Capítulo 5 — Victor Harrow, oficio superviviente #2
Vale sonrió con suavidad.
—Me alegra comprobar que la policía todavía se adelanta a algunas necesidades.
Delacroix lo miró.
—No se alegre demasiado. Cuando la policía se adelanta, suele pisar algo.
Reed tomó el sobre y examinó el lacre.
—Parece intacto.
—Las apariencias tienen una larga carrera en el delito —dijo Delacroix.
Ashford perdió la paciencia.
—¿Piensa abrirlo o recitar máximas hasta que el muerto se canse?
—Lo segundo sería científicamente notable, pero optemos por lo primero.
Reed rompió el lacre con cuidado.
Dentro había una sola hoja doblada.
No contenía una lista de policías corruptos. No contenía nombres de jueces, ni cifras, ni confesiones. Solo una frase escrita con letra irregular, apresurada:
“Si me ocurre algo, pregúntenle a quien guarda los papeles viejos. Los muertos antiguos tienen mejor memoria que los vivos.”
Reed leyó la frase dos veces.
Ashford frunció el ceño.
Vale dejó de sonreír.
Delacroix observó la tinta, la presión del trazo, la forma apresurada de la letra. Luego miró a Ashford.
—Supongo que esto no estaba previsto en su versión sencilla.
—Puede no significar nada —dijo el superintendente.
—Una frase admirable. Deberían grabarla en la entrada de todas las comisarías.
Vale se levantó.
—Eso pertenece al expediente del señor Harrow.
—El señor Harrow pertenece ahora a un depósito de cadáveres —dijo Delacroix—. Su frase, en cambio, acaba de volverse bastante viva.
—Podría referirse a cualquiera.
—No. Se refiere a alguien que guarda papeles viejos.
Reed miró hacia la puerta.
—Clara.
Ashford alzó una mano.
—Cuidado, inspector. La señorita Whitcomb es una empleada intachable.
—La palabra intachable —dijo Delacroix— solo significa que nadie se ha molestado aún en tachar con suficiente atención.
Vale tomó su sombrero.
—No permitiré que se utilicen documentos de mi cliente para insinuar acusaciones contra terceros sin base legal.
Delacroix lo miró con una cortesía impecable.
—Señor Vale, hace diez minutos intentaba llevarse esos documentos. Ahora le preocupa su uso moral. Está usted progresando con una velocidad conmovedora.
El abogado o lo que fuera sonrió de nuevo, aunque esta vez con menos aceite y más filo.
—No subestime a Victor Harrow, monsieur. Incluso muerto podía mentir mejor que muchos vivos.
—No lo subestimo. De momento estoy admirando la cantidad de molestias que sigue causando sin respirar.
Vale inclinó la cabeza hacia Ashford.
—Volveré con una autorización formal.
—Hágalo —dijo Ashford.
—Y le sugiero que no permita que este asunto se convierta en una caza de brujas.
Delacroix tomó el bastón.
—No se preocupe. Las brujas suelen tener una imaginación más interesante que los funcionarios.
Vale salió del despacho dejando tras de sí un olor tenue a colonia cara y amenaza barata.
Ashford cerró la puerta con brusquedad.
—Esto es absurdo.
—Casi todo lo importante lo parece al principio —dijo Delacroix.
—Harrow intentaba señalar a Clara Whitcomb.
—No necesariamente.
—Ha dicho “quien guarda los papeles viejos”. ¿Quién cree que guarda los papeles viejos en una comisaría?
—Superintendente, en este edificio todos parecen guardar algo viejo: rencores, errores, ascensos perdidos, informes corregidos. La señorita Whitcomb guarda expedientes. Es una diferencia, no una condena.
Reed dobló la hoja y la guardó de nuevo.
—Necesito hablar con ella.
—Hablará usted con ella con respeto —dijo Ashford.
Delacroix levantó una ceja.
—Qué defensa tan rápida. ¿Debo atribuirla a caballerosidad, culpa o miedo administrativo?
Ashford se volvió hacia él.
—Tenga cuidado.
—Procuro tenerlo. Me ayuda a no confundir un despacho cálido con una conciencia limpia.
Durante un momento pareció que Ashford iba a ordenar su expulsión. Pero el sobre abierto sobre la mesa, el cadáver en el sótano y los periodistas al otro lado de la niebla le aconsejaron una prudencia que quizá confundió con autocontrol.
—La señorita Whitcomb no tenía motivo alguno para matar a Harrow.
Delacroix se acercó a la ventana.
Desde allí se veía la calle borrosa, los faroles apagados, los contornos de dos hombres apostados junto a la entrada. Periodistas, quizá. O curiosos. En Londres las dos especies se distinguían sobre todo por el sombrero.
—Eso —dijo— es justamente lo que dicen los hombres antes de descubrir un motivo excelente.
Reed abrió la puerta.
—Voy a buscarla.
—No —dijo Delacroix.
El inspector se detuvo.
—¿No?
—Antes quiero saber qué sabe usted de Margaret Whitcomb.
El nombre produjo un efecto pequeño, pero real.
