Capítulo 6 — La mujer que guardaba papeles #2
Clara volvió hacia él.
—¿Qué ocurre con ella?
—Usted mencionó que era la más fría.
—Lo es.
—¿Cómo lo sabe?
—Trabajo aquí desde hace nueve años. Los detenidos se quejan. Los guardias se quejan. Las paredes se quejan a su manera, si uno aprende a mirar las manchas de humedad.
—¿Quién decidió que Harrow fuera encerrado allí?
—El cambio fue informado por el sargento Wilkes y autorizado por el superintendente.
—Usted lo anotó.
—Sí.
—Con sus iniciales.
—Sí.
—¿Vio la celda dos?
—No.
—¿Vio la cerradura dañada?
—No.
—¿No le pareció extraño que un detenido tan incómodo como Harrow acabara justo en la celda más fría?
—Los detenidos incómodos no suelen recibir nuestras mejores habitaciones, monsieur.
—No sabía que Blackwell Yard ofreciera mejores habitaciones.
—Es una forma de hablar.
—Las formas de hablar son grietas por donde a veces se escapa la verdad.
Clara aceptó la observación en silencio.
Reed tomó la nota de Harrow.
—¿Qué quiso decir con “los muertos antiguos tienen mejor memoria que los vivos”?
—Imagino que se refería a Margaret.
—¿O al expediente desaparecido?
Esta vez Clara sí miró a Ashford.
—¿Desaparecido?
El superintendente apartó la vista.
Delacroix estudió su reacción. Pareció sincera. No necesariamente inocente, pero sí nueva.
—El expediente de Margaret Whitcomb no está en el archivo —dijo Reed.
Clara permaneció quieta.
—Eso es imposible.
—¿Lo ha buscado?
—Hace años que no.
—Pero usted controla el archivo.
—Precisamente por eso digo que es imposible.
Ashford habló con brusquedad:
—Desapareció antes de que usted se hiciera cargo del archivo principal.
Clara volvió hacia él despacio.
—Nunca me lo dijo.
—No había motivo.
—Era el expediente de mi hermana.
—Por eso mismo.
La frase fue un error.
Delacroix lo supo antes de que Ashford terminara de decirla.
Clara no alzó la voz. No hizo ningún gesto dramático. Pero algo en su cara perdió color, como si una parte de ella se hubiera alejado de la habitación para no escuchar más.
—Entiendo —dijo.
Solo eso.
Y fue suficiente para que Reed mirara a Ashford con un reproche que ya no pudo disimular.
Delacroix se acercó otra vez a la mesa.
—Señorita Whitcomb, después de encontrar el cuerpo bajó usted al sótano.
—Sí.
—¿Por qué?
—El superintendente pidió el libro de incidencias y el registro nocturno.
—¿Habló con Bell?
—Sí.
—¿Qué le dijo?
—Que debía contar todo.
—¿Le habló él de la manta?
—Sí.
Reed frunció el ceño.
—No lo mencionó antes.
—Nadie me lo preguntó.
Delacroix sonrió con frialdad.
—Una defensa clásica y, en ocasiones, muy eficaz.
Clara lo miró sin retroceder.
—No oculté la información, monsieur. El guardia Bell ya se la había dado al inspector Reed cuando usted llegó.
—Pero usted supo de la manta antes que yo.
—Sí.
—¿Le pareció importante?
—Me pareció que sería importante para acusarlo.
—¿No para defenderlo?
—También.
—Explíquese.
Clara tomó aire.
—Bell es un hombre blando, como dije antes. Si Harrow pidió una manta, Bell se la habría dado. Si después Harrow murió, todos interpretarían ese gesto como negligencia o complicidad. Le dije que no ocultara nada porque ocultarlo solo lo haría parecer peor.
—Y aun así lo ocultó.
—Porque Bell tiene miedo de los hombres que deciden su salario.
Reed no pudo negar aquello.
Delacroix observó a Clara durante unos segundos.
La mujer tenía respuestas para todo. Buenas respuestas.
Humanas. Precisas. No eran perfectas, y por eso resultaban más peligrosas.
Una mentira perfecta suele tener un brillo artificial.
Clara hablaba como quien ha vivido demasiado tiempo cerca de documentos y desgracias para adornar ninguna de las dos cosas.
—¿Tocó usted la manta? —preguntó Delacroix.
—No.
—¿El armario de mantas?
—Ayer, sí.
Reed levantó la mirada.
—¿Ayer?
—Ordené el inventario del depósito. Lo hago cada jueves.
—Ayer fue lunes —dijo Reed.
—El jueves pasado no se hizo. El agente encargado estaba enfermo. Lo adelanté.
Delacroix no apartó la vista.
—¿Quién se lo pidió?
—Nadie.
—¿Iniciativa propia?
—El depósito estaba desordenado.
—Imperdonable.
Clara entendió la ironía, pero no se movió.
—En una comisaría, el desorden siempre acaba encontrando una manera de perjudicar al más débil.
—Qué noble pensamiento.
—No pretendía que sonara noble.
—Eso lo vuelve más interesante.
Ashford golpeó suavemente la mesa con los dedos.
—¿Ya hemos terminado?
—Casi —dijo Delacroix—. Una última pregunta.
Clara aguardó.
—Si Victor Harrow no hubiera muerto anoche, ¿qué habría hecho usted esta mañana al verlo salir de la celda?
