Muerte en la comisaría (Los misterios de Armand Delacroix 14) Capítulo 2 — Blackwell Yard
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Capítulo 2 — Blackwell Yard

Blackwell Yard olía a humedad, tinta vieja y autoridad mal ventilada.

Delacroix lo percibió en cuanto cruzó el umbral.

Había edificios que recibían a los visitantes con elegancia, otros con solemnidad y otros con una especie de resignación arquitectónica, como si llevaran demasiados años viendo entrar a culpables, inocentes y funcionarios incapaces de distinguir entre ambos.

Blackwell Yard pertenecía a esta última categoría.

El vestíbulo era estrecho, de techo alto y paredes cubiertas por una pintura verdosa que en algún momento debió de parecer sobria y que ahora solo parecía enferma.

A la derecha, un mostrador de madera oscura separaba a los ciudadanos de la maquinaria oficial.

Detrás, un agente joven escribía en un registro con la concentración angustiosa de quien teme que una palabra mal puesta pueda hacerlo responsable de la decadencia del Imperio.

Había un reloj en la pared. Marcaba las nueve y cuarto.

Delacroix lo miró apenas un segundo.

Los relojes de las comisarías siempre tenían algo de insolente. Registraban las horas con mucha precisión, pero rara vez explicaban qué había hecho la gente con ellas.

Malcolm Reed dejó el sombrero sobre el mostrador y habló con el agente en voz baja. El joven levantó la vista hacia Delacroix con esa mezcla de curiosidad y defensa que solían adoptar los policías ante cualquiera que no llevara uniforme y, aun así, pareciera autorizado a preguntar.

—El superintendente Ashford está en su despacho —dijo.

—Naturalmente —respondió Reed.

El agente tragó saliva.

—Ha pedido verle en cuanto llegara.

—También naturalmente.

Reed tomó de nuevo el sombrero, aunque no se lo puso. Aquello, en él, equivalía a una confesión de nerviosismo.

—Ashford querrá hablar con usted antes de que baje a los calabozos.

—Qué considerado. Siempre he admirado a los hombres que se interponen entre uno y los cadáveres. Suelen hacerlo con la esperanza de que el cadáver pierda actualidad.

Reed no contestó.

Atravesaron el vestíbulo. A un lado quedaba una sala con bancos de madera donde dos mujeres esperaban en silencio.

Una de ellas sujetaba un pañuelo húmedo contra la boca.

La otra mantenía las manos cruzadas sobre el regazo con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos.

Más allá, un hombre con abrigo barato discutía con un sargento sobre un reloj robado, aunque ambos parecían haber aceptado ya que el reloj, la verdad y la paciencia se habían extraviado en lugares distintos.

La vida ordinaria seguía funcionando alrededor del crimen.

Eso era lo más ofensivo de los asesinatos: siempre creían ser el centro del mundo, y el mundo insistía en continuar con sus trámites.

Reed subió una escalera corta. Delacroix lo siguió, apoyando el bastón con suavidad sobre cada peldaño.

En las paredes había retratos de antiguos jefes policiales, hombres de bigotes severos, frentes amplias y ojos convencidos de que la disciplina podía sustituir a la inteligencia si uno la administraba con suficiente gravedad.

—¿Cuánto sabe Ashford de mi llegada? —preguntó Delacroix.

—Lo suficiente para lamentarla.

—Entonces hemos empezado bien.

Reed se detuvo ante una puerta con cristal esmerilado. En él se leía:

SUPERINTENDENTE GERALD ASHFORD

Las letras estaban doradas. Algo en ellas sugería que el ocupante del despacho habría preferido que fueran más grandes.

Reed llamó dos veces.

—Adelante.

La voz sonó seca, impaciente y satisfecha de sí misma. Una combinación muy frecuente en los hombres que han confundido durante años la autoridad con el carácter.

El despacho de Gerald Ashford era amplio, demasiado cálido y claramente empeñado en no parecer parte del mismo edificio que los calabozos.

Había una alfombra gruesa, una chimenea encendida, dos sillones de cuero y una mesa de nogal ordenada con esa pulcritud sospechosa de los hombres que rara vez tocan los papeles que otros preparan para ellos.

Ashford estaba de pie junto a la ventana.

Era un hombre alto, corpulento, con mejillas encendidas, bigote gris y una mirada azul muy clara que parecía diseñada para atravesar subordinados. Vestía impecablemente. La cadena de su reloj cruzaba el chaleco con una arrogancia casi ceremonial.

No ofreció la mano de inmediato.

—Monsieur Delacroix —dijo.

—Superintendente.

—El inspector Reed me ha hablado de usted.

—Espero que haya omitido mis defectos. De lo contrario, esta reunión podría alargarse.

Ashford lo miró como si acabaran de dejar barro sobre su alfombra.

—También me ha dicho que posee cierta reputación.

—Qué amable. La mayoría de mis conocidos se limita a decir que poseo cierta insistencia.

Reed carraspeó.

—Señor, Delacroix ha venido a ayudarnos.

—Eso está por verse.

Ashford se acercó a su mesa y apoyó una mano sobre el respaldo de la silla. No se sentó. Quería dirigir la conversación desde arriba. Algunos hombres, cuando no tienen razón, intentan al menos tener altura.

