Capítulo 7 — La llave única
La celda dos no parecía avergonzada de nada.
Delacroix siempre había encontrado eso inquietante en los lugares importantes: su indiferencia.
Una habitación podía haber condenado a un hombre, salvado a otro o servido de antesala para un crimen, y aun así conservar el mismo aire de piedra húmeda, pintura descascarillada y resignación arquitectónica.
Los escenarios tenían una insolencia que los culpables rara vez podían permitirse.
La puerta de la celda dos estaba cerrada.
Reed hizo una seña a Crawley, que aguardaba junto a la mesa de guardia con la expresión de un hombre joven al que la mañana había envejecido sin pedir permiso.
—La llave —dijo Reed.
Crawley se apresuró a tomar el aro del gancho. Las llaves sonaron entre sí con un tintineo opaco, demasiado doméstico para un sótano donde había muerto alguien. Delacroix observó el gesto. El agente eligió una llave grande, de hierro oscuro, y la sostuvo frente a la cerradura.
—Un momento —dijo Delacroix.
Crawley se detuvo con la llave a medio camino.
—¿Señor?
—Antes de abrir una puerta, conviene preguntarse quién tuvo interés en mantenerla cerrada.
El joven miró a Reed, como si esperara traducción.
Reed no se la ofreció.
—¿Quién declaró defectuosa esta cerradura? —preguntó Delacroix.
—El sargento Wilkes —respondió el inspector.
—¿Quién lo comprobó?
Crawley se humedeció los labios.
—Yo estaba presente cuando el sargento la probó.
—No he preguntado si estaba presente. He preguntado si la comprobó.
—No, señor.
—Una diferencia pequeña y, como casi todas las diferencias pequeñas, posiblemente útil.
Delacroix se acercó a la puerta sin tocarla. La pintura blanca del número dos estaba gastada por los bordes. La cerradura, antigua y pesada, tenía marcas de uso alrededor. Nada extraordinario. Nada teatral. Ningún arañazo reciente que anunciara sabotaje con la vulgaridad de un mal novelista.
—Abra —dijo.
Crawley introdujo la llave.
Giró.
El mecanismo respondió con un chasquido limpio.
Demasiado limpio.
La puerta se abrió sin resistencia.
Reed frunció el ceño.
Crawley palideció un poco.
Delacroix no sonrió. La realidad, cuando se ofrecía tan deprisa, merecía siempre un grado de desconfianza.
—Ciérrela otra vez.
Crawley obedeció.
La puerta encajó. La llave giró de nuevo. Cerró.
—Ábrala.
El agente volvió a abrir.
Sin problema.
—Otra vez.
Crawley repitió la operación. La cerradura funcionó con una obediencia casi ofensiva.
Reed se acercó.
—Anoche no cerraba bien.
—Eso nos han dicho.
—¿Cree que Wilkes mintió?
—Creo que una cerradura que no cierra por la noche y cierra por la mañana tiene una vida interior más rica de lo habitual.
Crawley tragó saliva.
—Puede que se atascara, señor. A veces ocurre.
—Desde luego. También a veces los hombres recuerdan lo que les conviene, los documentos se pierden por accidente y los chantajistas mueren en celdas equivocadas. La palabra “a veces” ha prestado grandes servicios a la impunidad.
Reed tomó la llave y probó él mismo.
Cerró.
Abrió.
Volvió a cerrar.
El hierro respondió con perfecta docilidad.
—Maldita sea —murmuró.
—No sea injusto con la cerradura, inspector. De momento es la única en esta comisaría que se comporta con claridad.
Delacroix entró en la celda dos.
Era casi idéntica a la tres: mismo catre, mismo cubo, misma pared húmeda, mismo ventanuco alto.
Pero no exactamente. El frío era menos agresivo allí.
La humedad no subía con la misma intensidad por el muro.
El ventanuco recibía un hilo de luz más generoso desde el patio.
Una diferencia pequeña. Muy pequeña. Pero los crímenes, como los sastres, sabían trabajar con diferencias de un dedo.
—Esta celda es menos fría —dijo.
Reed asintió.
—Sí.
—¿Harrow se habría quejado igual?
—Harrow se habría quejado en un palacio.
—Sin duda. Pero quizá no habría pedido una manta adicional.
La frase quedó en la celda con ellos.
Crawley bajó la mirada.
Delacroix observó el catre. La manta ordinaria estaba doblada a los pies, vieja, áspera, sin franja azul. Olía a lana húmeda y encierro. Nada especialmente distinto.
—¿Quién ocupó esta celda antes de Harrow? —preguntó.
—Nadie anoche —dijo Reed.
—¿Y el día anterior?
Crawley respondió:
—Un marinero borracho. Salió por la tarde.
—¿Se limpió después?
—Creo que sí.
Delacroix lo miró.
—Agente Crawley, “creo” es una palabra que ya empieza a sentirse en casa.
—La limpió la señora Briggs. La encargada.
—¿A qué hora?
—No lo sé.
—Averígüelo.
—Sí, señor.
Crawley se movió hacia la escalera, pero Delacroix lo detuvo.
—Después. Por ahora quédese. Me interesa que los jóvenes vean cómo una mañana puede empeorar sin necesidad de gritar.
El agente obedeció con una resignación pálida.
Delacroix pasó la mano enguantada cerca de la cerradura, sin rozarla. Luego miró el suelo junto a la puerta. Había una pequeña marca oscura, alargada, casi pegada al marco. Podía ser grasa. Podía ser humedad. Podía ser una sombra convencida de tener importancia.
—Luz —dijo.
Reed tomó la lámpara de la sala de guardia y la acercó.
