Capítulo 6 — La mujer que guardaba papeles
Clara Whitcomb tardó tres minutos en llegar.
Delacroix los contó sin mirar el reloj.
No porque tres minutos fueran mucho tiempo.
En una comisaría, tres minutos podían perderse en una escalera, en una orden mal transmitida, en un agente que decide completar una frase antes de moverse o en cualquiera de esas pequeñas lentitudes con las que las instituciones se protegen de la urgencia.
Pero Clara no parecía una mujer dada a la lentitud accidental.
Cuando entró en el despacho de Ashford, lo hizo sin prisa y sin disculpa.
Aquello interesó a Delacroix.
Las personas culpables solían exagerar una de las dos cosas: o llegaban deprisa, para demostrar obediencia, o llegaban despacio, para demostrar dominio. Clara Whitcomb no hizo ninguna de las dos. Simplemente apareció, como si la hubieran llamado para corregir un error en una fecha.
Reed venía detrás de ella.
—Señor —dijo Clara, mirando a Ashford—. El inspector Reed me ha indicado que deseaban verme.
Ashford seguía junto a su mesa, con una mano apoyada sobre el respaldo de la silla.
Parecía incómodo. No era una incomodidad amable, nacida de la preocupación por una empleada.
Era la incomodidad de los hombres acostumbrados a mandar cuando descubren que ciertos asuntos antiguos no obedecen tan bien como los vivos.
—Monsieur Delacroix tiene algunas preguntas —dijo.
Clara volvió los ojos hacia el detective.
—Entonces procuraré responderlas.
—Qué frase tan generosa —dijo Delacroix—. En este edificio parece casi revolucionaria.
Reed cerró la puerta.
Durante un momento, los cuatro quedaron reunidos alrededor de la mesa como si el despacho se hubiera transformado en una celda más confortable.
La chimenea ardía. Afuera, la niebla pegaba su rostro gris al cristal.
Delacroix pensó que Londres tenía una forma muy suya de escuchar las conversaciones: no entraba en las habitaciones, pero tampoco se iba del todo.
Sobre la mesa seguía la nota de Harrow.
Clara la vio.
No preguntó qué era.
Eso también interesó a Delacroix.
—¿Conocía usted a Victor Harrow? —preguntó.
—Sí.
La respuesta fue inmediata, limpia.
Reed levantó apenas la mirada. Ashford tensó la mandíbula.
Delacroix no mostró sorpresa.
—¿De qué manera?
—Trabajaba en esta comisaría. El señor Harrow pasó por aquí varias veces a lo largo de los años.
—Esa es una respuesta administrativa.
—Es el contexto administrativo de la pregunta.
—Probemos con el contexto humano.
Clara mantuvo el rostro sereno.
—También lo conocía por asuntos familiares.
Ashford intervino:
—Señorita Whitcomb, no tiene por qué…
—Sí tengo, señor —dijo ella.
No elevó la voz. No hizo un gesto brusco. Sin embargo, Ashford calló.
Delacroix observó aquel pequeño cambio de autoridad. En algunas habitaciones, el poder no pertenecía al que tenía el título más grande, sino a quien conservaba la calma cuando todos los demás empezaban a perderla.
—Victor Harrow conoció a mi hermana Margaret —dijo Clara—. Hace años.
—¿Eran amigos?
—No.
—¿Amantes?
La pregunta fue seca.
Reed miró a Delacroix con reproche.
Clara no se inmutó.
—Tampoco.
—Entonces, ¿qué eran?
—Él tenía algo que ella quería recuperar.
—¿Cartas?
Por primera vez, algo cambió en sus ojos. No fue dolor exactamente. Más bien una puerta cerrándose desde dentro.
—Sí.
—¿Cartas comprometedoras?
—Para ella, sí.
—¿Para otros también?
—Es posible.
—Qué prudente.
—La prudencia suele ser lo único que queda cuando la gente indiscreta ya ha hecho su trabajo.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Una frase excelente. Y, por desgracia, demasiado practicada.
Clara miró la nota sobre la mesa.
—¿Eso lo escribió él?
Reed respondió:
—Estaba en el sobre lacrado encontrado entre sus pertenencias.
Ashford hizo un gesto de fastidio, como si la propia existencia de la nota fuera una grosería personal.
Clara extendió la mano.
—¿Puedo leerla?
Delacroix la tomó antes que ella y se la ofreció.
Fue un gesto mínimo, pero deliberado. Quería ver si sus dedos temblaban al recibirla.
No temblaron.
Clara leyó la frase una vez.
Luego otra.
“Si me ocurre algo, pregúntenle a quien guarda los papeles viejos. Los muertos antiguos tienen mejor memoria que los vivos.”
Devolvió la nota.
—Muy propio de él.
—¿Por qué?
—Porque incluso muerto intenta ensuciar a alguien.
—¿A usted?
—A cualquiera que le resultara útil.
—Pero la frase parece apuntar hacia usted.
—Entonces quizá eso le divertía.
—¿Le divertía dañarla?
Clara guardó silencio.
El fuego crujió en la chimenea.
—Señorita Whitcomb —dijo Reed con suavidad—, si Harrow tenía algún motivo para querer perjudicarla, necesitamos saberlo.
Ella lo miró. No con enfado. Con una especie de cansancio antiguo.
—Inspector, Harrow no necesitaba motivos. Los hombres como él no dañan porque tengan una causa. Dañan porque han descubierto que otros pagan por dejar de sufrir.
Delacroix vio que Reed no supo qué responder.
Ashford sí.
—Esto no tiene relación directa con la muerte de anoche.
Clara giró la cabeza hacia él.
