Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 7 — La llave única #2
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Capítulo 7 — La llave única #2

—Quizá un poco. Pero más enfadado. Como si algo no le hubiera salido.

—¿Qué?

—No lo sé. Lo trajeron de mal humor. Después se puso peor cuando vio a la señorita del archivo. Si era ella.

Reed miró al suelo.

Delacroix cerró la mirilla.

—Basta por ahora.

—¿Eso significa que no soy sospechoso?

—Al contrario. Significa que todavía no ha dicho nada suficientemente útil para dejar de serlo.

—Es usted un hombre duro.

—No. Solo soy razonable, que es una forma de crueldad menos vistosa.

Delacroix regresó a la celda dos.

—Quiero ver el libro de llaves.

Crawley parpadeó.

—¿El libro de llaves?

—Confío en que una comisaría con tanta afición a los registros tenga uno.

—Sí, señor. Arriba. En la sala de guardia principal.

—Tráigalo.

Crawley miró a Reed.

El inspector asintió.

El joven subió casi con alivio.

Cuando quedaron solos junto a las celdas, Reed bajó la voz.

—Empieza a encajar demasiado alrededor de Clara.

—No use la palabra encajar tan pronto. Es una palabra peligrosa. Da a los hombres la impresión de que han construido algo cuando quizá solo han amontonado piezas.

—Harrow la provocó. Su hermana murió por culpa de él. Ella controlaba registros. Tocó las mantas. Anotó el cambio de celda. Sabía que la tres era fría. Bell habló con ella de la manta después. El sobre apunta a quien guarda papeles viejos.

—Excelente resumen.

—¿Y aun así duda?

—Precisamente por eso.

Reed frunció el ceño.

Delacroix miró la escalera.

—Cuando un caso empieza a señalar con tanta cortesía a una persona concreta, conviene preguntarse quién ha puesto el dedo.

—¿Cree que Harrow pudo incriminarla antes de morir?

—Harrow era chantajista. Los chantajistas viven de preparar salidas incluso para habitaciones en las que aún no han entrado.

—Pero no pudo saber que moriría.

—Quizá no. Pero pudo saber que estaba en peligro.

Reed pensó en la nota.

—“Si me ocurre algo…”

—Exactamente.

—Entonces sospechaba de alguien.

—O quería que, si algo ocurría, todos sospecharan de quien él eligiera.

Reed guardó silencio.

Desde arriba llegó el ruido de una puerta. Luego pasos. No eran los de Crawley. Eran más pesados, seguros, irritados.

El sargento Wilkes apareció en la escalera.

—Inspector Reed.

—Wilkes.

—El superintendente me envía. Quiere saber por qué están revisando celdas vacías mientras Bell sigue sin acusación.

—Porque las celdas vacías tienen la amabilidad de no defenderse mal —dijo Delacroix.

Wilkes lo ignoró.

—La prensa está en la calle. Ya preguntan por brutalidad policial.

—Qué rapidez tan vulgar —murmuró Delacroix.

—Si Bell lo hizo, hay que entregarlo. Si no, hay que decir algo antes de que todos decidan por nosotros.

Reed se acercó al sargento.

—Hablemos de la celda dos.

Wilkes endureció el rostro.

—¿Qué pasa con ella?

—La cerradura funciona.

—Ahora.

—¿No funcionaba anoche?

—No.

—La hemos probado varias veces.

—Pues habrá dejado de fallar. Las cerraduras hacen eso.

Delacroix sonrió.

—Las cerraduras caprichosas suelen ser primas cercanas de los testigos convenientes.

Wilkes giró hacia él.

—¿Me está llamando mentiroso?

—Todavía no. Estoy permitiendo que la idea se vista sola.

El sargento dio un paso.

—Tenga cuidado, monsieur.

Reed se interpuso de nuevo, pero esta vez con menos paciencia.

—Wilkes, basta.

—No pienso permitir que un extranjero venga a sugerir que no sé revisar una puerta.

—Entonces ayúdenos a no sugerirlo —dijo Delacroix—. Muéstrenos cómo fallaba.

Wilkes miró la celda dos con desprecio.

—La llave giraba mal. El pestillo no entraba limpio.

