Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 4 — El guardia de la llave #2
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Capítulo 4 — El guardia de la llave #2

—Es una versión absurda, desde luego. Pero no imposible. Y los hombres que desean cerrar expedientes se sienten muy cómodos con lo absurdo cuando no es imposible.

Bell miró a Reed.

—Inspector…

Reed no respondió.

Aquello dolió más que una acusación.

Delacroix se inclinó un poco hacia delante.

—Dígame algo, Bell. ¿Por qué mintió primero sobre la manta?

—Porque sabía cómo sonaría.

—¿Cómo sonaría?

—Como suena ahora. Que él me pidió algo, que yo se lo di, que después apareció muerto. Soy guardia, señor. No soy listo, pero tampoco soy ciego.

—No se insulte con tanta facilidad. La lucidez, en ciertas profesiones, suele consistir solo en saber cuándo los demás preparan una cuerda.

Bell bajó la cabeza.

—Tengo una esposa.

Reed cerró los ojos.

—Bell…

—Y dos niñas. Una de seis y una de nueve. La pequeña estuvo enferma el invierno pasado. Yo no podía perder el puesto. No por una manta. No por haber cerrado los ojos. No por un canalla como Harrow.

Se hizo un silencio incómodo.

Los hombres decentes, cuando empiezan a hablar de lo que pueden perder, suelen parecer culpables de algo aunque no hayan matado a nadie.

Delacroix lo observó sin suavizar la mirada.

—¿Harrow le dijo algo sobre su familia?

Bell levantó la vista.

—¿Qué?

—Los chantajistas tienen talento para encontrar debilidades incluso en desconocidos. ¿Le dijo algo sobre su esposa? ¿Sus hijas? ¿Su sueldo?

—No.

—¿Seguro?

—Sí. Solo insultos. Dijo que olía a pobre ahí abajo. Que los policías de sótano nacíamos ya con moho en los pulmones. Cosas así.

—Delicado.

—Harrow no era delicado.

—No. Pero quizá era preciso.

Bell frunció el ceño.

—No entiendo.

—Los insultos generales son ruido. Los específicos son herramientas. Si no habló de su familia, tal vez usted no le importaba.

—Mejor.

—Para usted, sí. Para el caso, no necesariamente.

Reed se separó de la pared.

—¿Por qué?

Delacroix no respondió aún. Tomó el pequeño reloj de bolsillo que Bell había dejado sobre la mesa junto a su gorra. No lo abrió.

—¿Es suyo?

Bell asintió.

—Sí, señor.

—¿Funcionaba anoche?

—Sí.

Delacroix lo abrió.

Marcaba las nueve y treinta y siete.

Delacroix sacó el suyo. Nueve y cuarenta y cuatro.

—Atrasa siete minutos.

Bell se inclinó.

—No puede ser.

—Puede, puesto que lo hace.

—Ayer iba bien.

—Los relojes también tienen sus pequeñas traiciones.

Bell se volvió hacia Reed.

—Yo apunté las horas según el reloj de pared.

—El de la sala atrasa cuatro minutos —dijo Delacroix.

Reed miró hacia la puerta.

—¿Y este siete?

—Quizá atrasa desde hace días. Quizá desde esta mañana. Quizá alguien lo golpeó. Quizá no importa. Pero cuando en una noche de muerte aparecen relojes que no están de acuerdo, conviene evitar que la policía elija su favorito por comodidad.

Bell respiró con creciente angustia.

—Yo no cambié ninguna hora.

—No he dicho que lo hiciera.

—Pero lo piensa.

—Pienso muchas cosas desagradables. La mayoría no merecen aún convertirse en acusaciones.

Delacroix cerró el reloj y lo dejó donde estaba.

—Hablemos de la llave.

Bell volvió a tocarse la cintura.

—La tuve siempre.

—Excepto cuando cerró los ojos.

—La llevaba encima.

—¿Alguien pudo quitársela?

—No.

—¿Está seguro?

—Sí.

—Los hombres dormidos son muy optimistas sobre lo que no pudo ocurrir mientras dormían.

Bell apretó la boca.

—No dormía.

—De acuerdo. Los hombres con los ojos cerrados son apenas un poco menos optimistas.

Reed se acercó a la mesa.

—Bell, necesito que responda con precisión. ¿La cadena estaba visible?

