Capítulo 3 — El hombre de la celda tres #3
—Adoro las cuartas opciones. Suelen ser las únicas decentes.
Vance lo estudió con cierta impaciencia.
—¿Cuál sería?
Delacroix miró la manta.
—Que cuando entendió que algo iba mal, ya no pudiera hacer nada útil con ese conocimiento.
La doctora no respondió.
Reed tampoco.
El frío pareció afirmarse dentro de la celda.
Delacroix salió por fin al pasillo. Bell lo miró como quien espera una sentencia escrita en un idioma desconocido.
—Señor…
—Todavía no.
—Pero ¿me cree?
Delacroix se puso los guantes con calma, aunque no se los había quitado.
—Creer es una palabra demasiado cómoda, guardia Bell. Por ahora me limito a observar que, si usted quiso matar a Harrow, eligió un modo diseñado para señalarlo. Eso puede significar que es usted muy torpe.
Bell palideció aún más.
—O —añadió Delacroix— que alguien confió mucho en que todos pensarían eso.
Bell se apoyó contra la pared.
Desde la celda cuatro, Pike habló otra vez:
—A mí me gusta más la segunda opción.
Reed golpeó la puerta con la palma.
—Silencio.
—La justicia ha pedido mi opinión, inspector. No sea usted enemigo de la democracia.
Delacroix se acercó a la celda cuatro.
—Señor Pike, si vuelve a interrumpir, asumiré que desea colaborar formalmente.
Hubo una pausa.
—Me callo.
—Una decisión sabia y, por tanto, inesperada.
Delacroix volvió hacia Reed.
—Necesito ver el armario de mantas.
Reed señaló la sala de guardia.
—Está ahí.
El armario era de madera vieja, con una puerta combada y un pestillo sencillo. Dentro había cinco mantas dobladas con una desgana que no podía atribuirse a la casualidad ni al orgullo profesional. Dos tenían franja azul. Tres no.
Delacroix las miró sin tocarlas.
—¿Quién tiene acceso a este armario?
Bell respondió:
—Los guardias. El sargento. La señorita Whitcomb a veces, si hay inventario. El personal de limpieza.
—Es decir, media comisaría.
—Sí, señor.
—Una precisión deprimente.
Reed llamó a Crawley, que había regresado al pie de la escalera.
—¿Encontró a Wilkes?
—Viene ahora, inspector. Estaba arriba con el superintendente.
—Naturalmente —dijo Delacroix.
Bell miró el armario.
—Yo cogí la de arriba. Se lo juro. No sabía nada.
—¿Estaba doblada como las demás?
—Sí.
—¿Más limpia? ¿Más nueva? ¿Más seca?
Bell pensó.
—Más seca, quizá.
Delacroix giró lentamente hacia él.
—¿Más seca?
—Las mantas de aquí suelen estar húmedas. Esa no. Por eso la cogí. Pensé que, ya que iba a darle una, al menos…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Reed miró a Delacroix.
Una manta más seca, colocada arriba, en una noche fría, al alcance de un guardia compasivo.
La trampa, si lo era, no parecía construida con violencia. Parecía construida con conocimiento.
Con paciencia.
Con una comprensión exacta de la bondad ajena.
Delacroix cerró el armario.
—Inspector, quiero saber quién revisó estas mantas ayer.
—Clara dijo que ella había ordenado revisar el depósito.
—No he preguntado quién lo ordenó. He preguntado quién las tocó.
Reed asintió.
—Lo averiguaré.
En ese momento, unos pasos pesados bajaron por la escalera.
El sargento Wilkes apareció en la sala de guardia.
Era un hombre ancho, de cuello grueso, bigote rubio y ojos pequeños hundidos bajo unas cejas casi blancas.
Llevaba el uniforme con la naturalidad de quien se sentiría desnudo sin algo que le permitiera dar órdenes.
Miró a Reed, luego a Bell, luego a Delacroix.
Al cadáver ni siquiera necesitó verlo: el sótano entero olía ya a problema.
—Inspector —dijo.
—Wilkes.
—Me han dicho que preguntaba por mí.
Delacroix lo saludó con una leve inclinación.
—Monsieur Delacroix.
Wilkes no devolvió el gesto.
—Ya sé quién es.
—Qué rápido viajan las decepciones en este edificio.
El sargento apretó la boca.
Reed intervino antes de que aquella frase buscara pelea.
—Wilkes, anoche informó de que la celda dos tenía un problema con la cerradura.
—Así es.
—¿La revisó usted?
—Sí.
—¿Qué problema?
—No cerraba bien.
Delacroix apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Qué expresión tan generosa. ¿No cerraba, cerraba mal o cerraba pero usted prefería que no se usara?
Wilkes lo miró con abierta hostilidad.
—No cerraba bien.
—Ha despejado usted todas mis dudas menos las importantes.
—La probé dos veces. El pestillo no entraba limpio. No iba a dejar a Harrow en una celda insegura.
—Qué conmovedora preocupación por la seguridad de un chantajista.
—Mi trabajo no es querer a los detenidos.