—Hágalo.

Reed le entregó la llave.

Wilkes la tomó, se acercó a la puerta y repitió la operación. La cerradura giró con facilidad.

El sargento apretó la mandíbula.

Volvió a intentarlo, esta vez con más fuerza, como si el hierro pudiera recordar por intimidación. Cerró. Abrió. Cerró.

Nada.

—Anoche fallaba —dijo.

—No lo dudo —respondió Delacroix.

Wilkes lo miró con sorpresa.

—¿No?

—No necesariamente. Una cerradura puede fallar si se la prepara para fallar. También puede recuperarse si alguien retira la causa del fallo.

Reed se acercó al marco.

—¿Una astilla? ¿Un trozo de metal?

—Algo pequeño. Algo que impida el cierre completo. Algo que parezca un defecto suficiente para trasladar a un detenido problemático sin abrir una investigación sobre la cerrajería del reino.

Wilkes bajó la vista hacia la cerradura.

—Yo no puse nada.

—No he dicho que lo pusiera.

—Pero cree que alguien sí.

—Creo que Harrow debía dormir en una celda y durmió en otra. Cuando un hombre muere precisamente en la celda que no le correspondía, la mudanza se vuelve más interesante que el cadáver.

Wilkes se pasó la lengua por los dientes.

—La señorita Whitcomb anotó el cambio.

—Lo sabemos.

—Ella manejó el registro.

—También lo sabemos.

—Y revisó el depósito ayer.

—Qué generoso de su parte recordárnoslo.

La mirada de Wilkes se endureció.

—Clara no mató a nadie.

Delacroix lo estudió.

—La defiende con mucho fervor.

—Porque la conozco.

—Una razón pobre, pero popular.

—Es una mujer decente.

—Este edificio parece lleno de personas decentes alrededor de un muerto. Eso, sargento, empieza a ser una falta de educación estadística.

Wilkes lo miró con odio franco.

—Harrow destruyó a su hermana.

Reed dio un paso hacia él.

—¿Qué sabe usted de eso?

El sargento pareció arrepentirse, pero ya era tarde. Las frases dichas en un sótano tienen poca facilidad para volver a la boca.

—Lo que sabe cualquiera que llevara aquí suficientes años.

—Usted estaba aquí cuando ocurrió —dijo Delacroix.

—Sí.

—¿Participó en la investigación?

—Era agente raso.

—No he preguntado por su rango.

Wilkes respiró hondo.

—Llevé mensajes. Busqué a Harrow una vez. Lo encontré en una taberna. Lo traje para declarar.

—¿Y?

—Se rio. Dijo que no tenía nada que ver. Que si una muchacha escribía cartas estúpidas, no era culpa suya que otros supieran leer.

Reed apretó los puños.

Wilkes miró hacia la celda tres.

—Desde entonces quise romperle la cara.

—¿Lo hizo?

—No.

—¿Por qué?

—Porque llevaba uniforme.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Curioso. Algunos hombres usan el uniforme como permiso. Usted lo usó como freno.

—No soy un santo.

—No lo he acusado de semejante cosa.

Wilkes devolvió la llave a Reed.

—Pero tampoco soy idiota. Si hubiera querido matar a Harrow, no lo habría encerrado en una celda vigilada por Bell.

—¿Dónde lo habría matado?

—En un callejón.

La respuesta fue demasiado honesta para ser cómoda.

Delacroix lo miró con cierto interés renovado.

—Gracias, sargento.

—¿Por qué?

—Por no embellecerse.

Wilkes no supo si aquello era un insulto.

Crawley regresó en ese momento con un libro estrecho de tapas negras.

—El registro de llaves, inspector.

Reed lo tomó y lo abrió sobre la mesa de guardia. Delacroix se acercó.

El libro indicaba quién retiraba llaves especiales, duplicados o llaves de acceso a zonas restringidas.

Las llaves ordinarias de las celdas permanecían en el aro principal durante los turnos.

La de la puerta superior del sótano tenía varios autorizados: Bell durante la noche, Wilkes, Reed y Ashford.

Había también una llave de servicio en un armario bajo sello.

—¿Quién controla la llave de servicio? —preguntó Delacroix.

