Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 4 — El guardia de la llave
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Capítulo 4 — El guardia de la llave

Thomas Bell tenía las manos de un hombre acostumbrado a cosas sencillas: cerrar puertas, cargar carbón, arrastrar borrachos, sostener una taza de té demasiado caliente sin quejarse.

No eran manos finas ni violentas. Eran manos grandes, enrojecidas por el frío, con los nudillos agrietados y las uñas cortas, limpias a medias, como si la higiene y la vida hubieran llegado a un acuerdo razonable pero no entusiasta.

Delacroix las observó antes de mirarle a los ojos.

Los ojos, en un interrogatorio, solían estar sobrevalorados.

Mentían con demasiada conciencia de estar siendo juzgados.

Las manos, en cambio, tenían menos educación.

Se cerraban, temblaban, buscaban bolsillos, tocaban botones, rogaban antes que la boca o después de ella.

Las manos eran, con frecuencia, una biografía sin gramática.

Las de Bell no sabían dónde ponerse.

—Siéntese —dijo Delacroix.

Bell obedeció con una rapidez que resultó casi dolorosa.

Reed había ordenado que utilizaran una pequeña sala contigua a los calabozos, apenas un cuarto de interrogatorio con una mesa estrecha, tres sillas, una lámpara de pantalla verde y una ventana alta que no mostraba la calle, sino una pared de ladrillo húmedo.

En Blackwell Yard incluso las ventanas parecían sometidas a régimen disciplinario.

Reed cerró la puerta.

Delacroix tomó asiento frente al guardia. Reed quedó de pie junto a la pared, con los brazos cruzados. No era una postura casual. Los policías tenían esa costumbre: aun cuando no interrogaban, necesitaban que la habitación recordara de qué lado estaba la autoridad.

Bell tragó saliva.

—Señor, yo no lo maté.

—Ya lo ha dicho.

—Es que es la verdad.

—La verdad no mejora por repetirse. A veces solo se cansa.

Bell bajó la vista.

Delacroix apoyó el bastón contra la mesa.

—Vamos a empezar con algo menos ambicioso que la verdad. Empecemos con la noche.

Bell asintió.

—Sí, señor.

—Harrow fue encerrado a las nueve y diez.

—Más o menos.

—No me gusta “más o menos”. Tiene la textura de una alfombra bajo la que alguien ha barrido algo pequeño.

—A las nueve y diez, entonces.

—¿Lo llevó usted?

—Yo estaba abajo. Lo trajeron el sargento Wilkes y Crawley.

—¿En qué estado?

—Enfadado.

—Eso no es un estado. Es casi una profesión en algunos hombres.

Bell hizo un esfuerzo por ordenar los recuerdos.

—Hablaba mucho. Insultaba a todos. Decía que no sabíamos con quién nos estábamos metiendo. Que por la mañana algunos iban a perder el puesto. Que él tenía amigos.

—¿Los tenía?

—No lo sé.

—¿Le creyó?

Bell levantó los hombros.

—Los hombres como Harrow siempre dicen que tienen amigos. Luego uno descubre que solo tienen deudas y víctimas.

Reed movió apenas la cabeza, como si aquella frase hubiera salido de un lugar inesperado.

Delacroix también la registró.

—No parece que le tuviera simpatía.

—No.

—¿Lo conocía de antes?

—Lo había visto alguna vez. En la comisaría. Años atrás. Entraba y salía. A veces como detenido, a veces como informante, a veces como si el edificio le perteneciera.

—¿Y le molestaba?

—Me molestan muchas personas, señor. No las mato.

—Una política excelente. Ojalá más extendida.

Bell respiró con dificultad por la nariz.

—Lo pusieron en la celda tres. Él dijo que no pensaba quedarse allí. Que olía a tumba.

—Una elección de palabras previsora.

Bell cerró los ojos un instante.

—Sí.

—¿Pidió algo al principio?

