Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 2 — Blackwell Yard #2
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Capítulo 2 — Blackwell Yard #2

—Los errores no necesitan ayuda para conservarse —respondió—. Suelen tener una admirable vocación de permanencia.

Delacroix sostuvo su mirada un segundo más.

Después sonrió apenas.

—Empiezo a sentirme mejor acompañado.

Ashford se levantó, dando por terminada la reunión.

—Reed, no quiero sorpresas.

—Nadie las quiere, señor —dijo Delacroix—. Ese es el motivo por el que resultan tan frecuentes.

Salieron del despacho.

En el pasillo, el aire parecía más frío.

Reed caminaba en silencio. Clara Whitcomb iba delante de ellos con paso firme, sin apresurarse.

Llevaba las llaves de la sala de registros sujetas a una anilla pequeña.

No tintineaban. Delacroix reparó en ello.

Algunas personas aprendían incluso a no hacer ruido con las cosas que abrían puertas.

La sala de registros estaba al final del corredor.

Era una habitación larga, estrecha, con estanterías hasta el techo y ventanas opacas por la niebla.

Olía a papel envejecido, cuero, polvo y carbón.

Había expedientes atados con cinta, libros de guardia, carpetas numeradas y un gran escritorio central donde alguien había colocado ya varios documentos en perfecto orden.

—Aquí tiene el registro de entrada de Victor Harrow —dijo Clara—. El libro de custodia nocturna. El inventario de pertenencias. El informe preliminar de la doctora Vance. Y las declaraciones iniciales del guardia Bell.

Delacroix se acercó al escritorio.

—Ha sido usted muy rápida.

—El señor Harrow murió hace varias horas. En una comisaría, varias horas bastan para que una desgracia se convierta en papeleo.

—Qué definición tan precisa de la administración pública.

Reed tomó el libro de custodia y lo abrió por la página marcada.

Delacroix no lo tocó aún. Prefería observar primero las manos de quienes sí lo hacían.

Las de Reed eran grandes, tensas, con los nudillos enrojecidos por el frío. Las de Clara permanecían quietas sobre la carpeta que sostenía contra el cuerpo. Manos finas. Uñas cortas. Ningún anillo. Ninguna agitación visible.

—Harrow ingresó a las siete y cuarenta de la tarde —dijo Reed—. Se le registró. Se le retiraron pertenencias. Fue interrogado brevemente por Wilkes. Después se ordenó su traslado a los calabozos.

—¿A qué hora?

—A las nueve y diez.

—¿Celda?

Reed miró el libro.

—Aquí figura celda tres.

Delacroix se inclinó.

La tinta era negra. La caligrafía, correcta. El número tres aparecía escrito con un trazo algo más grueso que el resto.

—Curioso.

Clara miró también la página.

—¿Curioso?

—El número tres parece más decidido que sus vecinos.

Reed frunció el ceño.

—¿Cree que fue corregido?

—Todavía no creo nada. Es una costumbre saludable cuando uno acaba de llegar a una comisaría.

Clara dejó la carpeta sobre la mesa.

—Los registros pasan por muchas manos, monsieur. Un trazo irregular no siempre indica una falsificación.

—Desde luego. A veces solo indica nervios. O frío. O mala tinta. O una mentira con pulso excelente.

Reed pasó una página.

—La celda dos tuvo un problema con la cerradura.

—Eso me dijo en el coche.

—Aquí consta una nota: “Celda dos temporalmente inutilizable. Asignar celda tres”.

Delacroix leyó la anotación.

—¿Quién la firmó?

Reed tardó un instante.

—Iniciales C. W.

Clara no se movió.

Delacroix levantó la vista hacia ella con suavidad.

—Señorita Whitcomb.

—Son mis iniciales, sí.

Reed la miró.

—¿Usted ordenó el cambio?

—No lo ordené. Lo anoté. Hay una diferencia.

—¿Quién se lo indicó?

—El sargento Wilkes comunicó que la cerradura de la celda dos no cerraba correctamente. El superintendente Ashford autorizó usar la tres. Yo registré el cambio.