—Con el debido respeto, señor, usted no lo sabe.
Aquello fue una pequeña insolencia. Muy educada, por supuesto. Las insolencias educadas eran las únicas que realmente merecían sobrevivir.
Delacroix sonrió apenas.
—Háblenos de Margaret.
Clara dejó la carpeta que llevaba contra el pecho sobre la mesa. Era la primera vez que se separaba de ella. Un detalle mínimo. Como si, para hablar de su hermana, necesitara ambas manos libres.
—Margaret era menor que yo. Más alegre. Más confiada.
Tenía diecinueve años cuando conoció al señor Harrow.
Él trabajaba entonces para un abogado, o decía hacerlo.
Había obtenido unas cartas suyas. Algunas eran de amor.
Otras mencionaban asuntos familiares. Nada criminal, nada que justificara una tragedia.
Pero en ciertos círculos una mujer puede ser destruida por bastante menos que un delito.
Delacroix no interrumpió.
—Harrow pidió dinero. Margaret pagó una vez. Después otra. Luego ya no pudo pagar más.
—¿Y las cartas aparecieron?
Clara asintió.
—No todas. Las suficientes.
Reed miró al suelo.
Ashford se removió junto a la mesa.
—Hubo una investigación —dijo—. Pero no se pudo probar la implicación directa de Harrow.
Clara no lo miró.
—Naturalmente.
La palabra sonó limpia. Demasiado limpia. En boca de Clara, “naturalmente” no era aceptación. Era un epitafio.
—¿Qué ocurrió con Margaret? —preguntó Delacroix.
—Se fue de Londres. Dijo que necesitaba aire. Después enfermó. Murió al año siguiente.
—El superintendente afirma que no se sabe si murió a causa de aquello.
Clara sostuvo la mirada de Delacroix.
—El mundo rara vez firma sus asesinatos con tinta suficiente para tranquilizar a los funcionarios.
Reed respiró hondo.
La frase parecía más propia de Delacroix que de una secretaria. Quizá por eso pesó tanto.
—¿Volvió a ver a Harrow después? —preguntó el detective.
—Varias veces. En esta comisaría.
—¿Y qué hizo?
—Mi trabajo.
—Admirable. Pero insuficiente como respuesta.
—Archivé documentos. Tomé notas. Copié informes. Le entregué formularios al inspector que correspondiera. Evité hablar con él cuando pude.
—¿Y anoche?
—Anoche no pude evitarlo.
Delacroix apoyó la punta del bastón en la alfombra.
—Explique eso.
—Cuando lo trajeron, yo estaba en la sala de ingreso. El sargento Wilkes pidió el libro de detenidos. El agente Crawley no encontraba la página correcta. Se la indiqué.
—¿Harrow la reconoció?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Clara tardó apenas un instante.
—Que el mundo era pequeño.
—Wilkes añadió que habló de familias con mala costumbre de cruzarse en su camino.
—También.
—¿Algo más?
—Sí.
Reed se adelantó un poco.
—¿Qué?
Clara miró la nota de Harrow, aún sobre la mesa.
—Dijo que mi hermana siempre había tenido letra bonita.
El silencio que siguió no necesitó ayuda.
Incluso Ashford pareció comprender que aquella crueldad había sobrevivido demasiados años intacta.
Delacroix observó a Clara con mucha atención.
—¿Y usted?
—No respondí.
—¿No sintió deseos de hacerlo?
—Desde luego.
—¿De qué manera?
Ashford dio un paso.
—Monsieur Delacroix.
—Estoy preguntando por deseos, superintendente. Si los deseos bastaran para condenar, Londres tendría que construir cárceles más optimistas.
Clara no apartó la vista.
—Sentí deseos de abofetearlo.
—¿Solo eso?
—No soy una santa, monsieur.
—Lo celebro. Las santas son muy difíciles de interrogar; siempre remiten a una autoridad superior.
Por primera vez, Clara mostró algo parecido a una sonrisa. Duró menos de un segundo.
—Sentí deseos de verlo humillado —dijo—. Asustado, quizá. Viejo. Pequeño. Todas esas fantasías vulgares que una se permite cuando nadie mira.
—¿Muerto?
La palabra cayó sin violencia.
Clara bajó la mirada.
—Alguna vez. Hace años.
—¿Y anoche?
—Anoche pensé que ya estaba muerto en vida.
—Eso no responde.
—No.
—Entonces responda.
Clara levantó de nuevo los ojos.
—Anoche no deseé matarlo.
Delacroix sostuvo la pausa.
—¿Por qué?
La pregunta pareció sorprenderla más que la anterior.
—Porque ya no tenía diecinueve años. Ni yo tampoco. Porque Margaret llevaba demasiado tiempo bajo tierra. Porque matar a Victor Harrow no me la devolvería.
—Respuesta sensata.
—No siempre soy sensata.
—Nadie lo es. Pero algunos saben parecerlo mejor que otros.
Reed intervino:
—Clara, ¿sabía usted que Harrow pidió hablar conmigo?
—Sí.
—¿Cómo?
—El sargento Wilkes lo mencionó en la sala de registros. Dijo que Harrow volvía a ofrecer secretos a cambio de misericordia.
—¿Escuchó qué secretos?
—No.
—¿Le interesaba?
Clara miró a Reed con suavidad.
—Inspector, durante años vi al señor Harrow convertir secretos en dinero. La curiosidad hacia sus secretos fue muriendo en mí de puro asco.
Delacroix caminó hasta la ventana.
La niebla del otro lado había espesado. Ya no se distinguían los hombres apostados frente a la comisaría. Solo sombras. Londres parecía un borrador mal corregido.
—La celda tres —dijo.