Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 3 — El hombre de la celda tres #2
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Capítulo 3 — El hombre de la celda tres #2

—Secretos. Papeles. Nombres. Mentiras presentadas con la suficiente verdad alrededor para que uno tuviera que pagarlas.

—¿Tenía enemigos?

—No sea cruel, señor. El pobre hombre acaba de morir. Deberíamos decir algo breve: tenía conocidos.

Delacroix aceptó la respuesta con un leve movimiento de cabeza.

—Hablaremos después.

—Me hace ilusión. Hace tiempo que no tengo visitas finas.

Reed lo apartó de la pared con una mirada.

—Pike es un ladrón, un mentiroso y un oportunista.

—Una excelente combinación para oír lo que otros no quieren contar.

—No confiaría en él.

—Yo tampoco. Por eso me interesa.

Delacroix volvió al cuerpo.

—Necesito ver el informe de la doctora Vance.

—Lo tiene arriba.

—No. Necesito verla a ella.

—Está en la sala médica.

—Después de la celda.

Se inclinó un poco más sobre Harrow.

El rostro del muerto tenía un color extraño, aunque la luz miserable del sótano podía engañar.

Había una sombra alrededor de los labios, una tensión leve en los músculos de la mandíbula.

No era suficiente para concluir nada. Las conclusiones eran criaturas vanidosas: si uno las alimentaba pronto, crecían torcidas.

Delacroix observó la mano caída.

En el puño había una rigidez natural de cadáver. Pero entre dos dedos, casi oculto, se apreciaba un filamento. Una fibra gris.

—Inspector.

Reed se acercó.

—¿Qué?

—Mire la mano derecha.

Reed se inclinó.

—Lana.

—Eso parece.

—De la manta.

—Probablemente.

—¿Importa?

Delacroix lo miró con cierta tristeza.

—Inspector, estamos en una celda cerrada con un hombre muerto, una manta añadida, un guardia que mintió y un detenido que respiró de forma extraña antes de callarse para siempre. En estas circunstancias, incluso una pelusa tiene derecho a cierta vanidad.

Reed aceptó el reproche sin discutir.

—¿La recogemos?

—Todavía no. Que la doctora venga primero. Y que nadie decida ordenar esta celda.

—Nadie lo hará.

Delacroix dirigió una mirada hacia la puerta.

—Inspector, esta comisaría está llena de hombres deseosos de corregir la realidad antes de que alguien la lea mal. No sea optimista.

Reed fue hasta el umbral y dio instrucciones a un agente para que avisara a la doctora Vance.

Delacroix aprovechó para mirar la celda desde el centro exacto.

Era un hábito antiguo. Los lugares, como las personas, cambiaban según desde dónde se los observara.

Desde la puerta, la celda parecía un recipiente cerrado.

Desde el catre, parecía una trampa. Desde el centro, revelaba su pobreza: no había casi nada que pudiera usarse, mover, ocultar o transformar.

Catre.

Manta.

Cubo.

Pared.

Ventanuco.

Puerta.

Un hombre.

La muerte, pensó Delacroix, había tenido muy poco mobiliario con el que trabajar.

Eso la volvía más interesante.

—¿Quién decidió que el cadáver permaneciera aquí? —preguntó.

—Yo —dijo Reed.

—Bien.

—Ashford quería retirarlo de inmediato.

—Naturalmente.

—Le dije que, si llamaba a un detective, convenía no limpiar antes el escenario.

—Una idea revolucionaria. ¿Cómo la tomó?

—Mal.

—Eso confirma su valor.

Reed se acercó a la puerta y bajó la voz.

—Necesito que entienda algo, Delacroix. Ashford no es el único que quiere cerrar esto rápido.

Hay presión desde arriba. Harrow había insinuado que poseía documentos sobre agentes pagados, declaraciones alteradas, expedientes desaparecidos.

Si se instala la idea de que alguien en Blackwell Yard lo silenció…

—¿Y si alguien en Blackwell Yard lo silenció?

Reed no respondió.

El silencio fue suficiente.

Delacroix lo miró.

—Usted no me pidió que salvara la reputación de esta comisaría, Malcolm.

—Le pedí que encontrara la verdad.

—Entonces procure no sobresaltarse cuando empiece a parecerse poco a lo que usted necesita.

Reed apretó la mandíbula.

—Bell no puede cargar con esto si es inocente.

—Nadie debería cargar con un cadáver ajeno. Aunque las instituciones, por lo que he observado, son muy aficionadas a repartir peso entre los hombres con menos espalda.

Desde la escalera llegó el sonido de pasos.

La doctora Eleanor Vance apareció en el pasillo acompañada por Crawley.

Era una mujer de unos cuarenta y tantos años, alta, con el cabello castaño recogido bajo un sombrero sencillo y un maletín negro en la mano.

Tenía la expresión de quien ha sido interrumpida mientras intentaba ordenar un desastre y sospecha que el desastre va ganando.

Entró en la celda sin teatralidad.

—Monsieur Delacroix, supongo.

—Doctora Vance.

—El inspector Reed me dijo que vendría alguien.

—Qué amable por su parte reducirme a una categoría tan amplia.

La doctora dejó el maletín sobre el suelo.

—En mi trabajo, monsieur, “alguien” suele ser más de lo que una espera recibir.

Delacroix inclinó la cabeza. Le gustó.

—¿Su informe preliminar?

—Muerte durante la madrugada. Sin heridas externas relevantes. Sin signos claros de violencia. No hay indicios de estrangulamiento manual. No hay sangre. No hay fracturas evidentes. El corazón pudo fallar.

—El corazón suele llevarse culpas que no siempre merece.

—También suele fallar en momentos inoportunos.

