Capítulo 9 — Tinta fresca
Edmund Vale esperaba en el vestíbulo de Blackwell Yard como esperan los hombres que no tienen prisa porque ya han logrado incomodar a todos los demás.
Estaba de pie junto al mostrador, con el sombrero entre las manos, el abrigo negro perfectamente abrochado y una expresión de paciencia casi religiosa.
A su lado había un hombre más bajo, de mejillas hundidas, bigote irregular y ojos despiertos, demasiado despiertos.
Sostenía una libreta pequeña y miraba la comisaría con la felicidad contenida de quien acaba de encontrar una grieta en una pared respetable.
Delacroix reconoció la especie antes que el nombre.
Periodista.
No había que ser injusto con los periodistas.
Algunos eran hombres valientes, incluso necesarios.
Otros, por desgracia, habían descubierto que la verdad era menos rentable que su versión ligeramente despeinada.
El que aguardaba junto a Vale parecía pertenecer a una categoría intermedia: todavía no había vendido su alma, pero llevaba años negociando el precio con notable flexibilidad.
Ashford subió las escaleras del sótano con la cara encendida.
—Señor Vale —dijo—, le advertí que esperara.
Vale inclinó la cabeza.
—Y he esperado, superintendente. Con paciencia. Pero mi paciencia tiene obligaciones profesionales.
—Usted no tiene ninguna obligación aquí.
—Representaba intereses del señor Harrow.
—El señor Harrow está muerto.
—Precisamente. Sus intereses han perdido la capacidad de representarse solos.
El periodista dio un paso al frente.
—Ernest Pritchard, del London Evening Gazette.
Ashford lo miró con un desprecio que, para un periodista, probablemente equivalía a una invitación.
—Usted no está autorizado a estar aquí.
Pritchard sonrió.
—Eso me dicen con frecuencia en sitios donde luego resulta muy importante que alguien haya estado.
—Salga.
—Con mucho gusto, en cuanto el señor Vale termine de entregar lo que ha venido a entregar.
Reed llegó detrás de Delacroix y se detuvo al ver al periodista. Su rostro adoptó esa rigidez británica que permite a un hombre parecer tranquilo mientras imagina varios delitos razonables.
—¿Qué trae? —preguntó.
Vale miró a Delacroix, no a Reed ni a Ashford.
—Una precaución de Victor Harrow.
—Harrow parece haber tenido una admirable capacidad para tomar precauciones salvo contra su propia muerte —dijo Delacroix.
—No esté tan seguro.
Vale abrió una cartera de cuero y extrajo un sobre más pequeño que el anterior. Este no estaba lacrado. Era vulgar, doblado por las esquinas y ligeramente manchado, como si hubiera pasado por varios bolsillos antes de decidir convertirse en problema.
Ashford alargó la mano.
Vale no se lo entregó.
—No, superintendente. Esta vez prefiero que haya testigos.
Pritchard levantó la libreta con una sonrisa mínima.
—La transparencia es una virtud pública.
—La transparencia —dijo Delacroix— suele ser el nombre que dan los curiosos a mirar por la cerradura.
El periodista lo miró con interés.
—Monsieur Delacroix, supongo.
—Lamento resultar tan fácil de identificar.
—Su fama viaja.
—Qué desgracia. Siempre he preferido viajar solo.
Vale carraspeó con suavidad.
—El señor Harrow me entregó este sobre hace tres días. Debía abrirse si algo le ocurría mientras estaba bajo custodia o mientras negociaba cierta información con Blackwell Yard.
Ashford dio un paso hacia él.
—Eso es una invención.
—Quizá. Pero una invención escrita por un muerto tiene cierto encanto probatorio.
—Entréguelo.
—Al inspector Reed —dijo Vale.
La frase cambió algo en el aire.
Reed extendió la mano.
Vale le dio el sobre.
Delacroix observó ese detalle con atención. Si Vale quería perjudicar a Ashford, habría entregado el papel a Reed. Si quería perjudicar a Reed, también. Los gestos útiles tenían esa vulgaridad: servían a demasiadas posibilidades.
Reed abrió el sobre.
Dentro había una hoja arrancada de un cuaderno. La letra era la misma que la nota anterior, aunque aquí se advertía menos prisa y más intención.
Reed leyó en silencio.
Su expresión se tensó.
Ashford se impacientó.
—Lea.
Reed no lo hizo.
Delacroix extendió la mano.
—Permítame.
Reed dudó apenas antes de entregarle la hoja.
Delacroix leyó:
“Si Blackwell Yard decide que no debo hablar, busquen entre quienes más tienen que perder con mis papeles. Un guardia pobre será una respuesta cómoda. Pero no será la verdadera. Las cerraduras se vigilan mejor que las conciencias.”
Debajo había una línea más, separada del resto:
“M. R. sabe que tengo nombres.”
Delacroix levantó lentamente la mirada hacia Malcolm Reed.
El inspector no se movió.
Ashford vio la línea y pareció recuperar color, como un hombre que acaba de descubrir que el incendio puede trasladarse a otra casa.
—M. R. —dijo—. Malcolm Reed.
Pritchard escribió algo en su libreta.
Reed habló con voz baja:
—Harrow me escribió una nota la noche anterior a su detención. Dijo que tenía nombres. No fui a verlo.
—Eso ya nos lo contó —dijo Delacroix.
—No todo.
Ashford abrió los brazos.
—Magnífico.
—Cállese, Gerald —dijo Reed.
