Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 8 — La celda equivocada
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Capítulo 8 — La celda equivocada

El periódico descansaba sobre la mesa de guardia como un segundo cadáver.

Ashford lo había arrojado con tal violencia que una esquina se había doblado sobre el titular, pero no lo suficiente para ocultarlo. La tinta negra seguía allí, enorme, obscena en su seguridad:

MUERTE BAJO CUSTODIA EN BLACKWELL YARD

Delacroix siempre había admirado la audacia de los periódicos. Podían ignorar los hechos con la misma confianza con la que otros hombres ignoraban a sus esposas durante una cena larga: no por maldad inmediata, sino por costumbre y porque nadie los había castigado lo bastante por ello.

Ashford respiraba con fuerza.

—Esto es inaceptable.

—No sea injusto —dijo Delacroix—. La redacción es bastante competente.

El superintendente lo miró como si aquella frase mereciera un calabozo propio.

—Un hombre muere en mi comisaría, la prensa habla de brutalidad policial y usted se permite bromear.

—No bromeo, superintendente. Las bromas buscan aliviar la realidad. Yo solo intento que no se vuelva más estúpida.

Reed tomó el periódico y leyó el subtítulo. Su rostro no cambió, pero sus dedos apretaron el papel.

—¿Quién ha filtrado esto?

—Esa es la pregunta equivocada —dijo Delacroix.

Ashford golpeó la mesa con la palma.

—¡Por supuesto que no!

La voz rebotó contra las paredes del sótano. Desde la celda cuatro, Arthur Pike carraspeó con una prudencia inesperada.

Clara Whitcomb seguía al pie de la escalera, detrás del superintendente, con una carpeta contra el pecho.

La luz amarillenta de la lámpara le dejaba media cara en sombra.

Ya no parecía del todo invisible. O quizá Delacroix, que había empezado a mirarla de otro modo, le concedía ahora una presencia que siempre había estado ahí.

—Una filtración es molesta —dijo Delacroix—. Una celda cambiada es importante.

Ashford entrecerró los ojos.

—No pienso permitir que siga retrasando la acusación contra Bell.

—Qué lástima. Yo empezaba a apreciar nuestra colaboración.

—Bell mintió.

—Sí.

—Cerró los ojos durante su turno.

—Sí.

—Introdujo en la celda el único objeto nuevo que tocó Harrow antes de morir.

—También.

—Entonces ¿qué más necesita?

Delacroix miró hacia la puerta de la celda dos.

—Saber por qué alguien preparó el escenario para que todo eso ocurriera.

El silencio se deslizó entre ellos.

Reed dejó el periódico en la mesa.

—La cerradura de la celda dos funciona.

Ashford se volvió hacia él.

—¿Y?

—Anoche se declaró inutilizable.

—Las cerraduras fallan.

—Esta no.

—Ahora no.

—La hemos probado varias veces.

Ashford perdió por un segundo la seguridad de la irritación y mostró algo más fino, más útil: cálculo.

—¿Insinúa que Wilkes mintió?

—Todavía no —dijo Reed.

Delacroix levantó ligeramente una ceja. Reed aprendía deprisa. No tanto como para resultar peligroso, pero sí lo suficiente para no estorbar demasiado.

Clara dio un paso al frente.

—El sargento Wilkes informó del problema antes de que el señor Harrow bajara al sótano.

Todos la miraron.

Ella no retrocedió.

—Yo lo anoté porque esa era mi función. No comprobé la cerradura.

—Eso ya lo sabemos —dijo Ashford.

—Conviene repetirlo, señor, antes de que la comodidad lo convierta en otra cosa.

La frase fue pronunciada sin dureza, pero Ashford acusó el golpe.

Delacroix la observó.

—¿Quién estaba presente cuando se informó del fallo?

Clara pensó.

—El sargento Wilkes. El agente Crawley. Yo estaba en la sala de ingreso, junto al escritorio. El señor Harrow estaba allí, custodiado. El superintendente llegó después.

—¿Bell?

—Abajo.

—¿La señora Briggs?

—No lo recuerdo.

—¿Quién es la señora Briggs? —preguntó Delacroix, aunque ya tenía una idea.

Reed respondió:

—Encargada de limpieza. Hace también tareas de depósito. Lleva más años que algunos muebles.

—Los muebles, al menos, rara vez declaran.

Crawley, todavía junto al armario de llaves, parecía debatirse entre confesar algo más o evaporarse discretamente.

Delacroix se volvió hacia él.

—Agente Crawley.

El joven se irguió.

—Sí, señor.

—Hace un momento dijo que vio una falda oscura junto al pasillo de las celdas antes de que Harrow fuera encerrado.

Ashford clavó los ojos en el agente.

—¿Qué es eso?

Crawley se puso rojo.

—No estaba seguro, señor.

—¿De qué no estaba seguro?

—De si era la señora Briggs o la señorita Whitcomb.

Clara no reaccionó.

Ashford sí.

—¿Y se le ocurre mencionarlo ahora?

—No pensé que importara.

—En esta comisaría —dijo Delacroix—, esa frase debería bordarse en los uniformes.

Ashford lo ignoró.

—¿Vio la cara?

—No, señor. Solo al final del pasillo. Fue un momento. Alguien se apartó hacia la escalera de servicio.

Reed frunció el ceño.

—¿Escalera de servicio?

—Hay una escalera estrecha detrás del depósito —explicó Crawley—. Sube al patio interior y a la zona de lavado.

Delacroix miró a Reed.

—¿No pensaba mencionarla?

—No comunica con las celdas.