Ashford dejó de respirar durante medio segundo.
Reed frunció el ceño.
—¿Margaret?
Delacroix no apartó la mirada de Ashford.
—El señor Harrow mencionó familias que tenían mala costumbre de cruzarse en su camino.
Wilkes se mostró incómodo. Clara lleva el apellido Whitcomb.
Y el sobre habla de papeles viejos. En general, cuando tres sombras apuntan en dirección parecida, conviene mirar si hay un cuerpo interponiéndose a la luz.
Ashford fue hacia su mesa.
—No sé a qué se refiere.
—Qué respuesta tan preparada para un hombre que no sabe.
Reed miró al superintendente.
—Señor.
Ashford se sirvió un vaso de agua. No lo bebió.
—Margaret Whitcomb era la hermana menor de Clara.
Delacroix esperó.
—Hubo un asunto hace años. Nada que concierna a este caso.
—Las frases “hace años” y “nada que concierna” son dos de las cunas favoritas del asesinato, superintendente.
Ashford dejó el vaso.
—Margaret murió.
Reed cambió la expresión.
—No lo sabía.
—Fue antes de que usted llegara a Blackwell Yard.
—¿Qué tuvo que ver Harrow?
Ashford no respondió.
Delacroix sí lo hizo, en voz baja:
—Eso, inspector, es la primera pregunta decente que ha hecho esta mañana.
El superintendente cerró los ojos con fastidio.
—Harrow estuvo implicado en un escándalo relacionado con unas cartas. Margaret Whitcomb fue… perjudicada.
—Perjudicada —repitió Delacroix—. Qué palabra tan limpia para usarla sobre una mujer muerta.
Ashford abrió los ojos.
—No sabemos que muriera por eso.
—Naturalmente. La sociedad tiene un talento magnífico para empujar a alguien hacia un precipicio y luego preguntar si quizá resbaló por falta de carácter.
Reed se quedó muy quieto.
—¿Clara sabe que Harrow estaba implicado?
Ashford lo miró como si la pregunta fuera ingenua.
—Todo el mundo lo sabía. En su momento.
Delacroix volvió hacia la mesa y tomó la nota del sobre, leyéndola otra vez.
Los muertos antiguos tienen mejor memoria que los vivos.
Harrow había sido muchas cosas, pero no tonto. Si había escrito aquella frase, no era por poesía. Era un seguro. Una cuerda. Una forma de arrastrar a alguien hacia la luz si él acababa en la oscuridad.
Pero los chantajistas no siempre señalan a sus asesinos. A veces señalan simplemente a la persona a la que quieren seguir haciendo daño después de muertos.
—Necesito el expediente de Margaret Whitcomb —dijo Delacroix.
Ashford negó con la cabeza.
—Eso no será posible.
Reed lo miró.
—¿Por qué?
El superintendente tardó demasiado.
—Porque desapareció del archivo hace años.
El silencio se cerró alrededor de la frase.
Delacroix bajó la nota.
—Qué conveniente.
—No insinúe…
—No insinuo, superintendente. Observo. Insinuar sería una falta de generosidad cuando los hechos se esfuerzan tanto por hablar.
Reed parecía cada vez más pálido.
—¿Desapareció un expediente vinculado a la hermana de Clara, en una comisaría donde Clara trabaja como archivista?
—No he dicho que ella lo retirara.
—¿Quién lo hizo?
—No se supo.
Delacroix dobló la nota con cuidado.
—Entonces ya tenemos un muerto reciente, una muerta antigua, un expediente desaparecido, un sobre que nadie quería abrir en público y una mujer discreta que guarda papeles viejos en un edificio donde todos parecen haber extraviado la memoria justo en los lugares más útiles.
Ashford se sentó, vencido por una irritación que empezaba a parecerse demasiado al miedo.
—Harrow habría disfrutado esto.
—Sin duda —dijo Delacroix—. Los hombres crueles suelen disfrutar mucho de las consecuencias de su propia crueldad, incluso cuando ya no pueden asistir a ellas con buena postura.
Reed guardó la nota en una carpeta.
—Voy a buscar a Clara.
Esta vez Delacroix no lo detuvo.
Ashford miró hacia la puerta.
—No la acuse sin pruebas.
Delacroix se volvió hacia él.
—Superintendente, todavía no sé si Clara Whitcomb es culpable de asesinato. Pero empiezo a sospechar que esta comisaría es culpable de haber olvidado algo que ella no pudo olvidar.
Reed salió.
Delacroix permaneció unos segundos en el despacho, junto al calor excesivo de la chimenea, pensando en Victor Harrow.
Harrow, el superviviente.
Harrow, el chantajista.
Harrow, el hombre que había muerto en una celda con una manta sobre el pecho y una última nota apuntando hacia los papeles viejos.
La víctima empezaba a parecer menos un cadáver que una caja abierta.
Y lo desagradable de las cajas abiertas, pensó Delacroix, era que uno nunca sabía si dentro encontraría una pista, una culpa o una serpiente que llevaba años esperando aire.