Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 3 — El hombre de la celda tres
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Capítulo 3 — El hombre de la celda tres

La puerta se abrió con un quejido breve, metálico, casi pudoroso.

Delacroix siempre había desconfiado de los ruidos dramáticos.

En las novelas baratas, las puertas chirriaban como almas condenadas y las ventanas golpeaban con una puntualidad teatral.

En la vida real, en cambio, los objetos solían comportarse con una indiferencia mucho más ofensiva.

Una puerta que había guardado a un muerto durante horas podía abrirse con el mismo ruido que habría hecho para dejar entrar a un borracho, a un ladrón de pañuelos o a un hombre detenido por insultar a un juez después de demasiado whisky.

La celda tres no era grande.

Apenas un rectángulo de piedra húmeda, con un catre de hierro contra la pared derecha, un cubo en un rincón, una manta arrugada sobre el cuerpo y un ventanuco alto por el que entraba una luz gris, mezquina, filtrada por la niebla de Londres.

El aire era frío. No simplemente fresco: frío de sótano, de piedra que había olvidado el sol y no pensaba pedirle disculpas.

Victor Harrow estaba tendido sobre el catre.

Tenía los ojos entreabiertos y la boca apenas torcida hacia un lado, como si la muerte le hubiera dejado a medias una última observación desagradable.

Era un hombre de unos cincuenta años, delgado, con rostro afilado, mejillas hundidas y una barba oscura salpicada de gris.

Incluso muerto conservaba cierta expresión de astucia cansada, esa mueca de quienes han pasado la vida midiendo cuánto vale el miedo ajeno.

No parecía en paz.

Delacroix agradeció en silencio esa honestidad.

Los muertos que parecían dormir le resultaban de una falta de educación intolerable. La muerte no era sueño. Era otra cosa. Una frontera más brusca, menos literaria y bastante peor ventilada.

Reed se quedó en el umbral.

Bell no entró. Permaneció en la sala de guardia, aunque Delacroix percibió su respiración agitada a espaldas de todos. El agente que había abierto la puerta sujetaba aún la llave con dos dedos, como si el metal pudiera contagiarle alguna responsabilidad.

—No toquen nada —dijo Delacroix.

El agente se ofendió un poco.

—No pensaba hacerlo, señor.

—Excelente. La mayoría de las catástrofes empiezan con alguien que tampoco pensaba hacer nada.

Delacroix cruzó el umbral.

La celda olía a humedad, lana vieja y algo más.

Algo tenue. No era el olor dulzón de la descomposición ni el olor directo de la sangre, porque no había sangre visible.

Era una nota casi apagada, escondida bajo el aire frío.

Podía ser moho. Podía ser medicina. Podía ser una imaginación demasiado bien entrenada.

Delacroix no se fiaba de su nariz.

Tampoco de las narices ajenas. Eran órganos sentimentales: recordaban lo que querían y olvidaban lo que debían.

Se acercó al catre.

La manta cubría a Harrow desde el pecho hasta las piernas.

Una mano asomaba por el borde, caída hacia fuera, con los dedos curvados.

Las uñas estaban limpias. Demasiado limpias para un hombre que había pasado la noche en un calabozo, aunque aquello quizá solo indicaba que Harrow había sido vanidoso hasta el final.

—¿Quién encontró el cuerpo? —preguntó Delacroix.

—Bell —respondió Reed—. A las seis y diez de la mañana. Según él, se acercó para despertarlo antes del interrogatorio.

—¿La puerta estaba cerrada?

—Sí.

—¿La abrió Bell?

—Sí.

—¿Solo?

Reed dudó.

—El agente Crawley estaba en la sala. Llegó para relevarlo unos minutos antes.

Delacroix volvió apenas la cabeza.

—¿Crawley es el joven que acaba de abrirnos?

—Sí.

El agente endureció la espalda al oír su nombre.

—Yo no entré hasta que el guardia Bell gritó, señor.

—¿Gritó?

—Dijo algo. Bueno, gritó mi nombre.

—¿Antes o después de entrar en la celda?

Crawley abrió la boca. Luego la cerró. Después miró a Reed.

—Antes, creo. No. Después. Quiero decir… abrió, se asomó y luego me llamó.

—Qué alivio —dijo Delacroix—. Ya tenemos dos versiones de una misma frase y todavía no hemos empezado.

Reed hizo un gesto suave al agente para que no respondiera.

Delacroix examinó el suelo.

No había marcas evidentes de lucha. La humedad había oscurecido algunas zonas junto a la pared, pero no se distinguían pisadas útiles. El suelo de piedra, como muchos testigos ancianos, había visto demasiado y ya no recordaba casi nada con precisión.

El catre estaba separado de la pared por apenas unos centímetros. Delacroix se inclinó, sin tocarlo. Debajo no había nada salvo polvo, una hebra de lana y una pequeña mancha oscura que podía ser suciedad antigua.

—¿Se ha movido el cuerpo? —preguntó.

—No —dijo Reed—. La doctora Vance lo examinó aquí mismo.

—¿Y concluyó?

—Muerte durante la noche. Probablemente entre las dos y las cuatro.

—Probablemente. Una palabra encantadora. Permite equivocarse con buena educación.

Delacroix miró el rostro de Harrow.

No había señales de golpe en la cabeza. No había marcas de estrangulamiento visibles desde donde estaba. No había desorden en la ropa, salvo el natural abandono de un cuerpo que ya no tenía opinión sobre su propio aspecto.

—¿Convulsiones? —preguntó.

Reed frunció el ceño.

—¿Perdón?

