Capítulo 1 — La carta de Londres #2
—Naturalmente. En una casa particular, cuando alguien muere encerrado, todos sospechan de todos.
En una comisaría, en cambio, todos sospechan primero del hombre más conveniente.
Eso ahorra mucho pensamiento. Y el pensamiento, como sabe, es una actividad que ciertas instituciones administran con prudente escasez.
Baptiste aceptó la explicación con un silencio respetuoso.
—¿Debo incluir el abrigo pesado?
—Vamos a Londres. Incluya también paciencia.
—No sé si nos queda mucha, monsieur.
—Entonces compre algo por el camino.
El tren partió bajo un cielo bajo y sin promesas.
Delacroix ocupó un compartimento de primera clase, no por comodidad —aunque no despreciaba la comodidad como hacían algunos hombres deseosos de parecer profundos—, sino porque la privacidad le permitía pensar sin que nadie confundiera su silencio con una invitación al diálogo.
Durante el trayecto, leyó de nuevo la carta de Reed.
Después cerró los ojos.
Imaginó la comisaría.
Un pasillo de piedra. Una hilera de celdas. Un guardia sentado junto a una mesa. Un reloj marcando horas que luego todos discutirían. Una llave colgada, guardada, usada o no usada. Un detenido vivo al anochecer. Un cadáver al amanecer.
La versión más simple era que Bell había matado a Harrow.
La versión más simple tenía, como casi siempre, la grosería de parecer suficiente.
Delacroix se preguntó por qué un guardia, si quería matar a un detenido, lo haría durante su propio turno, en una celda de la que era responsable, con una llave que lo señalaba como una firma.
Los asesinos cometían errores, desde luego.
A menudo eran vanidosos, torpes, impacientes o sentimentales, cuatro caminos muy transitados hacia la horca.
Pero incluso la estupidez tenía cierta economía interna.
Y aquel crimen, tal como Reed lo describía, parecía demasiado limpio para ser estúpido y demasiado estúpido para ser limpio.
Bell podía ser culpable.
Pero también podía ser útil.
Y un inocente útil era una herramienta que los verdaderos culpables manejaban con una destreza admirable.
Delacroix abrió los ojos cuando el tren redujo la marcha en una estación intermedia.
Al otro lado del cristal, un hombre con sombrero negro besaba la mano de una mujer que lloraba sin ganas.
Más allá, un mozo cargaba baúles bajo una llovizna tenue.
Todo el mundo parecía estar yéndose de algún sitio o llegando demasiado tarde a otro.
Pensó en Victor Harrow.
¿Qué clase de hombre muere en una celda y provoca más incomodidad que compasión? Reed no había escrito ni una palabra de pena por él. Había hablado de escándalo, de guardia acusado, de reputación, de una llave. Ni una línea para lamentar la pérdida.
Eso decía bastante.
Los muertos, sin embargo, no necesitaban ser queridos para merecer la verdad. De hecho, los muertos desagradables solían necesitarla más que nadie, porque el mundo mostraba una tendencia indecente a convertir su asesinato en una especie de corrección administrativa.
Delacroix había visto demasiadas veces esa expresión en los rostros de los vivos: no alegría, exactamente; alivio. Como si la muerte de cierta persona liberara a los demás de la obligación de fingir humanidad.
Pero la justicia no existía para proteger solo a quienes inspiraban ternura. Para eso ya estaban las madres, los perros y algunos poetas especialmente confundidos. La justicia existía, cuando existía, para impedir que el desprecio se convirtiera en permiso.
Al anochecer, la lluvia golpeaba las ventanillas con dedos finos.
Delacroix cenó poco, bebió menos y durmió apenas.
Soñó con una puerta cerrada.
Al otro lado, alguien respiraba.
No pedía auxilio. No gritaba. Solo respiraba con una dificultad lenta, casi educada, como si incluso la muerte hubiera decidido no molestar a la policía durante el turno de noche.
Despertó antes del amanecer.
Cuando el tren entró finalmente en Londres, la ciudad estaba envuelta en una niebla espesa, amarillenta, con esa cualidad casi moral que tenía la niebla londinense: no se limitaba a ocultar las cosas, parecía insinuar que quizá las cosas merecían ser ocultadas.
En el andén lo esperaba Malcolm Reed.
Delacroix lo reconoció enseguida, aunque los años le habían añadido peso alrededor de los ojos y una rigidez nueva en la mandíbula. Reed llevaba abrigo oscuro, sombrero húmedo y el aspecto de un hombre que había dormido poco y obedecido demasiado.