No lo dijo alto. No lo dijo con violencia. Pero el uso del nombre de pila hizo más daño que un grito. Ashford se quedó inmóvil.
Pritchard alzó la vista, encantado.
Delacroix dobló la hoja con cuidado.
—Inspector Reed, conviene que empiece a practicar esa virtud tan poco institucional de explicar las cosas antes de que otros las escriban por usted.
Reed miró al periodista.
—No aquí.
—Aquí precisamente —dijo Ashford—. Parece que el señor Harrow lo señaló.
—El señor Harrow señalaba personas como otros hombres reparten tarjetas de visita.
—M. R. —insistió Ashford.
Vale intervino con suavidad:
—Podría referirse a muchas cosas.
—Qué amable —dijo Delacroix—. Primero trae usted la cerilla y luego se inquieta por las cortinas.
El abogado sonrió.
—Solo deseo que el asunto sea tratado con imparcialidad.
—No. Desea que parezca tratado con imparcialidad mientras todos se acusan en público. Es distinto, aunque admito que viste casi igual.
Pritchard carraspeó.
—Monsieur Delacroix, ¿confirma usted que existe una nota del fallecido sugiriendo que un guardia pobre sería usado como chivo expiatorio?
Ashford giró hacia él.
—No confirma nada.
—Eso ya es una respuesta.
—No para publicar.
—Todas las respuestas lo son, superintendente. Algunas solo necesitan mejor puntuación.
Delacroix se acercó al periodista.
—Señor Pritchard, si publica antes de entender, quizá venda usted algunos ejemplares.
—Ese es mi oficio.
—No. Ese es su negocio. Su oficio, si todavía lo conserva en algún cajón, debería consistir en acercarse a la verdad sin pisotearla para llegar primero.
Pritchard sostuvo su mirada.
—La verdad también se pudre cuando las comisarías la guardan demasiado tiempo.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Touché.
El periodista pareció sorprendido de haber recibido aquella concesión.
—Entonces entenderá mi interés.
—Lo entiendo perfectamente. También entiendo el interés de los buitres. Eso no me obliga a ofrecerles cubiertos.
Reed tomó la hoja de nuevo.
—Vale, ¿por qué no entregó esto esta mañana?
—Porque esta mañana aún confiaba en que Blackwell Yard actuara con inteligencia.
—Qué fe tan breve.
—Y porque esperaba recuperar los documentos de Harrow sin necesidad de hacer ruido. Al comprobar que el señor Ashford había retenido el sobre lacrado y que el guardia Bell estaba a punto de cargar con todo, decidí que el ruido podía tener utilidad moral.
Delacroix lo miró con franca curiosidad.
—Señor Vale, ¿alguna vez dice usted algo sin envolverlo antes en celofán ético?
—Cuando me pagan lo suficiente, sí.
—Al menos conserva cierta sinceridad profesional.
Ashford arrebató la hoja de manos de Reed.
—Esto no prueba nada.
—Correcto —dijo Delacroix.
Todos lo miraron.
—¿Correcto? —repitió Ashford.
—No prueba nada. Señala. Sugiere. Ensucia. Harrow, incluso muerto, sigue ejerciendo su oficio.
Vale entornó los ojos.
—¿Y cuál era ese oficio?
—Sobrevivir a costa de que otros se pelearan con sus propias sombras.
Reed se volvió hacia Vale.
—¿Qué nombres tenía Harrow?
—No lo sé.
—No mienta.
—Inspector, si supiera los nombres, tendría un carruaje esperando fuera, una caja fuerte abierta y menos deseo de permanecer en una comisaría donde los detenidos mueren con tanta falta de discreción.
—Usted vino por el sobre lacrado.
—Vine por todo lo que Harrow llevaba encima.
—¿Por qué?
Vale guardó silencio por primera vez.
Delacroix sonrió apenas.
—Ahí está. Una pregunta decente.
Pritchard dejó de escribir.
Ashford observó a Vale con súbito interés.
El abogado bajó la mirada hacia su sombrero.
—Porque Harrow no trabajaba solo.
—Qué sorpresa tan moderada —dijo Delacroix.
—Había expedientes, copias, cartas, nombres. Él conservaba una parte. Yo otra. A veces sus víctimas también recibían fragmentos, para asegurarse de que pagaban. Era un sistema desagradable, pero eficaz.
—¿Era usted socio suyo?
—Odiaría emplear una palabra tan fea.
—Entonces emplearé yo una más bonita: cómplice.
Vale apretó los labios.
—En ocasiones fui su intermediario.
—Las ocasiones del señor Harrow se multiplican con una fertilidad admirable.
Reed dio un paso hacia él.
—¿Qué información iba a entregar Harrow?
—Algo sobre Blackwell Yard.
—Sea concreto.
—No puedo serlo.
—Puede intentarlo.
Vale miró al periodista y luego a Ashford.
—Harrow afirmaba que ciertos expedientes antiguos habían sido manipulados o retirados. Casos en los que personas útiles evitaron consecuencias y personas pobres las sufrieron en su lugar.
La frase impactó de lleno en la habitación.
Ashford levantó la barbilla.
—Eso es calumnia.
—Probablemente —dijo Vale—. Harrow era muy hábil con la calumnia. Pero también sabía apoyarla en una verdad mínima, como quien coloca una piedra bajo la pata de una mesa coja.
Reed bajó la voz.
—¿Margaret Whitcomb?
Vale se quedó inmóvil apenas un segundo.