—Un abogado. Whisky. Una cama decente. Una disculpa del superintendente. Después pidió ver al inspector Reed.

Reed no se movió.

Delacroix miró al inspector de reojo, pero no lo comentó.

—¿A qué hora pidió ver a Reed?

—No sé exactamente. Poco después de que lo encerraran. Tal vez a las diez.

—¿Avisó usted?

Bell se removió en la silla.

—Al sargento Wilkes.

—No le he preguntado a quién culpa. Le he preguntado si avisó.

—Sí. Subí y se lo dije al sargento.

Reed intervino:

—Wilkes no lo mencionó.

Bell abrió los ojos con alarma.

—Pues se lo dije.

—¿Qué respondió Wilkes?

—Que Harrow podía esperar sentado. Que todos los chantajistas tienen revelaciones urgentes cuando oyen cerrar una puerta.

Delacroix tamborileó una vez con el dedo sobre la mesa.

—¿Y usted volvió abajo?

—Sí.

—¿La llave?

Bell tocó instintivamente su cintura, aunque ya no la llevaba.

—Conmigo.

—Descríbamela.

—La llave de la celda tres estaba en el aro principal. En la cadena. La cadena va sujeta al cinturón. Por la noche me la paso también por dentro de la chaqueta.

—¿Por qué?

—Por costumbre. Para no dejarla colgando si me quedo dormido.

El silencio siguiente fue pequeño, pero muy revelador.

Reed alzó la vista.

—¿Se quedó dormido, Bell?

Bell palideció.

—No.

—Acaba de decir…

—He dicho si me quedo dormido. No que me quedara.

Delacroix ladeó un poco la cabeza.

—Guardia Bell, está usted sentado en una habitación con un hombre muerto a pocos metros, acusado por media comisaría y protegido solo por la posibilidad de que alguien más haya sido más inteligente que usted.

Le recomiendo no ahorrar sinceridad por miedo a parecer negligente.

La negligencia es desagradable. La horca, en cambio, tiene peor reputación.

Bell apretó las manos sobre la mesa.

—Cerré los ojos.

Reed dio un paso hacia él.

—Bell.

—No dormí. No como tal.

—Ah —dijo Delacroix—. Entramos en el admirable territorio de los matices culpables.

Bell habló deprisa:

—Fue después de las dos. O cerca. No había ruido. Pike se había callado. El borracho de la seis llevaba un rato dormido. Harrow también parecía dormir. Me senté. Cerré los ojos. Solo unos minutos.

—¿Cuántos?

—No lo sé.

—Naturalmente.

—Cinco. Diez. No más.

Reed apretó la mandíbula.

—¿Por qué no lo declaró?

Bell lo miró con desesperación.

—Porque un hombre murió en mi turno, inspector. Si decía que había cerrado los ojos, ya no importaría nada más.

—Importa ahora —dijo Reed.

—Ahora ya importa todo.

Delacroix no intervino de inmediato. Dejó que la frase hiciera su trabajo.

Bell parecía encogerse dentro del uniforme. No era un hombre destruido por la culpa de haber matado. Era un hombre destruido por la culpa de haber dado a otros una forma perfecta de acusarlo.

—Volvamos atrás —dijo Delacroix—. La manta.

Bell respiró hondo.

—Harrow empezó a quejarse del frío alrededor de medianoche. Tal vez antes. Golpeó la puerta con la palma. Dijo que aquello era inhumano.

—Una palabra interesante en boca de ciertos hombres.

—Yo le dije que se callara.

—¿Y se calló?

Bell soltó una risa breve, sin alegría.

—No. Harrow no se callaba. Era de esa clase de hombres que parece creer que el mundo le debe atención incluso cuando lo encierra.

—Siga.

—Al principio no le hice caso. Luego empezó a toser. O fingía toser. No lo sé. Dijo que si amanecía enfermo nos denunciaría. Dijo que tenía los pulmones mal.