No sonrió al verlo.
Eso, en un inglés, podía considerarse una forma intensa de emoción.
—Delacroix.
—Inspector Reed.
Se estrecharon la mano.
La de Reed estaba fría.
—Gracias por venir tan deprisa.
—No me agradezca todavía. Su gratitud puede cambiar de opinión cuando empiece a hacer preguntas.
Reed bajó la mirada un instante.
—Eso temo.
Salieron de la estación hacia una calle devorada por la niebla. Un coche los esperaba junto al bordillo. El conductor mantenía la espalda encorvada y las manos hundidas en los bolsillos, como si también él hubiera sido acusado de algo por el clima.
Durante los primeros minutos viajaron en silencio.
Londres desfilaba alrededor de ellos en fragmentos: faroles borrosos, fachadas oscuras, paraguas inclinados, caballos que surgían de la neblina como pensamientos antiguos. La ciudad parecía construida con carbón, humedad y secretos bien educados.
Delacroix observó a Reed de perfil.
—Hábleme del guardia.
—Thomas Bell. Treinta y ocho años. Doce de servicio. Sin sanciones graves. Alguna queja por exceso de confianza con los detenidos.
—¿Exceso de confianza?
—Les habla demasiado. Les consigue mantas. Té, si la noche es mala. Algún cigarrillo.
—Un monstruo.
Reed no sonrió.
—Ashford cree que eso lo hace débil.
—Los hombres como Ashford suelen llamar debilidad a cualquier forma de humanidad que no puedan firmar en un informe.
Reed miró por la ventanilla.
—Bell mintió.
—Naturalmente.
—¿Naturalmente?
—Los inocentes mienten constantemente, inspector. Sobre todo cuando descubren que la verdad los hace parecer culpables.
Reed tardó un momento en responder.
—Dijo que no abrió la celda en toda la noche. Pero después admitió que sí abrió la mirilla. Y que le entregó una manta a Harrow.
Delacroix no movió un músculo.
—¿Una manta?
—Hacía frío. Harrow se quejó. Bell dice que no soportaba oírlo maldecir.
—Qué imprudencia. Mostrar compasión en una comisaría. Supongo que ya han iniciado los trámites para fusilarlo.
—Delacroix.
—Perdone. Continúe.
Reed respiró hondo.
—La manta salió del armario del pasillo. Al menos eso afirma Bell. No había nada extraño en ella, según la primera revisión.
—Las primeras revisiones tienen un defecto imperdonable.
—¿Cuál?
—Suelen hacerse antes de saber qué se está buscando.
El coche giró hacia una calle más estrecha. La niebla se espesó. Al fondo apareció un edificio de piedra oscura, severo, con ventanas altas y una entrada custodiada por dos faroles apagados a medias por la mañana gris.
Blackwell Yard.
No era grande, pero tenía la arrogancia de las instituciones antiguas: parecía convencido de que el tiempo debía pedir permiso antes de modificarlo.
Sobre la puerta principal, un escudo gastado observaba la calle con una solemnidad ligeramente ridícula.
Delacroix pensó que los edificios públicos envejecían de un modo curioso: cuanto más se agrietaban, más autoridad pretendían inspirar.
El coche se detuvo.
Reed no bajó enseguida.
—Hay algo más.
Delacroix aguardó.
—Harrow no debía estar en la celda tres.
La frase quedó entre ambos como un objeto colocado con demasiado cuidado.
—¿Dónde debía estar?
—En la celda dos. Pero hubo un problema con la cerradura. O eso dijeron. Lo cambiaron a última hora.
—¿Quién ordenó el cambio?
Reed apretó los labios.
—Eso es parte del problema.
—Inspector, empiezo a sospechar que su comisaría no solo encierra detenidos. También encierra frases incompletas.
Reed abrió la portezuela.
El aire frío entró en el coche con olor a piedra mojada, carbón y papel viejo.
—Venga —dijo—. El cuerpo sigue abajo.
Delacroix bajó despacio, ajustándose los guantes.
Miró la fachada de Blackwell Yard, las ventanas empañadas, la puerta pesada, los policías que fingían no observarlo desde el interior.
Una comisaría.
Un muerto bajo llave.
Un guardia demasiado conveniente.
Una celda equivocada.
Delacroix apoyó la punta del bastón sobre el primer escalón.
—Bien —dijo—. Veamos qué clase de verdad ha decidido esconderse en casa de la ley.
Y entró en Blackwell Yard.