—Ni matarlos, espero.
Reed tensó la voz.
—Delacroix.
Wilkes dio un paso adelante.
—¿Está insinuando algo?
—Todavía no. Cuando insinúo, suelo procurar que se note menos.
El sargento respiró por la nariz.
—Harrow era escoria. Pero estaba bajo custodia. Aquí hacemos las cosas como deben hacerse.
Delacroix miró alrededor: la piedra húmeda, el armario viejo, el reloj atrasado, el guardia tembloroso, la puerta cerrada tras la que yacía un hombre muerto.
—Sin duda —dijo—. Eso es lo inquietante.
Wilkes volvió la cabeza hacia Bell.
—Y este idiota no ayudó mintiendo.
Bell bajó la mirada.
—No quería problemas.
—Pues ha elegido una forma original de evitarlos.
Delacroix observó a Wilkes.
—¿Estuvo usted en el sótano después de que Harrow fuera encerrado?
—Sí. A medianoche. Hice una ronda.
—¿Entró en la celda?
—No.
—¿Habló con Harrow?
—Me insultó. Yo le recomendé dormir.
—Qué intercambio tan policial.
—Luego subí.
—¿Vio la manta?
Wilkes dudó apenas.
Apenas.
Pero Delacroix vio la pausa.
—Sí.
—¿La superior?
—Supongo.
—¿Le pareció normal?
—Era una manta.
—Sargento, con esa capacidad de observación, comprendo que la ciudad duerma tranquila.
Wilkes dio otro paso, pero Reed se interpuso.
—Basta.
Delacroix no apartó los ojos del sargento.
—¿Sabía usted que Harrow conocía a la señorita Whitcomb?
La pregunta cambió el aire de la sala.
Wilkes no respondió tan deprisa como debía.
—No.
—Curioso.
—¿Por qué iba a saberlo?
—Porque usted interrogó a Harrow antes de encerrarlo.
—Harrow conocía a mucha gente.
—Pero no todos se rieron al verlo entrar en una comisaría.
Wilkes entornó los ojos.
—¿Qué quiere decir?
—Eso espero averiguarlo.
Reed miró a Delacroix con evidente interés.
Wilkes, por primera vez, pareció medir sus palabras.
—Harrow hizo un comentario sobre la señorita Whitcomb.
—¿Qué comentario?
—Una vulgaridad.
—Las vulgaridades también tienen contenido. A veces más que los discursos.
Wilkes apretó la mandíbula.
—Dijo que el mundo era pequeño. Que algunas familias tenían mala costumbre de cruzarse en su camino.
Bell levantó la cabeza.
Reed frunció el ceño.
Delacroix sintió que algo, muy lejos aún, acababa de encajar con un sonido diminuto.
—¿Y la señorita Whitcomb lo oyó?
—No lo sé.
—¿Estaba presente?
—En la sala de ingreso. Sí.
—¿Miró a Harrow?
—Supongo.
—¿Lo reconoció?
Wilkes se encogió de hombros.
—La señorita Whitcomb no es mujer de hacer escenas.
—Las personas peligrosas rara vez empiezan por hacerlas.
El sargento lo miró con desprecio.
—Clara Whitcomb lleva años trabajando aquí. Es más decente que la mitad de los hombres de este edificio.
—No lo dudo.
—Entonces no ensucie su nombre.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Sargento, los nombres no se ensucian por ser examinados. Solo por lo que uno encuentra debajo.
Wilkes abrió la boca, pero Reed lo frenó con un gesto.
—Puede retirarse. No salga del edificio.
—¿Estoy bajo sospecha?
—Todos lo estamos —dijo Delacroix.
Wilkes soltó una risa sin humor.
—Eso le resultará muy cómodo.
—No tanto como elegir a uno solo antes de tiempo.
El sargento subió de nuevo, rígido, furioso, dejando tras de sí una estela de botas y orgullo herido.
Delacroix se quedó en silencio.
Reed esperó.
Bell también.
Incluso Pike, en la celda cuatro, pareció contener la lengua por instinto de supervivencia.
—Harrow conocía a Clara Whitcomb —dijo Reed al fin.
—O conocía su apellido.
—¿Cree que eso importa?
Delacroix miró la puerta abierta de la celda tres.
Dentro, Victor Harrow seguía tendido bajo la manta gris, con su mano caída y sus labios torcidos, como si disfrutara del inconveniente que había dejado al morir.
—Inspector, en un crimen bajo llave, todo el mundo mira la llave. Es comprensible. Las llaves tienen esa vanidad: hacen creer que una puerta es el centro del mundo.
—¿Y no lo es?
—No en este caso.
Delacroix se acercó otra vez al umbral.
La celda tres parecía más pequeña ahora. Más fría. Más deliberada.
—La pregunta no es solo cómo murió Harrow sin que nadie entrara.
Reed lo miró.
—¿Cuál es?
Delacroix señaló el interior con la punta del bastón.
—La pregunta es por qué alguien se tomó tantas molestias para que muriera precisamente aquí.