Delacroix se agachó. La marca tenía un brillo leve.
—¿Aceite? —preguntó Reed.
—Quizá.
—¿De la cerradura?
—Quizá.
—Está disfrutando demasiado de esa palabra.
—Al contrario. Me irrita profundamente.
Delacroix se incorporó.
—Si la cerradura se atascó anoche y alguien la lubricó después, explicaría su buen humor matutino.
—¿Quién pudo hacerlo?
—Quien advirtió que una mentira necesitaba mantenimiento.
Reed miró hacia la escalera.
—Wilkes.
—Tal vez. O alguien que sabía que Wilkes cargaría con la primera explicación.
—¿Clara?
Delacroix no respondió.
Salió de la celda dos y caminó hasta la tres.
La puerta permanecía cerrada. Detrás, el cuerpo de Harrow esperaba a la doctora Vance y al traslado final.
La comparación entre ambas puertas parecía absurda y, sin embargo, necesaria.
La dos cerraba bien. La tres había encerrado a un muerto.
Entre una y otra había menos de dos metros y, quizá, toda la arquitectura moral del caso.
—Repasemos —dijo Delacroix.
Reed se preparó. Crawley pareció desear ser una manta, una piedra o cualquier objeto con menos obligaciones.
—Victor Harrow debía ser encerrado en la celda dos.
Alguien declaró que la cerradura no funcionaba.
Fue trasladado a la celda tres. La celda tres es más fría.
Harrow pidió una manta. Bell, cuya compasión era conocida, se la dio.
Harrow murió sin que nadie entrara. Por la mañana, la cerradura de la celda dos funciona admirablemente.
—Eso parece —dijo Reed.
—No, inspector. Eso es. Lo que parece aún no lo sabemos.
Desde la celda cuatro, Arthur Pike carraspeó.
—A mí me parece que alguien no quería que Harrow durmiera en la dos.
Delacroix giró apenas la cabeza.
—Señor Pike, su capacidad para decir lo evidente con tono de revelación empieza a justificar su estancia aquí.
—Hago lo que puedo para resultar útil.
—No se esfuerce demasiado. La utilidad súbita en un detenido siempre despierta sospechas.
Pike soltó una risa breve.
—Entonces seguiré siendo moderadamente inútil.
Reed se acercó a la celda cuatro.
—Usted oyó algo sobre la cerradura anoche?
—Oí a Wilkes maldecirla.
—¿Cuándo?
—Antes de que bajaran a Harrow. No sé la hora.
—¿Qué dijo?
—Que la condenada cosa no cerraba. Luego golpeó la puerta. Luego alguien se rio arriba.
Delacroix se acercó también.
—¿Reconoció la risa?
—No.
—¿Hombre o mujer?
—Hombre. Creo.
—Su “creo” no mejora mucho el panorama, pero al menos lo mantiene gris.
Pike se movió al otro lado de la puerta. Su sombra apenas se intuyó por la rendija inferior.
—También oí otra cosa.
Reed apretó los labios.
—Cada vez que le preguntamos, recuerda una cosa más.
—Es que ustedes preguntan muy despacio, inspector.
Delacroix levantó una mano para contener a Reed.
—¿Qué oyó?
—Harrow se rio cuando lo trajeron. No una risa fuerte. Una risa fea.
—Sea más preciso.
—Como si hubiera visto a alguien que le resultaba gracioso.
—¿Clara Whitcomb?
—No la vi.
—No puede ver desde ahí.
—Entonces no me pida milagros arquitectónicos.
Delacroix esperó.
Pike suspiró.
—Lo oí decir: “Vaya, vaya. Al final todos acabamos archivados en alguna parte.”
Reed miró a Delacroix.
—¿A Clara?
—Probablemente.
—¿Por qué no lo dijo antes?
—Porque nadie me había preguntado por comentarios literarios.
Delacroix apoyó el bastón contra la puerta de la celda cuatro.
—Señor Pike, ¿qué negocio tuvo con Harrow?
Silencio.
—Uno pequeño.
—Los negocios pequeños no suelen llevar a los hombres a celdas grandes.
—Le compré información.
—¿Sobre quién?
—Sobre alguien que me debía dinero.
—Qué manera tan elegante de decir que quería extorsionar a otro extorsionador menor.
—En Londres todos tenemos que adaptarnos al mercado.
—¿Y Harrow le vendió información cierta?
Pike bufó.
—Mitad cierta. La mitad suficiente.
—¿Le debía usted algo a Harrow?
—Todo el mundo le debía algo a Harrow después de tratar con él. Aunque fuera una bofetada.
—¿Y usted?
Otra pausa.
—Cinco libras.
Reed murmuró:
—Pike.
—No lo maté por cinco libras, inspector. Tengo defectos, pero no una visión comercial tan triste.
Delacroix lo observó a través de la mirilla.
Arthur Pike era más joven de lo que su voz sugería, quizá treinta y pocos, con el rostro estrecho, ojos hundidos y una sonrisa rápida que debía de haberle servido en tabernas y perjudicado ante magistrados. Parecía el tipo de hombre que sobrevivía a base de mentir mal a personas peores.
—¿Harrow le tenía miedo a alguien? —preguntó Delacroix.
Pike dejó de sonreír.
—No.
—Ha respondido demasiado pronto.
—Porque la respuesta es fácil. Harrow no tenía miedo como la gente normal. Tenía cálculos.
—Explíquese.
—Cuando uno amenazaba a Harrow, él pensaba cuánto podía sacarle a ese miedo. No temblaba. Sumaba.
—¿Anoche sumaba?
Pike tardó más.
—Anoche estaba enfadado.
—¿No asustado?