—¿Los tenía?

—No lo sé.

—Pero usted le creyó lo suficiente.

—No quería que muriera de frío.

La frase cayó sobre la mesa con una inocencia casi insoportable.

Reed apartó la mirada.

Delacroix no.

—¿Abrió la puerta?

—No.

—¿Está seguro?

—Sí. No abrí la puerta completa. Abrí el postigo inferior.

—Explíquelo.

Bell señaló con una mano hacia el pasillo, como si la puerta pudiera verlo desde allí.

—Las celdas tienen una mirilla arriba y un postigo más bajo. Para pasar comida, ropa, cosas pequeñas. Se abre desde fuera con un pestillo. No cabe una persona por ahí. Ni un brazo entero si el detenido no se aparta.

—¿Usó la llave?

—No. Para el postigo, no. Solo el pestillo.

—¿Harrow estaba junto a la puerta?

—Sí. Le dije que retrocediera. Retrocedió. Abrí el postigo y empujé la manta.

—¿La tocó él enseguida?

—Sí. La cogió.

—¿Con qué mano?

Bell se quedó quieto.

—No lo sé.

—Inténtelo.

—Con las dos, creo. Estaba enfadado. Tiró de ella y casi me pilla los dedos con el postigo.

—¿Lo insultó?

—Sí.

—¿Qué dijo?

Bell bajó los ojos.

—Que incluso para dar una manta éramos incompetentes.

Delacroix asintió.

—Luego cerró el postigo.

—Sí.

—¿Comprobó que quedara cerrado?

—Sí.

—¿Miró a Harrow después?

—Por la mirilla. Se había echado la manta sobre los hombros. Andaba de un lado a otro. Luego se tumbó.

—¿Cuánto tardó en tumbarse?

—No mucho.

—¿Minutos?

—Diez. Quizá quince.

—¿Volvió a quejarse?

—No.

—¿Eso no le llamó la atención?

Bell lo miró, herido por la pregunta.

—Señor, cuando un detenido deja de quejarse, uno no suele tomarlo como una mala señal. Lo toma como un regalo de Dios.

Delacroix aceptó aquello con un leve movimiento de cabeza.

—Comprensible.

Bell se humedeció los labios.

—Después hice una ronda. Miré las celdas. Pike estaba despierto. La seis dormía. Harrow parecía dormir.

—¿Respiraba?

—Ya me lo preguntó.

—Y usted todavía no me ha respondido.

—No lo sé. La manta le tapaba mucho. Vi un bulto. Pensé que dormía.

—¿La manta le cubría el rostro?

—No del todo. Hasta aquí.

Bell se señaló la barbilla.

—¿Seguro?

—Creo que sí.

—Otra alfombra.

—No puedo jurarlo.

—Eso es mejor.

Reed se apoyó contra la pared.

—¿A qué hora cerró los ojos?

Bell volvió a tensarse.

—No sé. Después de la ronda.

—¿Antes o después de oír la respiración rara que menciona Pike?

Bell parpadeó.

—Yo no oí eso.

—¿No oyó respirar a Harrow con dificultad?

—No.

—Pike sí.

—Pike diría que oyó cantar al rey si creyera que eso le consigue una sopa mejor.

Delacroix sonrió apenas.

—Una valoración razonable. Pero incluso los mentirosos tropiezan con la verdad de vez en cuando, generalmente por descuido.

Bell se frotó una mano con la otra.

—Yo no oí nada.

—Quizá porque dormía.

—No dormía.

—Había cerrado los ojos.

—Sí.

—Durante cinco o diez minutos.

—Sí.

—En ese intervalo, según la versión de la comisaría, pudo abrir la puerta, entrar, matar a Harrow, volver a cerrar, sentarse y fingir que nada había ocurrido.

Bell abrió la boca.

No salió nada.

Delacroix continuó, sin elevar la voz: