Capítulo 5 — Victor Harrow, oficio superviviente
Victor Harrow no había sido un hombre querido.
Aquello, en sí mismo, no era especialmente raro.
Londres estaba lleno de hombres poco queridos que, pese a todo, insistían en desayunar, cobrar deudas, escribir cartas y ocupar espacio en los clubes como si el cariño de los demás fuera un lujo decorativo.
Lo particular de Harrow era que su falta de afecto social parecía haber sido fruto de una dedicación constante, casi vocacional.
Había trabajado mucho para merecerla.
La sala de registros recibió a Delacroix y a Reed con el mismo olor a papel viejo de antes, aunque ahora parecía más denso.
Quizá porque, tras haber visto el cadáver, todos los documentos relativos a Harrow habían dejado de ser papeles administrativos para convertirse en restos de una vida bastante mal empleada.
Clara Whitcomb no estaba allí.
El escritorio central, en cambio, continuaba impecable.
Los expedientes aparecían ordenados por fecha, asunto y relevancia con una precisión tan pulcra que Delacroix sintió una inmediata desconfianza.
La pulcritud, en según qué lugares, podía ser una virtud.
En una comisaría después de un asesinato, también podía ser una forma educada de borrar huellas.
Reed cerró la puerta.
—¿Quiere empezar por los antecedentes?
—No —dijo Delacroix—. Quiero empezar por lo que usted preferiría dejar para después.
Reed no fingió no entender. Era una de sus cualidades.
Se acercó al escritorio, apoyó ambas manos en el borde y bajó la mirada hacia los expedientes.
—Harrow pidió verme antes de morir.
—Eso ya lo sabía por su carta.
—No lo puse todo.
—Naturalmente. Las cartas sinceras suelen seguir reservándose el derecho a mentir por omisión.
Reed aceptó el golpe sin protestar.
—Bell dice que me mandó avisar alrededor de las diez. Wilkes recibió el mensaje. Yo estaba con Ashford, revisando el primer informe de ingreso de Harrow.
—¿Y Wilkes se lo transmitió?
—Sí.
—¿Qué dijo exactamente?
Reed tardó un poco.
—Que Harrow quería verme. Que decía tener algo que ofrecer.
—¿Y usted?
—Dije que esperara hasta la mañana.
—Qué respuesta tan policial.
Reed levantó la vista.
—Harrow había hecho eso antes. Muchas veces. Cada vez que se veía acorralado prometía nombres, papeles, confesiones de terceros, escándalos. Vendía humo con membrete.
—El humo también puede asfixiar si se encierra en una habitación pequeña.
—Lo sé.
La frase salió más baja de lo habitual.
Delacroix no insistió de inmediato. Caminó hasta una estantería donde varios lomos llevaban el apellido Harrow escrito en etiquetas distintas. Había algo casi admirable en la cantidad de carpetas que un solo hombre podía acumular sin llegar nunca a convertirse en una condena firme.
—Tiene una biblioteca personal en esta casa —dijo.
—Entraba y salía.
—Como las ratas.
—Las ratas suelen ser más discretas.
Delacroix tomó el expediente más antiguo.
Victor Harrow aparecía por primera vez quince años atrás como testigo en un asunto de falsificación de pagarés.
Después, como informante en una causa de contrabando menor.
Más tarde, como sospechoso de extorsión.
Luego, como intermediario en la venta de cartas privadas.
Después, como denunciante. Luego, otra vez como sospechoso.
Había una belleza casi circular en su indecencia.
—Nunca se quedaba mucho tiempo en un lado de la ley —dijo Delacroix.
—No. Tenía talento para cruzar antes de que cerraran la puerta.
—Un superviviente.
—Un parásito.
—Los parásitos también sobreviven. Esa es parte de la ofensa.
Reed abrió otra carpeta.
—Harrow sabía cosas. Demasiadas. Algunas ciertas. Otras inventadas. La dificultad consistía en distinguir unas de otras antes de pagarle.
Delacroix hojeó varios informes. Los nombres se repetían poco, pero el método era siempre el mismo: Harrow encontraba una grieta y la ensanchaba.
Una deuda de juego. Un hijo ilegítimo. Una carta imprudente.
Una firma falsa. Un testimonio comprado.
Una visita a una casa que nadie debía visitar.
Una fotografía. Una promesa. Un cadáver antiguo, a veces.
Los seres humanos tenían muchas formas de convertirse en mercancía, y Harrow parecía haberlas catalogado con paciencia.
—¿Trabajaba para la policía?
Reed apretó los labios.
—A veces.
—Qué palabra tan cómoda. Sirve igual para la caridad, el adulterio y la corrupción.
—Nos dio información útil en varios casos.
—Y a cambio ustedes miraron hacia otro lado en otros tantos.
—No lo diría así.
—Por supuesto que no. Usted tiene uniforme.
Reed cerró la carpeta con algo más de fuerza de la necesaria.
—No todos los tratos con informantes son corrupción, Delacroix.
—No. Algunos son solo una forma de ensuciarse las manos y llamar al barro procedimiento.
—¿Prefiere que la policía no use confidentes?
—Prefiero que, cuando los use, recuerde que está alimentando a perros que quizá un día muerdan dentro de casa.
Reed no respondió.
Delacroix dejó el expediente sobre la mesa.
—¿A quién podía perjudicar Harrow esa noche?
—A demasiados.
—Entonces reduzcamos la palabra “demasiados” hasta que pueda sentarse en una silla.