—¿Vio usted la cerradura defectuosa? —preguntó Delacroix.

—No es mi función inspeccionar cerraduras.

—Qué pena. Las cerraduras, como los hombres, suelen revelar mucho cuando dejan de cumplir con su deber.

Clara sostuvo la mirada sin incomodarse.

—Entonces quizá deba hablar con el sargento Wilkes.

—Lo haré.

Delacroix pasó ahora al inventario de pertenencias.

Victor Harrow había ingresado con una cartera de cuero, un pañuelo, una pitillera de plata, tres libras y algunos chelines, un reloj de bolsillo, una llave pequeña sin etiqueta, dos cartas dobladas y un sobre lacrado.

—¿Dónde está el sobre? —preguntó.

Reed respondió demasiado tarde.

—En depósito.

Clara abrió otra carpeta.

—El sobre figura como trasladado al despacho del superintendente para revisión.

—¿Por qué?

—Por orden del señor Ashford.

Delacroix sonrió sin alegría.

—El superintendente tiene una admirable relación con todo lo que no le conviene mencionar.

Reed bajó la voz.

—Luego veremos el sobre.

—Desde luego. Los muertos pueden esperar. Los documentos importantes, en cambio, tienen una tendencia alarmante a extraviarse.

Clara volvió a cerrar la carpeta.

Durante un instante, el silencio de la sala pareció espesar el polvo.

Desde algún lugar del edificio llegó un sonido metálico. Una puerta. O una reja. Después, una voz masculina elevándose en protesta y otra ordenándole callar.

Blackwell Yard respiraba a través de sus pasillos como un animal viejo.

—¿Dónde está Thomas Bell? —preguntó Delacroix.

—Abajo —dijo Reed—. En una sala junto a los calabozos. No detenido formalmente, pero bajo vigilancia.

—Qué distinción tan delicada.

—Ashford no quiere que salga.

—Ashford, por lo que veo, tiene opiniones firmes sobre la libertad ajena.

Clara tomó el libro de custodia y lo cerró con cuidado.

—El guardia Bell es un buen hombre —dijo.

Reed pareció sorprendido por el comentario.

—¿Lo conoce bien?

—Trabajo aquí desde hace nueve años, inspector. En un edificio como este, no hace falta conocer bien a nadie para saber cómo trata a quienes no pueden devolverle el golpe.

Delacroix la observó con más atención.

—Una medida interesante del carácter.

—La única que no puede maquillarse demasiado.

—¿Y qué le dice esa medida sobre Bell?

Clara tardó apenas un segundo en responder.

—Que es blando.

—No he preguntado si era eficaz.

—No. Pero en una comisaría, la blandura también es un defecto profesional.

—¿Y una virtud humana?

Ella bajó la mirada hacia los registros.

—A veces ambas cosas se estorban.

La respuesta quedó flotando.

Reed cerró el libro.

—Bajemos.

Clara se adelantó para abrir la puerta. Delacroix pasó junto a ella y percibió un perfume casi imperceptible, quizá lavanda o jabón antiguo. Nada llamativo. Nada que quisiera ser recordado.

Eso también podía ser una forma de inteligencia.

El descenso hacia los calabozos comenzaba detrás de una puerta reforzada al final del pasillo principal.

Un agente la abrió con una llave grande y apartó la mirada al ver a Reed.

La noticia del muerto había recorrido la comisaría como recorren las noticias en los lugares cerrados: no de boca en boca, sino de silencio en silencio.

La escalera bajaba en curva, con peldaños gastados por años de botas, prisas y resignación. La temperatura descendió de inmediato. La humedad se pegó a las paredes y al cuello del abrigo. El aire olía a piedra mojada, desinfectante barato y miedo antiguo.

A mitad de escalera, Delacroix se detuvo.

—¿Cuántas celdas hay abajo?

—Seis —respondió Reed.

—¿Ocupadas anoche?

—Tres. Harrow en la tres. Pike en la cuatro. Un borracho en la seis, que durmió lo suficiente para no resultar útil a nadie.