—No. La llevaba por dentro.

—¿Alguien sabía eso?

—Todos. Es costumbre mía.

—¿Por qué?

—Hace años, un detenido intentó coger una llave a un guardia. Desde entonces la llevo así.

Delacroix apoyó la yema de un dedo sobre la mesa.

—Entonces cualquiera que trabajara aquí sabía que robarle la llave sería difícil.

—Sí.

—Y cualquiera que quisiera matar a Harrow sin señalarse a sí mismo sabía que la llave lo señalaría a usted.

Bell palideció.

—Eso no me ayuda mucho, señor.

—Todavía no. Pero me ayuda a mí.

En el exterior de la sala, unas botas pasaron por el pasillo. Luego otra voz. Luego silencio. Blackwell Yard seguía moviéndose alrededor de ellos, fingiendo normalidad con esa eficacia miserable de los edificios donde ha ocurrido algo grave y nadie quiere darle demasiado espacio.

Delacroix se levantó.

—Vamos a hacer un ejercicio.

Bell lo miró alarmado.

—¿Un ejercicio?

—No se preocupe. No requiere inteligencia superior. Solo memoria, que ya es bastante cruel.

Salieron al pasillo.

Reed abrió la puerta de la sala y llamó a Crawley para que permaneciera cerca. Delacroix condujo a Bell hasta la mesa de guardia.

—Siéntese donde estaba anoche.

Bell obedeció.

La silla crujió bajo su peso. La mesa quedaba orientada hacia el pasillo de las celdas, pero no de frente. Un hombre sentado allí podía ver las puertas si giraba un poco la cabeza. Si escribía o miraba hacia la estufa, perdía parte del ángulo.

Delacroix tomó la posición de Bell.

—¿Dónde estaba la lámpara?

Bell señaló.

—Ahí.

—¿Encendida toda la noche?

—Sí.

—¿Fuerte?

—No mucho. El cristal está ahumado.

Delacroix miró hacia la celda tres.

Desde la silla, la puerta se veía, pero la parte inferior quedaba medio tapada por la esquina de la mesa si uno se inclinaba sobre el registro.

El postigo podía abrirse sin que alguien sentado y distraído lo viera claramente, siempre que el movimiento fuera breve.

Pero la puerta completa no. La puerta completa habría hecho ruido, habría exigido llave, habría obligado al hierro a delatarse.

Delacroix se levantó y caminó hasta la celda.

—Reed, siéntese en el lugar de Bell.

El inspector obedeció, aunque con visible incomodidad. Algunos hombres soportaban mejor dar órdenes que representar el papel de quienes las reciben.

—Bell, vaya al armario. Tome una manta como hizo anoche.

Bell tragó saliva, fue hasta el armario y abrió la puerta. Dudó ante las mantas.

—La de arriba —dijo Delacroix.

—Ya no está igual.

—Lo sé. Finja que la realidad aún no ha tenido tiempo de estropearse.

Bell tomó la manta superior.

—Ahora vaya a la celda tres. Harrow está junto a la puerta. Usted le ordena apartarse. Abre el postigo.

Bell se detuvo.

—¿Lo hago?

—No. Muéstrelo.

Bell simuló el gesto. Agachó un poco el cuerpo, descorrió el pestillo del postigo y empujó la manta hacia dentro.

Delacroix miró a Reed.

—¿Lo ve bien desde allí?

Reed, sentado en la mesa, entornó los ojos.

—Si estoy mirando, sí.

—¿Y si escribe?

Reed bajó la vista hacia el registro.

—No.

—¿Y si está sirviendo té?

—Tampoco.

—¿Y si ha cerrado los ojos cinco minutos?

Reed no respondió.

Bell apretó la manta contra el pecho.

—Pero no entró nadie.

—Eso empieza a parecer cierto —dijo Delacroix.

Bell abrió los ojos.

—¿Me cree?

—No se emocione. Apenas he dicho que su mentira tiene mejor aspecto que la verdad oficial.

Delacroix se agachó ante el postigo. Era lo bastante ancho para pasar una bandeja, una jarra, una manta enrollada.

No una persona. No un brazo armado con comodidad.

Alguien podría introducir algo, sí, pero tendría que hacerlo desde fuera, delante del guardia, en el pasillo iluminado y con el riesgo de que el detenido gritara.