La pregunta pareció sencilla. No lo era.
Clara bajó los ojos hacia sus manos.
—Nada.
—¿Nada?
—Habría archivado el informe. Habría corregido alguna fecha mal puesta. Habría preparado las copias para el superintendente. Habría vuelto a mi escritorio.
—¿Y por dentro?
—Por dentro habría recordado a Margaret.
—¿Como todos los días?
Clara levantó la vista.
—No todos los días, monsieur.
Su voz se quebró apenas. Muy poco. Lo suficiente para ser verdad o para ser una mentira espléndida.
—Algunos días una sobrevive sin recordar. Luego aparece alguien como Harrow y una descubre que el pasado no estaba enterrado. Solo estaba esperando modales peores para levantarse.
Nadie habló.
Delacroix recogió la nota de Harrow y la dobló otra vez.
—Puede retirarse.
Ashford pareció aliviado. Reed, no.
Clara tomó su carpeta.
Al llegar a la puerta, se detuvo.
—Monsieur Delacroix.
—¿Sí?
—Si busca justicia para Victor Harrow, le deseo suerte.
—La suerte rara vez se interesa por la justicia.
—Entonces quizá le deseo paciencia.
—Eso suena más útil.
Clara apoyó la mano en el pomo.
—Pero no confunda una cosa.
—¿Cuál?
—Harrow no murió porque el mundo fuera injusto con él. Harrow vivió muchos años porque el mundo fue injusto con otros.
Abrió la puerta y salió.
Su perfume leve, limpio, quedó un instante en la habitación. Luego también desapareció.
Reed se volvió hacia Ashford.
—¿Por qué no me habló del expediente de Margaret?
—Porque no era relevante.
—Un detenido muerto acaba de dejar una nota apuntando hacia papeles viejos, y usted sabía que el expediente de la hermana de Clara había desaparecido.
Ashford se endureció.
—Yo sabía que un asunto desagradable de hace años podía dañar la reputación de una empleada que ya ha sufrido bastante.
—Qué conmovedor —dijo Delacroix.
Ashford lo fulminó con la mirada.
—¿También va a burlarse de eso?
—No. Me limito a observar que la reputación de las mujeres suele preocupar muchísimo a los hombres justo después de haber permitido que se la destrocen.
Reed caminó hacia la ventana.
—Harrow pudo haber usado esa nota para incriminarla.
—Sí —dijo Delacroix.
—O pudo haberla escrito porque temía que ella lo matara.
—También.
—¿Y qué cree usted?
Delacroix miró la puerta por donde Clara acababa de salir.
—Creo que Victor Harrow era un hombre que convertía las heridas ajenas en herramientas. Y que, incluso encerrado, seguía buscando una forma de usarlas.
—Eso no responde.
—No. Pero evita responder demasiado pronto.
Ashford tomó aire.
—Inspector Reed, quiero a Bell acusado formalmente antes del mediodía.
Reed se giró.
—Señor, no podemos.
—Sí podemos. Mintió, manipuló el acceso a la celda, entregó el único objeto nuevo que llegó a manos de Harrow y cerró los ojos durante su turno. Es suficiente.
—Para usted.
—Para cualquiera que no esté entretenido persiguiendo fantasmas familiares.
Delacroix apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Superintendente, tenga cuidado con los fantasmas familiares. A veces son los únicos testigos que no han sido ascendidos, sobornados o asustados.
Ashford señaló la puerta.
—Tengo periodistas en la calle, llamadas de mis superiores y un muerto en mi sótano. No permitiré que este caso se convierta en una excavación sentimental.
—Lamento contrariarlo —dijo Delacroix—, pero todos los asesinatos son excavaciones sentimentales. Algunos solo tienen más tierra encima.
Reed miró al detective.
—¿Qué necesita ahora?
Delacroix guardó la nota en la carpeta.
—Tres cosas.
—Diga.
—Ver a Edmund Vale fuera de este despacho, hablar con Arthur Pike sin compañía policial y revisar la celda dos.
Ashford frunció el ceño.
—¿La celda dos?
—Sí.
—Harrow murió en la tres.
—Precisamente. Me interesa la habitación que lo salvó de estar vivo.
Reed asintió lentamente.
—Vamos.
Ashford no los detuvo, aunque su silencio prometía dificultades futuras con una generosidad casi institucional.
Al salir al pasillo, Reed caminó unos metros sin hablar. Luego se detuvo junto a la escalera.
—Clara no parece una asesina.
Delacroix miró hacia el piso inferior, donde la humedad subía como una respiración lenta.
—Inspector, nadie parece una asesina cuando lleva nueve años archivando papeles con buena letra.
—¿Cree que miente?
—Creo que dice la verdad con mucho cuidado.
—¿Eso es mentir?
Delacroix empezó a bajar.
—A veces es peor. Mentir es ocultar una puerta. Decir la verdad con cuidado es dejarla abierta solo lo suficiente para que uno no vea lo que hay detrás.
Reed lo siguió.
Abajo, en los calabozos, el frío los recibió otra vez.
Y Delacroix, mientras descendía, pensó que Blackwell Yard no era una comisaría donde alguien había muerto.
Era una comisaría donde demasiadas cosas habían sido guardadas bajo llave durante demasiado tiempo.