—¿Alguien mencionó espuma, vómito, movimientos bruscos, golpes contra la pared?

—No.

—¿Rasguños en la puerta?

—Ninguno.

Delacroix fue hasta la puerta y observó el interior. La chapa estaba marcada por viejos arañazos, nombres incompletos, una cruz hecha con algún objeto punzante y una palabra obscena escrita con admirable mala caligrafía. Nada reciente. Nada desesperado.

La mirilla estaba a la altura de los ojos de un guardia.

Delacroix la abrió desde dentro y miró hacia la sala de guardia.

Bell seguía de pie, pálido, con las manos juntas delante del cuerpo. Desde la celda, su figura quedaba enmarcada por el rectángulo estrecho como un culpable colocado en un cuadro por alguien con poca imaginación.

Delacroix cerró la mirilla.

—¿Podía Harrow llamar al guardia?

—Gritando, sí —dijo Reed—. No hay campanilla en estas celdas.

—Qué detalle tan civilizado.

—Blackwell Yard no fue construido para la comodidad.

—Ninguna institución lo es. Aunque algunas tienen la cortesía de fingirlo.

Delacroix se acercó al ventanuco.

Estaba alto, protegido por barrotes gruesos. Por fuera daba a un patio estrecho, casi un pozo entre muros, donde la niebla colgaba como una tela sucia. Imposible acceder por allí sin la ayuda de un milagro, una escalera muy delgada y una policía excepcionalmente distraída.

No parecía el caso.

—¿Revisaron el exterior?

—Sí. Nada.

—¿Quién?

—Wilkes.

—Ah.

Reed lo miró.

—¿Ese “ah” significa algo?

—Todavía no. Es una sílaba en observación.

Volvió junto al cuerpo.

La manta le interesaba más de lo que quería admitir. Era de lana gruesa, gris, con una franja azul cerca del borde. Parecía una manta de depósito, vulgar, áspera, diseñada no para calentar a una persona sino para impedir que pudiera quejarse oficialmente de frío.

Delacroix no la tocó.

—¿Esta es la manta que Bell entregó anoche?

Reed se acercó un paso.

—Creo que sí.

—¿Cree?

—Había dos mantas en la celda cuando lo encontraron. Una debajo del cuerpo y esta encima.

—¿La celda tenía ya una manta?

—Sí. Cada catre tiene una.

—Y Bell añadió una segunda.

—Eso declaró.

Delacroix observó la franja azul.

—¿Todas tienen esa marca?

—No lo sé.

—Averígüelo.

Reed miró a Crawley.

—Busque al encargado del depósito. Y traiga al sargento Wilkes.

El agente asintió con alivio, agradecido de recibir una orden que le permitiera alejarse de la celda y de Delacroix al mismo tiempo.

Cuando se marchó, el silencio volvió a ocupar el lugar.

Desde la celda cuatro llegó una voz ronca:

—¿Ya han terminado con el muerto?

Reed se tensó.

—Cállese, Pike.

—Solo pregunto, inspector. Algunos tenemos citas importantes con la justicia. No me gustaría llegar tarde por culpa de un cadáver mal educado.

Delacroix giró la cabeza hacia la celda contigua.

—¿Arthur Pike?

Hubo un breve silencio.

—Depende de quién pregunte.

—Alguien que todavía no ha decidido si usted es útil.

—Entonces soy Arthur Pike.

Delacroix se acercó a la pared que separaba las celdas. No podía verlo, solo oírlo.

—¿Oyó algo anoche?

—Oí muchas cosas. Oí a Harrow quejarse. Oí a Bell mandarlo callar. Oí a un borracho cantar como si estuviera matando a su madre con una pala. Oí ratas, quizá. O policías, a veces se parecen.

Reed dio un paso hacia la celda cuatro.

—Pike.

—Perdón, inspector. La cárcel me pone poético.

Delacroix no sonrió.

—¿Oyó gritos de Harrow?

—No.

—¿Golpes?

—No.

—¿Llamó al guardia?

—No que yo recuerde.

—¿Y qué recuerda?

Pike tardó en responder.

—Respiraba raro.

Reed miró a Delacroix.

—¿Cuándo?

—No sé. De madrugada. Yo estaba medio dormido.

—Sea más preciso —dijo Reed.

Pike soltó una risa breve, seca.

—Estoy preso en una celda sin reloj, inspector. Si quiere precisión, detenga a un relojero.

Delacroix se acercó a la pared.

—Describa “raro”.

—Pesado. Como si tuviera algo en el pecho. O como si estuviera soñando con algo feo.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Un rato.

—¿Y luego?

—Luego nada.

—¿Nada?

—Eso fue lo raro. Primero respiraba como un cerdo viejo. Después dejó de hacerlo. Pero no gritó. Ni se cayó. Ni pidió ayuda.

Delacroix miró de nuevo a Harrow.

Un hombre que siente que se muere suele llamar, golpear, maldecir, negociar con Dios o con su carcelero. Harrow, por lo que Reed había contado, parecía más inclinado a maldecir que a rezar. El silencio no encajaba del todo.

—¿Conocía a Harrow? —preguntó Delacroix.

Pike bufó.

—Todo el mundo conocía a Harrow. La desgracia tiene buena vida social.

—No he preguntado si sabía quién era. He preguntado si lo conocía.

Otro silencio.

—Hicimos algún negocio.

—Qué expresión tan limpia para algo que probablemente no lo era.

—Usted tampoco parece sacerdote.

—No, pero compartimos clientela.

Pike soltó una risa más sincera.

—Harrow vendía cosas.

—¿Qué cosas?