretó la mandíbula.

—Eso no es una alternativa. Es una colección de sospechas.

—No. Es una ruta.

—¿Hacia quién?

Delacroix no miró a Clara.

Ese fue, precisamente, el detalle que hizo que todos pensaran en ella.

—Hacia quien conocía mejor la comisaría que los hombres convencidos de mandarla.

Clara bajó la vista.

Reed guardó silencio.

Bell, desde la mesa de guardia, parecía a punto de llorar o de rezar.

En ese momento, el agente Mason bajó de nuevo la escalera, agitado.

—Inspector Reed.

—¿Qué ocurre?

—El señor Vale ha vuelto.

Ashford cerró los ojos con fastidio.

—Dígale que espere.

—No viene solo, señor.

Reed frunció el ceño.

—¿Con quién?

Mason miró el periódico sobre la mesa, luego a Delacroix.

—Con un periodista. Dice que tiene pruebas de que Victor Harrow iba a denunciar a alguien de Blackwell Yard antes de morir.

El sótano pareció enfriarse aún más.

Ashford palideció de rabia.

Reed maldijo en voz baja.

Clara no se movió.

Delacroix miró de nuevo la celda dos, luego la tres, luego la escalera por donde la mentira pública acababa de encontrar el camino de entrada.

—Qué considerado por parte del señor Vale —dijo—. Justo cuando empezábamos a descubrir quién pudo preparar una celda, él viene a prepararnos un escándalo.

Y empezó a subir.