—¿Victor Harrow tenía alguna enfermedad conocida?

—Ninguna registrada en el ingreso. Se quejó de frío, de la comida y de la incompetencia policial. Nada especialmente diagnóstico.

—¿Lo examinó antes de encerrarlo?

—Brevemente. Estaba agitado, pero fuerte. Irritable. Pulso rápido, quizá por la discusión. No parecía un hombre a punto de morir.

—Y, sin embargo, tuvo la descortesía de hacerlo.

La doctora lo miró sin sonreír.

—Los cuerpos rara vez consultan la agenda.

Delacroix señaló la mano derecha de Harrow.

—Hay una fibra entre los dedos.

Vance se inclinó.

—Lana.

—Eso esperamos todos. Conviene que alguien autorizado lo confirme para que podamos decepcionarnos con rigor.

La doctora extrajo unas pinzas pequeñas del maletín y recogió el filamento con cuidado, guardándolo en un sobre.

—¿Cree que la manta tuvo algo que ver?

—Creo que la manta existe. Es un comienzo.

Vance examinó el borde de la manta sin mover demasiado el cuerpo.

—Es de depósito.

—¿Todas iguales?

—Parecidas. No idénticas.

—¿Esa franja azul?

—Algunas la tienen. Depende de la remesa.

—Qué palabra tan poco novelesca y tan útil.

La doctora levantó la manta lo suficiente para revisar el cuello y parte del pecho de Harrow. Reed apartó la vista un segundo, no por impresión, sino por agotamiento. Bell, desde fuera, emitió un sonido ahogado.

Delacroix miró hacia él.

—¿Guardia Bell?

Bell se acercó un paso, pero no entró.

—Sí, señor.

—Cuando entregó la manta, ¿Harrow estaba de pie, sentado o tumbado?

—De pie. Junto a la puerta. Estaba furioso.

—¿Qué dijo?

Bell tragó saliva.

—Que se helaba. Que aquello era una pocilga. Que cuando saliera iba a hacer que nos echaran a todos.

—Una conversación encantadora.

—Yo le dije que se callara.

—Pero le dio la manta.

—Sí.

—¿Por qué?

Bell miró a Reed y luego al cadáver.

—Porque hacía frío.

La respuesta fue tan simple que durante un momento nadie la tocó.

Delacroix asintió.

—¿La tomó del armario?

—Sí.

—¿Eligió una al azar?

—Sí. No. La de arriba.

—¿La de arriba?

—Había varias dobladas. Cogí la primera.

—¿Quién había ordenado el armario?

Bell parpadeó.

—No lo sé.

—¿Suele estar ordenado?

—No mucho.

—Pero anoche la primera manta estaba disponible.

—Sí.

—¿La olió?

Bell pareció desconcertado.

—¿Olerla?

—Una costumbre quizá excesiva, lo admito. ¿Notó algo raro?

—No, señor.

—¿Harrow la usó enseguida?

—La cogió y me insultó.

—Eso no responde a la pregunta.

—Se la echó sobre los hombros. Después cerré.

—¿Volvió a verlo?

Bell cerró los ojos un instante.

—Por la mirilla. Un par de veces. Estaba en el catre.

—¿Dormía?

—Eso pensé.

—¿Respiraba?

—No lo miré así.

—Qué pena. Los muertos suelen parecer dormidos justo antes de demostrar falta de colaboración.

Bell se pasó una mano por la boca.

—Yo no sabía…

—Eso está claro. Lo que debemos averiguar es quién sí sabía.

La doctora Vance terminó su revisión inicial.

—Hay algo —dijo.

Reed se tensó.

—¿Qué?

—Una irritación leve alrededor de la boca y la nariz. Muy leve. Pudo producirse antes. Pudo no significar nada.

—Las cosas que pueden no significar nada —dijo Delacroix— tienen una desagradable costumbre de esperar al final para volverse importantes.

Vance bajó la manta otra vez.

—Necesitaré examinarlo arriba con mejor luz.

—Por supuesto. Pero aún no.

La doctora lo miró.

—¿No?

—Todavía me debe esta celda unos minutos de sinceridad.

Reed observó el espacio alrededor.

—¿Qué busca?

—Eso es precisamente lo que intento no decidir demasiado pronto.

Delacroix caminó hasta el rincón del cubo. Nada. Volvió al catre. Miró la pared sobre la cabecera. Había manchas de humedad, una grieta fina y una inicial raspada en la piedra. Se agachó un poco para observar la manta inferior, la que pertenecía al catre.

Era más vieja, más áspera, sin franja azul.

—Doctora, ¿cuál de las dos mantas estaba en contacto directo con el cuerpo cuando lo encontró?

—Esta —dijo Vance, señalando la superior—. La tenía muy subida, cerca del rostro.

—¿Como si se hubiera cubierto por frío?

—O como si hubiera intentado calentarse.

Delacroix miró el ventanuco.

—La celda es fría.

—Todas son frías —dijo Reed.

—No. Esta es particularmente fría.

Reed frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque la señorita Whitcomb lo dijo antes de bajar.

—Clara conoce el edificio.

—Exactamente.

La doctora cerró su maletín.

—Si me permiten, tengo pacientes vivos que quizá agradezcan mi atención antes de convertirse en material de debate.

—Desde luego, doctora. Una última pregunta.

Vance se detuvo.

—Dígame.

—Si Harrow hubiera empezado a sentirse mal, ¿habría podido pedir ayuda?

—Depende de la causa.

—Supongamos dificultad respiratoria progresiva.

—Al principio, sí.

—Pero no lo hizo.

—Al parecer, no.

—¿Por orgullo? ¿Por sueño? ¿Por incapacidad?

—Cualquiera de las tres. O una cuarta.