—¿Harrow estaba de pie cuando recibió la manta?

—Sí.

—¿Podía ver quién se la daba?

—Sí. Me insultó por mi nombre.

—Luego no pudo ser otro en ese momento.

—No.

Delacroix se incorporó.

—¿Quién sabía que usted le había dado la manta?

Bell pensó.

—Nadie.

—Imposible. En una comisaría nadie sabe nada, pero todo el mundo acaba enterándose de lo que puede perjudicar a otro.

—Yo no se lo dije a nadie.

—¿Antes de encontrar el cuerpo?

—No.

—¿Después?

—A Reed. Y al superintendente. Y a la doctora.

—¿Crawley?

—Estaba allí.

—¿Clara Whitcomb?

Bell dudó.

Delacroix no necesitó más, pero esperó.

—La señorita Whitcomb bajó un momento.

Reed se volvió hacia él.

—¿Cuándo?

—Después de que encontráramos el cuerpo. Trajo el libro de incidencias que Ashford pidió. Yo estaba… no sé. Yo estaba mal. Ella me preguntó qué había pasado.

—¿Y usted le dijo lo de la manta?

—No lo recuerdo.

—Bell.

—Puede que sí. Dijo que debía contar exactamente todo. Que ocultar cosas me haría daño.

Delacroix miró hacia la escalera.

—Un consejo excelente.

Reed se levantó.

—Clara no mencionó eso.

—Quizá lo consideró irrelevante.

—¿Usted lo cree?

Delacroix sonrió apenas.

—Inspector, he vivido demasiado para creer que una secretaria eficiente considera irrelevante una manta en una celda con un muerto.

Bell dejó la manta sobre la silla, como si de pronto pesara más.

—Ella intentaba ayudarme.

—Tal vez.

—La señorita Whitcomb no es mala.

Delacroix lo miró.

—Guardia Bell, la maldad pura es bastante rara. Y, entre nosotros, algo vulgar. La mayoría de los crímenes son cometidos por personas capaces de ayudar a cruzar la calle a una anciana antes de empujar a otra por una escalera.

Bell guardó silencio.

Desde la celda cuatro llegó la voz de Pike, amortiguada:

—Eso es muy cierto. Yo he conocido empujadores educadísimos.

Reed perdió la paciencia.

—¡Pike!

—Ya me callo, inspector. Pero uno intenta participar en la vida cultural del sótano.

Delacroix se acercó a la puerta de la celda cuatro.

—Señor Pike, antes dijo que oyó respirar raro a Harrow.

—Y sigo arrepintiéndome de haberlo dicho.

—¿Oyó también cuando Bell le entregó la manta?

—Sí.

—¿Vio algo?

—Desde mi celda no veo la puerta de la tres. Oigo. Huelo. Me aburro. Es mi tragedia personal.

—¿Qué oyó?

—A Harrow protestar. A Bell decirle que retrocediera. El postigo. La manta cayendo o rozando el suelo. Harrow insultándolo. Luego pasos.

—¿Pasos de quién?

—De Bell, supongo.

—¿Supone?

—No vi unos zapatos presentarse con nombre y apellido.

—¿Los pasos se alejaron hacia la sala de guardia?

—Sí.

—¿Oyó otros pasos después?

Pike tardó en contestar.

—En una comisaría siempre se oyen pasos.

—Qué respuesta tan poco útil. Casi parece preparada.

—No preparo nada gratis.

—¿Oyó pasos cerca de la celda tres después de que Bell se sentara?

Silencio.

Reed se acercó también.

—Pike.

—Oí a alguien en la escalera.

Bell frunció el ceño.

—¿Cuándo?

—No sé. Más tarde.

—¿Por qué no lo dijo? —preguntó Reed.

—Porque no quiero problemas con gente que lleva llaves.

Delacroix ladeó la cabeza.

—Pero acaba de crearse uno conmigo, que llevo bastón.

Pike suspiró.

—No sé si bajó alguien del todo. Oí un ruido arriba, en la puerta. Luego quizá pasos. Quizá no. El borracho de la seis roncaba como una locomotora moribunda y Bell estaba moviéndose. No lo sé.

—¿Voz?

—No.

—¿Mujer u hombre?

—He dicho pasos, no poesía.

Delacroix se apartó de la celda.

Reed lo siguió con la mirada.

—Eso contradice a Bell.