Reed respiró hondo y fue señalando carpetas.
—Gerald Ashford.
—Su superintendente.
—Harrow insinuó hace años que Ashford había cerrado una investigación por conveniencia política. Nunca pudo probarlo.
—¿Era cierto?
—No lo sé.
—Mala respuesta.
—Es la única honesta.
—Continúe.
—Sargento Wilkes. Harrow estropeó un caso suyo al retirar una declaración en el último momento. Wilkes perdió un ascenso por aquello.
—Y anoche lo interrogó antes de encerrarlo.
—Sí.
—Muy considerado por parte del destino.
Reed señaló otra carpeta.
—Edmund Vale. Abogado, gestor, intermediario. Trabajó con Harrow y contra Harrow según soplara el dinero. Vino esta mañana a reclamar sus pertenencias.
—Eso ya me interesa.
—También hay nombres externos. Comerciantes, viudas, algún aristócrata venido a menos, un juez retirado…
—Qué democrático. Harrow no discriminaba por clase social.
—Solo por vulnerabilidad.
Delacroix miró el inventario de pertenencias.
—Cartera, reloj, pitillera, llave pequeña, dos cartas y un sobre lacrado.
—Sí.
—El sobre está en poder de Ashford.
—Eso dijo Clara.
—¿Lo ha visto usted?
Reed negó.
—Aún no.
—Inspector.
—Lo sé.
—No estoy seguro de que lo sepa. En un caso donde un hombre muere antes de hablar, un sobre lacrado no debería disfrutar de una mañana privada con el superintendente.
Reed se dirigió hacia la puerta.
—Lo pediré ahora.
—No. Lo pediremos juntos.
Salieron al pasillo. La comisaría parecía más despierta que antes, aunque no más tranquila.
Dos agentes hablaban en voz baja junto a la escalera.
Callaron al ver a Reed. Un hombre con gabán gris esperaba sentado en un banco, leyendo un periódico demasiado cerca de la cara.
Una mujer joven lloraba sin ruido frente al mostrador.
La rutina seguía produciendo desgracias menores mientras la desgracia principal ocupaba el sótano.
Al llegar al despacho de Ashford, la puerta estaba entreabierta.
Dentro, el superintendente hablaba con un hombre delgado vestido de negro, de rostro afeitado, nariz larga y ojos pequeños, brillantes. Tenía el sombrero sobre las rodillas y la expresión de quien ha aprendido a parecer respetable sin cometer el error de serlo.
Ashford se interrumpió al verlos.
—Inspector Reed.
—Señor. Necesitamos el sobre lacrado encontrado entre las pertenencias de Harrow.
El hombre sentado volvió la cabeza lentamente hacia Delacroix.
—Qué coincidencia —dijo—. Yo también.
Su voz era suave, casi aceitosa. No desagradable de entrada; peor, entrenada para resultar razonable.
Ashford se puso de pie.
—Monsieur Delacroix, inspector, este es Edmund Vale. Representaba ciertos intereses del señor Harrow.
—Qué expresión tan modesta —dijo Delacroix—. ¿Abogado?
Vale sonrió.
—Entre otras cosas.
—Siempre desconfío de los hombres que son “entre otras cosas”. Las otras cosas suelen explicar demasiado.
Vale no pareció ofendido.
—Y yo desconfío de los detectives célebres. Suelen llegar cuando los hechos ya han decidido estropearse.
—Entonces empezamos desde una saludable falta de simpatía mutua.
Ashford hizo un gesto impaciente.
—El señor Vale ha venido a reclamar los efectos personales de Harrow.
—El señor Harrow está muerto —dijo Delacroix—. Sus efectos personales han adquirido cierta importancia.
—Precisamente por eso —respondió Vale— conviene que no se extravíen en una comisaría confundida.
Reed dio un paso hacia la mesa.
—El sobre, señor.
Ashford se endureció.
—Está bajo custodia.
—¿Dónde?
—En mi caja.
—Quiero verlo.
Ashford miró a Delacroix.
—Esto es irregular.
—Un hombre muerto en un calabozo también lo es. Y, sin embargo, aquí estamos.
Vale entrelazó los dedos sobre el sombrero.
—El contenido de ese sobre podría estar protegido por confidencialidad profesional.
Delacroix lo observó.
—¿Era usted su abogado?
—En ocasiones.
—Qué interesante. El señor Harrow parece haber vivido rodeado de ocasiones.
—No estoy obligado a explicarle la naturaleza de nuestra relación.
—No. Pero puede elegir entre explicármela a mí ahora o explicársela luego a un tribunal cuando alguien pregunte por qué tenía tanta prisa en recuperar papeles de un muerto.
La sonrisa de Vale se debilitó apenas.
Ashford abrió un cajón, sacó una llave pequeña y fue hasta una caja metálica situada en un armario lateral. La abrió con una ceremonia irritada. Extrajo un sobre de papel crema, sellado con lacre rojo. Estaba intacto.
Lo dejó sobre la mesa.
Delacroix no lo tocó.
—¿Quién lo ha abierto?
—Nadie —dijo Ashford.
—No he preguntado quién debería haberlo abierto.
—Nadie.
—¿Quién lo trasladó desde el depósito?
—La señorita Whitcomb, por orden mía.
—¿A qué hora?
Ashford miró a Reed.
—Después del hallazgo del cuerpo.
—¿Antes o después de que el señor Vale llegara a reclamarlo?
—Antes.