—Inspector, empiezo a notar cierta tendencia en esta comisaría a no mencionar todo aquello que no abre directamente la puerta del muerto.

—La escalera no permite llegar a la celda tres.

—Pero permite llegar al depósito, al armario de mantas, al pasillo y quizá a la cerradura de la celda dos antes de que alguien decida que no funciona.

Reed aceptó aquello con un gesto seco.

Ashford respiró por la nariz.

—Crawley, encuentre a la señora Briggs.

—Sí, señor.

El joven se movió hacia la escalera, agradecido por una orden que lo sacaba del foco.

—No —dijo Delacroix.

Crawley se detuvo.

—¿No?

—Que vaya otro. Usted se queda.

Ashford giró hacia él.

—¿Ahora también da órdenes a mis agentes?

—No. Procuro impedir que los testigos salgan de la habitación justo cuando empiezan a recordar cosas.

El superintendente pareció a punto de estallar, pero Reed intervino:

—Crawley, quédese. Enviaré a Mason.

Llamó a un agente que aguardaba en el pasillo superior y le ordenó buscar a la señora Briggs.

Clara observaba todo con una serenidad que ya no parecía tan natural. No era nerviosismo. Era contención. Y la contención, como la elegancia, podía esconder tanto dignidad como cálculo.

Delacroix caminó hasta la celda dos.

—Abramos otra vez.

Reed tomó la llave y abrió.

La puerta cedió con la misma facilidad de antes.

Delacroix entró y se quedó inmóvil.

La celda dos parecía todavía menos interesante que la tres. Quizá por eso mismo le interesaba más. Los criminales con imaginación no siempre se esconden detrás de lo espectacular; a menudo prefieren refugiarse en aquello que los demás consideran demasiado aburrido para mirar dos veces.

—¿Quién limpió esta celda después del marinero? —preguntó.

Clara respondió desde la puerta:

—La señora Briggs debía hacerlo.

—¿Debía?

—Figura en el turno.

—¿La vio hacerlo?

—No.

—¿Firmó ella?

—Sí.

—¿Usted verificó?

Clara sostuvo la mirada.

—No verifico personalmente cada cubo, cada manta y cada suelo de Blackwell Yard, monsieur. De hacerlo, esta comisaría funcionaría mejor, pero dormiría bastante menos.

—Una pérdida para la administración.

Delacroix se agachó junto a la cerradura, por la parte interior. El mecanismo también parecía limpio desde allí. En el suelo, cerca del marco, la mancha aceitosa brillaba apenas.

—Quiero un paño blanco.

Reed miró a Crawley.

—Tráigalo.

El agente salió esta vez solo hasta la sala de guardia, bajo la vigilancia de todos, y volvió con un trapo de limpieza que probablemente había conocido días mejores y peores conciencias. Delacroix lo tomó por una esquina y lo pasó suavemente junto a la marca del suelo.

El paño quedó manchado con un resto oscuro, viscoso.

—Grasa —dijo Reed.

—O algo que se parece mucho a la grasa. Los parecidos, en los crímenes, siempre exigen presentación formal.

Ashford entró en la celda.

—La cerradura pudo aceitarse como parte del mantenimiento ordinario.

Delacroix lo miró.

—¿Blackwell Yard mantiene sus cerraduras con tanta eficacia que solo una mejora después de haber obligado a trasladar a un detenido que acaba muerto?

—No sea absurdo.

—Intento no serlo. Pero su edificio me ofrece mucha competencia.

Clara se acercó al umbral.

—El mantenimiento de cerraduras lo lleva el sargento Wilkes cuando hay urgencias menores. Si es algo serio, se llama al cerrajero.

—¿Hubo registro de mantenimiento?

—No.

—¿Y eso es habitual?

—No para reparaciones formales. Sí para pequeños ajustes.

—Conveniente.

—No todo lo conveniente es culpable, monsieur.

—No. Pero lo culpable suele esforzarse por parecer conveniente.

Clara no respondió.

Delacroix se incorporó y miró el interior de la cerradura.

—¿Quién avisó primero de que no funcionaba?

Crawley carraspeó.

—Yo oí al sargento decirlo.

—Eso no responde.

—Creo que fue él.

—¿Lo vio descubrir el fallo o ya llegó usted cuando él lo sabía?

Crawley frunció el ceño, intentando reconstruir.

—Yo estaba subiendo unas mantas al depósito. O bajándolas. No recuerdo bien.

—Haga un esfuerzo. Las mantas están adquiriendo una vida social sorprendente.

—Había una pila para revisar. La señorita Whitcomb había pedido separar las húmedas de las secas. La señora Briggs estaba protestando porque decía que no tenía manos para todo. Yo llevé unas al armario del sótano.

Delacroix notó que Clara cerraba ligeramente los dedos sobre la carpeta.

—¿A qué hora? —preguntó Reed.

—Antes de que trajeran a Harrow. Quizá a las siete.

—Harrow ingresó a las siete y cuarenta —dijo Delacroix.

—Entonces antes.

—¿Quién le dio la orden?

Crawley miró a Clara.

—La señorita Whitcomb.

Ashford emitió un sonido de impaciencia.

—Ella llevaba el inventario. Ya lo ha dicho.

—No me impaciento porque un hecho se repita —dijo Delacroix—. Me impaciento cuando todos parecen desear que no se una a los otros.

Clara intervino con calma:

—Ordené separar las mantas porque había humedad en el depósito. Algunas estaban inutilizables. Pedí que las secas se bajaran al armario de guardia para la noche.

—¿Por qué esa noche?

—Porque hacía frío.

—Londres lleva siglos haciendo frío. No todas las noches muere alguien.