—No necesariamente. Contradice la tranquilidad de Bell, que es algo menos fiable.

Bell se puso de pie.

—No bajó nadie.

—¿Está seguro?

—Sí.

Delacroix se acercó a él.

—Bell, hace unos minutos estaba seguro de no haberse dormido.

El guardia se quedó sin respuesta.

—No bajó nadie —repitió, pero ya no sonó igual.

Reed miró hacia la escalera.

—La puerta superior se cierra con llave por la noche.

—¿Quién la tiene?

—Bell. Wilkes. Yo. Ashford.

—¿Clara Whitcomb?

—No debería.

Delacroix sonrió con tristeza.

—Inspector, cuando alguien dice que una persona no debería tener una llave, el mundo suele dividirse en dos posibilidades: que no la tenga o que la tenga mejor escondida.

Reed no discutió.

Bell se llevó una mano al pecho.

—Dios mío.

—No invoque todavía a Dios —dijo Delacroix—. En mi experiencia, suele llegar tarde a los interrogatorios.

Crawley apareció en la entrada del sótano.

—Inspector Reed.

—¿Qué ocurre?

—El superintendente pregunta cuánto tiempo más necesitará monsieur Delacroix.

Delacroix miró el reloj de pared.

—Dígale que bastante más que una hora y bastante menos que una mentira oficial bien organizada.

Crawley dudó.

—¿Se lo digo así?

—No. Usted desea conservar su empleo.

Reed se acercó al joven.

—Dígale que subiremos en unos minutos. Y busque a la señorita Whitcomb. Quiero verla en la sala de registros.

—Sí, inspector.

Crawley subió.

Bell volvió a sentarse lentamente.

—Van a culparme.

Nadie respondió enseguida.

Delacroix se colocó frente a él.

—Eso intentarán.

—Pero usted no cree que yo…

—Le diré lo que creo, Bell. Creo que mintió porque tuvo miedo. Creo que cerró los ojos porque estaba cansado. Creo que dio una manta porque Harrow era insoportable y porque usted conserva una parte del alma que Blackwell Yard no ha sabido arrancarle del todo.

Bell lo miró con los ojos húmedos.

—Gracias.

—No me agradezca. También creo que su miedo y su cansancio han regalado al verdadero asesino una magnífica cuerda para su cuello.

El agradecimiento murió en el rostro de Bell antes de nacer del todo.

Delacroix se inclinó apenas sobre la mesa.

—A partir de ahora, guardia Bell, no volverá a mentirme. Ni por vergüenza, ni por orgullo, ni por proteger a su familia, ni por proteger esa idea absurda de dignidad que los hombres pobres se ven obligados a llevar encima como si fuera otro uniforme. ¿Está claro?

Bell asintió.

—Sí, señor.

—Dígalo.

—No volveré a mentirle.

—Excelente. Es una promesa muy bonita. Procure no arruinarla demasiado pronto.

Reed abrió la puerta de la sala.

—Tenemos que subir.

Delacroix tomó su bastón.

Antes de seguirlo, miró una vez más hacia la celda tres.

La puerta estaba cerrada ahora. Detrás quedaba Victor Harrow, la manta, el frío y una muerte que se empeñaba en parecer más sencilla de lo que era.

Delacroix pensó en el guardia, en la llave, en el postigo, en la manta seca colocada arriba del armario, en el reloj atrasado y en los pasos que quizá alguien había oído o quizá alguien había inventado por puro instinto de supervivencia.

Luego pensó en Clara Whitcomb.

Una mujer discreta. Una mujer diligente. Una mujer que aconsejaba decir toda la verdad y, al parecer, elegía con cuidado qué partes de la verdad merecían constar por escrito.

Al llegar al pie de la escalera, Reed habló en voz baja:

—¿Bell es inocente?

Delacroix apoyó la mano sobre la barandilla húmeda.

—No lo sé.

—Pero no cree que sea el asesino.

—Creo que Bell es algo mucho más útil para el asesino que un cómplice.

—¿Qué?

Delacroix empezó a subir.

—Un hombre decente en el lugar exacto.

Reed tardó un segundo en seguirlo.

Abajo, en el sótano, Thomas Bell se quedó sentado junto a la mesa de guardia, mirando sus propias manos como si acabara de descubrir que alguien las había usado durante la noche sin pedirle permiso.