Crawley respondió:

—La señorita Whitcomb lleva el registro de sellos.

Wilkes soltó un sonido de impaciencia.

—Porque lleva todos los registros, maldita sea. También podríamos culparla si falta jabón en el lavadero.

Delacroix pasó una página.

—El sello fue revisado ayer por la tarde.

—Inventario —dijo Reed.

—Sí. Otra vez el inventario.

—Clara.

Delacroix no respondió.

La anotación tenía sus iniciales: C. W.

Sello intacto. Llave de servicio presente.

—¿Alguien comprobó después el sello?

Crawley negó.

—No, señor.

—¿Y ahora?

—No lo sé.

—Vamos a verlo.

El armario de llaves de servicio estaba en una pequeña habitación junto a la escalera, cerrado con un candado y una cinta de papel sellada. El sello parecía intacto.

Parecía.

Delacroix se inclinó.

—Inspector, ¿tiene una lupa?

Reed sacó una pequeña de su bolsillo. No era elegante, pero sí práctica. Delacroix la tomó y examinó el borde del sello.

Una de las esquinas había sido levantada y vuelta a pegar.

Muy bien hecho.

Demasiado bien hecho para un guardia torpe.

—Interesante —dijo.

Reed se acercó.

—¿Qué ve?

—Una pequeña falta de inocencia.

Wilkes se inclinó también.

—Eso no prueba nada.

—No. Pero su insistencia en recordarnos lo que no prueba empieza a ser una colección.

Delacroix señaló la esquina del papel.

—El sello fue retirado y colocado de nuevo. Alguien pudo tomar la llave de servicio.

Reed abrió el armario.

La llave estaba allí.

Pequeña, oscura, aparentemente tranquila.

—Pudo tomarla y devolverla —dijo Reed.

—O pudo tomar una impresión. O comprobar que existía. O simplemente crear la posibilidad de que alguien más pareciera haberla usado.

—¿Abre la puerta superior?

—Y algunas dependencias internas —dijo Reed—. No las celdas.

—Entonces no sirve para entrar en la celda tres.

Wilkes soltó una risa seca.

—Maravilloso. Hemos encontrado una llave inútil.

Delacroix lo miró.

—Sargento, una llave inútil en el lugar correcto puede ser muy útil para distraer a hombres ansiosos.

Crawley parecía cada vez más confundido.

—Pero si nadie entró en la celda…

—Exactamente —dijo Delacroix.

Cerró el armario y volvió hacia el pasillo principal de los calabozos.

Reed caminó a su lado.

—Está descartando que alguien usara una llave.

—Estoy descartando que la llave sea el centro.

—Pero Bell tenía la única llave de la celda.

—Sí.

—Y la puerta no se abrió.

—Eso parece cada vez más probable.

—Entonces…

Delacroix se detuvo frente a la celda tres.

La miró.

Luego miró la dos.

Dos puertas casi iguales. Dos habitaciones casi iguales.

Un cambio mínimo. Una cerradura que falló solo cuando era necesario.

Una manta seca, colocada arriba. Un guardia compasivo.

Una víctima cruel. Una mujer que guardaba papeles.

Un sargento que odiaba al muerto. Un superintendente que quería cerrar el caso.

Un abogado que quería llevarse un sobre.

No faltaban sospechosos.

Lo que faltaba era la forma exacta de entender la sencillez del crimen.

—Inspector —dijo Delacroix—, dígame algo. Si usted quisiera matar a un hombre en una comisaría, ¿qué haría?

Reed pensó.

—Esperaría a que saliera.

—Respuesta sensata.

Wilkes, detrás de ellos, murmuró:

—Se lo dije.

Delacroix continuó:

—Y si necesitara que muriera aquí dentro.

Reed miró la celda.

—Buscaría entrar sin ser visto.

—Respuesta policial.

—¿Y usted?

Delacroix apoyó la punta del bastón en el suelo, justo entre la celda dos y la tres.

—Yo procuraría no entrar.

Nadie habló.

Incluso Wilkes guardó silencio.

Delacroix miró hacia el armario de mantas.