—Permítame hablar con franqueza, monsieur Delacroix.

Este es un asunto delicado. Un hombre ha muerto bajo custodia policial.

Tenemos a un guardia que mintió sobre sus movimientos durante la noche.

Tenemos una llave. Tenemos una celda cerrada.

Y tenemos una prensa que no tardará en convertir esto en un espectáculo desagradable.

—La prensa tiene ese talento, sí. Aunque conviene no culparla de todos los espectáculos. Algunos nacen aquí dentro.

La mandíbula de Ashford se tensó.

—Lo que no tenemos —continuó— es tiempo para fantasías detectivescas.

Delacroix observó la chimenea. Ardía con demasiada alegría para una mañana con un cadáver en el sótano.

—Me tranquiliza. Las fantasías suelen ser menos peligrosas que las conclusiones apresuradas.

—La conclusión no es apresurada. Es evidente.

—Peor aún.

Ashford parpadeó.

—¿Peor?

—Cuando una conclusión parece evidente, los hombres inteligentes la revisan. Los demás la firman.

Reed bajó la mirada, quizá para ocultar algo parecido a una sonrisa. O quizá para no presenciar el accidente.

Ashford se sentó por fin. Lo hizo despacio, como si concediera a la silla el honor de sostenerlo.

—Thomas Bell tenía acceso a la celda. Nadie más. Mintió. Entregó una manta al detenido y lo ocultó. El detenido murió. No necesito a un francés con bastón para entender una línea recta.

Delacroix inclinó un poco la cabeza.

—No, superintendente. Para entender una línea recta basta con un niño. El problema empieza cuando alguien la dibuja para que uno no mire el resto de la página.

Ashford entrelazó los dedos.

—¿Está insinuando que mi comisaría ha fabricado un culpable?

—Todavía no he visto su comisaría con el detenimiento suficiente para atribuirle tanta eficacia.

El silencio que siguió tuvo una densidad casi agradable.

Reed intervino:

—Señor, si Bell es culpable, Delacroix lo demostrará. Si no lo es, necesitamos saberlo antes de que el caso salga de nuestras manos.

—El caso ya está saliendo de nuestras manos, Reed. Hay periodistas en la calle. Hay llamadas de arriba. Y hay hombres que empiezan a preguntarse por qué un chantajista muere en un calabozo justo antes de ser interrogado.

—Quizá porque alguien no quería que hablara —dijo Delacroix.

Ashford lo miró.

—Eso es precisamente lo que debemos evitar que se piense.

—Curiosa elección de palabras.

—¿Perdón?

—No ha dicho que debemos evitar que ocurra una injusticia. Ha dicho que debemos evitar que se piense algo.

Ashford apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Escúcheme bien, monsieur Delacroix. Victor Harrow era basura. Chantajista, falsificador, confidente cuando le convenía y mentiroso por temperamento. Si alguien quiere construir un martirio alrededor de su cadáver, no será con mi ayuda.

—Comprensible. Los mártires suelen exigir una calidad moral que el señor Harrow, por lo que veo, no traía de fábrica.

—Entonces estamos de acuerdo.

—En absoluto. Que un hombre sea basura explica que muchos quieran barrerlo. No autoriza a nadie a prenderle fuego.

Reed levantó la vista.

Ashford no respondió de inmediato. Durante un instante, el crepitar de la chimenea ocupó el despacho con una impertinencia doméstica.

—Tiene una hora —dijo al fin.

—Qué generoso.

—Una hora para ver el cuerpo, hablar con Bell y revisar lo que considere necesario. Después, este asunto seguirá su curso.

Delacroix sonrió con cortesía.

—Superintendente, los asuntos siempre siguen su curso. La cuestión es si uno prefiere acompañarlos o ser arrastrado por ellos.

Ashford tocó una campanilla sobre su mesa.

La puerta se abrió casi de inmediato.

Una mujer apareció en el umbral con una carpeta contra el pecho.

Delacroix la miró sin mirarla demasiado.

Tendría unos cuarenta años, quizá alguno menos, aunque pertenecía a esa clase de personas cuya edad parecía haber sido corregida por la discreción.

Vestía de oscuro. Llevaba el cabello recogido con sobriedad y un pequeño broche de plata en el cuello.

Su rostro era pálido, fino, sereno. No era una belleza evidente, pero había en ella algo más útil: una presencia exacta.

Parecía ocupar el espacio justo que le correspondía, ni un centímetro más.

—Señorita Whitcomb —dijo Ashford—, acompañe al inspector Reed y a monsieur Delacroix a la sala de registros. Que vean lo que quieran ver. Dentro de lo razonable.

La mujer inclinó la cabeza.

—Por supuesto, superintendente.

Su voz era baja, clara y sin adornos. Una voz acostumbrada a no desperdiciar sílabas.

—¿Clara Whitcomb? —preguntó Reed, como si no esperara verla allí.

—El señor Ashford me pidió que ordenara los documentos relativos al detenido Harrow.

—Muy diligente —dijo Delacroix.

Ella lo miró por primera vez.

Sus ojos eran grises. No fríos exactamente. Más bien vigilados.

—En una comisaría, monsieur, la diligencia evita muchos errores.

—Y en ocasiones los conserva por escrito.

Clara no se ofendió. Eso le interesó más que si lo hubiera hecho.