—Los borrachos tienen ese talento. Cuando dicen la verdad, nadie los cree; cuando podrían oírla, duermen.

Siguieron bajando.

Al pie de la escalera había una pequeña sala de guardia con una mesa, una silla, un perchero, una estufa apagada y una lámpara de cristal amarillento. Sobre la mesa había un tintero, una taza de té frío y un plato con migas endurecidas. En la pared, otro reloj marcaba las nueve y veintisiete.

Delacroix miró el reloj.

Luego el de bolsillo que llevaba en el chaleco.

—Ese reloj atrasa cuatro minutos.

Reed lo miró.

—¿Importa?

—Todavía no. Pero los relojes, como los testigos, se vuelven importantes en cuanto empiezan a discrepar.

En un banco junto a la pared había un hombre sentado con la cabeza entre las manos.

Thomas Bell.

Levantó la vista al oír pasos.

Tenía el rostro pálido, los ojos hundidos y una barba incipiente que le daba aspecto de enfermo más que de culpable.

Vestía uniforme, pero sin gorra. Las manos le temblaban ligeramente sobre las rodillas.

No parecía un asesino orgulloso ni un inocente indignado.

Parecía algo más peligroso para la verdad: un hombre asustado.

—Inspector Reed —dijo, poniéndose en pie con torpeza.

—Bell.

El guardia miró a Delacroix.

—¿Es él?

—Soy muchas cosas —dijo Delacroix—, pero supongo que en este momento se refiere al extranjero molesto.

Bell tragó saliva.

—Yo no lo maté, señor.

La frase salió demasiado deprisa, como si llevara horas empujándole los dientes desde dentro.

Delacroix no respondió enseguida.

Miró la mesa. La silla. La distancia hasta las celdas.

El ángulo desde el que Bell habría visto el pasillo.

La llave colgada ahora en un gancho, bajo custodia de otro agente.

El armario de madera junto a la pared. La manta doblada encima de una silla.

No la manta, quizá. Una manta. En los crímenes, los artículos indefinidos solían ser una forma elegante del peligro.

Después volvió los ojos hacia Bell.

—Eso espero.

Bell pareció no entender.

—¿Señor?

—Porque si lo hizo usted, este caso será bastante decepcionante.

Reed cerró los ojos un instante.

Bell abrió la boca, pero no dijo nada.

Delacroix se acercó al pasillo de las celdas.

Había seis puertas de hierro, tres a cada lado, con pequeñas mirillas rectangulares y números pintados en blanco. La pintura estaba descascarillada. La humedad había dibujado manchas oscuras cerca del suelo. Desde la celda cuatro llegó una tos seca. Alguien murmuró una blasfemia.

La celda tres estaba cerrada.

Delacroix se detuvo frente a ella.

No pidió la llave todavía.

Durante unos segundos solo observó la puerta.

El hierro no parecía impresionado por haber custodiado a un muerto.

Las puertas, pensó Delacroix, eran así: cumplían su función con una indiferencia casi moral.

Dejaban fuera a quien debía quedar fuera y dentro a quien debía quedar dentro.

Luego los hombres cometían estupideces alrededor y les atribuían responsabilidades metafísicas.

—Aquí —dijo Reed en voz baja.

Delacroix apoyó una mano enguantada sobre el pomo frío.

—¿Nadie entró?

Bell respondió desde la sala, con voz quebrada:

—Nadie, señor. Se lo juro por mi madre. Nadie entró.

Delacroix miró la mirilla.

—Eso dicen siempre las puertas cerradas.

Reed hizo un gesto al agente para que trajera la llave.

El metal sonó al separarse del llavero.

En algún lugar de la comisaría, arriba, alguien reía brevemente. La risa llegó amortiguada, absurda, casi obscena en aquel sótano.

Delacroix no apartó la vista de la celda tres.

—Abra —dijo.

La llave entró en la cerradura.

Giró.

Y Blackwell Yard, con toda su autoridad, su niebla y sus registros, entregó por fin el silencio que guardaba detrás de la puerta.