—La autoridad tiene una debilidad curiosa: confía demasiado en las puertas. Cree que, si una puerta no se abre, nada ha podido cruzarla. Pero las personas cruzan puertas constantemente sin mover los pies. Lo hacen mediante órdenes, costumbres, objetos, errores, favores pequeños.

Reed siguió su mirada.

—La manta.

—Quizá.

—Bell la introdujo.

—Sí.

—Entonces Bell introdujo el arma.

—No necesariamente sabiendo que lo era.

Wilkes soltó una blasfemia en voz baja.

Delacroix se volvió hacia él.

—Sargento, necesito saber quién colocó esa manta arriba del armario.

—No lo sé.

—Averígüelo.

Wilkes se tensó.

—No recibo órdenes de usted.

—Excelente. Entonces recíbalas de la verdad, que es bastante menos cortés.

Reed intervino:

—Wilkes, busque a la señora Briggs y a cualquier agente que tocara el depósito ayer. Ahora.

El sargento dudó. Luego asintió con brusquedad y subió.

Crawley permaneció junto al armario de servicio, con el libro de llaves en las manos.

—¿Y yo, inspector?

Delacroix respondió antes que Reed:

—Usted va a hacer algo muy difícil.

Crawley tragó saliva.

—¿Qué?

—Recordar sin embellecerse.

El joven palideció.

—Yo no he hecho nada.

—Eso dicen muchos hombres justo antes de explicar qué hicieron.

Reed lo miró con atención.

—Crawley.

El agente bajó la voz.

—Anoche, cuando Harrow llegó, la celda dos no cerraba.

—Eso ya lo sabemos.

—No. Quiero decir… yo vi al sargento probarla. Falló dos veces. Pero antes…

—Antes —dijo Delacroix.

Crawley miró hacia la escalera, como si el edificio entero pudiera acusarlo de traición.

—Antes vi a alguien junto a la puerta.

Reed dio un paso hacia él.

—¿A quién?

Crawley apretó el libro contra el pecho.

—No estoy seguro.

—Agente —dijo Delacroix—, la seguridad es un lujo. Pruebe con algo más barato.

El joven cerró los ojos un instante.

—Vi una falda oscura al final del pasillo. Cerca de la celda dos. Pensé que era la señora Briggs. O la señorita Whitcomb. No lo sé. Solo fue un momento.

Reed miró a Delacroix.

—¿Por qué no lo dijo?

—Porque no pensé que importara. Fue antes de todo. Antes de Harrow. Antes del muerto.

Delacroix sintió que la mañana, por fin, le ofrecía una grieta menos tímida.

—Agente Crawley —dijo—, en un asesinato bien preparado, todo lo importante ocurre antes del muerto.

Crawley bajó la cabeza.

Reed abrió la boca para preguntar algo más, pero un ruido en la escalera lo interrumpió.

Era Ashford.

Bajaba deprisa, con el rostro encendido y un periódico doblado en la mano. Tras él venía Clara Whitcomb, más pálida que antes, aunque igual de erguida.

El superintendente llegó al pie de la escalera y lanzó el periódico sobre la mesa de guardia.

El titular ocupaba media página:

MUERTE BAJO CUSTODIA EN BLACKWELL YARD

Debajo, en letras menores:

Rumores de brutalidad policial y encubrimiento en una de las dependencias más antiguas de Londres.

Ashford miró a Reed.

—Esto acaba de empezar.

Luego miró a Delacroix.

—Y se terminará ahora.

Delacroix observó el periódico sin tocarlo.

La tinta aún parecía fresca. Harrow, incluso muerto, había logrado salir del sótano antes que la verdad.

—Superintendente —dijo con suavidad—, los periódicos tienen una virtud admirable.

Ashford apretó los dientes.

—¿Cuál?

—Nos recuerdan que una mentira, cuando se imprime, ya no necesita estar bien pensada para resultar peligrosa.

Clara permanecía detrás de Ashford, en silencio.

Delacroix la miró.

Ella sostuvo la mirada.

Y, por primera vez desde que la había conocido, Delacroix creyó ver en sus ojos algo que no era calma.

Era miedo.

No miedo a ser acusada.

Miedo a que algo que llevaba años enterrado hubiera empezado a respirar.